CHAPTER 3: ILLUSION AND TRUTH IN THE VISUAL WORLD
2. The development of Photography
Hablamos de una espiritualidad para nuestro mundo, pero resulta bastante claro que deben coexistir diversos estilos espirituales y religiosos. La variedad es un signo de riqueza y esto vale tanto para la ecología, las culturas o las lenguas como para las espiritualidades y las religiones. En el amplio panorama espiritual y religioso, pienso que hay que tener presentes al menos dos variables principales para atender a la diversidad del fenómeno sin intentar absolutizar una visión concreta.
a) La variable neuropsicológica
El mundo mental no tiene un patrón uniforme al que referir una sola forma de corrección o equilibrio. Cuando una persona se interesa por la trascendencia espiritual o religiosa, lo puede hacer desde diversos estilos correctos. Pongo un ejemplo. En el orden del funcionamiento cerebral es conocida la distinción entre dos sistemas de funcionamiento mental comentados por D. Kahneman, conocido psicólogo de Princeton y premio Nobel de economía, y formulados como «pensar rápido y pensar despacio». Dice Kahneman: «El sistema 1 opera de manera rápida y automática, con poco o ningún esfuerzo y sin sensación de control voluntario. El sistema 2 centra la atención en las actividades mentales esforzadas que lo demandan, incluidos los cálculos complejos. Las operaciones del sistema 2 están a menudo asociadas a la experiencia subjetiva de actuar, elegir y concentrarse» (D. Kahneman, 2012, 35). Se trata de dos estilos útiles, interesantes, imprescindibles, complementarios... que todos usamos y nos enriquecen, ofreciéndonos la posibilidad de utilizar estrategias alternativas que hacen más eficaz nuestra vida mental. Los estudios neurológicos experimentales reconocen hoy con normalidad la existencia de estilos cognitivos, cada uno con sus peculiaridades dignas de consideración y sin que ello sugiera que es mejor una de las particularidades. Así, por ejemplo, los estudios sobre los efectos de la oxitocina en la cooperación intergrupal muestran consecuencias distintas según se trate de mentes reflexivas o mentes intuitivas (Y. Ma et al., 2015). Sería necio reclamar la sistemática prioridad de uno de los dos sistemas como más eficaz. Alternar y combinar es lo enriquecedor. También en las actitudes más emocionales, como las empáticas, aparecen modalidades individuales que explican diferencias de estilo en las formas de comprensión y relación, modalidades que explican actitudes, opciones, adhesiones, etc. (R. Eres et al., 2015).
Algo parecido sucede con los estilos espirituales. A cada cual le puede convenir un estilo diferente, y sería empobrecedor y desprendería tufo de absolutismo imponer una forma espiritual concreta como la más adecuada. La historia muestra la riqueza de la variedad espiritual.
La otra gran variable que diferencia positivamente la espiritualidad proviene de profundas estructuras antropológicas, filosóficas y culturales que diferencian a las personas de acuerdo con la conformación cultural que las ha configurado. En este punto, Oriente y Occidente han dado lugar a significativas diferencias. Oriente ha privilegiado la desconfianza del yo y la vía de la no dualidad y la fusión con el Todo. La desconfianza del yo domina la cultura índica y su espiritualidad, así como la espectacular espiritualidad budista. De ambas posiciones se deduce una actitud de análisis e introspección muy duros y, como horizonte, la unicidad y fusión del yo con la única realidad consistente, de carácter teísta o no. La filosofía de la no dualidad Advaita Vedanta (cf., por ejemplo, el libro de S. Chinmayananda, 2014), de la que el filósofo Shankara es el gran representante, y del precario valor atribuible al yo está en consonancia con una concepción global que se engarza con los ciclos de vida, una cierta desconfianza acerca de las decisiones y actuaciones personales, los ciclos de transmigraciones e incluso la estructura social de las castas. Occidente, conformado por la tradición griega y la bíblica, piensa en un yo protagonista y responsable desde la razón y ante Dios o los dioses, y ante los otros, liberado de su egoísmo, en un contexto dialogal y dialéctico que va dando cuenta de los procesos sociales e históricos, y que es invitado a configurar la sociedad y responder de sus actos. En la mentalidad occidental, el silencio es una condición para poder oír la Palabra, que es una propuesta profética para la acción presidida por la utopía. La propuesta espiritual central de la Biblia no es la promoción del análisis del yo y el silencio, sino la práctica de la justicia en su aspecto más amplio. Esto es lo que proponían todos los profetas bíblicos, incluido, naturalmente, Jesús de Nazaret. El yo que solo pretende fusionarse con la totalidad y el yo que se presenta amorosamente ante el Otro merecen la misma credibilidad espiritual, y pueden compartir ubicaciones compatibles que se enriquecen en la diferencia de posturas. Adscribirse a una u otra de estas posiciones tiene importantes consecuencias personales y sociales. La tradición bíblica de la que forma parte Occidente ha reclamado siempre la construcción de un mundo nuevo en el que tenga su lugar la justicia (2 Pe 3,13), lo que evidentemente mantiene una tensión utópica que explica el interés por este mundo y su progreso, y convoca a la persona a una acción esperanzada y responsable. Si uno se adscribe a la creencia de que el yo y la realidad son un engaño, no tiene mucho sentido preocuparse por mejorar esta realidad, y el interés por la utopía pierde su sentido, y la realidad triste en la que vivimos solo puede ser aminorada por una benevolencia que acompañe la bruma en la que nos movemos. Estas profundas posturas filosóficas y espirituales explican probablemente por qué a la cabeza de la confianza en la construcción de un nuevo mundo ha destacado la cultura judeocristiana de una forma tan clara. En Oriente destacó en un sentido similar la cultura china por la cosmovisión confuciana del orden del universo; en cambio, no ha destacado en este aspecto la cultura india ni sus derivaciones budistas, aun manteniendo su alto interés espiritual. Es verdad que el progreso también presenta sus muchas ambigüedades, pero su interés se suele medir por la simple pregunta
acerca de quienes preferirían retrotraerse al mundo de hace cinco siglos en vez de mantenerse en la confortabilidad (física, médica, técnica en general...) actual, o simplemente si prefieren formar parte de cohortes humanas (en sentido epidemiológico) con esperanza media de vida de 40 años (siglo XIX) o de 80 años (siglo XXI). Es fácil condenar el progreso disfrutando de todas sus ventajas. Posiblemente haya que coordinar los dos polos: mantener la utopía trabajando por ella y preservar la integridad personal, social y ecológica.
La espiritualidad puede construirse a partir de cualquiera de estas posiciones globales, que se pueden interfecundar. Grandes áreas de pensamiento espiritual occidental, en crisis respecto de sus tradiciones de origen, se han volcado hoy totalmente hacia una cierta versión oriental de la espiritualidad, que acaba desconociendo cualquier valor atribuible a la tradición occidental e ignorándola prácticamente o considerándola solamente como anecdótico comentario de la verdadera tradición espiritual, que sería únicamente la oriental. Y creo que aquí se da un exclusivismo empobrecedor. Pretender que el único camino hacia la iluminación o hacia Dios pasa por la visión vedanta del yo constituye un sesgo empobrecedor de lo espiritual. Lo espiritual es lo suficientemente rico y complejo como para admitir versiones compatibles formuladas en tesituras diferentes y complementarias, y creo que forma parte del reto actual de la espiritualidad humana el saber mantener expresiones cualitativas distintas, todas ellas adecuadas dentro de su inevitable limitación, acerca de esta aventura que supone abrirse a la trascendencia espiritual y religiosa. Además, es extraordinariamente difícil transmigrar con éxito entre grandes opciones globales y se corre el riesgo, al pretenderlo, de ubicarse en inestables terrenos movedizos en los que ni las palabras tienen adecuada traducción.
c) Discernimiento: no todo vale igual
Aun reivindicando la variabilidad, y precisamente para garantizarla, el panorama actual exige un cuidadoso discernimiento acerca de la fiabilidad de las propuestas espirituales y religiosas.
En primer lugar, hace falta detectar y denunciar lo sectario, enfermizo o empobrecedor, ya que, en nombre de la espiritualidad o la religión, se proponen actitudes de todo tipo, muchas de ellas oportunistas o simplemente bobas. Lo sectario hay que denunciarlo e intentar neutralizarlo, y también hace falta ejercer la crítica acerca de propuestas difusas, hoy frecuentes, en las que de una forma confusa se mezclan términos científicos con datos inconcretos y sin ninguna precisión para proceder a afirmaciones que intentan expresar en lenguaje más actual viejas prácticas más o menos mágicas que, como mucho, podían actuar como simples placebos.
Pero es importante también ejercer un trabajo crítico entre tradiciones serias, con el fin de valorar la calidad de afirmaciones y propuestas. Por ejemplo, puede ser interesante
la recomendación de determinados códigos alimentarios de cara a una ascética seria (pongamos por caso ciertas formas de ayuno o de instrucciones dietéticas), pero estas observancias han de proponerse al margen de imposiciones o conductas obsesivas. O sería interesante saber por qué atrae con facilidad todo tipo de meditación o de técnicas espirituales con tal que sean orientales, cuando se ha abandonado en medio de una ignorancia clamorosa toda la tradición espiritual europea. O bien conviene poder contraponer, con vistas a una mejor lectura e interpretación de los textos, recomendaciones que no son igualmente aceptables. Así, el evangelio propone, por ejemplo, el perdón a los enemigos y la abolición de la ley del talión (Mt 5,20-48), mientras que el Corán exhorta a hacer la guerra y matar al enemigo (II, 187) y a reinstaurar la ley del talión (II, 190). Se trata, pues, de la recomendación contraria. En sociedades abiertas hay que tener el coraje de plantear y resolver este tipo de confrontaciones de forma constructiva. La disposición a la comprensión y tolerancia no nos debe impedir los contrastes en favor de la verdad. Y el discernimiento franco y lúcido es una garantía en favor de esta verdad. A un nivel más superficial pero significativo, llama la atención, por ejemplo, que en Europa se reclame una presencia espiritual en el corazón de la sociedad secularizada y sin exhibir signos distintivos especiales, y en cambio, cuando se trata de maestros orientales, se valore su carácter monacal, la exhibición de hábitos religiosos especiales o el evidente interés por la participación activa en sus templos, etc. Se trata simplemente de citar algunos detalles que detectan la necesidad de estar atentos a todos los términos del fenómeno de reorganización de toda la experiencia espiritual y religiosa, reorganización mucho más compleja que la que se había reducido a marginar lo religioso de la vida pública. Existe, por otra parte, la posibilidad de que la experiencia espiritual sirva, revestida de engañosa cualidad, para encubrir mecanismos enfermizos. Se dan, de hecho, como recuerda el psicoanalista J. B. Rubin, una amplia variedad de «patologías del espíritu, que incluyen el uso de la búsqueda espiritual para una inflación narcisista, evadir la subjetividad, negar las pérdidas emocionales, protegerse de las penosas vicisitudes de la experiencia cotidiana y huir de la responsabilidad ética [...], comprometerse en una entrega masoquista, un desapego esquizoide y una autoanestesia obsesiva» (J. B. Rubin, 2010, 229-230). «Experiencias de unidad y éxtasis –sigue diciendo Rubin, comentando el caso de un paciente– ofrecen a un meditador, un profesional competente de mediana edad, una manera de evitar el dolor y la tristeza terrible de su divorcio, en lugar de enfrentarse a él y elaborarlo».
Forma parte también de un buen discernimiento el saber que en ocasiones la práctica de una profunda meditación puede resultar perjudicial. Efectivamente, en personalidades fácilmente desestabilizables los esfuerzos para penetrar en la profundidad mental y abrirla pueden conducir a hacer aflorar ansiedades, actitudes arcaicas, terrores u obsesiones que estaban aceptablemente controladas, especialmente si se trata de meditaciones que se basen en dinamitar la noción del yo o diluirla en conjuntos amplios
poco definidos y sin referencias. La meditación zen, además, como otras prácticas espirituales, tiene también su historia de conductas de riesgo y violencia asociadas a pérdidas de identidad por una mala asunción de la pérdida del yo. Torkel Brekke, por ejemplo, ha estudiado en ámbitos budistas conductas violentas como resultado de una separación de la actuación de la persona respecto de un yo protagonista y responsable. Brian Victoria, historiador del zen y formado en aquella tradición espiritual, recuerda cómo en la Segunda Guerra Mundial los soldados japoneses eran entrenados en técnicas de meditación para asegurar que perdían el sentido del yo y «llegaban a ser» la orden que recibían. Las experiencias «espirituales» quizá puedan llegar a ser amorales y conducir a políticas opresoras, como sucedía en los samuráis. La meditación, pues, como recuerda Miguel Farias, director del grupo de Cerebro, Creencias y Conductas de la Universidad de Coventry, puede producir profundos efectos en la mente, pero estos efectos no siempre son beneficiosos ni generadores de paz.
El panorama que se ofrece a una humanidad en trance de cambio singular sugiere que espiritualidades y tradiciones serias puedan seguir siendo hitos interesantes de la aventura humana. Así, mujeres y hombres de nuestra época pueden ser acompañados en sus mejores aspiraciones por las sugerencias e invitaciones a enriquecer los mejores impulsos de vida con las ofertas de espiritualidades y religiones que constituyan el bordado de la urdimbre que mentalmente los sostiene. En este intento, las neurociencias han hecho una interesante, aunque solamente inicial, aportación, mostrando que la dedicación seria a prácticas espirituales como la meditación constituye un recomendable ejercicio de mejora del cerebro y de la mente, es decir, de la persona.
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