Todavía estamos insertos en un período en el que el capitalismo ha estado cuestionado, téc- nica e ideológicamente. Desde aquellos años
treinta del siglo pasado razonablemente aso- ciados a la emergencia de la más costosa de las crisis económicas que ha sufrido la humanidad, la que conformó la Gran Depresión, no es fácil encontrar muchos momentos como el que sucedió a esta crisis. Esa suerte de desafección y desconfianza hacia el sistema económico no de viene únicamente de la propia envergadu- ra de la crisis y de sus nefastas consecuencias sobre el bienestar de un amplio número de perso- nas en todo el mundo, sino también de las no menos explícitas dificultades para salir de ella, para gestionarla, casi tres años después de su emergencia. La significación de esa sensación de vulnerabilidad es mayor si tenemos en cuenta algunos de los rasgos que la singularizan1, en
particular su emergencia en el corazón del sis- tema financiero global.
Es precisamente el hecho de que la crisis se desencadene en la economía con el más desa - rrollado sistema financiero del mundo lo que concede inicialmente una mayor trascendencia internacional, mayores posibilidades de conta- gio, como efectivamente así fue. Pero junto a ese potencial desestabilizador, muy distante de los epicentros de anteriores crisis (normalmente localizados en economías menos avanzadas), el desarrollo de la crisis ha desvelado insospechadas carencias y anomalías en el funcionamiento del sistema financiero estadounidense. En la gestión de riesgo de sus principales operadores, pero también en la capacidad para la supervisión efi- ciente de las instituciones responsables2.
El episodio de la estafa perpetrada por Bernard Madoff, ex presidente del mercado NASDAQ, es inquietante no tanto por el alcance cuantitativo de la estafa, o por la sig- nificación de los estafados (miembros muchos de ellos de las élites financieras del mundo), sino por la incapacidad o compla- cencia del supervisor estadounidense, la Securities and Exchange Commission (SEC), para detectar la gradual alimentación a lo largo de los años de ese esquema Ponzi en el que se basó la estafa financiera más impor- tante de la historia. La inquietud es mayor si cabe al verificar que uno de los competidores de Madoff, Harry Markopolos, había denun- ciado en varias ocasiones las prácticas de Madoff ante la SEC. Ésta no reaccionó hasta que Madoff fue arrestado. Fueron fallos que inmediatamente recordaron los que se pusie- ron de manifiesto tras los fraudes de Enron o WorldCom, a principios de esta década. Desde una perspectiva de la ciencia política, R. Posner (2009) subraya que el aspecto más destacable de este escándalo es la luz que arroja sobre una filosofía de gobierno que por sí sola contribuyó a la depresión.
No hace falta insistir mucho en que la inquietud en este punto está tanto más justifi- cada cuanto que ese sistema financiero es el que ha constituido una referencia paradigmáti- ca, no solo para los países menos desarrolla- dos. Hacia conformaciones como las de los sistemas financieros de EE UU y Reino Unido
(donde curiosamente la crisis ha sido más devastadora, justificando la nacionalización de importantes empresas financieras) es donde se dirigía a lo largo de las últimas décadas esa suerte de deriva de los sistemas financieros nacionales en casi todo el mundo, en particular los más bancarizados.
Efectivamente, tras la crisis financiera iniciada en el sureste asiático, en el verano de 1997, fueron los sistemas financieros de las economías menos avanzadas los que se cuestionaron: la calidad de sus instituciones, las prácticas de sus bancos centrales, o la existencia de esas “puertas giratorias” entre los gobiernos y las entidades bancarias, o entre éstas y las empresas industriales, ampararon esa caracterización de “crony capitalism”, o “capitalismo de amiguetes”, en no pocas de las economías asiáticas. Ahora algunas de las prácticas entonces criticadas se han revelado arraigadas también en algu- nos sistemas financieros más avanzados. Han sido hábitos poco sanos, distantes de ese juego limpio que se supone intrínseco al sis- tema de libre mercado en la mejor de sus versiones. Episodios algunos de ellos cerca- nos a esa suerte de tráfico de favores entre las élites, generadores de gran desafección entre los consumidores de servicios financie- ros y no pocos académicos.
Las referencias a la “colonización del Tesoro estadounidense” por los bancos de inversión, o a las no siempre ortodoxas actuaciones de
éstos, han constituido una suerte de “shock” para quienes confiaban en esa dimensión ejemplar estrechamente asociada a esa factoría del conocimiento financiero en que se había constituido Wall Street desde hace tres déca- das. Su arquitectura institucional, la obsesión desreguladora, o el comportamiento de los agentes, han debilitado seriamente el predica- mento que el sistema financiero estadouniden- se mantenía.
Los otros rasgos que conceden singulari- dad a la crisis, muchos de ellos estrechamente asociados a la significación del epicentro, nos remiten a la significación de las entidades que han quebrado (Lehman Brothers es la más emblemática, pero en modo alguno la única) o han sido nacionalizadas, o a la igualmente inusual intensidad del contagio financiero y real que esta convulsión ha propagado.