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medio del juego para determinar lo que éste necesita. Curiosamente, también pue- de emplearse con adultos jóvenes si la experiencia traumática ocurrió cuando eran niños y no pudieron recrearlo en ese momento. La terapia de juego de liberación facilita el trabajo psicológico que se necesita para resolver problemas como esos. El juego de roles tiene el poder de hacer que la situación parezca ser “como si” fuera real. Este aspecto del juego puede dar al niño la distancia psíquica del suceso que necesita para recrearlo. También permite a los adultos “ver” lo que los niños expe- rimentaron en su pasado.

aPoYo emPÍrico

La terapia de liberación se ha empleado desde la década de 1930. David Levy describió una serie de tres experimentos con niños en situaciones estandarizadas para el estudio de la rivalidad entre hermanos. “Se cuenta con mucha evidencia de que la conducta de los niños en la terapia de juego… influye en la relación con la madre real y el niño” (Levy, 1939). También describió buena parte de su trabajo con los terrores nocturnos de los niños. Los trabajos de Levy enfatizan también que en ninguno de los casos existe una respuesta fácil y que los métodos “son modificados principalmente por la comprensión inmediata del terapeuta de la propia respuesta del niño” (Levy, 1976, p. 182). Ahora existen muchos artículos publicados acerca de la forma en que la terapia de juego puede ayudar a los niños con problemas psicológicos. Una parte considerable de la investigación actual ilustra la eficacia de la terapia de juego (Ray, Bratton, Rhine y Jones, 2001).

caso ilustratiVo

El señor y la señora L. llevaron a su hijo Joey a tratamiento cuando éste tenía cinco años de edad. Los padres de Joey se habían divorciado de manera amigable alrededor de un año antes del inicio del tratamiento y atribuían a este hecho la conducta negativista y desafiante del niño.

Fueron referidos a tratamiento por su pediatra, quien pensó que Joey podría expresar su enojo a través del juego y que sus padres podían aprender mejores habilidades de crianza. Durante la entrevista inicial, el señor y la señora L. se mos- traron muy abiertos respecto a la forma en que su relación pudo haber afectado a Joey, cuya conducta negativista les preocupaba por igual ya que ambos tenían problemas para criarlo. Todos los hitos del desarrollo se encontraban en su rango normal, aunque Joey empezó a caminar y hablar a edad muy temprana. Joey pa- recía ser un niño sin complicaciones hasta alrededor de un año antes, cuando sus padres se divorciaron. El niño no presenció peleas, y dado que pasaba la mitad de su tiempo con cada padre, éstos estaban convencidos de que era el divorcio a lo que el niño se oponía. Joey iba en preescolar, y académicamente aventajaba a sus pares. Ambos padres dijeron que mucha gente pensaba que Joey era mayor por su altura y por su habilidad verbal, por lo que en ocasiones las expectativas eran demasiado altas. Empezaron a informarse acerca de los temas del desarrollo, pero no sabían con certeza cómo ayudar a su hijo. La entrevista inicial del señor y la señora L. se hizo en ausencia de Joey, y ahí se proporcionó toda la información concerniente a los primeros cuatro años de vida del menor.

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Principales enfoques teóricos

En la siguiente reunión, Joey entró por sí solo al cuarto de juego donde se reali- zó la primera sesión de juego. Al niño le resultó sencillo separarse de sus padres y en- trar al cuarto de juego. Le habían dicho que podía jugar con lo que quisiera y que la única regla era que no podía limpiar. El niño pareció tomárselo con calma y se fue di- rectamente hacia los carros y camiones. Los sacó y empezó a alinearlos de modo que los carros de carrera iban primero, luego los carros familiares seguidos de los camiones con re- molque. Dado que el señor y la señora L. me habían contado de su fascinación por ese tipo de juguetes, no me pareció que hubiera nada destacado en su juego. Joey quería jugar conmigo y me pidió que alineara los carros como preparación para la carrera. Luego usó los carros de tracción y dio inicio a la carrera. Joey soltaba dos de los carros al mismo tiempo y me indicó que aplaudiera cuando llegaran a la línea de meta. Esto se repitió en numerosas ocasiones y sin duda era Joey el que estaba a cargo del cuarto de juego. Me dio instrucciones de qué poner en qué orden, y cuando la carrera empe- zó, me dijo que usara la pistola para disparar al aire de modo que pudieran saber cuán- do salir. Obviamente, tenía un gran conocimiento de las carreras de autos, y se hizo evidente que eso era un amor compartido por su papá y su mamá. El juego continuó sin interrupción y luego le di una advertencia tres minutos antes de que terminara el tiempo de la sesión. Fue evidente que Joey lo entendía, ya que empezó a regresar los carros al “terreno” en que quedarían estacionados para otro día de carreras por venir.

Joey no tuvo problemas en la transición del cuarto de juego para regresar con sus padres. En el camino me dijo: “Vaya, de verdad fue divertido. Quizá la próxi- ma vez podamos jugar acerca de cómo me tragué una moneda”. Esto no había sido mencionado en la entrevista inicial, pero cuando llamé luego a los padres, am- bos coincidieron en que en realidad se había tragado una moneda cuando estaba en casa de su abuela, pero que todo había sido resuelto y que nunca había llora- do. Ambos reconocieron que eso había sido sorprendentemente valiente para un niño de cuatro años (más o menos al mismo tiempo que había concluido el divor- cio). Dijeron que, por supuesto, lo habían llevado al hospital y que la moneda fue extraída, pero que la abuela no pudo ir porque estaba confinada en una silla de ruedas, y que aunque al final llegaron (el servicio telefónico no funcionaba ade- cuadamente), el niño había llegado solo al hospital en la ambulancia. Se reunieron con él en el hospital y lo acompañaron durante el resto del evento. Le pedí a cada uno de ellos que me contara tanto detalle como pudiera recordar para poder pre- parar el juego antes de que Joey entrara al cuarto de juego. Quería producir con miniaturas una imagen tan realista como fuese posible de modo que Joey pudiera representar lo que había sucedido. Ambos padres dijeron que el niño nunca había parecido afectado en el momento del hecho, por lo que pensaban que nada lo mo- lestaba. Les dije que posiblemente tenían razón, pero que como él lo había pedido, quería permitirle que lo representara.

En la siguiente sesión, Joey llegó conmigo al cuarto de juego y se volvió todo sonrisas cuando vio el hospital, la casa, la ambulancia y los otros vehículos que “necesitaba” para representar lo que había ocurrido. En aras de facilitar el juego, tomé la iniciativa, elegí un muñeco de acción que simulaba un niño de 4 años y dije: “A este niñito le sucedió algo malo en la casa de su abuela, algo que tiene qué ver con una moneda”. Joey se unió de inmediato y dijo: “Yo sé lo que le pasó. Se

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