Estos análisis de hechos recientes o actuales esclarecen retroactivamente las violencias milenaristas que se sucedieron en Europa occidental desde el siglo XII hasta mediados del XVI, e incluso más acá. ¿Quién se encuentra detrás del notario Tanchelm (muere en 1115), que es por un momento dueño de Amberes, y de las cruzadas de los "pobres" y de los "pastorcillos" que se ponen en marcha en varias ocasiones entre 1096 y 1320, sembrando el terror a su paso? Sobre todo, al parecer, un proletariado que precisamente los vocablos "pobres" y "pastorcillos" permiten adivinar. Estos desheredados tienen un doble origen. Cuando proceden de las ciudades, en particular las de los Países Bajos, representan, en el momento en que se desarrollan la urbanización y la industria textil, una plétora de mano de obra constantemente amenazada por el paro y el hambre. Si son rurales, se los adivina arrinconados en la miseria por la rarefacción de las tierras explotables, o forzados a convertirse en jornaleros y a veces en mendigos. De este modo las estructuras nacientes de una economía más abierta que la de la edad feudal rechazan ya -y rechazarán fuera de sí mismas durante varios siglos- a los desgraciados que no se han integrado ni en la ciudad que crece ni en el universo rural, por tanto, gentes sin estatuto, disponibles para todos los sueños, todas las violencias, todas las revanchas que los profetas les proponen. Incrementados por soldados sin empleo, clérigos en situación irregular, nobles sin dinero y criminales de toda ralea, reunidos detrás de mesías que se dicen a veces portadores de un mensaje celeste, proclaman la llegada inminente de un tiempo de igualdad, asesinan a los judíos, enemigos y sanguijuelas de los cristianos, y quieren devolver por la fuerza a la Iglesia a su primitiva pobreza.
Lo que es cierto para las cruzadas populares lo es también para los grupos de flagelantes, al menos cuando en 1349, sobre todo en Alemania y en los Países Bajos, su movimiento se orientó hacia la "busca del millenium militante y sanguinario". Desde entonces estuvieron convencidos de que sus violencias purificadoras y la muerte de los impíos desembocarían en los mil años de
felicidad prometidos por el Apocalipsis. Esta radicalización ideológica se explica por unas modificaciones sociales en el seno de sus organizaciones. En efecto, es el momento de la defección de los nobles y de los burgueses. A los artesanos y a los campesinos que quedan en el movimiento se les añaden, cada vez más numerosos, vagabundos, gentes fuera de la ley y clérigos que han roto con la Iglesia, que dan una coloración creciente de contrasociedad agresiva a los grupos de flagelantes. El mismo fenómeno aparece con mayor nitidez aún durante la guerra husíta (1419-1434).
La predicación de Juan Huss es esencialmente religiosa: los abusos de la Iglesia le sublevan; rechaza las indulgencias como pseudocruzadas; querría sacerdotes dignos y pobres, la abolición de la jerarquía eclesiástica de su tiempo, la comunión bajo las dos especies, la Biblia ofrecida a todos (y por eso emprende su traducción al checo) 485. Sin embargo, al final de su vida, cuando
predica entre los campesinos de la Bohemia meridional, se vuelve más vehemente contra los abusos sociales y contra el Anticristo y sus servidores -entiéndase la Iglesia jerárquica-. Quemado en Constanza en 1415 por hereje (se había negado, sobre todo, a suscribir la condena de Wycliff), se convierte en un héroe nacional. Ahora bien, la indignación suscitada por su muerte y la de su amigo Jerónimo de Praga se difunde en una población hace mucho tiempo inquieta por razones económicas. Las devaluaciones monetarias y el alza de precios debilitan el modesto poder adquisitivo de los humildes. La explotación del mundo campesino se incrementa mediante el doble juego de los impuestos señoriales, más pesados que en el pasado, y una fiscalidad pontificia más exigente. Los labriegos más desposeídos afluyen hacia las ciudades, en particular hacia Praga, que alcanza 35.000 habitantes hacia el año 1400. Parece que llegó a haber un 40 por 100 de indigentes. La oferta de contratos en las construcciones, la de la catedral, por ejemplo, se manifestará insuficiente; la municipalidad vende por millares objetos que los infortunados praguenses han debido empeñar para obtener en préstamo el dinero necesario para su subsistencia486. ¿Cómo ponderar el papel de las deudas en las angustias de los pobres? 487
No obstante, la guerra husita (1419-1434) no es un simple episodio de la lucha de clases. De los "Cuatro Artículos" de 1420 que definen la oposición a Roma y al rey Segismundo, sólo uno tiene incidencias sociales: la exigencia de secularización de los bienes de la Iglesia. Los otros tres exigen la libertad de predicar, la comunión bajo las dos especies y el castigo de los pecados mortales por las autoridades civiles. Hay, por tanto, nobles y burgueses husitas -los "calixtinos", así llamados a causa de la reivindicación del cáliz para los laicos- son moderados, reformistas que terminarán por entenderse con el concilio de Basilea y con Segismundo. Pero a su lado surgen radicales que son la mayoría de las veces pobres, desarraigados y que tienen tendencia a orientarse hacia el milenarismo. También en esta ocasión inseguridad económica y psicológica, de una parte, y esperanzas apocalípticas, de otra, se encuentran relacionadas. Es en 1419 cuando se forma el ala husita radical, compuesta por campesinos indigentes, criados, obreros asalariados, gentilhombres y burgueses empobrecidos488 y predicadores itinerantes. Se reúnen en el campo en
vastas peregrinaciones, tratan de unirse a los pobres de Praga, La capital permanecerá, finalmente, en manos de los moderados y rechazará a sus elementos más inquietos. Pero en Bohemia meridional y occidental la herejía popular se instala sólidamente en cinco ciudades escogidas por Dios.
En el momento -cercano- en que concluya el reino del Anticristo, Jesús volverá a bajar a la tierra. Desde 1420, los radicales comienzan a establecerse en la cresta en que se alzaba el castillo de Hradiste, la fortaleza revolucionaria de Tabor que progresivamente se convertirá en una ciudad. Los que construyen febrilmente las primeras casas y las murallas son, sobre todo, siervos, campesinos, criados. Hay habitantes de las poblaciones vecinas que han quemado su propia casa y cortado de esta forma todos los puentes tras ellos para ir a esperar el retorno de Cristo rey en la ciudad santa. Los años 1420-1421 marcan la etapa quiliasta de la revolución taborita. Una cincuentena de sacerdotes, modestos predicadores pobres, constituyen entonces la élite del poder en la nueva Jerusalén, a la que confluyen los miserables de Alemania, de Austria, de Eslovaquia y de Polonia. En Tabor, la distinción entre clérigos y laicos ha desaparecido; la Iglesia ya no es una institución; la fe en la presencia real en la eucaristía es rechazada y se abandonan la creencia en el purgatorio, los sacramentos, la oración a los santos y las peregrinaciones. La
propiedad privada ha sido abolida, así como los diezmos y los cánones señoriales. Al mismo tiempo se predice la entrada próxima en los mil años de felicidad. Entonces "los pordioseros dejarán de ser oprimidos, los nobles serán asados como paja en el brasero... todos los derechos e impuestos serán abolidos, nadie forzará a otro a hacer nada, porque todos serán iguales y hermanos". En Tabor incluso, puesto que allí donde los taboritas pongan su pie los dolores humanos desaparecerán, las mujeres darán a luz sin dolor. La llegada a Bohemia de los milenaristas originarios del norte de Francia ("picardos") o de los Países Bajos ("beghardos" o hermanos del Libre Espíritu) contribuyó, desde luego, a reforzar el quiliasmo de los taboritas más radicales, algunos de los cuales se habían orientado, al parecer, hacia el adamismo, celebrando "fiestas de amor", practicando el nudismo ritual y predicando la emancipación sexual.
Sin embargo, el jefe militar de los taboritas, Jean Zizka, el caballero tuerto, no era quiliasta y se atenía al cáliz. Juzgando que las locuras milenaristas debilitaban el campo de la revuelta, persiguió e hizo quemar a los adamitas. A partir de entonces, los taboritas bajo su mando, y luego, después de su muerte (1.424), bajo el del sacerdote Prokop el Grande, se volvieron más realistas y reintrodujeron en sus filas cierta jerarquía. Tabor se convirtió en una ciudad con un número creciente de artesanos.
Lo cierto es que en aquella república democrática los campesinos y los pobres podían participar realmente en la vida política y jugar un papel religioso: razón por la que estaba abocada a la muerte en el contexto de la época. Los taboritas fueron vencidos en 1434, en Lipany, por los husitas moderados y los católicos coaligados: su resistencia, no obstante, se prolongó hasta 1452.
El vínculo entre milenarismo e inseguridad económica y, por tanto, también psicológica, vuelve a encontrarse, un siglo después del guiliasmo taborita, en las motivaciones y la acción de la Liga de los elegidos, que bajo el impulso de Müntzer intervino en 1525 en la revuelta de los campesinos alemanes. Aunque la derrota de Müntzer fuese también la de los campesinos, puesto que combatieron juntos, no hay que confundir las reivindicaciones moderadas de los unos con el programa incendiario del otro489. Los principales teatros de la revuelta fueron Alsacia, Alemania del
Oeste y del Sur, donde Müntzer, al parecer, no ejerció ninguna influencia. Además, los "palurdos", a pesar de ese apodo peyorativo, no constituían una masa miserable que se hubiese alzado en un impulso desesperado, brutal e irreflexivo. Fueron guiados por numerosos alcaldes que disponían de cierta experiencia administrativa y por curas vinculados a las nuevas ideas490. Los
doce puntos capitales de su programa no eran utópicos. Reclamaban para las comunidades el derecho a elegir y deponer a sus pastores, la reducción o la supresión de los diezmos, de las tasas y de las prestaciones personales, el restablecimiento de los antiguos usos de justicia, la libertad de cazar, de pescar y de utilizar las tierras comunales. En realidad, un estrato social cuya posición económica había mejorado durante el período anterior se sentía ahora inquieto ante el ascenso de los principados absolutistas en el seno del imperio. Esta ascensión de los estados significaba, para la mayoría de los campesinos, tasas nuevas, el derecho romano en sustitución del derecho consuetudinario y la creciente injerencia de la administración central en los asuntos locales.
Pero ciertas corrientes milenaristas, difundidas sobre todo a partir de Bohemia, se interfirieron con esta revuelta; y sus propagadores fueron los mismos elementos social y psicológicamente frágiles que ya hemos encontrado en las cruzadas de los "pastorcillos", los grupos de flagelantes y los medios extremistas de Tabor. Era el Lumpenproletariat de que habló Engels. Reunía, según escribe "elementos desclasados de la vieja sociedad feudal y corporativa y elementos proletarios no desarrollados todavía, apenas embrionarios, de la sociedad burguesa moderna en trance de nacer". En la región renana estallaron entre 1500 y 1520 diversas sublevaciones conocidas bajo el nombre colectivo de Bundschuh (zueco), que reunieron desde luego a campesinos, pero también a pobres de las ciudades, mendigos, mercenarios errantes... Y el Bundschuh apuntaba a una revolución radical inspirada por unos sueños apocalípticos que nos permite conocer un Libro de los cien capítulos, escrito a principios del siglo XVI por un revolucionario del Alto Rhin; una vez vencidos los ejércitos del Anticristo y eliminados los blasfemadores, la justicia reinaría en la tierra y todos los hombres serían hermanos e iguales. Las esperanzas del Bundschuh permanecían vivas en el momento en que estalló la guerra de los campesinos en 1524 -éstos pusieron sus zuecos
sobre las banderas-. Por otro lado, Turingia y el sur de Sajonia, donde se situó la acción de Müntzer, se hallaban atravesadas desde hacía mucho tiempo por agitaciones milenaristas que explican, tanto la proximidad de Bohemia como la presencia de minas de plata y de cobre en Zwickay y en Mansfeld. Oleadas de trabajadores convergían hacia esas minas donde el excedente de mano de obra era crónico. Además, parece que la industria textil en estas regiones estaba por entonces en crisis. Frecuentando a los tejedores de Zwickau fue cómo Thomas Müntzer, sacerdote versado en las Escrituras y que al principio había seguido a Lutero, se convirtió al quiliasmo revolucionario. El fin del mundo corrompido está cercano, decía, los elegidos deben sublevarse para abatir al Anticristo y a los enemigos de Dios. "Todos y cada uno deben arrancar las malas hierbas de la viña del Señor... (Y) los ángeles que afilan su hoz para esta tarea no son otros que los devotos servidores del Señor... porque los malvados no tienen derecho alguno a vivir, a no ser porque los elegidos les autoricen a ello"491. Una vez destruidos los enemigos
de Dios, podrían empezar los mil años de felicidad y de igualdad. Los campesinos de Turingia sublevados, que no habían podido obtener la caución de Lutero, tuvieron el apoyo de Müntzer, que se les unió con sus discípulos más fanáticos. Juntos fueron vencidos el 15 de mayo de 1525 en Frankenhausen. Müntzer fue decapitado diez días más tarde.
La explosión milenarista más violenta del siglo XVI -y también la más esclarecedora para nosotros- fue la que triunfó momentáneamente en Münster en 1534-1535. El papel jugado, en el curso de esta tragedia, por los elementos más "desplazados" de la sociedad de la época aparece aquí a plena luz. En esta ciudad episcopal los guildes tomaron en 1532 el poder, expulsaron al obispo e instalaron la Reforma luterana. Pero, en esos mismos momentos, una agitación anabaptista sostenida por profecías sobre el millenium se desarrollaba en los Países Bajos y en Westphalia. Esta propaganda triunfaba particularmente entre los miserables y los desarraigados de todo tipo. Expulsados más o menos de todas partes, estos anabaptistas refluyeron sobre Münster.
"Así llegaron -escribe un contemporáneo- holandeses, frisones y malvados de todos los orígenes que nunca se habían afincado en ninguna parte; llegaron a Münster y allí se reunieron". Otros documentos hablan de forma que concuerda con lo anterior de "fugitivos, de exiliados, de criminales y de gentes que habiendo dilapidado la fortuna de sus padres, no ganaban nada por su propia industria..." 492
No podría subrayarse mejor el vínculo entre milenarismo revolucionario y población marginal, urbana o rural. En febrero de 1534, los anabaptistas, guiados por dos neerlandeses, Jean Matthys y Jan Beukels (Juan de Leyde), se apoderaron del ayuntamiento y de la dirección de la ciudad, en la que el delirio profètico fue durante más de un año realidad cotidiana. Católicos y luteranos fueron expulsados como "impíos" en medio de una tempestad de nieve. El resto de la población volvió a bautizarse. Todos los contratos, todos los reconocimientos de deudas fueron quemados. Se constituyeron almacenes de ropa, de materiales de cama, de mobiliario, de quincallería y de alimentos gestionados por siete "diáconos". La propiedad privada del dinero fue abolida. Se requisaron alojamientos para numerosos emigrantes. Todos los libros fueron proscritos, salvo la Biblia, y con ellos se hizo un alegre fuego delante de la catedral: revancha de una cultura oral sobre una cultura escrita considerada opresiva.
En febrero de 1534, el obispo de Münster había comenzado las hostilidades contra la ciudad rebelde y reunido tropas para un asedio. Esto no pudo sino reforzar la exaltación y la tensión en la ciudad y el terror que sus nuevos jefes hicieron reinar allí. Habiendo muerto Jan Matthys durante una salida, Juan de Leyde, un hijo natural que había sido al principio aprendiz de sastre y luego comerciante sin clientela, se convirtió en jefe de la nueva Jerusalén. La legislación sobre el trabajo transformó a los artesanos en empleados públicos; fue instaurada la poligamia bíblica (con beneficio único para los hombres) y mientras la ciudad rechazaba las tropas del obispo, Juan de Leyde se hizo proclamar rey. Se vistió con ropas suntuosas, se rodeó de una corte, a la vez que imponía a la masa una austeridad rigurosa. Su guardia estaba compuesta por inmigrados. Toda oposición era sancionada con la muerte. Incansablemente, se decía a la población que el tiempo de las tribulaciones tocaba a su término. Cristo iba a volver, a establecer su reino en Münster. De ese reino, el pueblo de Dios, armado con la espada de la justicia, partiría para extender el imperio
de Dios hasta los confines de la tierra. Pero en la noche del 24 de junio de 1535 los asaltantes lanzaron un ataque sorpresa y se apoderaron de la ciudad agotada. Todos los jefes anabaptistas fueron ejecutados.
La ideología milenarista, en particular en su versión violenta, era una respuesta particularmente aseguradora a la angustia de gentes que se sentían rechazadas por la sociedad y vivían con el temor de perder toda identidad. Por eso trataban de refugiarse en lo imaginario: eso es lo que les permitían los sueños apocalípticos a los que el cisterciense calabrés Joaquín de Fiore (muere 1202) había dado nuevo impulso. Hombre de paz, este santo religioso había predicho (para 1260) el principio de una edad del Espíritu, en el curso de la cual la humanidad, gobernada en adelante por monjes, se convertiría a la pobreza evangélica. Pero, tomando una coloración a la vez revolucionaria y antiascética, esta profecía se convirtió, para el espíritu de los quiliastas agresivos, en el anuncio de una nueva edad de oro que sería exactamente la inversa de aquella en la que una sociedad odiosa les forzaba a vivir. Ya no habría ni servidumbre, ni impuestos, ni coacciones, ni propiedad privada, ni tristeza, ni dolores. Un universo de miseria y de injusticia, ciertamente, mediante la travesía de un período trágico, se metamorfosearía en tierra de felicidad. Este mito del retorno a un paraíso terrenal constituía una fuente de seguridad en la medida en que extraía de la Escritura una garantía doble. Porque no sólo era anunciado para un futuro próximo, sino que había existido realmente en el momento de la creación. Por supuesto, no había que permanecer pasivo ante la cercanía de los plazos apocalípticos. Los elegidos debían apresurar la hora de la gran inversión y facilitar el advenimiento del millenium rompiendo los obstáculos que aún se oponían a su triunfo: y esto destruyendo el poder de los ricos y de la Iglesia, quemando los castillos y los conventos, demoliendo las imágenes. Encargados de esta misión vengadora y de esta obra purificadora, unos individuos que, aislados, no eran sino unos excluidos, sentían en sí, a partir de entonces, una fuerza invisible. Convencidos de constituir una élite de santos, comunidades paracléticas, islotes de justicia en el seno de un mundo corrompido, no podían admitir ya moratorias ni discusiones. Su certidumbre y su intransigencia se volvían tajantes como la espada, sobre todo si se encontraban al abrigo de las murallas de una ciudad santa -Tabor o Münster-. A los que se les oponían en su camino no les prometían otra cosa que la muerte. Ellos eran los justos; los demás eran culpables; y había sonado la hora del castigo de los enemigos de Dios. Esta seguridad ideológica iba acompañada de una obediencia, también tranquilizadora, a un jefe que adoptaba el papel de salvador y de mesías -Tanchelm, Müntzer o Juan de Leyde-. Acreditado con poderes milagrosos, era el padre y a veces incluso un rey, con todo lo que ese título llevaba consigo en otro tiempo de sacralización. Sus fieles, que vivían por lo que a sí mismos se refiere en la miseria, aceptaban entonces verlo suntuosamente vestido,