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desde la perspectiva de la primatología

Al estudiar los rasgos generales del comportamiento primate hemos intentado dejar establecidos unos marcos generales; ahora corresponde entrar en la discusión sobre el carácter de estos rasgos y tratar de extraer conclusiones sobre aquellos aspectos que tienen una influencia, al menos potencial, sobre comportamiento moral. Para ello recurriremos a estudios específicos que nos permitan completar la panorámica que hemos trazado hasta este punto. Dado que la literatura especializada es ingente, proponemos un recorrido por las áreas de estudio que surgen de forma reiterada en las investigaciones primatológicas y, especialmente, aquéllas que han generado un debate amplio que ha producido conclusiones, en tanto que se pueden considerar consensos científicos.

Capacidades cognitivas: la abstracción

El primer aspecto que tenemos que abordar es el de las capacidades cognitivas, dado que estas subyacen a la interpretación de la teoría de la mente y de las orientación cooperativa o competitiva de los primates ya que parece imprescindible suponer un mínimo de capacidades de comprensión para plantear la orientación de los comportamientos. Estas cuestiones se asumen de un modo más o menos expreso en los autores que hemos mencionado, especialmente en De Waal, pero exigen una aproximación más específica y existe investigación reciente que nos permite realizarla, orientándonos específicamente a la capacidad de conocimiento abstracto, que está en la base de algunas habilidades necesarias para postular un comportamiento moral del tipo que encontramos en los seres humanos.

estructurales de los objetos y actuar de acuerdo a ese conocimiento. Su experimento parte de un conocimiento previamente establecido (Call 2006; Hanus et al. 2008, citadopor Janus y Call 2011) sobre la capacidad de estos primates para establecer relaciones entre las características externas de los objetos y sus propiedades, un aspecto puramente relacional que podría explicarse sin necesidad de recurrir a capacidades cognitivas complejas ya que se trata de meras asociaciones, pero lo que Janus y Call demuestran es que los chimpancés alcanzan el dominio de estas relaciones con mucha mayor facilidad si se trata de propiedades estructurales que si se trata de propiedades aleatorias. En efecto, en el experimento se pone a prueba la capacidades de los animales para descubrir una botella llena de agua entre otras que están vacías sometiéndoles a dos pruebas distintas: en una de ellas, las botellas son idénticas y la propiedad diferencial que permite averiguar cuál tiene agua es el peso de la botella llena; en la otra, todas las botellas tienen un peso idéntico, pero se presentan con diferentes colores. Los primates pueden llegar a averiguar y manejar este tipo de relaciones arbitrarias con el suficiente tiempo de aprendizaje, pero el descubrimiento que aporta la investigación es que lo hacen con mucha más rapidez si se trata de rasgos estructurales de los objetos. A partir de este resultado, Janus y Call concluyen que existe una adaptación para detectar propiedades estructurales de los objetos, aunque, como afirman los propios autores, no estamos en condiciones de afirmar si se trata de una “habilidad innata como sería una forma de conocimiento fundamental o bien es simplemente una competencia adquirida” (Janus y Call, 2011: 878). A efectos de nuestra investigación, lo fundamental es que se demuestra que el aprendizaje de los primates superiores – al menos de los chimpancés – abarca prácticas que implican conocimiento abstracto, puesto que, más allá de aprendizajes de comportamientos muy delimitados como los que hemos citado en el capítulo anterior sobre la fabricación de nidos o la captura de termitas, estos estudios reflejan la capacidad de extraer propiedades abstractas y operar con ese conocimiento. En este sentido, aunque la detección de relaciones arbitrarias sea más lenta – o incluso mucho más lenta hasta el punto de que la podamos considerar muy rudimentaria en comparación con la capacidad humana para establecer este tipo de relaciones – nos interesa apuntarla puesto que se trata de aprendizajes en contextos que podemos calificar como contra-intuitivos y este tipo de aprendizajes abren el abanico de posibilidades cognitivas y también sociales.

En esta línea es importante acudir a otra serie de artículos que han condensado una investigación muy significativa sobre las capacidades comunicativas de los chimpancés; nos

referimos a la polémica científica que se desarrolla en torno a las habilidades pre-lingüísticas y que se condensa en varios artículos, casi todos ellos publicados en la última década. De entre ellos, analizamos los de Liszkowski y otros autores (Lizskowski et al 2009) y Lyn y otros (Lyn et al, 2013), que recogen las posturas en disputa y aportan una visión retrospectiva. La cuestión central de la discusión radica en determinar si los primates, y especialmente los chimpancés – con los que se han desarrollado la mayor parte de los estudios – son capaces de practicar formas de comunicación a partir de elementos ausentes. Esta posibilidad acercaría a los primates al nivel de comunicación humana – una vez más, en una fase muy rudimentaria – al permitirles superar la comunicación restringida a objetos presentes, más elemental y evidentemente mucho más limitada. Los experimentos realizados presentan una estructura similar que consiste en mostrar un objeto vinculado a un espacio y disponer distintas situaciones en las que el objeto desaparece para comprobar la reacción de los primates. Un buen número de experimentos, muchos de ellos insertos en la observación que se venía realizando en primatología, aportan una demostración evidente de que los primates sí son capaces de utilizar referencias a elementos ausentes y manejarlas adecuadamente en contextos comunicativos básicos; Lyn y sus colaboradores aportan referencias distintas y lo dan como hecho probado, llegando incluso a calificar la comprensión de los primates en este ámbito como excelente: “Many previous studies have found that chimpanzees communicate about visibly displaced objects and show excellent understanding of displacement in a variety of experimental contexts”14. Sin embargo, el estudio de Liszkowski plantea un experimento en

el que los objetos se muestran y luego se ocultan, esperando que los sujetos sean capaces de señalar el lugar donde se encontraban originalmente como forma de referirse a ello – el objeto en cuestión es una pieza de comida altamente deseable para el primate, por lo que se descarta la falta de motivación. Además, utiliza el mismo escenario para comparar los comportamientos de los primates con los de niños en edades previas a la adquisición del lenguaje, con lo que pretende comparar las capacidades de ambos grupos. Los resultados son claramente superiores en los niños y, lo que es más complejo, son extremadamente bajos en los chimpancés, lo que lleva a los autores a la conclusión de que los chimpancés, en contraste con los niños, son incapaces de comunicarse sobre objetos ausentes, una conclusión que niega los resultados de la experimentación previa a la que se refieren Lyn y su equipo. Estos, por su parte, aportan no sólo una reflexión en la línea contraria, sino un análisis de los resultados de

14 Muchos estudios anteriores han descubierto que los chimpancés se comunican sobre aspectos visualmente

Liszkowski a través de un experimento que trata de contrarrestar sus resultados. En efecto, modificando algunos puntos de escenario diseñado por Liszkowski obtienen resultados opuestos: tanto chimpancés como bonobos – que están incluidos en este segundo experimento – alcanzan a realizar las acciones esperadas, confirmando así, en opinión de los autores, su capacidad para referirse a objetos ausentes, y restaurando de esta forma las conclusiones de los estudios que venían defendiendo esta misma postura.

Si aceptamos que esta polémica científica se ha resuelto del lado de quienes postulan la capacidad de los chimpancés para manejar referencias a objetos ausentes, cabe extraer conclusiones sobre el comportamiento moral, y éstas pueden llegar a ser de gran calado, puesto que la posibilidad de comprender y manejar referencias abstractas está en la base de los sistemas comunicativos complejos pero desempeña un importante papel en la vida moral humana. La normatividad a la que nos referíamos en el primer capítulo no sería posible sin un mínimo de referentes abstractos, por muy elementales que estos sean. Más adelante, al elaborar las conclusiones del capítulo, trataremos de profundizar en esta cuestión apoyándonos en la aportaciones de investigadores como Brosnan, De Waal, Keltner y otros, que han realizado trabajos de orientación más amplia y pueden aportar luz sobre la interpretación de los distintos resultados experimentales y daremos continuidad a la cuestión con el estudio de la obra de Chapais y otros autores sobre los orígenes antropológicos de la ética, ya en la Parte 2, dedicada a la antropología.

Habilidades sociales

Agrupamos en este epígrafe una serie de aspectos que aparecen de forma recurrente en la literatura científica primatológica y que podemos sintetizar como estudio de las habilidades sociales. En este apartado vamos a detenernos en tres aspectos concretos que han ocupado la discusión científica y tienen una proyección fuerte sobre nuestro tema de interés: ayuda orientada, presión social y negociación.

La ayuda orientada está en el centro de la teoría de De Waal (2007: 58-60) puesto que para el autor holandés no se puede explicar un fenómeno como la empatía si los sujetos carecen de la capacidad de comprender lo que necesita un individuo ajeno, que es previa a la mera posibilidad de desarrollo de la empatía; así entendido, la ayuda orientada sería un paso más

allá en la evolución de los seres sociales, partiendo desde la percepción de las sensaciones de otros sujetos – que se ejemplifica en comportamientos más básicos como el contagio emocional - hasta la capacidad de entender las necesidades específicas. No existen, sin embargo, tantos experimentos como en el área puramente cognitiva, pero podemos citar dos que recogen una aportación sólida. En primer lugar Pruetz – probablemente, el autor que más esfuerzo a dedicado a este tema, documenta el caso de un macho adolescente que ayuda a una hembra con el porteo de su cría (Pruetz 2011), y a partir de ese comportamiento concluye que los chimpancés son capaces de ejecutar una ayuda orientada y de sentir empatía, dado que se trata de un comportamiento ajeno a los machos jóvenes y que el autor examina y excluye la posibilidad de que la acción del sujeto se pueda justificar por motivos de “egoísmo oculto”. Por otra parte, Warneken y Tomasello (2009) realizan un experimento con la participación de chimpancés y de niños menores de dieciocho meses para acabar concluyendo que, al menos en una gama de contextos adecuados, ambos son capaces de ayudar e incluso sienten la motivación espontánea de hacerlo. Este último artículo, no obstante, no se refiere específicamente a la ayuda orientada, sino a la prestación de ayuda de forma voluntaria, pero su examen es tan detallado que resulta igualmente útil para demostrar la capacidad de comprender las necesidades ajenas, al igual que sucede con otras investigaciones que se aproximan al tema de la prestación de ayuda (cf. Barnes et al. 2008). Es importante señalar que en la ayuda orientada se funden dos temas, el análisis cognitivo y el estudio de la cooperación. En la parte cognitiva, lo que encontramos es una habilidad básica que consiste en observar a otros individuos y percibir sus necesidades correctamente; en lo que se refiere a la cooperación, se trata de evaluar la voluntad de prestar la ayuda. En esta línea es evidente que la ayuda orientada funciona como un pre-requisito para la aparición de la empatía, al igual que sucede con comportamientos como el contagio emocional o las reacciones ante la inequidad – que estudiaremos en este mismo epígrafe – en la medida en la que se trata de capacidades que exigen una percepción ampliada de las sensaciones y necesidades, superando la posición solipsista.

La presión social es el segundo de los cuatro temas que vamos a tratar dentro de las habilidades socio-culturales. Existen experimentos que nos remiten a esta cuestión al evaluar las reacciones de los chimpancés en diversos contextos, comparando cuál es su comportamiento cuando se encuentran solos y cuál cuando están en presencia de otros individuos. Un equipo de investigadores documenta, en esta línea, un escaso nivel de

variación en ambos casos en un experimento que mide el impacto de la presión social en la capacidad de auto-control; sin embargo, existen también estudios que evidencian la inhibición social en presencia de otros miembros del grupo, por ejemplo al resolver tareas (Cronin el al. 2014). En esta misma línea irían los experimentos que examinan el aprendizaje social y concluyen que los miembros de rangos medios y bajos copian a los individuos dominantes, especialmente en situaciones de incertidumbre, mientras que estos últimos no lo hacen (Kendal et al. 2015) y tienden a utilizar estrategias consolidadas frente a posibilidades innovadoras. A raíz de estos experimentos parece razonable afirmar que el contexto social influye en los primates y que el carácter general de esta influencia es conservador, en la medida en la que tiene a establecer y repetir pautas de actuación normalizadas que funcionan como un repertorio de respuestas contextuales. No es difícil, por otra parte, especular con el potencial de este tipo de comportamientos a la hora de fortalecer los elementos de cohesión del grupo, ya que, al establecer una serie de elementos previsibles, facilita la relación entre los distintos individuos. Por otra parte, estos y otros experimentos configuran una serie de habilidades que podríamos llamar proto-culturales15 en tanto que se orientan a la actuación

dentro del grupo y generan prácticas específicas que no están biológicamente determinadas. En el terreno cognitivo hemos hablado de la de la repetición de pautas aprendidas por parte de los distintos individuos que componen un grupo (Cronin el al. 2014; Kendal et al. 2015) y de la importancia de los individuos dominantes, que imponen indirectamente – esto es, sin que sea necesaria una actuación específicamente dirigida a reprimir comportamientos diferentes – una forma de responder a situaciones o contextos dados, y en el establecimiento de reglas de actuación se producen fenómenos paralelos tal y como atestiguan estudios sobre la norma en los primates no humanos (Rudolf et al. 2011)

La negociación es otro de los temas en discusión continua dentro de la literatura especializada, ya que existen observaciones más o menos anecdóticas y se trata de un ámbito en el que resulta relativamente sencillo diseñar experimentos – de hecho, en psicología humana existe una gran cantidad de investigación empírica. En un sentido amplio, podríamos entender como formas de negociación implícita algunos de los elementos que hemos tratado en el punto anterior, puesto que, en definitiva, la reproducción de pautas de actuación y la repetición de aquellas seleccionadas por los dominantes implica una cierta comprensión de los

15 O culturales, sin más, aunque no entraremos en este punto en la compleja disquisición sobre lo que es

impulsos del individuo de mayor rango y una asunción de los mismos, por lo que podría asimilarse a una negociación no expresa en situación de inferioridad. Sin embargo, vamos a referirnos a la negociación en sentido estricto para aislar el tema y tratar de extraer conclusiones directas. Autores como Melis o Tomasello han abordado la negociación en los chimpancés a través de experimentos que consisten en diversos escenarios de compartición de alimentos – normalmente de forma indirecta, dado que la presencia de comida despierta una ansiedad muy fuerte en los primates y distorsiona el comportamiento – y en algunos casos en la reproducción adaptada de los juegos que se utilizan en psicología. En Melis (Melis et al 2009) se plantea una situación de acceso a alimentos mediante un dispensador sobre el que varios individuos tienen que actuar de forma negociada: los sujetos muestran una capacidad clara para negociar al menos en un contexto en que es imprescindible hacerlo para obtener la recompensa, y más allá de esto, un conocimiento de la actitud de sus congéneres a lo largo de la negociación y de la posición de cada uno de ellos dado que discriminan de acuerdo a la posición social de los diversos individuos. Es interesante señalar que en experimentos de similar cariz (Proctor 2013) se ha demostrado la importancia de la comunicación, al obtener resultados significativamente mejores en escenarios experimentales que permiten el contacto entre los sujetos, y que, cuando se les da la oportunidad de seleccionar el compañero con el que negociar, seleccionan al más hábil (Melis et al. 2006). Insistiendo en esta cuestión, es conveniente referirse a otro estudio de Proctor junto con otros investigadores (Proctor et al. 2013) en el que somete a los chimpancés al juego del ultimátum, con resultados muy cercanos a los que obtienen Melis y sus colaboradores. De acuerdo a los resultados de este experimento, los chimpancés con capaces de desarrollar el juego y muestran capacidad para adaptarse a las modificaciones, tanto que los datos muestran resultados muy similares a los que se han obtenido con humanos. Sin embargo, esta última observación debe venir acompañada de un dato importante: los chimpancés del experimento de Proctor provenían de una misma comunidad, lo que sin duda influye en la pericia con la que ejecutan el juego.

Reciprocidad, cooperación, altruismo

Sin duda, las cuestiones de la reciprocidad y el altruismo, muy vinculadas y en buena medida entremezcladas de forma indisoluble, son las que más debate y más estudio ha producido en la literatura primatológica especializada de las últimas décadas. Ésta es también una de las áreas

de mayor interés para nuestra investigación puesto que nos permitirá avanzar en la determinación del carácter de la socialidad primate.

Ciñéndonos estrictamente a la reciprocidad, hay que comenzar con una serie de estudios que han analizado los comportamientos recíprocos a través de experimentos diseñados al efecto; estos experimentos parten de las observaciones de primates en libertad y tratan de confirmar o refutar esas observaciones y entre ellos es sorprendente la cantidad de resultados absolutamente contra- intuitivos. Así, estudios como el realizado por Amici junto con un amplio equipo de investigadores (Amici et al. 2014) acaban mostrando una ausencia de comportamientos recíprocos. El artículo comienza definiendo la reciprocidad en un esquema de tres niveles: una reciprocidad simétrica, que se corresponde con las relaciones mutuas establecidas entre individuos con vínculos estables; una reciprocidad emocional, que se basa en la existencia de reacciones emotivas que se producen como agradecimiento por actuaciones altruistas e inducen comportamientos de respuesta; y una reciprocidad calculada, “la forma de reciprocidad más exigente en términos cognitivos” (Amici et al. 2014: [2]). A partir de este esquema, plantean un complejo experimento con el que examinan a un total de 28 individuos de cinco especies: chimpancés, bonobos, gorilas, orangutanes y monos capuchinos (Sapajus apella) con el objetivo de evaluar su tendencia a comportamientos de la tercera forma de reciprocidad, calculada, con resultados irrelevantes en la práctica totalidad de las muestras, exceptuando el caso de dos orangutanes para el que, no obstante, los investigadores reconocen que no hay resultados suficientes para establecer conclusiones fiables. Una línea similar – ampliando la perspectiva más allá de la reciprocidad en sentido estricto – es la que se observa en los experimentos sobre el trueque, en los que los primates obtienen resultados pobres y manifiestan una incapacidad para mejorar el aprendizaje, lo que motiva que algunos estudiosos (Brosnan et al. 2008) especulen sobre la necesidad de una herramienta lingüística compleja para el correcto desarrollo de estas prácticas. Gilby (2006) examina la compartición de recursos tras la caza en entornos

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