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Detecting collusion

In document Bidding Markets (Page 31-41)

"En casa de la princesa nos sirvieron un agradable refrigerio. Se presentaron dieciocho doncellas con grandes bandejas de plata rebosantes de confituras de albaricoque, cerezas, ciruelas y otras varias frutas, envueltas de una en una en papeles dorados y recortados por las puntas como un fleco. Esto me parece muy bien y extremadamente limpio, pues así los dulces que se cogen se llevan a la boca desenvolviéndolos con cuidado sin pringarse los dedos, y también es posible guardar algunos, como se acostumbra, sin ensuciarse los bolsillos. Hay señoras que, después de atracarse hasta reventar, sacan seis o siete pañuelos, que para esos casos llevan, y los llenan de dulces. Aunque parezca esto un abuso a todas las demás, pasa como inadvertido, y tanta es la cortesía, que cuando han colmado sus provisiones, aún se les ofrece nuevamente que repitan. Las que así se portan anudan sus pañuelos y los dejan atados al miriñaque con un cordón.

"Después de los dulces nos dieron buen chocolate, servido en elegantes jícaras de porcelana. Había chocolate frío, caliente y hecho con leche y yemas de huevo. Lo tomamos con bizcochos; hubo señora que sorbió seis jícaras, una después de otra; y algunas hacen esto dos o tres veces al día. No extraño ya que las españolas estén flacas, pues no hay cosa más ardiente que el chocolate, de que tanto abusan; además, cargan de pimienta y otras especias cuanto comen, de modo que debieran abrasarse. También algunas, en casa de la princesa, comieron tierra sigilada. Ya os hablé de la pasión que muchas ponen en mascar esta tierra; suelen quedar opiladas: el estómago y el vientre se les hinchan y endurecen, y la piel se les pone amarilla como un membrillo. Quise probar esa golosina tan estimada y tan poco estimable, y aseguro que preferiría comer asperón que tierra sigilada; pero si se pretende ser agradable a estas damas, es preciso regalarles algunos búcaros, que ellas nombran barros,

y frecuentemente los confesores no les imponen otra penitencia que la privación de pasar un día sin probar aquella tierra, que, a juicio de muchas, tan excelentes y numerosas cualidades reúne; cura ciertas enfermedades, y en un vaso de tierra sigilada se descubre cualquier bebida venenosa. Yo tengo uno que hace malo el vino y riquísima el agua; ésta parece que hierve cuando se llena el vaso y se la ve agitarse y retemblar (no sé si es propio lo que digo); pero después de algún tiempo, no largo, el vaso queda vacío; tan porosa es la tierra de que está hecho, y huele muy bien.

"Nos dieron agua extremadamente fría; en ninguna parte se sirven las bebidas tan frías como aquí. Para prepararlas usan con preferencia la nieve, que refresca mejor que el hielo. Después del chocolate se acostumbra a beber agua muy fresca.

"Terminada la merienda entraron luces. Acercóse primero el mayordomo, un hombre pequeño y encanecido, que llevaba una cadena de oro al cuello y pendiente de la cadena una medalla, regalo que se le había hecho por la boda del príncipe de Monteleón. Dobló una rodilla en tierra, y desde el centro de la galería dijo en alta voz: "Alabado sea el Santísimo Sacramento", a lo que todos contestaron: "Por siempre alabado sea." Tal costumbre se practica al encender las luces. Enseguida, veinticuatro pajes entraron de dos en dos, y al entrar hincaron la rodilla. Unos llevaban dos grandes candelabros, y otros dos velones, y cuando los hubieron dejado sobre las mesas y sobre los escaparates, se retiraron con mucha ceremonia, después de lo cual todas las damas hiciéronse unas a otras profundas reverencias. Será conveniente decir que los velones son lámparas sostenidas por una columna de plata bastante alta y que tiene un pie muy ancho. Cada lámpara tiene diez o doce picos, en cada uno de

mayor, cada luz lleva detrás una pantalla de plata, que la refleja. El humo no incomoda, y el aceite que se gasta en estos velones no tiene nada que envidiar al fino que se usa para ensalada. Esta moda me agradó muchísimo. Cuando todos los candelabros quedaron dispuestos donde los correspondía estar, la joven princesa de Monteleón mandó a las doncellas que trajesen la canastilla de boda, pues quería enseñármela. Volvieron las doncellas con treinta bandejas de plata, y para sostener cada una eran indispensables cuatro doncellas. Había en las bandejas cuanto se puede pedir, lo más hermoso y rico ajustado a la moda. Entre todo admiré tres jubones de brocado con botones de diamantes y esmeraldas; en cada uno, seis docenas de piedras preciosísimas. La ropa blanca y las puntillas de blonda no eran menos bellas. La princesa me hizo ver sus joyas y aderezos, que son admirables; pero tan mal

construidos, que los mayores diamantes muestran el tamaño de uno de treinta luises montado en París."

"Chocolate que no tiñe claro está"

El bueno de Bastús, en su libro ya citado y refiriéndose al desayuno habitual de los hombres de su época, escribe citando el refrán, hoy desconocido, que figura en el título:

"Modismo jocoso, usado familiarmente, que equivale a decir: cosa que apenas da muestras de su esencia, valdrá poco, será bien insignificante.

"¿Qué se tomaba para desayuno antes que se conociera el chocolate?

"Una taza de caldo o cazuela de sopa los unos, un vaso de leche los otros, mojando tal vez en ella un bollo o pedazo de torta o pan pintado, uno o dos huevos frescos pasados por agua, un poco de vino o aguardiente, con una rosca o zoquete de pan otras gentes; y una tostada o fruta de sartén, unas migas o unos torreznos con alguna fruta, ciertas clases acomodadas.

"Hemos leído que el fecundo Lope de Vega, antes de comer los torreznos, que era como si dijéramos ahora tomar chocolate, había compuesto ya algunas veces un acto de sus comedias.

"Los torreznos son unos pedazos de tocino de la nalga o pernil, fritos. Se llamó torrezno, o torrendo, porque se tuesta y se asa en el fuego, etc.

"En cuanto a las migas, todo el mundo sabe que son pedacitos o migas de pan, fritas con aceite o manteca, más o menos condimentadas.

"Los griegos daban el nombre de acratismo a su desayuno, seguramente porque consistía en comer un poco de pan mojado en vino puro, que esto viene a significar aquel nombre.

"Los romanos llamaban a esta ligera comida ientaculum.

Surgite, iam vendit pueris ientacula pistos. Cristatoeque sonant undique Iucis avis. (Marcial, Epigrama 223, libro 14.)

"Y San Isidoro, en el libro 20, capítulo 2., dice:

lentaculum est primus cibus, quo ieiunium solvitur, unde et nuncupatum.

"Del ientaculum nació el cantar castellano, que en lenguaje antiguo era lo mismo que desayunarse, almorzar, comer.

"También llamaban los romanos morsus al desayuno, nombre que en la baja latinidad equivalía a bocado o corta comida, porque a la verdad no se comía más que un bocado, y este nombre latino se dijo luego en castellano muerzo, y después muesso, hasta que más adelante se le añadió el artículo árabe o morisco al y se hizo el sustantivo almuerzo, y de éste el verbo almorzar.

"Descubrióse la América, conquistó Cortés a Méjico, y por primera vez tomaron chocolate los españoles en la corte de Moctezuma el año 1520, y en la que se usaba por el emperador y demás señores de ella de tiempo inmemorial.

"Aquel chocolate, sin embargo, distaba mucho de ser como el que nosotros tomamos. Aunque tenía también por base la almendra tostada y molida o machacada del cacao, el chocolate mejicano no era más que una fuerte infusión teiforme de dicha almendra, batida hasta el extremo, en una especie de chocolateras, y servida enseguida, trasformada casi en espuma, en unas grandes tazas o vasos al final de la comida.

"El árbol del cacao, privativo un día de América, a cuyo fruto daban aquellos naturales el nombre de cacahoalt, y del cual hicieron nuestros españoles el de cacao, era un signo monetario de que se servían muchos pueblos del Nuevo-Mundo en sus transacciones mercantiles, uso que no se

halla aún del todo desterrado en algunos países.

"Pertenece este árbol, parecido a un cerezo, a la clase poliadelfia decandria del sistema sexual de Linneo, y a la familia de las malváceas del sistema natural de Jussieu.

"Dio Linneo al cacao el nombre más pomposo que pudiera aplicársele; llamóle theobroma o theoboroma; es decir, comida de los dioses, que esto significa este nombre de composición griega.

"Conocido el chocolate por Hernán Cortés y sus compañeros, hicieron en un principio sólo uso de él los españoles, hasta que luego le fueron propagando; y esta bebida mejicana, perfeccionada y variada hasta cierto punto con la adición de la canela, de la vainilla y del azúcar, era ya común en nuestro continente a últimos del siglo XVI.

"Se supone que el nombre chocolat, que daban los mejicanos a la bebida o infusión del cacao, del cual hicimos nosotros el de chocolate, se formó de choco, que en antiguo dialecto mejicano significaba cacao, y de late, agua, es decir, cacao disuelto en agua, o agua de cacao.

"Con el conocimiento de este precioso fruto y propagación del chocolate fueron cambiando insensiblemente las costumbres en Europa, y ya en el día el desayuno general es el chocolate, como que para su fabricación se consumen anualmente de veinte a treinta millones de libras de cacao, de ese manjar divino de Linneo."

Más curiosidades

"Cuando ha de celebrarse alguna fiesta en cualquier iglesia, desde la víspera se clavan en el suelo grandes mástiles, encima de los cuales se colocan unas parrillas bastante hondas en forma de cazoleta y llenas de teas impregnadas en aceite y azufre, que al arder producen por algunas horas una hermosa claridad. Forman calle los mástiles colocados en fila, y resulta una iluminación muy agradable, de la cual se hace uso también en toda clase de festejos públicos.

"Las mujeres que van a la iglesia por la mañana oyen una docena de misas; pero sus muchas distracciones dejan claramente comprender que otros pensamientos las preocupan más que los rezos. Llevan manguitos de media vara fabricados con ricas pieles de marta, por lo cual cuesta cada manguito cuatrocientos o quinientos escudos, y es necesario que la que lo lleva extienda todo el brazo para poder introducir en el hueco la punta de los dedos. Como las españolas, en general, tienen poca estatura, sus manguitos resultan casi tan altos como ellas, que llevan además un abanico, y tanto en invierno como en verano, mientras dura la misa, no dejan de abanicarse. Se sientan como los moros, sobre las piernas cruzadas, y toman con frecuencia polvo de tabaco, sin avergonzarse, porque para esto, como para todo, tienen maneras muy finas y apropiadas. Cuando se levanta la Hostia, las mujeres y los hombres se dan muchos golpes de pecho, y producen tal ruido, que al oírlo por primera vez volví

sobresaltada la cabeza, temerosa, al pensar que algunos reñían y se daban feroces puñetazos. "Los caballeros (y aludo a los más galantes, que llevan una gasa en el sombrero), terminada la misa, van a colocarse junto a la pila del agua bendita, y al acercarse las damas a tomar agua para repetir la señal de la cruz, se la ofrecen con la mano, a la vez que les dicen requiebros. Ellas, agradecidas, contestan con breves palabras, pues necesario será convenir en que las españolas dicen sólo aquello más prudente y oportuno sin esforzarse mucho en pensarlo; su fácil ingenio les prepara la respuesta repentinamente. Pero monseñor el Nuncio de Su Santidad ha prohibido, bajo pena de excomunión, que los hombres ofrezcan a las señoras agua bendita, y se asegura que tan prudente medida obedece a reclamaciones formuladas por los maridos celosos. Lo cierto es que se observa el mandato, y los caballeros ni siquiera se permiten ya ofrecerse unos a otros el agua de las pilas de las iglesias.

"Cualquiera que sea el rango de las españolas, nunca usan almohadones para arrodillarse y sentarse en los templos. Cuando entramos nosotras con nuestras costumbres francesas, todos los concurrentes nos rodean; pero lo que más incomoda es la consideración que aquí es necesario tener a las mujeres embarazadas, que suelen mostrarse más curiosas que las demás. Me aseguran que si una mujer en tal estado pretende una cosa y no la consigue porque le sea negada, es víctima de una dolencia que la hace malparir, y por esto, para evitarles disgustos, se las concede el derecho de molestar a todos como les plazca.

"Las primeras veces que a mí se dirigieron no anduve con reparos, y hablé secamente a las que se proponían abusar de mi paciencia; se retiraron algunas llorosas y sin atreverse a insistir. pero, en cambio, hubo muchas obstinadas que quisieron ver mis zapatos, mis ligas y lo que llevaba en los bolsillos. Cuando me resistía, mi prima me rogaba que cediera, porque si las mujeres plebeyas notaran mi proceder, serían capaces de apedrearme por el poquísimo caso que hago de lo que tan respetable les parece. Y mis doncellas vense mucho más importunadas que yo, porque aquí no tiene límites la necia curiosidad de las embarazadas.

para tener ocasión de hablar con ella burlando la vigilancia del marido, se disfrazó de mujer embarazada y fue a casa de su amor con el antojo de hablar a solas con la señora. El marido, sin caer en sospecha, aun cuando era celoso y no se apartaba de su mujer un solo instante, accedió a la súplica, con lo cual dio tiempo a una prolongada y sabrosa entrevista.

"Cuando las mujeres embarazadas desean ver al Rey, se lo hacen saber por algún criado palaciego, y el Rey sale al balcón, donde permanece mientras ellas le miran.

"Hace algún tiempo que una española recién llegada a Nápoles pidió al Rey que se dejara ver, y cuando le hubo mirado bastante, cruzó las manos, y en un transporte de admiración dijo: "Ruego al cielo, Señor, que os conceda la gracia de nombraros algún día virrey de Nápoles"; pero se cree, y acaso con fundamento, que alguien organizó esa comedia para informar al monarca de que la magnificencia desplegada por el virrey de Nápoles, odioso a la mayoría, era superior con mucho a la de los Reyes de España.

"Con frecuencia llegan a nuestras habitaciones algunas damas que no conocemos, y a las que mi prima recibe con mucho agasajo porque están embarazadas."

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