Dr. Tirso Mejía-Ricart
Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
Introducción
Se ha dicho muchas veces, quizás con buenas razones para ello, que el consumo y tráfico de drogas constituye el mayor problema de la Humanidad en el presente siglo. En realidad, una centuria que ha transcurrido entre grandes convulsiones sociales, económicas y políticas que ha conocido dos guerras mundiales y muchas otras de gran envergadura que ha padecido horrendos genocidios y más de cuarenta años ininterrumpidos de guerra fría, de armamentismo y continua amenaza de una guerra termonuclear, no puede tipificarse por una problemática que se ha ido apoderando de la mente colectiva sólo hacia los finales de ese período, en la medida en que los problemas anteriores han ido desapareciendo o cediendo en importancia.
En cambio, todo parece indicar que el problema de las drogas estará entre los primeros de la lista de las calamidades públicas de la nueva centuria que se avecina, junto a otros no menos graves como la degradación del ambiente, la pobreza extrema, la inseguridad ciudadana, las grandes migraciones internacionales, el fundamentalismo religioso, el chauvinismo y el racismo; por lo menos hasta que surja de nuevo la amenaza de una gran confrontación internacional entre potencias nucleares que desplace a las demás de la conciencia colectiva.
Sin embargo, ninguno de los problemas enunciados, pasados y presentes, no obstante sus proporciones y peligrosidad, se equipara al de las drogas en cuanto a la diversidad de sus manifestaciones médicas, psicosociales, culturales, económicas y políticas; y por la complejidad de las soluciones que es necesario arbitrar a fin de evitar el deterioro creciente de la calidad de vida que éstos generan por doquier.
Conviene pues hacer una revisión de las toxicomanías y del narcotráfico a la hora actual, desde una perspectiva no tradicional, para examinar entonces sus posibles soluciones a partir de las realidades de países como el nuestro.
Para esos fines examinaremos primero el tema de las toxicomanías, luego el del narcotráfico, para luego tratar de sacar algunas conclusiones y recomendaciones de acuerdo a las realidades que se plantean.
Drogas y Toxicomanía
El término droga, en su sentido más amplio, tiene el significado que le da la Organización Mundial de la Salud; a saber: "toda sustancia que introducida en un organismo vivo, puede modificar una o más funciones de éste", es decir, que incluye a multitud de sustancias, y por supuesto, a todo fármaco utilizado por el hombre. En un sentido más restringido, sin embargo, el concepto de droga se refiere exclusivamente a aquellas sustancias de uso ilegal que afectan primordialmente la actividad psíquica de los individuos y son susceptibles de producir hábito o adicción, así como trastornos orgánicos diversos, en cuyo caso deja fuera el alcohol, el tabaco, el café y otras sustancias tóxicas de uso permitido en mayor o menor grado en gran parte de las sociedades conocidas, particularmente dentro de la llamada civilización occidental.
En cambio, toxicomanía es un término genérico que sirve para calificar a todas las dependencias psicológicas y orgánicas que se desarrollan en torno a ciertas sustancias que afectan la salud física y mental de los individuos, las cuales son asimiladas a través de diferentes sistemas del cuerpo humano: digestivo, respiratorio, circulatorio, cutáneo, las mucosas, etc.
Pero, hay que admitir que en 1a calificación de una sustancia como legal o ilegal intervienen también factores de tipo cultural y hasta climático propio de cada sociedad, susceptible de ser más importantes que los puramente médicos.
Así, sólo consideraciones de orden cultural permiten comprender cómo toxicomanías de tan grande impacto médico-socia1 como el a1coholismo, y el mismo tabaco pueden ser mantenidas dentro de la legalidad, mientras, que otras, como las de la marihuana y la cocaína no procesada, de menor importancia relativa desde el punto de vista de su influencia sobre la salud física y mental de la población, pero extrañas a la cultural tradicional de origen europeo, son consideradas peligrosas y declaradas ilegales.
A ese respecto, son bien conocidos los resultados trastornadores que tuvo para la sociedad norteamericana la Ley de Prohibición (Ley Seca); que estuvo vigente entre los años 1919 y 1933 en ese país, que ilegalizó la fabricación venta y el consumo de bebidas alcohólicas, sin otros resultados que un extraordinario ascenso de1crimen organizado e incontables muertes por intoxicación con alcoholes mal procesados e imitaciones.
Pero también hay poderosos intereses económicos que giran en torno a la fabricación y venta de bebidas alcohólicas, cigarros y otros estimulantes basados en la
cafeína y las drogas sintéticas, que explican esa discriminación.
Desde el punto de vista psicológico, las toxicomanías descansan frecuentemente en fallas de la personalidad más o menos estables, que han sido denominadas "caracteropatías", entre cuyos síntomas más frecuentes podemos contar la inestabilidad emocional, los sentimientos de culpa e inferioridad, la dependencia excesiva hacia otras personas, sustancias y objetos, las actitudes pasivo-agresivas manifestadas como terquedad, negativismo, conductas agresivas frecuentes y la subvaloración de las normas morales y sociales establecidas.
Los toxicómanos, entre los que están incluidos tanto los alcohólicos, la cafeinómanos y los tabacomaníacos, como los llamados drogadictos, pueden ser comprendidos como sujetos que buscan en el consumo de esas sustancias reducir la ansiedad y la frustración que padecen en la vida cotidiana, pero su dependencia se vincula también estrechamente a ciertas normas culturales y a las estructuras socioeconómicas prevalecientes, en cuanto éstas favorecen la corrupción social y la manipulación de los medios de comunicación de masas, que estimulan a su vez, el consumo de drogas psicoactivas, así como el alcohol, el tabaco y otras sustancias de uso legal, aunque dañinas para la salud.
Pero es cierto también que en la gran mayoría de las sociedades conocidas, antiguas y modernas, han estado presentes drogas estimulantes, alucinógenas o narcóticas. Estas cumplen muy diversas funciones psicosociales, entre las cuales se encuentran las de facilitar la comunicación entre los individuos, ambientar fiestas y reuniones sociales, romper el bloqueo emocional de los sujetos, superar la depresión, propiciar actos rituales de iniciación, inauguraciones, tomas de posesión, bautizos, aniversarios, etc.; así como facilitar la realización de trabajos pesados, ahuyentar las sensaciones de hambre o de apetito, controlar los síntomas que acompañan al llamado "mal de las montañas", aumentar la competitividad deportiva, incrementar la agresividad en el combate para olvidar los problemas, evitar las preocupaciones, etc.
A esas prácticas no eran ajenos los antiguos habitantes de esta isla que utilizaban la droga alucinógena cohoba en actos rituales y el tabaco en forma más generalizada por sus supuestas propiedades curativas, ni tampoco las grandes naciones industrializadas modernas, cuyos ejércitos han utilizado el alcohol, las anfetaminas y hasta la cocaína para estimular a sus soldados a la hora de ir al combate.
Dependencia, Habituación y Adicción a las Drogas
neuropsíquicas, que tienen algunas de las características siguientes: a) Actúan primordialmente en el cerebro
b) Poseen toxicidad neuropsíquica con síntomas generalmente reversibles y efectos nocivos sobre el "arousal" y las capacidades de funcionamiento psíquico y
psicomotor.
c) Provocan una sensación primaria agradable, modificando las percepciones sensoriales y atenuado las sensopercepciones desagradables.
d) Actúan como potentes reforzadores, determinando una necesidad compulsiva a su consumo.
e) Su empleo frecuente conduce a la tolerancia, es decir, a la necesidad de incrementar las dosis para conseguir el mismo efecto. A veces, la tolerancia reforzada es cruzada con otras drogas de similar constitución química.
f) Después de un tiempo de su uso, la supresión brusca de su administración suele producir un síndrome de abstinencia, benigno o grave, según la droga.
g) El uso frecuente de la droga durante un período prolongado, variable según la droga, el sujeto y otras circunstancias, suele agravar enfermedades físicas o psíquicas preexistentes o hacia las cuales el drogadicto se halla predispuesto. Pero, en realidad, existen notables diferencias en cuanto al efecto de las drogas sobre los individuos, de acuerdo a su naturaleza y también en virtud de la acción sinérgica de dos o más de éstas sobre el organismo.
Anteriormente, la mayor parte de los drogadictos en Occidente era de origen médico, es decir, que adquirían la dependencia como consecuencia de la medicación normal o excesiva para combatir las enfermedades, sobre todo las muy dolorosas o con alteraciones mentales. Por esa razón, la drogadicción era más frecuente en personas de edad madura, más propensas a padecerlas, a los que se añadieron médicos, gente de espectáculo, artistas y sujetos alcoholizados o moralmente degenerados que se ponían en contacto con el mundillo de las drogas de las grandes urbes. Hoy en día, sin embargo, son sobre todo jóvenes, insertados en subculturas auspiciadas en gran medida por los narcotraficantes, en las que el consumo de drogas se ha incorporado a los
rituales de "iniciación" juvenil, a la búsqueda de nuevas experiencias y emociones, al escape de las situaciones de frustración o conflicto y a las llamadas crisis de identidad de los adolescentes, que son otras tantas causas del auge del
consumo de las drogas entre los jóvenes contemporáneos.
La dependencia a las drogas ilegales, al alcohol y en menor grado al tabaco y a la cafeína, puede manifestarse en dos niveles de intensidad: la adicción y la habituación, sin que haya una línea divisora clara entre ambos síndromes.
La adicción es un grado profundo de dependencia en el que se crea un estado de
necesidad y compulsión de consumir drogas o alcohol por cualquier medio, así como de tolerancia hacia la droga, es decir, que requiere dosis crecientes para satisfacerse. En esos casos, la suspensión de la dosis genera en el adicto un síndrome de abstinencia o
desintoxicación, debido a mecanismos bioquímicos que se han establecido en el
organismo, relacionados con la tolerancia adquirida. La dependencia en estos casos tiene raíces fisiológicas muy arraigadas, que pueden hacer del sujeto un irresponsable social, como resultado de un proceso de deterioro físico y mental.
La habituación, por su parte, supone un grado de dependencia menos acusado, que
incluye un gran deseo y cierto grado de compulsión hacia el consumo de sustancias psicoactivas, por los efectos que éstas producen en el psiquismo, sin que haya tolerancia propiamente dicha, ni un síndrome de abstinencia caracterizado luego de la suspensión de su uso.
Existen sustancias como los opiáceos y la cocaína que son muy adictivas, mientras otras, como la marihuana y el alcohol, lo son en menor grado; pero la constitución somatopsíquica de cada individuo influye también considerablemente, hasta el punto de que otras sustancias menos psicoactivas, como las anfetaminas, los barbitúricos, el tabaco y hasta la cafeína, pueden generar no sólo habituación sino adicción, mientras que otros sujetos pueden consumir altas dosis de drogas con pocos efectos secundarios.
Por otra parte, muchas sustancias consideradas inocuas y no psicoactivas, como el chocolate, las golosinas, las mentas, los refrescos gaseosos y hasta el agua helada, son susceptibles también de crear habituación en algunos individuos, que supone cierto grado de dependencia psicológica con respecto a las mismas.
La adicción y en menor grado, la habituación, son causas frecuentes de serias dificultades familiares, de delitos diversos, incluso crímenes horrendos, la falta de adaptabilidad social y de incapacidad de trabajo útil que afectan a la sociedad en su conjunto.
Clasificaciones de las Drogas Toxicomaníacas
Tanto la historia de la medicina como la farmacología moderna recogen una gran cantidad de drogas psicoactivas, capaces de generar dependencia, alteraciones de la conducta y problemas sociales diversos, las cuales son susceptibles de ser agrupados de acuerdo a diferentes criterios, tanto sociales como médicos, y se destacan los que sirven de base para hacer diversas clasificaciones, entre las cuales proponemos, de acuerdo a su interés innegable, las cinco siguientes:
De acuerdo a su origen, tales drogas pueden ser divididas en naturales, cuando se
basan en los extractos y síntesis de sustancias que se dan en la naturaleza, generalmente de base vegetal como los opiáceos, alcohol etílico y la mescalina; y sintéticas, que son las constituidas artificialmente por el hombre, entre las que figuran el LSD-25, las anfetaminas y las sustancias volátiles.
De acuerdo a su status jurídico, estas drogas pueden ser institucionalizadas, por
su venta libre al público, aunque sea con ciertas restricciones de edad, lugares y horarios, como el alcohol, el tabaco y el café; de uso farmacéutico, bajo receta médica, tales como las anfetaminas, los barbitúricos, los ansiolíticos y la morfina, para
uso industrial solamente, que no incluye el consumo humano como el polvo de ángel
y las sustancias volátiles, y clandestinas, de adquisición prohibida (cocaína; LSD-25, heroína, etc.).
De acuerdo a su impacto social, las drogas toxicomaníacas se pueden clasificar en principales, por la importancia de su influencia sobre la conducta individual y
colectiva, como son las bebidas alcohólicas, los opiáceos, la cocaína, la marihuana y el LSD-25; y las consideradas secundarias, como son los casos del café, el tabaco, la mescalina y la psilocibina.
De acuerdo a su peligrosidad, dichas drogas toxicomaníacas se califican de pesadas o duras, cuando se trata de sustancias que generan gran dependencia y
toxicidad, tales como los opiáceos y la cocaína; y livianas o suaves, cuando sus efectos son ligeros y no generan adicción, como la cafeína, el tabaco y la marihuana.
De acuerdo a sus efectos psicofisiológicos sobre el organismo, dichas drogas se
distinguen en tres grandes categorías: los estimulantes que son sustancias que se caracterizan por su capacidad de incrementar la actividad o excitación del sistema nervioso central, la cual puede alcanzar altos niveles de euforia y confusión mental, acompañadas de diversas manifestaciones conductuales, estado que usualmente es seguido por un período de depresión y letargo que puede ser tan intenso como el anterior, entre los cuales podemos citar la cafeína, el tabaco, el alcohol, el cannabis, la cocaína y las anfetaminas; los alucinógenos que son sustancias que generan primordialmente experiencias alucinatorias con escasa alteración de la conciencia, de manera que los sujetos bajo sus efectos pueden percibir y comunicar a tos demás sus vivencias, en los cuales podemos citar el LSD-25, el polvo de ángel, la mescalina, la psilocibina y distintas sustancias volátiles; y los hipnóticos, que son drogas cuyo efecto principal es psicodepresor, es decir, que actúan sobre el sistema nervioso central induciendo la analgesia, el sueño y la relajación a todos los niveles, entre las cuales se
destacan: los opiáceos, los barbitúricos y los ansiolíticos.
El Narcotráfico
El tráfico ilegal de drogas psicoactivas merece especial atención por su gran impacto sobre la salud, el orden social y la economía de los países tanto productores como consumidores de drogas prohibidas, debido a su capacidad para envolver a gran número de personas, tanto en la producción, el transporte, y el almacenaje de las mismas como en la distribución de las sustancias a los consumidores y adictos a ese flagelo. A tal punto, que se le considera "el mal del siglo", capaz de influir a veces decisivamente sobre la estabilidad y control de gobiernos y sobre el equilibrio macroeconómico de los países afectados.
Se trata en realidad de una "industria" que según se estimó en 1989 generaba ganancias por valor de 300,000 millones de dólares anuales, la tercera parte del dinero que se movía en todo el mundo. Sólo en los Estados Unidos la venta de drogas ascendía entonces a unos 110,000 millones de dólares, el doble de lo que producían sus 500 empresas principales y superior al producto de toda su agricultura; que pagaban más de dos millones de consumidores, a los que debían sumarse otros 60,000 millones que perdía la industria norteamericana en productividad y por accidentes a causa del uso de drogas, según señala el informe de la Casa Blanca en su "National Drug Control Strategy (1989). Hoy en día se estima que las drogas que se venden a nivel mundial pagan más de 400,000 millones de dólares.
En América Latina, se calcula que la producción y tráfico de drogas emplea a más de tres millones de personas de manera directa, los que con sus dependientes superan a quince millones. Con los empleos indirectos que genera y sus respectivos dependientes llegan hoy en día a más de cincuenta millones los latinoamericanos vinculados a la economía de las drogas, dentro de los cuales hay que contar a políticos, funcionarios administrativos y judiciales, militares, policías y hasta sacerdotes. Todo ello a pesar de que se estima que en esta región sólo queda el 5% del total del dinero producido por las drogas.
Estamos pues ante un problema mayúsculo, que no sólo afecta a la salud de millones de personas, sino que atenta contra las bases éticas, sociales y políticas sobre las que puede descansar un futuro de paz, prosperidad y democracia, así como la supervivencia misma de las sociedades contemporáneas.
Frente a este flagelo, la política represiva y de persecución legal generalizada, con énfasis en los países productores, impuesto por el gobierno norteamericano a los países
latinoamericanos, no obstante las amargas experiencias y secuelas que dejó la "Ley Seca", con millares de muertes por intoxicación, el auge del pandillerismo, la corrupción generalizada y el incremento en la adicción. (Álvarez, Ana J, 1991).
Esa política ha tenido la virtud de atestar las cárceles de consumidores pobres y pequeños traficantes en todo el Continente, en tanto que la masa de los grandes traficantes encuentran vías para hacer crecer la oferta al amparo de sofisticadas técnicas y del cohecho de las autoridades civiles y militarizadas.
La participación de los narcotraficantes en la política activa, aunque por debajo de muchas especulaciones periodísticas, se hace presente usualmente en el nivel local, aunque no son infrecuentes los candidatos y dirigentes vinculados al tráfico de drogas; sin que hayan faltado casos como el del General García Mesa, en Bolivia en 1980, quien dirigió un régimen de gobierno al servicio del narcotráfico, y otros, como en Haití y Panamá, en los que las Fuerzas Armadas han estado casi abiertamente envueltas en dicho negocio. La implicación económica de los carteles del narcotráfico en la elección del presidente Samper de Colombia y la detención de altos jerarcas civiles y militares en muchos países latinoamericanos acusados de complicidad con el narcotráfico, indican la gravedad creciente de la situación.
Pero tal como ha señalado Vásquez-Viaña (1980), "la ley de la economía de mercado es la única Ley que el narcotraficante no ha violado". De manera que siempre que haya demanda potencial de drogas con poder adquisitivo para satisfacerla a precios atractivos, habrá también quienes las produzcan y las distribuyan; y de paso que induzcan su consumo en nuevos adictos, no importa cuán severos sean los castigos que se establezcan para tratar de controlar dicho tráfico. En su crecimiento, los cárteles de la droga han llegado a tratar de someter a las autoridades civiles y militares para detener su persecución y eventual extradición hacia los Estados Unidos, a través de secuestros, asesinatos y verdaderos actos de terrorismo genocidio contra la población y las instituciones policiales y judiciales de los países en los que tienen mayor incidencia.
El Tejido Social del Narcotráfico
No se puede pretender solucionar o atenuar siquiera la problemática de la