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Differences in the activation of innate immune responses by different

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5.2 Activation of innate immune responses by influenza viruses

5.2.3 Differences in the activation of innate immune responses by different

Al tratarse la democracia de un objeto de estudio ampliamente desa- rrollado por infinidad de teóricos, desde la antigüedad hasta nuestros días, la selección final que hemos efectuado tiene que ver con nuestro objetivo de utilizar una terminología que refleje la contemporaneidad del conflicto que estamos analizando.

Como sugiere Norberto Bobbio, en la teoría contemporánea de la de- mocracia, confluyen tres grandes tradiciones de pensamiento político: la teoría clásica - aristotélica, la teoría medieval-romana y la teoría moder- na. Podríamos resumir estas tres perspectivas diciendo que desde el lado de la teoría clásica se interpreta la democracia como el gobierno del pueblo, es decir, de todos aquellos que son considerados ciudadanos; la teoría medieval introduce la idea de soberanía popular, contraponien- do a una concepción descendente del poder (que sea transmitido por el soberano hacia los súbditos) una concepción del poder ascendente (donde el poder es representativo y deriva del pueblo); finalmente la teoría mo- derna, que coincide con la formación del Estado-Nación moderno, co- mienza identificando la democracia con la república, en la cual se co- mienza a concebir el poder distribuido entre diferentes cuerpos en con- tra de toda forma de despotismo.

Lo que se quiere señalar con esta referencia es que lo que hoy enten- demos por democracia no es sino el resultado de un proceso histórico a través del cual se fueron imprimiendo cambios en el concepto, producto del devenir de los diferentes acontecimientos, luchas, reivindicaciones que tuvieron lugar en cada época. Es decir que, si bien se puede hablar de democracia en términos generales, es importante tener en cuenta qué entiende cada sociedad, cada gobierno y cada grupo con intencio- nes políticas cuando defiende o se planta en contra de un proceso de democratización o de la creación de un Estado democrático.

La democracia, como conjunto de mecanismos tendientes a regular de una determinada forma el acceso a la toma de decisiones colectivas, fue considerada recién a mediados del siglo XX como el régimen político más deseado. En la actualidad, la aceptación de la legitimidad del régimen democrático ha conducido a su difusión en casi todo el mundo y a que algunos Estados reclamen, inclusive, su imposición a través de la exporta- ción de instituciones y valores «democráticos», recurriendo a menudo al uso de la fuerza. El ejemplo de Irak es acaso el más recurrente: tras una ocupación ilegal y violenta, por parte de la coalición liderada por los Esta- dos Unidos, el régimen depuesto es reemplazado por un gobierno formado a partir de «elecciones democráticas», auspiciadas por la autoridad de

ocupación. En éstas sólo participaron movimientos políticos autorizados y fue cuando se produjo unos de los más altos niveles de abstención de la historia. Por último, este régimen -el democrático- aparece como condi- ción necesaria, aunque no suficiente, para cualquier posible inserción de las naciones en el mundo globalizado.

Dado que, desde el punto de vista práctico, se entiende por democra- cia un método o un conjunto de reglas procedimentales para conseguir un gobierno y para tomar decisiones vinculantes para una sociedad, la democracia es compatible con doctrinas de diferente tinte ideológico. Por lo tanto, resulta necesaria una lectura que trascienda lo institucional para comprender el verdadero proyecto político que moviliza a cada actor hacia la consecución de un objetivo denominado democrático.

En la actualidad, cuando se habla de democracia, especialmente des- de la teoría política liberal, se hace referencia a un conjunto de «reglas del juego democrático» que se pretenden «reglas universales». Algunas de las más relevantes son: la elección directa o indirecta por parte del pueblo de los integrantes del poder legislativo y de los dirigentes de las instituciones de la administración local o del jefe de Estado; son electo- res todos aquellos ciudadanos que tengan la mayoría de edad, sin impor- tar su origen étnico, sexo, religión, posición socioeconómica, etc.; la elec- ción debe ser realizada en las máximas condiciones de libertad, siendo parte de ella la libertad de información y el acceso a ésta por parte de los electores y la existencia de alternativas reales para los votantes; debe regir siempre el principio de la mayoría numérica sin resultar esto un límite para los derechos de las minorías.

Queda claro que todas estas reglas no aportan más que el sentido procedimental de un régimen. Desde este punto de vista, la democracia puede considerarse un mero vehículo para arribar a fines que no nece- sariamente apunten a un resultado conveniente para todos los implica- dos en el proceso.

Se ha optado en algunos casos por diferenciar este tipo de democracia como «formal» en contraposición a la denominada democracia «sustan- cial». Se trataría en el primer caso, de una democracia que respeta los «procedimientos universales» para tomar decisiones de diferente conte- nido. En el segundo caso, se estaría pensando en la inclusión predomi- nante de contenidos ideales como el igualitarismo. Se trataría en este caso de encontrar el sentido de la democracia a partir de un fin último que podría expresarse como «proveer las condiciones para el pleno y libre desarrollo de las capacidades humanas esenciales de todos los miem- bros de la sociedad»7.

Podríamos hacer referencia entonces al pensamiento Rousseauniano como una especie de síntesis entre el ideal igualitario y las reglas proce- dimentales (motivo ideal y metodológico). Según Rousseau, el ideal igua- litario es inspirado solamente a través de la formación de la voluntad general como procedimiento legítimamente democrático.

Sin embargo, todo nos lleva a considerar que algo tal como una «de- mocracia perfecta» no es sino una utopía, si consideramos que un régi- men pueda ser denominado democrático dependiendo del significado que cada uno defienda: formal o sustancial, procedimental o ideal. Lo que sí será posible considerar es la mayor o menor «democraticidad» de un régimen según éste se acerque más o menos a la consecución tanto de las reglas como de los ideales igualitarios.

Retomando entonces lo expresado en las fuentes mencionadas ante- riormente (el documento de la Casa Blanca y las declaraciones de la Consejera de Seguridad de los Estado Unidos), podemos considerar que la utilización del término democracia se hace desde un punto de vista liberal-democrático (procedimental), pero al mismo tiempo con un con- tenido ideológicamente economicista. Es decir, que nos encontramos con un proyecto que nos lleva a pensar que la democracia se construye a partir del crecimiento del mercado y el libre comercio.

En contraposición con el ideal igualitario, que en los términos plantea- dos resulta fundamental para hablar de democracia, aparece el merca- do como condición sine qua non para su consecución; a éste criterio apela el Departamento de Defensa en declaraciones como «La libertad de mercado y el libre comercio son prioridades en nuestra estrategia de seguridad nacional»8 , en el capítulo destinado a «Construir la infraes- tructura de la democracia».

Siguiendo la lectura de Borón9 sobre las contradicciones entre merca- do y democracia, hay una referencia de singular interés para resaltar y es que existen al menos cuatro puntos que indican la imposibilidad en el largo plazo de compatibilizar ambos objetivos.

En primer lugar, el hecho de que democracia y mercado tienen dos lógicas incompatibles: mientras que la democracia se basa en un modelo ascendente de organización del poder social, el mercado está basado en un modelo descendente. La democracia se construye de abajo hacia arriba, es decir, sobre la base del reconocimiento de la igualdad de los ciudadanos, que se garantiza mediante la participación en la constitución de la autoridad política. La idea del mercado, en cambio, descansa sobre la existencia de sujetos jurídicamente libres e iguales, pero que introdu-

8"La estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos de América», op. Cit., cap. 7. 9 Borón, Atilio, 2002.

cidos en un esquema de producción capitalista,10 sólo pueden tomar de- cisiones estrictamente limitadas al ámbito privado, careciendo de poder para influir sobre la planificación de la economía. En este sentido, quie- nes logren apropiarse de porciones cuantiosas del mercado implantarán su lógica de poder, relegando al resto de la sociedad al rol de meros agentes económicos.

En segundo lugar, mientras que la democracia plantea una lógica in- cluyente, abarcativa y participativa para lograr un orden basado en la soberanía popular dentro del ámbito público, el mercado plantea una lógica de competencia, segmentación y selectividad donde los que so- breviven son los más aptos y la participación es considerada un privile- gio del ámbito privado, limitada al rol de consumidores. En la democra- cia la participación de uno exige y promueve la participación de los de- más; en el mercado el consumo de bienes privados por parte de unos significa el no consumo de otros (a diferencia de bienes públicos, consi- derados de consumo «no rival»). En este sentido, los precios funcionan como mecanismo discriminador, y la fuerza de trabajo aparece como una mercancía más (siempre en el contexto del capital). Quien no puede realizar su mercancía, queda automáticamente excluido del juego. Por lo tanto se podría simplificar este punto señalando que la lógica de la democracia es la de un juego de sumas positivas mientras que la lógica del mercado es la de un juego de suma cero en el cual para que uno gane otro tiene que perder.

En tercer lugar, la democracia es animada por el afán de justicia mien- tras que el mercado es movilizado por el lucro. En este caso la justicia es distorsionada para el funcionamiento del mercado, ya que ésta interfiere en el cálculo de costos y beneficios.

Por último, mientras que la democracia plantea la necesidad de pro- mover la igualdad (con la expansión de beneficios tales como la salud y

10 Es importante hacer esta aclaración. El mercado no es una institución inherente espe- cíficamente a la producción capitalista. Los mercaderes de oriente, que llegaban a la Roma de los siglos de esplendor o los mercados de la Edad Media en Flandes o el Norte de Francia, constituyen ejemplos de cómo el mercado ha evolucionado a través del tiempo bajo pautas perfectamente compatibles con los sistemas económicos y políticos existentes, aunque siempre con un carácter meramente intersticial y esporádico. Sin ir más lejos, la experien- cia del comunismo yugoslavo combinaba con relativo éxito la planificación centralizada de las esferas económicas, naturalmente monopólicas, con una economía de mercado, pero bajo un régimen de propiedad colectiva. Esto es, si bien la producción y la distribución del excedente se realizaban bajo criterios cooperativos, las decisiones de consumo correspon- dían estrictamente a la esfera privada confiriéndole al mercado un rol específico. Sin embargo, es bajo el régimen de producción capitalista donde el mercado se generaliza abarcando prácticamente todas las esferas de la producción, avanzando inclusive hasta ámbitos históricamente relegados a lo público (como por ejemplo, la educación). Por ello, la lectura que efectuamos en el presente capítulo del término mercado, debe limitarse exclusivamente al ámbito de la producción capitalista.

la educación), el mercado es visto como una institución cuyo normal funcionamiento es alterado por la acción «distorsiva» del Estado. En este sentido, el rol del Estado en la provisión de bienes (públicos y priva- dos) es cuestionado, restringiendo su campo de acción a brindar seguri- dad jurídica e institucional o, simplemente, relegándolo a corregir las «fallas del mercado».

Como conclusión de lo mencionado, Borón señala que

Es evidente que el tema de la compatibilidad entre mercado y democracia es, a largo plazo, imposible y en el corto y mediano plazos bastante problemática. Sin embar- go, para el liberalismo en cualquiera de sus variantes la convivencia resulta absolu- tamente natural y necesaria: la democracia es percibida como el rostro político de los mercados y éstos como la faz económica de la primera. 11

En definitiva, en los términos políticos actuales, es perfectamente líci- to suponer que la supremacía ideológica del imperio norteamericano se sustenta, principalmente, en la igualación de los términos democracia, libertad y mercado. Los mecanismos de imposición de sus valores cultu- rales (desde el uso liso y llano de la maquinaria militar hasta la universa- lización y hegemonización de la educación12, por citar algunos ejemplos) omiten ex profeso la consideración del devenir histórico y la construc- ción subjetiva en cada sociedad.

Desde este punto de vista, cualquier contrato social celebrado por naciones que adopten el modelo democrático importado de occidente, se pautaría en términos de la relación intrínseca entre los tres concep- tos mencionados, entendiendo por ello el carácter inseparable que exis- te, fundamentalmente, entre mercado (léase capital) y democracia. En otras palabras, cualquier otro sistema económico y político –sea socia- lista, islamista, etc- resultaría incompatible con la democracia, aún cuan- do, en nuestra opinión, la incompatibilidad se presenta entre ésta y el capitalismo, habida cuenta de los cuatro puntos analizados con anteriori- dad. Si la democracia pretende ser inclusiva e igualadora, y el capitalis- mo claramente no cumple con ninguno de los dos requisitos, ¿cómo se pretende convencer a los pueblos árabes de que adoptando ambos regí- menes lograrán un desarrollo autónomo, resguardando sus valores mo- rales y culturales de la acción totalitaria de la globalización?

11 Borón, 2002, p. 110.

12 La Economía es un claro ejemplo de ello. En los programas de estudio de las universi- dades (tanto públicas como privadas) en la Argentina, existe un indiscutible predominio de escuelas anglo-sajonas, principalmente norteamericanas. En este sentido, suele menosca- barse el aporte de teóricos nativos, como Julio Olivera, Raúl Prebisch o Alejandro Bunge, quienes con frecuencia son condenados al olvido en las asignaturas, prevaleciendo las visiones neoclásicas, monetaristas o neokeynesianas (a grandes rasgos), las cuales omiten los problemas propios de las economías «en desarrollo». De este modo, se importan modelos y soluciones cuya aplicación puede no resultar adecuada para países con realidades completamente diferentes.

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