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Developing the questions for cognitive testing

Una persona airada puede tener el pulso acelerado y el rostro sonrojado; su comportamiento puede centrarse fuertemente en el objeto de su ira y no estar controlado por otros aspectos del ambiente; puede mostrar una fuerte tendencia a causar daño a ese objeto («Podría matarlo») o, de hecho, puede causarle daño. Puede sentir mucho la condición de su cuerpo en ese momento y tomarla como una causa de su comportamiento; pero eso es, de hecho, parte del efecto para el cual se busca una causa. Tanto el comportamiento corno las condiciones colaterales sentidas necesitan explicación.

Después de todo, ¿por qué razón la persona actuó y se sintió airada? Cuando no se puede ubicar fácilmente un hecho incitador antecedente, es probable que a la condición sentida se le asigne un papel más importante. La persona que tiene ira «pero no sabe por qué», tiene una mayor probabilidad de atribuir su comportamiento a sus sentimientos. Parece que no se pueda atribuir a otra cosa. Con frecuencia, resulta particularmente difícil explicar una emoción o un estado de ánimo moderados, y, por tanto, se dice que el estado de ánimo es, en sí mismo, causalmente efectivo (aunque, si hemos de explicar el comportamiento, todavía tendremos que buscar el origen del estado de ánimo).

Bruckner relataba la ocasión de un acto musical creativo de la siguiente manera: «Un día llegué a casa y me sentí muy triste. Me había pasado por la mente el pensamiento de que antes de que transcurriera mucho tiempo moriría el maestro (Wagner), y entonces me vino el tema en Do —sostenido menor— (del adagio de la Séptima Sinfonía)». Esta es una afirmación sincera. El pensamiento pudo haber «pasado por su mente» corno una respuesta verbal o en alguna forma mucho menos fácilmente identificada. (Llamándola pensamiento o idea no se la identifica de manera útil.) Bruckner no dice que entonces «concibió», «inventó» o «creó» el tema para expresar su tristeza; simplemente, «le vino». Puede ser que pensara en él de manera encubierta, o que lo cantara en voz alta, o lo tocara en el órgano. No es preciso decir que el tema le vino porque se sentía triste; ciertas circunstancias (las noticias de Wagner) produjeron las condiciones sentidas como tristeza y le llevaron a comportarse musicalmente de una manera especial.

En otra ocasión, su biógrafo escribe; «Alborozado por la terminación de su Séptima Sinfonía, Bruckner volvió al Tedeum», ¿pero acaso volvió porque estaba gozoso, o porque la terminación de la Séptima Sinfonía era un hecho altamente reforzante que fortalecía el comportamiento involucrado en la composición musical y que producía la condición sentida como gozo? El gozo que se siente al realizar una obra es solamente uno de estos estados asociados con el refuerzo positivo. También se dice que sentimos placer (el refuerzo positivo es placentero), satisfacción (que, como hemos dicho, está relacionada etimológicamente con saciedad), gusto o felicidad. Las condiciones que se sienten así, difícilmente pueden ser responsables de los comportamientos de los cuales son

consecuencias, pero con frecuencia se les toma como explicación de los comportamientos a los cuales suceden.

Muchas supuestas causas internas del comportamiento, tales como las actitudes, las opiniones, los rasgos de carácter y las filosofías, siguen siendo casi completamente inferenciales. El hecho de que una persona esté a favor de los laboristas, y que planee votar por un candidato concreto, inteligente, liberal o pragmático no se conoce a partir de lo que ella siente, sino a partir de lo que dice o hace. Sin embargo, para explicar el comportamiento se usan libremente términos referentes a los rasgos del carácter. Un político sigue luchando para ocupar un cargo por «ambición»; se entrega a turbios manejos por «codicia»; se opone a las medidas para eliminar la discriminación por «endurecimiento moral», cuenta con el respaldo de sus seguidores por sus «cualidades de dirigente», etc., aunque la única evidencia asequible de las causas internas sea el comportamiento que se les atribuye.

La llamada medición mental se ha interesado por el análisis estadístico de algunas de estas posesiones internas. Se pueden muestrear repertorios y calificar cuantitativamente a una persona con referencia a las otras personas de su grupo. Se pueden reducir ciertos rasgos a factores o vectores de la mente, y entonces es fácil suponer que se ha descubierto algo más que una causa inventada. Pero muchos especialistas en ese campo han reconocido que los factores son esquemas de clasificación en lugar de ser causas, y que lo que se puede predecir respecto del comportamiento con la medición de un rasgo mental se predice a partir de otro comportamiento, posiblemente porque tiene causas similares.

El mundo interno de la psique ha sido estudiado igualmente por las teorías estructuralistas. Parecería que los rasgos espaciales de la mente inconsciente, pre-consciente y consciente componen una especie de topografía no muy diferente de la geografía de la tierra. El análisis factorial ha conducido a muchas representaciones dimensionales de la mente o de la personalidad. Y donde hay estructura no puede estar muy lejos el estructuralismo. Se ha dicho que los rasgos del carácter han «ocultado las tendencias del desarrollo». Se dice que la persona pasa por diversos estadios desde la infancia hasta la madurez y la senectud. Los ocho estadios psicológicos del desarrollo del yo de Erik Erikson se definen en términos de sentimientos y estados de la mente, pero los estados están en las contingencias que generan las condiciones que se

sienten o se observan introspectivamente. Puede decirse que el niño de uno o dos años manifiesta confianza contra desconfianza; su comportamiento se refuerza a través de la mediación de los otros; y las contingencias consistentes alimentan la confianza, mientras que las no consistentes alimentan la desconfianza. A la edad de tres a cuatro años, el niño muestra autonomía contra duda; actúa sobre el ambiente por sí mismo y puede tener éxito o no tenerlo. El fracaso se puede castigar moderadamente, y el castigo moderado genera una condición que se siente como vergüenza. A los cuatro o cinco años se presenta la oposición entre la iniciativa y la culpa; el niño se mueve bajo nuevas contingencias, y el castigo por el fracaso puede ser más explícito, y, por tanto, la condición sentida es la de culpa más que la de vergüenza. De los seis a los diez años se oponen la habilidad y la inferioridad; los programas de refuerzo desarrollan niveles altos y bajos de fortaleza comportamental. Según Erikson, también el comportamiento gobernado por normas empieza a ser importante en este momento. Los otros cuatro estadios se pueden analizar de manera similar en términos de las contingencias vigentes. Todos ellos son estadios en el desarrollo de un mundo, no de un yo.