Como la escritura presupone un acto de lectura (no podemos escribir si no sabemos leer), partimos del hecho de que toda composición escrita, toda orga- nización textual presupone un lector implícito, es decir, el emisor o autor del tex- to lee lo que escribe, pues lo corrige, si fuera necesario, a medida que lo com- pone. Y esto sucede también al hablar. Si notamos un error de dicción, un cambio estructural, un giro que afecta a la enunciación sistemática del mensaje, lo corregimos inmediatamente. El receptor puede ayudar a esta corrección pre- guntando sobre el significado de un término o de una expresión, o diciendo simplemente que no entiende lo enunciado. Este factor de autocorrección o de
adecuación entre la forma expresiva y el contenido de un enunciado en el marco
de la comunicación es lectura interna del texto.
El emisor experimenta el enunciado que emite. Es autorreceptor de su ha- bla propia. Y en este fenómeno va incursa la potencialidad receptora del otro oyente-hablante. Asimismo, este se sitúa como auditor-intérprete de quien ha- bla. Tal interpolación se funda, decíamos en otro epígrafe, en el hecho de que los interlocutores tienen en común un mismo código de lengua en sus cerebros, lo cual no supone igualdad absoluta en todos. El cerebro de uno no está dentro del otro. Hay aspectos, modalidades de conocimiento y expresión que no coin- ciden, intersticios, por lo que una misma palabra puede suponer significados dis- tintos en cada hablante. Por eso es muy importante expresar lo que realmente se pretende decir.
La emisión de habla comporta una lectura de sí misma. Este hecho requiere un ejercicio continuo de interpretación (i) y de proyección de hipótesis inferen- ciales sobre lo emitido y «escuchado». El fenómeno de comunicación es tam-
bién hermenéutico. El enunciado (En) resulta de un núcleo conceptual más las suposiciones, expectativas, o presuposiciones, interrogantes y conjeturas que lo interpretan. El núcleo es la posición tética o tesis, a la que modifican los modos de presentación enunciativa. Tales supuestos forman parte del contexto o cotexto, desde el lenguaje mismo:
presuposiciones conjeturas
En (i)
interrogantes inferencias
Al decir «desde el lenguaje mismo», no nos situamos en un ciclo autotélico, ni metalingüístico, pues seguimos dentro de él. Se hace una precisión mental
como si lo conjeturado, supuesto, pudiera prescindir del lenguaje. Buscamos el
contexto de posición de una parte suya dentro del conjunto que forma, su sis- tema. Se trata de un tropo, giro. Al suponer, conjeturar, de hecho preguntamos implícitamente: ¿dónde sitúo esta palabra, frase, dentro de lo que conozco de mi idioma? Seguimos, por tanto, en el horizonte de integración lingüística.
A la hermeneusis lingüística pertenece lo que dio en llamarse pragmática o relación interpretante entre el decir, lo dicho, su referencia y los valores que un texto adquiere de acuerdo con la situación de habla o escritura, el marco, su- pramarco, etc.
Todo signo (palabra, frase, proposición) se manifiesta en función de aquello que lo fundamenta. Es producto de sus condiciones de manifestación. Implica lo que signa, esté manifiesto o no. Por tanto, el objetivo y recursos de la gra- mática textual o de la teoría comunicativa debemos reconducirlos a la herme- neusis que los fundamenta. Esto se deduce del principio de composicionalidad u horizonte de sentido que engloba la organización de los elementos cuyos sig- nificados y orden sintáctico establece. En virtud de la integración de un miem- bro en el todo del que es parte, recibe aquel una forma dentro de este, el todo. Y una función, evidentemente.
Tal principio lo deduce Husserl de la formación e integración de las uni-
dades del lenguaje.111 La relación entre lo dicho y comunicado forma la inter-
111 Husserl, E., Formale und transzendentale Logik. Versuch einer Kritik der logischen Vernunft, Max Niemeyer, Halle,
sección textual o discursiva. Por tanto, las implicaciones, «implicaduras», infe- rencias derivadas, son grados de fundamentación lingüística. El signo resulta siempre intersección de elementos presentes y ausentes. Una ausencia recupera- ble o sustituible. Ya comporta la pragmática que lo fundamenta.
Comprendemos en esto los fenómenos derivados de las citadas «implicatu- ras» de Herbert P. Grice o el concepto de pertinencia o relevancia de Dan Sper- ber y Deirdre Wilson, quienes trascendieron en los estudios dedicados a este tema. Tanto las implicaciones y el denominado principio de cooperación inter- locutiva (los hablantes hablan entre sí, algo evidente, por otra parte), de Grice, como el citado de Sperber-Wilson, son glosas del concepto de pertinencia lin- güística, del circuito verbal del signo entre hablantes y de la unidad objetiva de entendimiento entre ellos, inscrita en todo fenómeno de lenguaje, como vere- mos. Cabe decir lo mismo de otras distinciones de aquí derivadas, como la de significado de «procesamiento» y «conceptual», distinción propuesta por Diane
Blakemore.112 Todo signo es procesual y procesivo, pues resulta de una relación
de fono y concepto y tiende siempre a proceso relacional: X (R) F. Es decir, todo término X relaciona funcionando. Las distinciones y propuestas anteriores son, en tal sentido, glosas, corolarios lingüísticos.
Diremos, pues, que la palabra implica el horizonte que la subtiende y pro- yecta. Puede irradiarse en cualquier orientación de las dadas en el signo lin- güístico, conforme a la presencia o ausencia de formas manifestadas o evocadas: hacia la idea o concepto, hacia su referencia, o hacia otros componentes del sin- tagma o frase en que aparece. La palabra está dotada de un principio de relación (R), el cual ya es componente sintáctico o lo prefigura. De ahí que pueda ex- presar el proceso en el cual se engloba, como dice Blakemore.
El principio de relación indicado [X (R) → F], inherente a la palabra, dota a esta incluso de cierta autonomía de significado respecto de la frase en que se inscribe, pues ella misma equivale a una proposición entera, según el lingüista
y filósofo Amor Ruibal.113 Por eso algunos autores hablan, a este respecto, de
«enlace extraoracional», como Samuel Gili Gaya,114 cuando ciertas conjunciones
«expresan transiciones o conexiones mentales que van más allá de la oración»,
112 Blakemore, D., «La organización del discurso», en F, J. Newmeyer (ed.), Panorama de la Lingüística Moderna
de la Universidad de Cambridge, IV, Visor, Madrid, 1992, pp. 275-298. Understanding Utterances. An Introduction to Prag- matics, Blackwell, Oxford, 1992.
113 Amor Ruibal, Á., PFFC, II, pp. 220-221.
como sin embargo, no obstante, por consiguiente, luego, todas ellas de nivel culto;
pues, así que, conque, y, de nivel más bien popular.
El aspecto polirradial del signo lingüístico comprende todas estas funciones, que no son extraoracionales, sino oracionalmente correlacionadas, otro modo de transitividad lingüística.
Toda unidad, tipo lingüístico o palabra, más bien, el acto nominal compor- ta aquel principio de relación, sintáctico (cohesivo) y semántico (coherente), el «plan interno», compositivo, del lenguaje, dice Amor Ruibal. Y más tarde, Ru- dolf Carnap propone otra formulación del principio de composicionalidad afir- mando que el significado general de la palabra se concreta en el marco que la cicunscribe. En virtud de ello, implica halos de incrustación oracional en la misma frase u oración de la que forma parte. Es unidad holística. Forma un todo, pero con huecos e intersticios, pues se funda en algo ausente. De ahí, por tanto, que la palabra se autointerprete, «autoescuche» o «lea» implícitamente. Contiene un «lector» implícito.
Una unidad lingüística relata otra y su interrelación revela el conjunto que las engloba sin ser resultado aritmético de ellas. Dicho de otro modo, en el proceso general del lenguaje, cada parte proyecta, como un halo, el horizon- te que la fundamenta y explica como prototipo suyo —intellectus ectypus—. A su vez, este proceso la va determinando en un paradigma arquetípico de integra- ción, su categoría: intellectus archetypus. Estos dos procedimientos intelectua- les de Kant explican la formación categorial del lenguaje y lo dotan además de
rango estético.115
Todo esto implica una atención constante, aunque sea inconsciente, no pen- sada, al acto de enunciación. Se producen fenómenos de tensión expresiva y el lenguaje potencia entonces sus formas. Adquieren valores polifónicos y polisé- micos. Atañen al estilo o formación expresiva, como veremos.
El lenguaje se asiste a sí mismo a medida que lo procesamos. Es un acto complejo que reúne múltiples relaciones entre polos diversos, polirradiados. Por eso hablamos de polifonía textual, pues los interlocutores actúan como director y público recíproco en un escenario común. Circula entre ellos un período de onda enunciativa que los mantiene en contacto. Y si se produce una arritmia o ruptura no sistematizada en el contexto, lo enunciado falla: no entendemos. Y
el fallo se reinterpreta. Puede suceder que incluso se trate de un efecto inten- cionado por parte del emisor o urgido por las circunstancias. Al escuchar esa
voz, accedemos a la trama que la forma y circunda, a las intenciones aludidas
cuyos actos la concretan. En tal sentido, un texto resulta del coro de voces en él incluidas: voz del emisor y receptor de los objetos (foco de consideración, pers- pectiva), del lenguaje mismo, pues ya lo hemos recibido de otros que han habla- do o han dicho antes que nosotros. Por eso es muy importante saber escuchar la voz implícita del lenguaje, especialmente en textos creativos.
Encontramos, pues, otros referentes y fundamentos para razonar aquellos fe- nómenos de implicaciones, conjeturas, inferencias y conceptos parecidos.