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El hecho de que en su modo de proceder los padres conciliares del Vaticano II desarrollaran, en lo fundamental, una dialéctica tópica de la fe, conduce a una serie de conclusiones que deben determinar la hermenéutica de los textos del Vaticano II.

1. La pragmática asignada al Concilio por Juan XXIII —como objetivo y no en el plano operativo— no se implementó por los padres conciliares de forma intelectualmente arbitraria y emotiva, como hacen pensar las observaciones del cardenal Ottaviani con ocasión de la presentación del esquema sobre la Iglesia. Resignado, ironizaba diciendo que estaba preparado para las “habituales letanías de los padres conciliares: no es ecuménico, es escolástico, no es pastoral, etc.”50. Los padres conciliares, más bien, renovaron el método teológico en boga desde la época moderna y puesto a su disposición por la tradición.

2. El Concilio radicalizó decididamente este método. Ni en Melchor Cano ni en la tradición seguida hasta entonces este método había sido aplicado a la autocomprensión de la Iglesia en su conjunto y a la comprensión de la revelación en cuanto tal. Tanto en Melchor Cano como en la tradición se encontraban en primer plano cuestiones teológicas singulares; sobre ellas versaban las discusiones respectivas. Antes del Concilio, esta profundización del método había asomado con vacilación en ciertas contribuciones teológicas pioneras. Con ello el Concilio llevó a cabo una diferenciación esencial. La cuestión acerca de la autodeterminación de la Iglesia y de la comprensión de la revelación por parte de la Iglesia presupone —en el cuadro de este método— la diferencia entre la Iglesia o la revelación y su respectiva forma histórica, concreta de existencia. Solo a partir de esa diferenciación —tematizada en Juan XXIII de modo ambivalente bajo el lema de la distinción entre la fe y su expresión— se puede producir una determinación de la autenticidad y de la identidad de la Iglesia o de la revelación y de aquello que pertenece a ambas.

Pero también en la modalidad de su realización los padres conciliares radicalizaron la dialéctica tópica de la fe. Existe una diferencia cualitativa entre el tratamiento de esta temática por parte de teólogos y la concreción real de tal proceso por parte de obispos, que representan a la Iglesia. El teólogo o el obispo en particular que predican, procediendo de esta manera solo presentan un proyecto a la Iglesia en tanto tal, un esbozo que en mayor o menor medida puede pertenecer a la Iglesia. Por cierto también los concilios y sus declaraciones requieren una real recepción por parte de la Iglesia. Pero el episcopado mundial reunido en concilio representa a la Iglesia en una forma de expresión del todo diversa respecto a la de un teólogo o la de un obispo singularmente considerados. Por otra parte, corresponde al concilio, en tanto gremio, una competencia directiva universal en la Iglesia, por lo cual esta suerte de dialéctica tópica de la fe se convierte en un proceso real en la Iglesia.

3. La esperanza ecuménica y la confianza de los padres conciliares de estar en camino hacia la unidad con los hermanos y las hermanas separados nació del modo de proceder que ellos adoptaron y que acabamos de describir. No se trataba de un estado de ánimo pasajero o de un entusiasmo superficial. Esta esperanza se nutría de la fe misma, la cual depende, en sus expresiones, en sus diversas doctrinas, en sus formas institucionales, de un esclarecimiento que recurre metodológicamente a criterios que, en una parte considerable, eran también reconocidos o respetados por los interlocutores ecuménicos. A esto se suma el hecho de que este esclarecimiento estuvo animado por un espíritu de diálogo, que tiene que ver con la fe misma. La esperanza y la confianza que de allí proceden se fundan en la fe escatológica que es una y conduce a la unidad.

4. Después del Concilio se le ha reprochado a los padres del Vaticano II un injustificado optimismo acerca de la acogida de la fe por parte del hombre y la mujer modernos y se le han imputado tendencias a la adaptación a la edad moderna, explicadas, por ejemplo, con el sentido de un nuevo inicio abierto en la época de Kennedy y con otros fenómenos externos. En lo fundamental, es imposible negar estos fenómenos. Sin duda, nos encontramos en presencia de influjos del tiempo. Pero tal interpretación global debería considerarse como insuficiente. Los padres conciliares, en cambio, estaban profundamente convencidos de que la confrontación honesta con los problemas del mundo y de los hombres y mujeres, lo mismo que la libre aceptación y valoración de los nuevos conocimientos de la humanidad, podrían cambiar la posición de la Iglesia en relación a su credibilidad e impulsar un proceso abierto tendiente al consenso. En este optimismo y en esta confianza, que han iluminado el Concilio como evento, se transparenta algo de la alegría escatológica.

5. El carácter pastoral del Concilio y de todos sus documentos —que no anula las diferencias entre las constituciones o aquellas entre las afirmaciones dogmáticas y las afirmaciones orientadas directamente a la praxis— reside en el hecho de que a través de todas sus afirmaciones el Concilio quiere proponer, en última instancia, un testimonio de la verdad cristiana de una manera esclarecida de cara a la opinión pública y a las otras iglesias y religiones. Esto resulta de la metodología del Vaticano II, que es una dialéctica tópica de la fe. Las diferenciaciones en afirmaciones dogmáticas, morales o pastorales están sujetas a este carácter general. Estas no constituyen categorías fundamentales, distintivas. Es precisamente esta fundamentalísima forma de testimonio de la verdad cristiana, que se indica con el término “pastoral”, la que la sagrada Escritura atribuye a la promesa del Espíritu. De ningún modo se quiere insinuar que la Iglesia estaría en grado de conocer exactamente en todos sus detalles y de modo infalible la condición de los hombres y mujeres de su tiempo. Significa que a la Iglesia le ha sido asegurada la asistencia del Espíritu y la permanencia en la verdad, si se sitúa honesta y seriamente con postura crítica frente a sí misma, si se mide con los criterios de la fe —como están atestiguados en los topoi— y si reconoce al mismo tiempo al mundo y a las personas humanas en sus justas exigencias51.

6. En base al método utilizado, los documentos del Vaticano II presentan un doble carácter. Estos bosquejan, ante todo, una imagen de la Iglesia, de la revelación, de la liturgia, etc., y tienen, desde este punto de vista, el carácter de documentos doctrinales y

de consenso. Basados en la pragmática de la cual fluyen, estos documentos poseen un carácter paradigmático en lo referente al método. Ofrecen líneas fundamentales, pero

representan también, al mismo tiempo, el desafío de confirmar siempre de nuevo esas líneas fundamentales y, con la repetición, con la epidosis eis hauto (progreso hacia sí mismo), impulsar esas clarificaciones.

7. En consecuencia, se hace justicia a los documentos del Vaticano II solo si se percibe en ellos la prenda de la recuperación de una libertad de pensamiento en la Iglesia, de una liberación de la creatividad y de la responsabilidad, precisamente a partir de la obligación que se tiene en lo referente a la fe. Estos documentos se encuentran también al inicio de un nuevo tipo de teología en la Iglesia postridentina, además de un nuevo tipo de dirección responsable de la Iglesia. Una y otra no se llevan a cabo espontáneamente en la Iglesia. Signos de esperanza son, por ejemplo, los sínodos regionales celebrados después del Vaticano II, el sínodo especial para África y el ofrecimiento realizado por el papa en su encíclica ecuménica de 1995, Ut unum sint, de un diálogo ecuménico sobre una adecuada estructuración del ministerio petrino, de manera de posibilitar que el papa ejerza de modo apropiado su labor en favor de la unidad de los cristianos.

8. El carácter de compromiso de muchos pasajes de los documentos conciliares obliga a reflexionar sobre el modo de relacionarse con aquellos pasajes en los cuales la minoría introdujo, directa o indirectamente, afirmaciones inconciliables con la línea general de los documentos. Afirmar que la mayoría representó sobre todo la tradición más antigua y que la minoría a la época moderna —es decir, la tradición más reciente de la historia de la Iglesia—, pero que entre ambas tradiciones no se ha mediado suficientemente, puede exponer fácilmente a errores de interpretación52. La minoría no representó simplemente los más recientes desarrollos magisteriales, en el sentido de atribuirles un valor pragmático conciliar general. Ella procedió, más bien, según el principio neoescolástico, de acuerdo al cual, a partir de los textos ya definidos, se procede a una reconstrucción de la entera comprensión de la fe. De esta manera, no se permite a la Escritura y a las tradiciones antiguas validarse en sí mismas como entidades autónomas, sino que se las subordina a las afirmaciones más recientes. De allí que estos pasajes presenten contrastes que deben ser elaborados en el plano teológico. En el curso del Concilio la mayoría pudo realizar más fácilmente estas reelaboraciones y estos ordenamientos allí donde ya existían nuevas concepciones en grado de mediar e iluminar. Pero tales concepciones faltaron sobre una serie de ámbitos problemáticos. El proceso postconciliar necesita este trabajo ulterior. Ya dimos un ejemplo importante: la concepción del primado y del magisterio que Juan Pablo II abrió al diálogo en su encíclica ecuménica. Para la interpretación de los documentos existentes se deriva de aquí que los contrastes y rechazos en el flujo mismo del texto no deberían disimularse. Por su parte, la interpretación no podrá evitar, al

menos, indicar perspectivas en orden a una comprensión más coherente y consistente, a partir de la pragmática del Concilio.

9. La adecuada interpretación de los documentos conciliares, la elaboración de su comprensión, su valoración, la indicación de sus pasos y límites problemáticos presuponen que los citados topoi, los propiamente teológicos y los generales, constituyan el sistema de referencia. Al respecto, se debe prestar una particular atención a la cuestión acerca de la forma en la cual son abordados los topoi: si se los aborda comprendiéndolos en su modo histórico-científico actual o en su modo general-tradicional. Solo prestando atención a esta estructura de referencia es posible acrecentar la plausibilidad de los textos conciliares y también esclarecer, comparando, la no arbitrariedad y con ello el carácter vinculante objetivo de las afirmaciones conciliares. El Concilio no definió ningún dogma particular. Sucedió así por buenas razones, pues una visión de conjunto de la Iglesia y de la revelación escapa al uso de definiciones dogmáticas. Eso no significa que esta visión global no sea vinculante. Por una parte, dicho carácter vinculante deriva de la cosa misma; eso puede ser mostrado solo mediante una referencia a los topoi y, por otra parte, este carácter vinculante proviene de la autoridad del Concilio en cuanto acontecimiento del Espíritu y de su conducción.

10. En la interpretación de los textos conciliares, una particular atención reclaman los loci

alieni (ajenos), sobre los cuales me detengo particularmente en el capítulo séptimo. Los

padres conciliares no se refirieron solo a los topoi clásicos introducidos por Melchor Cano. Puntos de referencia y hogar de los argumentos fueron también para ellos las grandes concepciones antropológicas, culturales, jurídicoinstitucionales, sociológicas y económicas que, sostenidas por un amplio consenso ético en la humanidad actual, son, por así decirlo, formaciones de la razón histórica general de la época moderna. Pero porque en el actual proceso de transformación cultural estas grandes concepciones cambian su respectivo perfil, es necesario determinar estos loci alieni de la época del Vaticano II, clarificar su aceptación por parte del Concilio o su conciencia por parte de los padres conciliares y extraer de ellos los criterios que deben ser tenidos en cuenta, junto a otros, en la valoración del Concilio. Se trata de co-criterios, mediante los cuales se puede abrir un juicio sobre el cumplimiento o no de la aspiración del Concilio: articular la autocomprensión de la Iglesia y de la revelación en relación a la situación actual.

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