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Tomemos al azar un par de citas de Taine referidas a la movilización de masas en el curso de la Revolución Francesa (digo al azar, porque difícilmente haya en Los orígenes de la Francia contemporánea una página en la que no podamos encontrar descripciones equivalentes). La primera cita se refiere a la composición de los participantes en una agitación provincial.

Hemos visto cuán numerosos se han vuelto los contrabandistas, los traficantes ilegales de sal, los cazadores furtivos, los vagabundos, los mendigos y los convictos fugados, y cómo un año de hambruna incrementa su número. Todos son reclutas para las turbas, y ya sea en un disturbio o por medio de un disturbio, cada uno de ellos llena su bolsa. Alrededor de Caux, e incluso en las inmediaciones de Ruán, en Roncherolles, Quévrevilly, Préaux, Saint-Jacques y en todos los barrios circundantes, bandas de rufianes armados fuerzan la entrada de las casas, especialmente las parroquias, y echan mano a todo lo que les place […]. Los campesinos se dejan convencer por los bandidos. El hombre baja rápidamente la pendiente de la deshonestidad; alguien que es medianamente honesto, y que de manera inadvertida o a pesar de sí mismo participa en un disturbio, repite la acción, atraído por la impunidad o por la ganancia […]. En toda insurrección importante hallamos los mismos actores malignos y vagabundos, enemigos de la ley, salvajes, merodeadores desesperados, quienes, como lobos, rondan allí donde olfatean una presa. Son ellos quienes sirven como directores y verdugos de la malicia pública o privada […]. A partir de entonces, son los nuevos líderes: ya que en toda turba son los más descarados y menos escrupulosos quienes marchan al frente y establecen el ejemplo de la destrucción. El ejemplo es contagioso: al principio fue el reclamo por el pan, al final es el asesinato y el incendiarismo; el salvajismo que se desencadena agregando su violencia sin límites a la limitada revuelta por la necesidad[1].

La segunda cita se refiere al colapso de los mecanismos de autoridad que hacen posibles los motines.

En medio de una sociedad desintegrada, bajo un gobierno que ha pasado a serlo solo en apariencia, se pone de manifiesto que se está gestando una invasión, una invasión de bárbaros que se completará mediante el terror, que ha comenzado con violencia y que, como la invasión de los normandos en los siglos X y XI, termina con la conquista y la desposesión de toda una clase […]. Esta es la obra de Versalles y París; y allí, en París y también en Versalles, algunos por su falta de previsión y su pasión, y otros por su ceguera e indecisión —los últimos por debilidad y los primeros por la violencia—, todos se están esforzando por lograrlo[2].

Algunos rasgos de esta descripción se hacen visibles inmediatamente. Taine no nos presenta la descripción de un conflicto entre fuerzas sociales cuyos objetivos son expuestos claramente y cuya incompatibilidad sería la fuente de la violencia resultante. Los objetivos sociales ciertamente están presentes en su descripción («la limitada revuelta por la necesidad»), pero son incapaces de explicar la acción social; son superados por una «violencia ilimitada», resultado tan solo de la acción de «vagabundos», «rufianes», «bandidos», es decir, por fuerzas que escapan a todo tipo de racionalidad social. De la misma manera, la incapacidad del gobierno para controlar la situación tiene poco que ver con la situación objetiva de la monarquía en vísperas de la revolución, sino que es presentada como el resultado de «falta de previsión», «pasión», «ceguera» e «indecisión», es decir, como consecuencia de un fracaso subjetivo. La descripción completa de la sociedad francesa que nos brinda Taine es la de un organismo social amenazado por la erupción de fuerzas tendientes a su desintegración. Pero el punto importante es que esas fuerzas carecen de toda consistencia propia; son simplemente el resultado de pulsiones instintivas desatadas, que las normas sociales generalmente mantienen bajo control. ¿Cómo explicar, en ese caso, la naturaleza de esas pulsiones[3]?

Podemos empezar por preguntarnos cuáles eran las herramientas intelectuales de las cuales disponían los psicólogos de las masas para tratar este tema en el último tercio del siglo XIX. Susanna Barrows resume la situación en los siguientes términos:

A partir de las teorías de la hipnosis articularon el mecanismo de la irritación tan característico de los grupos; a partir de las teorías populares de la evolución construyeron una jerarquía de la civilización humana; y de la medicina

tomaron el modelo de la psicología anormal y las más contundentes metáforas del comportamiento de las masas: las multitudes, como las describían los hombres franceses de fines del siglo XIX, se asemejaban a los alcohólicos o a las mujeres[4].

Según el enfoque de Taine, no todos estos componentes tienen el mismo peso. La sugestión, que será central en las posteriores teorías sobre las masas, no juega para Taine ningún rol significativo. Las razones de ello son en parte cronológicas —el hipnotismo aún no poseía la centralidad que adquiriría luego de que lo adoptara Charcot como práctica científica válida— y en parte, como señala claramente Barrows, se derivaban de la noción de Taine según la cual los líderes «no poseían capacidades especiales ni poder carismático», ya que «solo la “escoria” loca de la sociedad podría manipular a una multitud reunida»[5]. Pero, además de

eso, todos los otros rasgos dominantes de la teoría sobre las masas están presentes en su enfoque de la manera más cruda. Como resultado de la ley del contagio mental, las turbas son controladas por los sectores más criminales de la población. La anarquía es el resultado necesario de la acción de la multitud, ya que esta implica el retorno a un estado de naturaleza en el cual solo prevalecen los instintos animales. Esto presupone —en el enfoque darwinista— un retroceso biológico en términos de lo que Jackson y Ribot denominaron el «mecanismo de disolución»[6].

Y el alcoholismo está estrechamente asociado con la acción de la multitud: los motines generalmente terminan en todo tipo de orgías alcohólicas[7].

Sin embargo, el enfoque de Taine no se limitó a destacar la naturaleza irracional del comportamiento de las masas. También constituyó un intento de mostrar qué sectores, dentro del cuerpo social, eran especialmente propensos a degenerar en multitudes. La imagen de la historia francesa que nos presenta Taine es la de una decadencia progresiva resultante de la disolución de las instituciones tradicionales que organizaban el cuerpo político. La decadencia había comenzado con el absolutismo, que mediante una centralización despiadada había destruido todos los organismos intermedios que tradicionalmente habían estructurado las instituciones sociales francesas; luego este proceso fue acelerado por el Iluminismo, cuyos planes utópicos de reconstrucción social habían ayudado a diseminar ideas subversivas que socavaron toda noción de control social. Así, cuando comenzó el proceso revolucionario, no hubo nada que pudiera contenerlo dentro de límites razonables. El tercer estado no pudo hegemonizar el proceso, y el liderazgo cayó rápidamente en manos del cuarto estado, la muchedumbre de las ciudades, que era para Taine el verdadero actor del proceso revolucionario.

multitud. Taine anticipa lo que se convertirá en el presupuesto indiscutido de los teóricos de las masas: concretamente, que la racionalidad pertenece al individuo, y que este pierde muchos de sus atributos racionales cuando participa de una multitud. Se complace en comparar el comportamiento de las masas con formas inferiores de vida, como las plantas o los animales, o las formas primitivas de organización social[8]. Dentro de la sociedad contemporánea, el peligro de infección

de las multitudes es mayor en algunos grupos que en otros: la aristocracia es menos propensa al contagio mental que las clases populares, y las mujeres y los niños son más propensos que los hombres. El vínculo entre mujeres y comportamiento de masas no es, de hecho, solo la visión específica de Taine, sino que era la visión general de la época[9]. La teoría que fundamentaba tales enfoques

era que, en el curso de la evolución biológica, los hombres habían desarrollado sus capacidades mentales más que las mujeres (los cráneos de las mujeres habían crecido menos que los de los hombres y su potencia cerebral también era mucho menor). Esto las hacía más propensas a la demencia y menos capaces de contener sus pulsiones instintivas. Cuanto más crecía el temor a las multitudes hacia fines del siglo XIX, menos halagadoras se volvieron las descripciones de las mujeres. «En muchas otras descripciones de mujeres escritas en los noventa, las mujeres encarnaban todo aquello que era amenazador, degradante e inferior. Como los insanos, ellas gozaban de la violencia; como los niños, eran acosadas incesantemente por los instintos; como los bárbaros, su apetito por la sangre y el sexo era insaciable.»[10]

En este punto de la argumentación debería estar claro que el discurso general sobre el comportamiento de las masas había llegado a depender tanto del trazado de una clara línea divisoria entre lo normal y lo patológico, que adquirió una posición cada vez más ancillar dentro de la ciencia médica, especialmente (aunque no exclusivamente) en la psiquiatría. Jaap van Ginneken cuenta que la Biblioteca Nacional de París contiene varios cientos de volúmenes escritos en esa época que intentan elaborar esa relación. Sus títulos son reveladores: por ejemplo, uno publicado en 1872 se denomina Les Hommes et les Actes de l’Insurrection de Paris devant la Psychologie Morbide [Los hombres y los actos de la insurrección de París a partir de la psicología mórbida]. El centro de esta discusión, que trataremos en la próxima sección, fue el debate sobre el hipnotismo en Francia y la noción del «criminal nato» elaborada por Lombroso y su escuela en Italia.