Cuando se trata de clasificar las situaciones que llevan a las personas a consultar un terapeuta, se observa que hay varias maneras de categorizarlas; por ejemplo por tipo de problema (“patología”), o por tipo de situación (individual, de pareja, de familia), o por tipo de estrategia terapéutica em- pleada. Yo voy a utilizar una categorización pro- pia, que no es exhaustiva y que ni siquiera es una categorización, pero que sirve bastante bien para
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
ilustrar ciertos aspectos del proceso que me inte- resa mostrar; probablemente no sirva para ningún otro propósito. En algunos casos hago resúmenes y en otros transcripciones, o una mezcla de am- bos; a veces hago comentarios y a veces no, por- que me parecen innecesarios; sé que los lectores encontrarán sus propios hilos de Ariadna para salir de los laberintos en los que vamos a entrar ahora. Solamente trataré de ayudarles planteando unas cuantas preguntas para que desarrollen sus propios procesos de reflexión.
Nunca hay problemas pequeños: todos son trascendentales para quien los vive. Si no fuera así, ¿estarían las personas dispuestas a destinar, además de bastante tiempo, unos recursos financieros im- portantes, que siempre hacen falta para otras cosas, en tratar de encontrar una solución? Si no fueran importantes, ¿aceptarían pasar tantas horas entre lágrimas y malos recuerdos?
Yo sé que he sido y soy un buen terapeuta. Lo digo sin ninguna clase de arrogancia, pero también sin esa falsa modestia que no es más que hipocresía elevada al cuadrado. Si no fuera así, nunca habría podido persistir 30 años en esta actividad. Pero no voy a poner ningún énfasis en mis “éxitos” (aun cuando mencionaré un par de ellos) como tera- peuta, al contrario. Voy a hablar sobre todo de mis errores, de mis fracasos, de mis decepciones y de mis dificultades. No es que pretenda que ser tera- peuta es una misión extraordinariamente difícil: lo
que ocurre es que la mayoría de quienes escriben sobre estos temas quieren mostrar sus elevados lo- gros, pero lo que yo quiero es mostrar el lado más humano de una de las actividades más extraordi- narias de la vida moderna, pues supera a cualquier otra profesión en la medida en que incluye todas las dimensiones de las que ellas se ocupan: el cuerpo, la relación con los demás en diferentes planos, y la relación más profunda y menos conocida de todas: la relación que cada uno de nosotros tiene consigo mismo. Allí no es nada simple entrar, pero una vez que se es admitido, el mundo adquiere unas propie- dades que no son visibles desde ninguna otra profe- sión porque, a diferencia de todas ellas, en las que se utilizan marcos de referencia externos –la ciencia, la ley, la religión– en esta el único marco de referencia
aceptable es el del sujeto mismo, que el terapeuta debe ser capaz de entender y asimilar: si no lo hace, su fracaso será inevitable e irremediable.
Los calificativos que empleo para los casos que presento a continuación solamente se refieren a la manera como yo los viví; es decir, cuando digo “imposible” o “difícil” solo quiero decir que así me parecieron, pero es probable que a otras personas les parezcan “simples” o “elementales”.
Un caso imposible
La consulta es de una pareja que está actualmente divorciada y que tiene dos hijos: Carmenza, de 19
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
años, y Alberto, de 18. El motivo de consulta es Al- berto, quien desde muy pequeño se distinguía por crear desorden en todas partes, ser agresivo y sucio. Ambos padres trabajaban y reconocen que no es- tuvieron muy presentes. A los 10 años Alberto ha- bía estado en cuatro colegios, y vivía obsesionado por los juegos de computador. A los 15 años creció bruscamente, convirtiéndose en un joven atractivo que llamaba mucho la atención de las mujeres; a los 16 empezó a frecuentar a una vecina casada de 33 años, y con ella descubrió el alcohol, se inició en el sexo y no iba al colegio por estar con ella. Empezó a robar cosas en la casa y tomaba mucho alcohol; el padre cree además que tiene tendencias homosexuales porque se preocupa excesivamente por su cuerpo, se inyecta esteroides y lo ha visto paseándose con un modelo que, según él, es reco- nocidamente ‘gay’; a esto se añade que en un paseo de la clase un profesor dijo que lo había encon- trado acariciando a un compañero. Pero al mismo tiempo andaba con una novia de 15 años con la que tenía relaciones sexuales, aun cuando se en- redó con otra mujer de 30 y la novia le terminó; entonces Alberto empezó a inhalar pegantes e hizo un intento de suicidio que lo tuvo una semana en la clínica. Le han notado, dicen los padres, inclina- ciones pirómanas: ha quemado cortinas y tapetes en la casa, y con frecuencia aparecen cosas que- madas. La madre dice que cree que Alberto tuvo relaciones sexuales con la perra de la casa, porque
le encontró muerta y con rastros de semen. Y le escuchó una conversación con un amigo al que le decía que le encantaría echarle gasolina a un gato y quemarlo vivo.
Hace pocos días Alberto decidió irse de la casa, se llevó el carro de la mamá y lo estrelló. Entonces decidieron consultarme.
Entrevista con Alberto
Efectivamente es un joven muy atractivo, y parece mayor de lo que es. Le digo lo que he estado ha- blando con sus padres.
Nunca pienso en mi futuro, máximo el año en- trante. En cuanto a las drogas, hace año y me- dio empecé, realmente lo que hago es fumar marihuana… Cocaína solo he tomado tres veces y basuco fumé una sola vez durante ocho días seguidos. Con el trago empecé hace cinco o seis años. Tomo cada ocho días, en particular vino, con un amigo. Hace tres años tuve una época en la que tomaba aguardiente todos los días desde por la mañana. Vivía aburrido, nada me interesaba. Hace bastante que no tomo solo: como seis me- ses. Boxer (un pegante) sí he ensayado pero una sola vez, aprendí viendo a unos gamines. Cuando decidí irme de la casa, yo no iba a pedir ni uni- versidad ni comida y por eso me llevé el carro. Yo tenía derecho, era lo último que me darían.
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
Yo no le vi problema a eso, era simplemente mi herencia. No tenía colegio, me habían echado y me trataban mal en la casa por lo de los colegios. Es cierto que le robaba plata a mi mamá. Lo hago por el carro, lo que más me gusta es manejar (jus- tifica los robos del carro). Me botaron del colegio porque me fui para mi casa en horas de estudio y creo que ellos ven como problema lo de la droga, pero yo no. Yo de verdad no veo ningún proble- ma en mi vida.
Dos sesiones más tarde llega el padre de Alberto al consultorio, descompuesto por la furia y dos minu- tos más tarde entra Alberto sudoroso. El padre le pregunta que en dónde estaba y que cómo llegó, a lo que responde que en bus. El padre lo confronta fuertemente y lo acusa de seguir enredado con la mujer de 30 años, quien le prestó un carro nuevo y bastante costoso, a pesar de que Alberto no tiene pase y apenas sabe conducir. Se fue con la hermana y una amiga de ella a “dar vueltas” y estrelló el carro contra un bus. El padre acaba de encontrar el carro a una cuadra del consultorio. Alberto al principio niega todo, y luego con un cinismo y una frialdad increíbles acepta que él sí sigue con la mujer y que tiene su carro, y concluye que no pasa nada porque ella no le va a cobrar por haberle estrellado el ca- rro. El padre le dice que a partir de ese momento no hay autorización de salidas, que el único sitio donde puede ir es a hablar conmigo, que puede ir
al gimnasio una hora diaria, y que si se escapa lo echa de la casa. En toda esta situación Alberto está absolutamente tranquilo e indiferente, pasando de una mentira a otra sin inmutarse. Reconoce que sí puede haber algo de irresponsabilidad en lo que acaba de hacer, y ante una pregunta sobre los robos en su propia casa, dice que tal vez sí se ha llevado algunas cosas, pero que no se acuerda.
Le pido al padre que salga y Alberto dice que a él no le importa mucho lo del estrellón porque esa mujer es su amante y sabe que no se lo va a cobrar. Asegura que para él el sexo no es tan importante, y que le atraen las mujeres mayores porque le dan plata, que eso no tiene nada de malo: ellas quieren sexo y él quiere plata. Le pregunto por los incendios y dice: “hace unos años quemé el tapete, después de eso quemé una caneca. He pensado en bombas de humo, en pólvora, en gasolina y en alcohol. Una vez armé una casita y la hice explotar, pero no, no he pensado en volar una casa o en hacer explotar un carro, en realidad no he pensado en eso”.
Lo interrogo acerca de sus relaciones con ani- males y contesta “Sí, me gustan”. Le pregunto con- cretamente por relaciones sexuales con los perros y dice “La verdad es que no me molestó que pen- saran que a la perra la maté yo por tener sexo con ella, pero lo que pasó es que la perra se murió por- que mi hermana le había dado una patada”.
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
Tres días más tarde
Inicio la sesión preguntándole si no creía que en su comportamiento había elementos muy peligrosos.
A: Es un concepto personal, pero creo que usted está en lo cierto. Nunca he estado mal, solo aho- ra desde la ruptura con Caro (su novia). La pri- mera vez que tuve sexo con ella fue pésimo por que yo había metido cocaína, me sentí inmundo. Mientras estuve cuadrado con ella, no metí dro- gas ni tomé trago, salvo cuando el papá de ella me daba. No sé por que Caro me terminó, me dijo que eran un montón de cosas pequeñas y yo creo que lo que pasaba era que quería a otro tipo. Duré una semana tomando y llorando, tomando alcohol industrial. Luego me fui a Cartagena y allá metí Bóxer, basuco, marihuana y cocaína. Me sigo sintiendo igual de mal pero no tengo ideas suicidas. Mi papá sí me deja quedar donde esa vecina, mi mamá no. Caro y yo fuimos a una fin- ca y nos emborrachamos los dos tremendamente y tuvimos relaciones sexuales por todos lados y fueron relaciones muy violentas, es lo más violen- to que he tenido. Ella se parece mucho a mí. De esa relación sexual quedó embarazada y tuvo que abortar. Ella tiene quince años.
Una semana más tarde
Luego de informarme que lo acaban de expulsar del colegio por escaparse, empieza a hablar de las reacciones de sus padres:
Mi papá es serio, trabajador, responsable, autori- tario, a veces injusto. Para el yo creo que nunca voy a crecer, no es cariñoso pero se preocupa por mi. A veces siento molestia porque él es in- justo. Mi mamá no es cariñosa, no se preocupa mucho, casi nada. Es más liberal, más injusta, más autoritaria y más fresca. Sus “no” son defi- nitivos, en cambio los de mi papá no. Cuando tenía quince años, andaba en la calle todos los días hasta las diez de la noche y no decía nada. Nunca he pedido plata y por eso me dan muy poquito. No me dan ni siquiera diez mil pesos mensuales. Antes de que metiera droga y tanto trago, no me daban plata. Pasé de que me man- tuvieran mis papás, a que me mantuvieran mis amigos. Siempre estoy con ellos, casi no voy a fiestas. En cuanto al modelo que andaba detrás de mí, en realidad él no era homosexual sino ayudante de un mafioso. Ellos se consiguen la plata vendiendo droga y yo acostándome con viejas. Qué le puedo decir, es como un chofer de bus burlándose de un taxista. Sí pensé meter- me en eso (mafioso) pero todo me está saliendo mal, entonces mejor no. Pero a mi, nada de eso me parece mal.
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
APG: Me da la impresión de que para ti las nor- mas no parecen representar ningún problema. A: (Luego de un silencio). Matar sí me parece mal… robar no sé… Meterse con Dios también está mal.
Dice que no está tomando alcohol ni consumiendo drogas.
10 días más tarde
Alberto llega diciendo que se le perdió la plata que le había dado el papá para pagar la consulta… Observo que la nariz le gotea continuamente. Dice que lo que pasa es que anoche no quiso entrar a la casa porque le daba miedo: el papá y la mamá estaban hablando sobre él, y entonces entró a las tres de la mañana y se resfrió. Lo presiono con preguntas y finalmente le digo que lo que él tiene son síntomas de estar con- sumiendo cocaína y que observo que miente todo el tiempo: le muestro varias contradicciones referen- tes a lo que dice que ha estado haciendo y sobre su empleo del tiempo. Entonces muy tranquilamente dice que si, que es cierto que está consumiendo co- caína. Le digo que en esas condiciones no puedo se- guirlo viendo, pues no tiene sentido que me mienta. Esa misma noche Alberto se desaparece de su casa y cinco días más tarde llega a buscar sus cosas, que la mamá le pone en la puerta sin dirigirle la palabra.
Dos semanas después, mientras la madre y la hermana estaban en un paseo de domingo, Alberto llegó con varios amigos y un camión pequeño y se llevó todo lo que había de valor. La hermana le había contado que irían a un paseo todo el día, pero nadie sabía que él tenía un juego de llaves de la casa. Cuando la policía lo detuvo, dijo otra vez que eso era ‘su herencia’, y que ya se la había gastado. Los padres permanecieron en silencio y lo dejaron ir.
Alberto fue para mí un “caso imposible” porque manifiestamente todo el esquema de su compor- tamiento encaja dentro del trastorno de persona- lidad antisocial. Y este trastorno, uno de los mejor descritos dentro de la literatura psicológica y psi- quiátrica, es uno de los menos abordable desde el punto de vista de tratamiento. El cinismo, la falta de sensibilidad ante los demás, la ausencia de senti- mientos de culpa, la irresponsabilidad, la mentira, la búsqueda de placer inmediato, la superficialidad en sus autoanálisis, la indiferencia ante las normas, la justificación de las acciones socialmente repro- bables, la crueldad con los animales y las tenden- cias incendiarias, hacen de Alberto una persona ante quien un terapeuta que no trabaja en una ins- titución carcelaria tiene pocos recursos.
Hay, evidentemente, una gran cantidad de pre- guntas sin respuesta. El lector puede intentar res- ponder algunas de ellas, como por ejemplo:
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
– ¿Cómo puede evolucionar Alberto? Piense por lo menos en cuatro posibilidades;
– ¿Qué condiciones familiares ve usted que pueden favorecer una evolución positiva? ¿Y una negativa?
– ¿Es realmente este joven un sujeto para te- rapia? Responda afirmativa y negativamente, y dé los argumentos que apoyarían cada res- puesta;
– ¿Qué pueden hacer sus padres por él? ¿Qué no deben hacer?;
– ¿Qué circunstancias podrían hacerlo evolu- cionar de manera positiva? Y si este fuera el caso, ¿cuál sería probablemente esa evolu- ción?
En principio, las cosas no se anuncian favorable- mente con respecto a su futuro. Y menos todavía para quienes estén cerca de él. Sin embargo, el ran- go de error en las predicciones sobre este tipo de casos es bastante grande, por lo que cabe esperar que se produzcan situaciones que impidan que Al- berto se convierta en un delincuente.
Un caso irritante
Hay ocasiones en las que la relación terapéutica no se desarrolla fácilmente, e incluso resulta tensio- nante porque la persona que consulta se encierra
en un silencio hostil o quiere limitar el encuentro a un único tema, desconectado de todo contexto. Evidentemente, tales situaciones siempre ocultan algo. La cuestión es tratar de descubrir de qué se trata.
Doña Graciela A., 52 años, casada, dos hijas adop- tadas. Su esposo es un hombre débil, que no se atreve a llevarle la contraria, aun cuando en una entrevista privada asegura que su esposa es una persona “bastante difícil”. El motivo de consulta es que doña Graciela presenta una obsesión rela- cionada con el contenido del plato del almuerzo cada día: según ella, pasa horas pensando si debe echarle papa a la sopa, qué clase de papa, cuánta, comprada en dónde, de qué color, de qué tamaño, y muchas otras del mismo tenor. Trato de hacer- le algunas preguntas que me orienten sobre su problema, y se niega a contestar: me dice que lo único de lo que tenemos que hablar es del asunto de las papas del almuerzo. Teniendo en cuenta que ese tema no resulta apasionante para alguien que, como yo, desconoce por completo los mis- terios de la cocina, le dije que temía que en esas condiciones no podría ayudarla. Doña Graciela se fue en silencio, pero mi secretaria me informó poco después, para mi sorpresa, que había pedido otra cita. Esa cita la esperé con el bruxismo exa- cerbado, temiendo lo peor.
©
Edit
or
ial El Manual Moder
no
F
o
tocopiar sin aut
or
ización es un delit
o.
Y así fue. Doña Graciela me hizo pasar una hora miserable, al final de la cual empezó a ha- blar de sus hijas ingratas, “las malditas” (así se re- fería a ellas), a las que ella les había dado todo y ahora pensaban abandonarla. Entre mis pregun- tas al esposo y un arrinconamiento contra las cuerdas a ella misma en la siguiente sesión, que estaba destrozando mi vida con sus historias de sopas, tipos de papa y cilantro picado milimétri- camente, logré saber que habían adoptado a dos niñas que ahora tenían alrededor de 20 años, y que ella había procedido a convertirlas en escla- vas. Ese título se los daba el esposo, quien creo que también se lo aplicaba a sí mismo. Las escla- vas estaban a punto de independizarse, llenas de resentimiento y dolor, y eso explicaba la obse- sión de doña Graciela, quien durante todos esos años se había limitado exclusivamente a darles órdenes y ahora veía venir una larga sucesión de años en los que ella tendría que tomar todas las determinaciones concernientes a la ejecución de las tareas que creía que serían, por toda la