PERSONALIDAD MAQUIAVÉLICA?
El proceso de perversión que caracteriza a la personalidad maquiavélica forma parte de un panorama moral o ético perverso en el que toda la moral se vuelve relativa y orientada al fin de la conducta. Todo se mide moralmente en función de si «ello me permite o no alcanzar mis fines». No hay dilema moral más allá de la eficacia y del éxito que se pretende alcanzar.
Esto no quiere decir, sin embargo, que el directivo maquiavélico no realice protestas moralizantes continuas acerca de su comportamiento directivo ético. Suelen ser sistemáticas sus referencias a la ética en la vida de la empresa, a la responsabilidad social corporativa, a la necesidad de moralidad en los negocios. Todas estas declaraciones son meramente formales o aparentes y se combinan con la más pura ética teleológica de los fines que buscan conseguir el objetivo al precio de lo que sea y de quien sea.
Se trata de una pseudomoral o cuasiética abstracta a la que se le ha retirado debidamente todo contenido comprometedor o práctico. En el maquiavélico, sus declaraciones no se corresponden con la praxis ética. La idolatría del éxito como fin absoluto que se pretende alcanzar y la exigencia de reducir la disonancia cognitiva de sus inmoralidades de facto terminan afectando a la misma estructura de la personalidad y al razonamiento moral de estos tipos de directivos.
En la medida en que se involucran en acciones inmorales, en injusticias flagrantes, o en la destrucción de otros, se va generando un subproducto psicológico en ellos: la «disonancia». A medida que el número de acciones moralmente reprobables va incrementándose, aumenta la dificultad del directivo maquiavélico de reconocer como inmoral su comportamiento, debido a que crece su necesidad de acallar la disonancia cognitiva que estas acciones le producen. El incremento de la disonancia explica su creciente dificultad en reconocer y reconducir su mal comportamiento hacia los demás y en establecer propósitos de enmienda. Cuantas más acciones inmorales comete, más dificultades va a tener la persona en escapar a las justificaciones cada vez más éticamente inaceptables de su comportamiento. La principal de sus justificaciones consiste en un tipo
de ética finalista o teleológica que le va a permitir justificarse ante sí mismo: lo hago únicamente para conseguir lograr este buen fin, este tipo de éxito, algo que es en sí mismo un bien indudable.
De no existir esta justificación, irrumpiría en este tipo de personas el enorme malestar emocional procedente del reproche ético de su comportamiento. La amenaza de ese malestar moral o ético, siempre acechando en su interior, le hace continuar y proseguir, y le permite desplegar una falsa seguridad ética respecto a sus malas actuaciones pasadas, justificándolas como inevitables o incluso ineludibles, si se quería alcanzar determinado objetivo.
Las dudas éticas, los primeros remordimientos y la mala conciencia inicial quedan sepultados por las acciones y los comportamientos negativos ulteriores. La mala conciencia es superada en la mente del maquiavélico ante factores como la obtención de éxito, la consideración social, las buenas evaluaciones, el ser aceptado y tenido en cuenta como elemento significativo del grupo directivo. En definitiva, «estar en la pomada».
Por ello, en última instancia, lo que lleva a muchos directivos al desarrollo de una personalidad maquiavélica y a la correspondiente perversión ética, no es sino la búsqueda de éxito y la compulsión por el reconocimiento y la aceptación social. Esto les conduce a un tipo de corrupción moral de la que después es muy difícil poder salir.
El mero hecho de haber tenido éxito en alcanzar determinados fines óptimos que pretendían puede hacer justificable éticamente la actuación más reprobable.
La perversión moral que postula que la obtención de cualquier tipo de finalidad justifica la utilización de cualquier tipo de medio o instrumento es facilitada por la extensión de un pensamiento único económico que, como ya hemos visto, postula la racionalidad instrumental a ultranza. La moral empresarial propia de nuestro tiempo es la moral teleológica o finalista que muchos directivos maquiavélicos utilizan a diario en sus decisiones empresariales y que se suele verbalizar del siguiente modo:
• «Si se quiere triunfar, no queda otra opción».
• «No hay otro modo de hacer las cosas para que la empresa vaya adelante». • «El mercado lo exige».
• «Se trata de ellos o yo».
• «Me juego mi carrera, mi promoción».
La necesidad de éxito, de aprobación y de reducir la disonancia de sus malas acciones produce la espiral perversa que sepulta unas malas acciones con otras aun peores con las que se busca sofocar el malestar moral. Eso permite transformar a muchos en entusiastas colaboradores de las acciones más inmorales, perversas y destructivas que cabe encontrar hoy en día en las empresas.
El perverso mecanismo de corrupción moral, exacerbado por las características de las organizaciones y del entorno económico actual, termina por operar una transformación definitiva en la personalidad de muchos directivos que anteriormente presentaban un desarrollo moral normal. Éstos se convierten en jefes, mandos y mánagers psicosocialmente «tóxicos», cuyas personalidades podemos cualificar y evaluar sin duda como maquiavélicas.
Desde estas consideraciones, podemos explicarnos ahora el porqué del éxito editorial de algunas perlas del pensamiento empresarial más perverso, inmoral y maquiavélico que quepa imaginar y que inundan las secciones especializadas en
management de librerías y aeropuertos. Libros que proponen estrategias directivas y empresariales basadas en los más clásicos maestros del maquiavelismo como son el propio Nicolás Maquiavelo 1 o Sun Tzu 2.
LA PERSONALIDAD NARCISISTA
El mito de Narciso fue descrito en el año 43 a. C. por Ovidio en el tercer libro de la Metamorfosis. Narra la historia de Narciso, un niño que fue fruto de la violación del río Cefiso a la ninfa Lírope. El oráculo Tiresias vaticinó a Narciso un triste destino al revelar a su madre que su hijo viviría una larga vida, siempre y cuando no intentara llegar a conocerse a sí mismo. Desde su adolescencia, Narciso fue un individuo de extraordinaria belleza que atraía sobremanera a las mujeres. Entre sus amoríos se describe a la ninfa Eco, que no podía expresarle sus sentimientos, debido a que tan sólo podía repetir los últimos sonidos que oía. Como Narciso era orgulloso, despreciaba a todos los que lo amaban. En un momento determinado, uno de aquellos menospreciados por Narciso solicita a los dioses y a la diosa de la venganza Némesis que sea castigado por su orgullo. De este modo, cuando Narciso retorna cansado y agotado de una cacería, al inclinarse a beber en una fuente, la cólera divina produce su castigo. Al verse en el espejo que es el agua de la fuente, Narciso se enamora de aquél que cree ver a través del agua. Después de abrazarlo y besarlo, se da cuenta de que a quien ve en la fuente no es a otro que a sí mismo. Finalmente, Narciso muere ahogado a causa de su pasión.
Desde el mito de Narciso, y a través de distintas formulaciones de las escuelas de la psicología del ultimo siglo, se han presentado diferentes enfoques sobre el denominado narcisismo. Todos ellos tienen en común presentarlo como una especie de «amor excesivo a uno mismo» que, a la postre, resulta perjudicial para la propia persona y para los que se relacionan con ella. Se pronostica que la personalidad narcisista es precursora de todo tipo de interferencias y problemas de relación social.
Roy Baumeister, en su estudio sobre la violencia psicológica, estableció que en la raíz de la mayoría de las agresiones psicológicas se encuentran, de manera sistemática, individuos que presentan rasgos de una personalidad narcisista. Estos rasgos se caracterizan por una autoevaluación exagerada, irreal e inflada y una autoimagen muy frágil que se considera amenazada sistemáticamente por la capacidad o valía profesional de los demás (Baumeister et al., 1996). El narcisista necesita mirarse continuamente en el espejo de los demás para saber quién es. Al hacerlo descubre una pésima imagen de sí mismo, que necesita ocultar y esconder a sus propios ojos.
Para conseguirlo, desarrolla, de forma compensatoria, una imagen de sí mismo sobrevalorada de manera patológica, y percibe a las personas más agraciadas, capacitadas o más valiosas profesionalmente que él como amenazantes para esa imagen falsa que tanto le ha costado crear y mantener ante sí mismo y ante los demás. Todos los que a su alrededor pueden suponer una fuente de amenaza para esa imagen interna o social de sí mismo suelen ser objeto de procesos de persecución o eliminación.