1 Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos
los demonios, y para curar enfermedades; 2 y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. 3 Y les dijo: “No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. 4 Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. 5 En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos”. 6 Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes. 7 Se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba, y estaba perplejo; porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; 8 otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. 9 Herodes dijo: “A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?” Y buscaba verle.
(i) En San Lucas tenemos relatadas dos misiones de los apóstoles. Esta, que solo involucra a los Doce, y la que
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encontraremos en el capítulo 10, en la que el grupo de los misioneros llega a 72 personas. La única manera de hacer llegar su doctrina a toda persona era a través de la palabra, pero Jesús sabía que su tiempo personal sería muy breve, por lo que comienza a enviar a sus apóstoles a anunciar su mensaje. En esta misión solo manda a ―los Doce‖, como dice Lucas, usando ya técnicamente esta expresión. Era el grupo más estrecho de seguidores de Jesús. Estos habían oído ya varias veces sus enseñanzas por lo que estaban en condiciones de repetirlas. Aunque fuesen en su mayoría hombres de escasa cultura, todos tendrían, seguramente, muy desarrollado el hábito de la memoria auditiva, es decir, la capacidad de retener lo escuchado, porque tal era el modo en que se transmitían las enseñanzas en aquellos tiempos, no confiándose al testimonio escrito (que, si bien existía, como lo sabemos por los mismos textos sagrados compuestos muchos siglos antes de los apóstoles, no era de acceso general, ni sabían todos leer), sino al oral.
(ii) Jesús los manda a proclamar el Reino de Dios y a curar. Lo primero se refiere a lo enseñado por Jesús, el Evangelio de Cristo. En concreto: todo lo referido a la trascendencia y misericordia de Dios (la revelación de la Paternidad y del Amor de Dios) y la llamada a la conversión y a una vida conforme a la perfección de hijos de Dios (el contenido del sermón de la montaña, en san Mateo, o de la llanura, en san Lucas). Lo de curar se imponía como sello de autenticidad divina de lo enseñado. Jesús hacía milagros para demostrar la verdad de cuanto predicaba. También sus apóstoles deberían hacer lo mismo.
(iii) Precisamente en orden a esta acción que Lucas denomina genéricamente ―curar‖, Jesús les da ―autoridad y poder‖ sobre todos los demonios (exorcismos) y para curar enfermedades. Jesús se los da, porque tiene tal poder como fuente del mismo. Él no lo pide a Dios para ellos, sino que lo transmite a voluntad. No es un poder carismático, porque el carismático ni puede usar a su voluntad los carismas que posee, ni menos aun transmitirlos a otros. Esta sola frase ―les dio autoridad y poder sobre demonios y enfermedades‖ es una proclamación velada de la autoridad divina de Cristo a la que se presta muy poca atención.
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(iv) Las instrucciones que les da Nuestro Señor tienen como fin hacerles comprender a sus discípulos que el Actor principal de la misión es Dios mismo. Por eso los hace ir colgados de Dios por la confianza en su asistencia paternal permanente. No deben temer entregarse totalmente a la obra divina a la que Jesús los manda, despreocupándose totalmente del resto, incluida su alimentación (no llevéis alforja ni pan), su vestido (no llevéis dos túnicas), su vivienda (quedaos en la casa donde os reciban), los imprevistos (ni dinero), los peligros (ni bastón, que servía para defenderse). Dios se compromete a proveerlos de todo esto.
(v) No significa, sin embargo, que estas cosas se vayan a dar de modo infalible. También cae bajo la providencia que algunas veces no quieran recibirlos y, por tanto, no los provean, como instrumentos de Dios, de lo que necesitan. Esto servirá en el día del juicio de testimonio en contra de los que así se comporten. Pero Dios no les hará faltar lo necesario a los suyos, que se los hará llegar por otro lado.
(vi) Estas instrucciones tienen una gran importancia espiritual, puesto que señalan el espíritu que debe animar al misionero. La eficacia de la misión está en directa dependencia de la fe del misionero. Fe en que es Dios quien lo manda a la misión y quien la realiza. Si bien en las disposiciones de Dios está que la misión no se realice sin el misionero, no es este quien actúa en los corazones sino Dios. Y el misionero actúa su fe en esta verdad, viviendo colgado de la providencia divina que explícitamente le ha mandado vivir así. Incluso cuando esa ayuda y protección en algunas circunstancias puedan hacerse esperar (por eso les advierte que algunos no abrirán sus puertas ni los recibirán). En la medida en que un apóstol se apoye sobre sí mismo, o tema que algo le falte mientras realiza la obra de Dios, su misión se torna ineficaz, porque pasa a ser del hombre y no de Dios.
(vii) La misión fue eficaz en dar a conocer a Jesús, puesto que Herodes ―se enteró de todo lo que pasaba‖, como dice Lucas; expresión que debe entenderse de la obra de los discípulos de Jesús y de la del mismo Jesús. Le llegaban al tetrarca los comentarios que hacía la gente sobre Jesús, los cuales contenían apreciaciones muy diversas y contradictorias sobre la identidad del personaje: unos
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decían que era Juan resucitado, otros que se trataba de Elías, quien según la creencia de los judíos no había muerto, y otros que era alguno de los antiguos profetas, resucitado para la ocasión. Por tanto: o un profeta muerto vuelto a la vida o un profeta que vivía desde siglos oculto por Dios... Lo suficiente como para preocupar a un hombre supersticioso como Herodes, el cual, en consecuencia, andaba perplejo y un tanto inquieto, puesto que, después de todo, tenía sobre su conciencia la sangre del Bautista, y la posibilidad de que anduviese resucitado y predicando nuevamente, no dejaba de turbarlo. Y por eso, termina diciendo san Lucas, quería verlo. No tanto para convertirse sino quizá para volver a meterlo en el calabozo.
MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES