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5.2 Density Maps

5.2.2 Density Aggregation

Si quieres trazar derecho tu surco, apunta el arado hacia una estrella. Proverbio árabe

Centralidad de la relación en el llegar a ser persona

Hace años tuve una entrevista con un padre jesuita que había pasado casi toda su vida impartiendo ejercicios espirituales y acompañando a muchas personas en su camino de conversión. Le pregunté cuál era a su juicio el elemento central de la relación de ayuda. De una cosa él estaba seguro: no eran tanto los consejos que él daba, ya que casi nadie los seguía, cuanto el tipo de relación que se estableciera entre él y aquellos que guiaba. De momento me pareció una afirmación poco creíble, pero el paso de los años me ha demostrado cuán acertada era.

Quienes trabajamos en la formación bien conocemos el escaso peso que tienen los buenos consejos, las

imposiciones para lograr un auténtico cambio en

las personas. No se puede hacer a un hombre bueno por ley. Tarde o temprano prescindirá con gusto de ella, hará las cosas porque “está obligado” a hacerlas o porque sin ello no tendrá el pase a etapas siguientes, pero después… nos pagan con la moneda que les ofrecimos: quisimos comportamientos adecuados y eso nos han dado, pero no su corazón.

Nuestros jóvenes son alérgicos a las normas, al hacer las cosas porque así lo pide la autoridad o porque se debe, pero están sedientos de un encuentro que les ayude en lo profundo a conocerse y mejorar. No sólo no se resisten ante este tipo de ayuda, sino que lo solicitan y aprecian mucho más de lo que imaginamos. Antes se pedían muchos permisos y con ello se marcaba una cerca más o menos clara al camino de nuestra vida. Ahora no basta. Los permisos son percibidos como una mortificación de la autonomía y libertad personal: simplemente no se pide o, si se hace, no se le atribuye aquel valor de sumisión y obediencia que tenían antes. Limitarnos a definir los confines –cada vez más amplios– de lo que se deja a la propia iniciativa y de lo que se debe pedir es un paliativo.

Se hace cada vez más urgente volver al terreno de una relación educadora que ofrezca los medios para un camino de discernimiento y de crecimiento personal, una relación que, si se lleva con seriedad y competencia, es apreciada y solicitada por nuestros jóvenes. Sólo en el diálogo inteligente y misericordioso con ellos es posible recuperar aspectos de la vida cristiana, consagrada y sacerdotal que parecerían en vías de extinción. Sin aminorar la importancia de las convicciones intelectuales, queda por verse cuánto son por sí solas fuente de cambio y transformación. De ello tenemos prueba a diario no

sólo en quienes acompañamos, sino en nuestra misma persona. Conocemos de sobra ciertos defectos nuestros, pero no logramos superarlos así como quisiéramos. Sin el sentimiento, nos recuerda Lonergan, nuestro conocimiento es frágil como una hoja de papel.[1] Tarde o temprano se desmorona porque el afecto tiene argumentos mucho más poderosos que la razón. Como decía el poeta: “el afecto encadena el entendimiento”.[2]

Tampoco experimentar ciertas emociones o sensaciones (del que se está hoy muy sediento) es a la larga factor de un cambio duradero. Si la persona se ha formado dentro de una relación, donde los elementos cognoscitivos, emotivos, volitivos y espirituales se han ido entrelazando y condicionando, sólo dentro de una relación es posible provocar el cambio deseado. Ésta podría ser la estrella que, al mirarla, permite trazar derecho el surco en el difícil campo educativo. Y no es una casualidad que así sea.

La alteridad es una dimensión esencial del ser humano y nadie sería el que es si no hubiese vivido determinadas relaciones. Pero la madurez en la alteridad no se da de forma casual o mágica al nacer. Es preciso que pase a través de pequeñas y casi imperceptibles transformaciones (estadios) que se van mezclando con tonos emotivos, con esquemas mentales y con predisposiciones a actuar. Veamos, entonces, algunas consecuencias pedagógicas de estas afirmaciones.[3]

a) El mundo de los demás no es precisamente un paraíso terrenal, supone una constante confrontación, superación y lucha. Esto implica aceptar el riesgo y el dolor, para hacer de la relación una ocasión de encuentro y, finalmente, de trascendencia. Las respuestas que cada uno ha dado, a lo largo de su historia, a este profundo anhelo de relación, no siempre han sido las más acertadas. No rara vez pueden quedarse estancadas en modelos infantiles que impiden o dificultan el acceso a mediaciones más maduras, y por ende, más humanas. Los y las jóvenes que tocan a nuestras puertas no son islas y tampoco una hoja en blanco donde por primera vez empiezan a trazar los rasgos de su vida. Tienen una historia en la que han ido forjando estos esquemas relacionales que no son siempre maduros. Una joven que recibe una demostración de afecto, y la considera como una tentativa para destruirla, podría ser juzgada de mentirosa o ingrata. En realidad podría tratarse de alguien incapaz de ver la parte buena de los demás a causa de una dificultad patológica en la organización de su identidad. Si se ignoran o no se saben interpretar estos diferentes estadios en que se encarna la capacidad de relación, estos distintos lenguajes, la tarea formativa corre el riesgo de dar respuestas que no corresponden a los problemas de las personas.

b) Sin el ambiente vital de la relación educadora, no sería posible conseguir aquella empatía que permite un equilibrio entre cercanía y ausencia, entre proporcionar seguridad y a la vez provocar nuevas preguntas. Nunca se podrá sustituir el intercambio personal que se requiere en la tarea pedagógica con programas teóricos, aun los más elaborados y actualizados. Siempre está latente o presente la tentación de reducirlo todo, incluso a las personas, a un “problema” que requiere tan sólo soluciones estructurales o de planificación. Es la centralidad de la relación en el configurarse del ser humano lo que nos permite apreciar cómo la mediación personal resulta ser el principal cauce del

crecimiento.

Obviamente no basta una presencia cualquiera. Ha de ser una presencia que sepa ofrecerse a la vez como pregunta o respuesta, desafío o apoyo, realización o promesa. De no ser así, podría incluso resultar contraproducente.

c) La madurez intelectual no coincide con la madurez afectiva. El ser humano, excluyendo el caso de graves patologías, no está condicionado por instintos automáticos, de hecho, desde la niñez va aprendiendo poco a poco a manejar su afectividad. Este control del deseo y de los impulsos lo aprende precisamente dentro de una relación. Antes de responder a normas morales, el niño se encuentra con principios encarnados en otras personas especialmente importantes, como pueden ser los padres, los hermanos, los maestros. Una cosa es buena o se ha de hacer porque mamá dice que así debe ser, o porque si se desobedece ella se pone triste. Cumplir con un requerimiento externo puede ser dictado por la necesidad de conseguir una recompensa, o para granjearse el cariño de mamá, o porque se le ve como un bien en sí mismo.

Constatamos una vez más cómo el conjunto de motivaciones que se van forjando en la persona nunca son exclusivamente puras o espirituales, sino que más a menudo se mezclan con fuerzas afectivas y autocentradas. Los condicionamientos a través de los cuales se transmiten los valores parecen conferir a la relación educadora –especialmente en los primeros años de vida– un poder formidable y a la vez tremendo.

d) Muchas dificultades formativas, en especial las de relación y comunicación, no encuentran solución si no se les ve dentro de la historia de cada individuo. Una visión atemporal del ser humano llevaría inevitablemente a una especie de fatalismo: “yo me comporto así porque soy así”. Es sorprendente constatar cómo en la actualidad, cuando es tan fuerte la sensibilidad hacia los aspectos sociales de la fe, se cae en el extremo de un patente espiritualismo en lo que se refiere al acercamiento a las personas. Ha habido jóvenes que han sido aceptados en instituciones religiosas sin un serio conocimiento de su historia pasada. En ocasiones, el mismo acompañamiento parece prescindir del tejido vital en el que cualquier presente se inserta.

Sin el recurso a la historia personal resulta difícil afrontar constructivamente aquellas actitudes de la persona que parecen encerrarla en círculos viciosos. Esto se vuelve aún más necesario si las actitudes en cuestión están sostenidas por fuerzas inconscientes. Como ejemplo, pensemos en la personalidad paranoide que crea enemigos para después sentirse perseguida; o la persona obsesiva que construye infinitas ocasiones de trabajo, para luego sentirse agobiada o injustamente explotada por los demás.

e) El discernimiento de la experiencia religiosa auténtica encuentra en la madurez del amor, de la relación con los demás, su eje fundamental. Venimos de una relación, nos hicimos dentro de una relación y vamos hacia una relación. En el fondo, la novedad del Evangelio empezó desde un nuevo tipo de relaciones. La vida cristiana se juega en la capacidad de dar la vida por el otro, de hacerse cargo del dolor del mundo, especialmente de los pobres, de los últimos. Esta capacidad es evidentemente un don de la gracia y no un fruto del simple esfuerzo humano. Pero Dios, que en su bondad y libertad infinitas puede obrar maravillas, no prescinde normalmente de aquellas leyes de desarrollo y

transformación humana que se dan a través de pasos y metas intermedias, leyes que él mismo ha puesto en nuestro corazón. Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo, diría la Imitación de Cristo (II, 10, 4).

f) La vida social o de comunidad puede fungir de caja de resonancia de la mayor o menor madurez en la relación interpersonal. En el grupo, de cualquier naturaleza, tanto la madurez como la inmadurez se ven reforzadas u obstaculizadas. De hecho, el grupo mismo es una entidad que contiene elementos muy parecidos al desarrollo de los individuos y es posible que provoque la cristalización de ciertos esquemas relacionales más o menos infantiles de sus miembros. La ambigüedad de la motivación que está en la base de la relación puede empujar a las personas a buscar una pertenencia religiosa por miedo a la soledad. Se vive con los demás, pero sin poder ir hacia ellos.

De manera semejante, en la relación pedagógica entre el educador y aquel a quien acompaña, siempre está presente la tentación de un envolvimiento, de una personalización de la confrontación entre los dos. Uno de los dos domina sobre el otro, uno de los dos ha de someterse en nombre de valores simplemente subjetivos. Es así como se abre paso el autoritarismo o el dejar hacer. La importancia de valores que van más allá de la simple relación humana se ve amenazada por la absolutización de una o de ambas posturas. Mientras que una relación verdaderamente educadora debería tender a ser inútil para dejar lugar a otro.

g) La presencia constitutiva de bienes absolutos y revelados, como el amor de Dios que se hace presente en la relación humana, podría iluminar y resolver muchas dificultades o crisis, no sólo del mundo contemporáneo, sino de la misma formación. Ni la vida consagrada ni la sacerdotal se escapan de la cancerosa exaltación de la subjetividad. Esto acontece cuando la conciencia, personal o de grupo, se asume a sí misma como criterio único y último de las acciones. Los sentimientos se vuelven una norma indeclinable, que no se discute y a la que está prohibido desobedecer. Así que si un compromiso tomado ya no dice nada, ya no suscita atracción, se le tira a la basura como se hace con un par de zapatos rotos. Dentro de esta perspectiva, si algo no se me antoja, no tengo por qué hacerlo ya que todo lo que no nace desde dentro, no tiene valor alguno. Hoy como nunca asistimos a una comercialización de la relación, donde tanto la amistad como el amor se consideran mercancía para intercambio y nuestros jóvenes se han nutrido en demasía de estas relaciones.

Cierto tipo de psicología, fundamentada sobre la exaltación del yo ha contribuido a la producción de individuos desinhibidos, demasiado narcisistas y egoístas. Es gente que se siente con derecho a todo y que, por desgracia, puede ampararse detrás de la vocación para escabullirse de sus responsabilidades, especialmente en el terreno de las relaciones interpersonales. Un joven sacerdote había cortejado de muchas maneras (cartas, regalitos, mensajes de aprecio y de cariño) a una joven catequista hasta que ella cayó rendida a sus pies. En este punto cortó tajantemente la relación y me decía con una frialdad que me dejó desconcertada: “¡La pobre! ¿Cómo pudo pretender ganarle a Cristo?” Y, supongo, aquella joven no fue la única víctima de este caníbal sin escrúpulos. El imperialismo de los sentimientos pide un precio altísimo porque reduce al otro a un

objeto, a simple espejo de la propia mezquindad.

También las relaciones interpersonales dentro de la misma comunidad formativa parecen cada vez más amenazadas por un horizontalismo que tiene en el mito del consenso y de la comunicación total uno de sus cimientos principales. Desobedecer a un superior, sobre todo en la actualidad, puede resultar bastante fácil; pero desobedecer a la presión de un grupo, a la opinión común, es casi un delito. Mantener el derecho de no exponer públicamente la propia intimidad o la de los demás, se le juzga a menudo como una falta de apertura y de democracia.

Estas dificultades parecen brotar de la carencia, dentro de las relaciones humanas, de una dimensión vertical de valores que tienen a Dios como centro. Se hace cada vez más necesario redescubrir la belleza de una verdad que puede ser conocida y amada; adorar un misterio “soberano y amigo”,[4] que nos trasciende y que a la vez se hace niño, convirtiendo nuestra débil carne humana en su morada; abandonarnos filialmente en otro que, lejos de menoscabar nuestra libertad, la vuelve más auténtica y capaz de transformar radicalmente al mundo y a nosotros mismos.

Las tres situaciones pedagógicas: presencia, ausencia y transformación

El tipo de relación interpersonal que cada uno ha ido forjando a lo largo del tiempo constituye una importante situación pedagógica. Puede, en efecto, predisponer a la apertura hacia la verdad, orientar las fuerzas afectivas hacia el bien absoluto. O, por el contrario, es posible que encierre a la persona en sí misma, que le impida el acceso a la verdad y, finalmente, que distorsione su relación con Dios. Que la dignidad humana y la imagen de Dios lleguen a depender de frágiles relaciones con otras personas, cuya vulnerabilidad predispone a limitaciones y abu-sos; y que, al mismo tiempo, estas mismas relaciones humanas se conviertan en el cauce y mediación de la reconstrucción de esta misma imagen, es algo fascinante y a la vez tremendo.[5]

Cualquier instancia formativa, y en especial la figura del educador, se sitúa inevitablemente dentro de un juego de fuerzas donde la parte afectiva e interpersonal acaban a menudo por ser predominantes. No siempre será oportuna cualquier intervención. En cambio, cualquier tipo de intervención habrá de cambiar en razón de la etapa y del momento y, sobre todo, según el grado de desarrollo alcanzado por cada individuo. No toda depresión, por ejemplo, como tampoco el recurso a ciertas defensas, desempeñan la misma función en la psicodinámica de las personas. Un fuerte sentimiento de inferioridad puede servir para escabullirse de las responsabilidades (“yo no sé hacer nada, por lo tanto, no me pidan más”), o también para agredir a los demás (“por su culpa yo no sé hacer nada”).

El educador se ofrece como una nueva alteridad a la persona que está creciendo, proponiéndose como mediación para una alteridad más profunda y verdadera. Es así como se originan momentos u ocasiones pedagógicas que abren o cierran el paso hacia la

trascendencia, ocasiones que se pueden resumir fundamentalmente en tres: presencia/cercanía, ausencia/distancia y transformación/reconciliación.

En continuidad o en contraposición con cuanto aconteció con las figuras parentales, podemos pensar en un educador que no consigue percatarse de la pregunta o de la necesidad de un joven que, por ejemplo, tiene mucha dificultad para expresarse. Toma, en cambio, una postura de lejanía y de continua confrontación, provocando una considerable dosis de ansiedad y frustración. De esa forma no logra establecerse un sentimiento mínimo de confianza y seguridad, que es una premisa indispensable para que la intervención educadora tenga algún éxito. Se atiza, por el contrario, una situación de conflicto que constituye muy probablemente una repetición y una exasperación de conflictos ya presentes en la persona.

Puede darse, por otro lado, un educador demasiado preocupado por satisfacer las necesidades de las personas que le son confiadas. En nombre de una actitud de empatía y de cercanía procura mantener un clima de bienestar emotivo, de modo que el otro se sienta siempre bien. Dentro de este nido, el joven se queda como adormecido, narcotizado, sin deseo de buscar algo diferente porque lo que vive es ya de por sí suficientemente satisfactorio. El envolvimiento afectivo que consigue se convierte a menudo en la principal preocupación de ambos y también en un obstáculo para el despertar de nuevas preguntas. En este caso, el educador no alcanza a ponerse como límite que sea, al mismo tiempo, un desafío para la superación y una invitación a la trascendencia.

Como formadores hemos de preguntarnos si nuestras intervenciones educativas, para que sean útiles y eficaces, tendrán que obrar principalmente a través de una cercanía con el otro, ofreciéndose como justa satisfacción de necesidades o como fuente de una relativa plenitud. En efecto, si el joven no siente una cierta seguridad, no se abrirá con confianza, no dejará espacio para que surjan nuevas preguntas, ni lugar para encarar ulteriores situaciones de frustración o búsqueda. Si la ansiedad provocada por la lejanía del educador se percibe como excesiva, el joven utilizará sus energías para aquietarla y no para crecer.

A la vez, hemos de preguntarnos si no se trata de obrar también a través de una relativa ausencia que evoque un vacío, una pregunta, un desafío en bien de una búsqueda de nuevos fines y nuevos medios. Existe un elemento de negatividad en cualquier límite que se opone al deseo infinito de cada persona. Sin embargo, es posible recuperar la fecundidad y hasta la providencialidad de estos límites. Una prueba, un sufrimiento inesperado, un fracaso, pueden ser saludables a la hora de poner en tela de juicio aquel sentimiento de autosuficiencia y de omnipotencia del que nadie está exento. Esto vale especialmente para las nuevas generaciones, a las que, en nombre de un falso amor, se les ha amparado de la confrontación con el “no”, con el “espérate, no se puede”. Es preciso estar un poco insatisfechos de la realidad, de sí mismos, para decidir mejorarlos.

Y, finalmente, hemos de preguntarnos si a través de la misma relación conseguimos propiciar una situación de síntesis entre ausencia y cercanía que sea, a la vez, respetuosa

de la persona y provocadora de un crecimiento ulterior. El despertar de un deseo cada vez más auténtico está siempre acompañado de cierta ansiedad y de diferentes formas de lucha. Surge ansiedad porque el deseo provoca un desequilibrio al percibir que algo hace falta y que, en último término, no se es totalmente dueño de las situaciones. Se desencadena una lucha porque, de una forma u otra, las personas se resisten al cambio,

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