No hay momento, estado ni situación de la vida en que el hombre no tenga que cumplir con un deber. Tiene deberes qué llenar, ya se le considere aisladamente, en relación con su Criador, o en relación con sus semejantes; ya se le suponga ejerciendo funciones públicas o privadas; ya como superior o como inferior, en fin, basta exigir para tener obligaciones, y en este sentido, vivir es lo mismo que obedecer.
La sociedad no puede concebirse si cada asociado no cumple con los deberes que le corresponden; y la felicidad social, sólo depende de la buena armonía que reine entre los hombres, cumpliendo cada cual con las obligaciones a que está sujeto.
El hombre tiene deberes para consigo mismo, deberes de conservación y perfeccionamiento. Su vida no le pertenece; debe por lo mismo conservarla, no sólo no atentando contra ella, sino también no haciendo nada que pueda contrariarla, como cuando se deja dominar por las pasiones. Su ley es el perfeccionamiento, su destino la felicidad; debe, pues, procurar el desarrollo de todas sus facultades y seguir el camino que conduce a la verdadera dicha, que es el del cumplimiento de todos los deberes.
El hombre no se debe a sí mismo la existencia, es una criatura, y como tal tiene obligaciones de reconocer a su Criador, de seguir sus mandatos y de aspirar a su posesión con la práctica de todas las virtudes.
Los deberes hacia Dios son la base y al fuente de todos los demás deberes, y su conjunto constituye la
religión.
Como miembro de la sociedad, el hombre tiene deberes para con la mitad moral llamada gobierno y para con cada uno de los asociados.
Al gobierno debe respeto y obediencia, fuera de los casos excepcionales en que se le puede desobedecer y resistir. De la obediencia general al gobierno nace el orden público, a cuya sombra se mantienen las garantías individuales y prosperan los pueblos. Las revoluciones injustas son la violación de todos los deberes.
Para con sus semejantes el hombre tiene muchos y variados deberes, que pueden resumirse en estos dos grandes preceptos: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, y haz a los otros lo que quisieras que hicieran contigo. Por el primero, el hombre está obligado a no hacer ninguna clase de daño a los demás hombres; por el segundo, se prohíbe el egoísmo, germen de tantos delitos, y se prescribe el bien, fuente de goces públicos y privados. Ambos preceptos se fundan en el amor al prójimo, ley de las almas, único lazo que puede unir los espíritus.
Existe aun otra sociedad, base de todas las demás sociedades, en la cual el hombre tiene también deberes, de cuyo cumplimiento pende la felicidad pública: tal es la familia.
Cada familia es un santuario donde el niño, bajo la dirección de sus padres, se ejercita en el cumplimiento de todos los deberes, para que sea más tarde, como hombre, lo que está llamado a ser en su doble carácter de ciudadano y de hombre privado.
Pero para que el niño se forme tal cual deber ser, es preciso que los padres comprendan y practiquen los deberes especiales que sobre ellos pesan, deberes de educación completa, desarrollo de todas las facultades morales, físicas e intelectuales; deberes que, llenados con escrupulosidad y conciencia, den hijos sumisos, respetuosos, instruidos, virtuosos y abnegados. En el hogar doméstico se forman los que se llaman hombres de bien en toda la extensión de la palabra, y los que deben fundar nuevas familias encargadas de mantener una tradición no interrumpida de virtudes y de laboriosidad; eslabones de esa cadena que forman las generaciones humanas y que llevan el germen de la felicidad o de la decadencia de los pueblos.
Del deber cumplido nace el más bello ideal que podemos formarnos de una sociedad. Si los gobernantes y todos los empleados públicos cumplen con los deberes especiales que les trazan las leyes, la justicia reinará, y con ella la paz, la seguridad, la prosperidad en todo sentido. Los hombres serán libres porque sus derechos son respetados; serán iguales porque entre ellos no harán diferencia ninguna las leyes y las autoridades; tendrán seguridad en sus personas, en sus propiedades y en su honor, porque la fuerza, única que puede violar tan sacrosantos bienes, desaparecerá ante el reinado de la justicia; en fin, habrá paz, la verdadera paz que destruye todo temor, todo sobresalto, tanto en los gobernantes como en los gobernados.
Cuando los hombres llenen todos sus deberes, la sociedad entrará en ese equilibrio moral que sólo el delito puede destruir. Entonces los hombres no se contentarán con ser justos y dar a cada uno lo que es
suyo, sino que se desprenderán gustosos en lo que les corresponda para auxiliar a sus hermanos y proteger al desvalido. Los litigios disminuirán y la palabra dada será como una escritura; el apoyo mutuo levantará al pobre y dará fuerza al débil; el honor individual y de las familias será tan respetado como el propio; las relaciones sociales adquirirán la franqueza que trae la dicha, la cultura que ameniza la vida, el respeto para con los superiores y la benevolencia para con los inferiores; lo tuyo y lo mío, palabras que han causado tantos desórdenes, tendrán entonces su verdadera significación y su verdadero valor.
Tan hermoso ideal no es una utopía que solo pueda existir en la imaginación de los hombres honrados; es posible, si no en todo, en parte, como sucede en pueblos de moralidad arraigada y general, como se verificó entre los primeros cristianos, que llenos de una fe ardiente y activa, vivían unidos por el santo vínculo del amor y de la más completa igualdad; igualdad en que los grandes se abaten para elevar a los humildes, y que sólo el cristianismo ha predicado y puede establecer.
El reinado del deber sólo puede existir bajo una condición: la unidad; unidad en Dios por medio de Jesucristo; unidad en Jesucristo por medio de su Iglesia; unidad en la Iglesia por la obediencia a todos sus preceptos. Esa unidad era la que pedía nuestro Redentor en aquella sublime oración que pronunció en su última cena; “ruégote que todos sean una misma cosa, y que como tú ¡oh Padre! estás en mí y yo en ti, así sean ellos una misma cosa con nosotros”.
Esta unidad, que sólo puede realizar el amor, se verificará cuando todos los hombres, bajo el amparo del Padre común, formen una familia de hermanos.