En 1989, el equipo formado por Patrick O'Byrne, arquitecto y programador, especializado en investigación operacional (programación, planificación y normalización), muy conocido por haber elaborado el programa arquitectónico del Centro Georges Pompidou y el de varios otros museos franceses, como el Museo de Orsay, el Louvre y el de Arte Moderno de Lille; y por Claude Pecquet, museólogo y programador, responsable del programa de funcionamiento del Centro Pompidou y, en colaboración con O'Byme, de los programas del Museo de Orsay y del Louvre, entre otros, escribió:
Hace exactamente diez años contribuimos en un número especial de
Museum dedicado a la programación de museos (Museum, vol. XXI, n° 2,
1979). Constaba de dos partes. En la primera, titulada La programación, una herramienta al servicio de los conservadores, las autoridades y los responsables arquitectos, se examinaba el papel, la función y el interés de la programación como base preliminar de todo proyecto, ya se trate de reorganizar, acondicionar o crear un museo. En la segunda parte, varios autores describían sus experiencias concretas (a nivel nacional e internacional) de programación aplicada a museos. Tuvimos la suerte de encargamos, junto con otros especialistas, de la programación del proyecto del Centro Georges Pompidou. cuya eficacia mejoramos. Posteriormente participamos en otros proyectos importantes. En cada oportunidad pudimos comprobar el interés y la pertinencia de este enfoque, tanto en los proyectos importantes y complejos como en los limitados y sencillos. Porque, en última instancia, la programación no es más que la reflexión lógica que debe preceder a la ejecución de un proyecto o, dicho en otras palabras, programar consiste en detenerse a reflexionar. ¿Qué hacer? ¿Para quién? ¿Cómo? ¿Con qué medios? He aquí las preguntas que debe responder adecuadamente el programador.
Como comenta J. F. Leroux-Dhuys, «en su curso [sobre arquitectura y programación], Georges Henri Riviere insistía particularmente sobre ciertas características propias para una buena arquitectura de museo y preconizaba subrayarlas en todo el programa».
Estas características son:
I. Flexibilidad de los espacios interiores. Esta flexibilidad no debe estar motivada por el afán de modificar permanentemente el recorrido museográfico o la estructura misma del museo... Por el contrario, es deseable que las estructuras y los equipamientos de un museo puedan llevarse a las modificaciones que traen el progreso científico, técnico y deontológico en materia de museografía, a las nuevas necesidades de sus usuarios, así como a la eficacia y al confort acrecentado de su personal.
2. Modularidad de la arquitectura. Según los principios de la Bauhaus, es recomendable estudiar, al mismo tiempo que la arquitectura, todos los equipamientos integrados en el edificio y los mismos objetos que serán utilizados... Todo en un módulo arquitectónico que permita la flexibilidad.
3. Extensibilidad de la arquitectura. Es la facultad por la que tanto la gran obra como la secundaria y sus equipamientos puedan obtener un desarrollo en volumen y en superficie, poco a poco las necesidades del museo y las condiciones respondan a las tendencias técnicas y estéticas del arquitecto, de acuerdo con el maestro de obra.
El respeto y el impulso de estas características en el diseño de un programa museístico dependen necesariamente de la mejor y más eficiente articulación del proyecto o programa arquitectónico, de la corresponsabilidad de actuación de cada uno de los miembros de los distintos sectores que integran el proyecto y del acierto en su desarrollo y aplicación concretos.
Joan Darragh y James S. Snyder sostienen en un importante tratado, Museum Design. Planning and Building for Art, al desarrollar el tema de la «Preparación de un programa arquitectónico», lo siguiente:
Para una organización de cualquier tamaño, la decisión de comenzar un programa arquitectónico requiere una delegación explícita de responsabilidad para la dirección y ejecución del proyecto. Esta responsabilidad es delegada de acuerdo con los recursos internos de un museo particular. Existe también una distinción para ser realizado entre quienes dirigen el texto del programa y quienes realmente lo escriben. Si es posible, un miembro del equipo existente (o del nuevo equipo formado de la organización) debería dirigir la creación del programa. Desde los propios objetivos de una organización, que tienen que ser suministrados por medio de sus esfuerzos de planificación del edificio, la participación de los individuos bien versados en sus programas y destrezas puede ayudar a asegurar este enfoque en esta etapa.
(Y establecen el esquema de la organización del proyecto-director en la arquitectura del museo). Proyecto director que debe conjugar los aspectos técnicos y museográficos con el acierto en la elección del arquitecto y el constructor, en estrecha vinculación con el museólogo programador.
¿Qué sucede en la práctica cuando se escoge a un arquitecto contratista y por qué, después de la selección, al programador todavía le queda mucho por hacer? Ante todo, nos encontramos ante una creación plástica, expresión de convergencia entre las necesidades del usuario expuestas por escrito (el programa) y su representación formal (el proyecto). Por lo general, en la fase preliminar el proyecto no refleja sino los propósitos globales, la organización de las principales funciones o el tratamiento de los volúmenes. Aún no se ha entablado un diálogo entre el contratante y el contratista; el proyecto sólo es, en definitiva, una propuesta rica en posibilidades.
Ese diálogo tiene que establecerse, forzosamente. para ampliar el programa, dotarlo de los elementos positivos de la creación arquitectónica y, al mismo tiempo, rectificar los errores y las carencias del proyecto. A veces, estos últimos se deben a una voluntad excesiva del arquitecto de «marcar su territorio».
Un museo es, con frecuencia, una empresa prestigiosa y excepcional en la que el genio creativo puede expresarse más plenamente que en otros proyectos; suele suceder que el continente (la arquitectura o escenografía) predomine sobre la existencia del museo. Demasiadas veces se olvida que una vitrina sólo cumple una función: la de proteger y conservar las obras expuestas. Y se la debe suprimir siempre que se pueda para que la relación entre el objeto y el observador sea lo más sencilla y directa posible.
Para paliar estos errores y accidentes, facilitar la interpretación del proyecto y contribuir a sopesar las consecuencias de cada una de las decisiones que habrán de tomarse a medida que avance el proyecto, se puede encomendar al programador la tarea de supervisar la evolución del proyecto y prestar su
asistencia; se habrá alcanzado la fase de adecuación del programa y el proyecto
En consecuencia, para que cualquier tipología de museo a nivel de organización de espacios pueda facilitar el desarrollo de las funciones museográficas, debe estar lógicamente al servicio del programa museológico que en ellos se aplica. El cumplimiento de estas condiciones proveerá a la institución de la infraestructura física y de los servicios adecuados, propios de un buen contenedor. De ello dependerá, insistimos, la realización de las funciones específicamente socioculturales, o lo que es lo mismo, el desarrollo del museo de acuerdo con su perfil específico.