• No results found

Chapter 3: Methodology

4.6 Comparative analysis of Departments A and B

4.6.2 Differences

fértil amargura de sentirse vivir Siglo amargo mi siglo para gozar del mundo

La singularidad —y, consecuentemente, la grandeza— de este libro con el que Susana March alcanza el momento más álgido de su poesía reside en dos aspectos, uno relacionado con la forma y el otro relacionado con el contenido. Ambos responden a una urgencia imperante. Es decir, acorde con

la nueva temática nace la conciencia de querer diversificarse desde el punto de vista métrico, por ello aquí gana peso el verso libre. Y no se trata de una relación causa-efecto. No es casualidad. Es una necesidad, una explícita cercanía al lector lo que obliga a usar un lenguaje llano, directo —a veces, hasta incisivo—, que hace a la autora menos distanciada de lo real. Desaparecen pues las ensoñaciones, las divagaciones trascendentales evocadas hasta ahora, en favor de un verbo más preciso.

En esta misma línea se hace patente el alejamiento de las concepciones modernistas y románticas, por lo que va ganando espacio la realidad histórico-social ante la que el sujeto poético reacciona plasmando unos sentimientos concretos. Pasamos progresivamente de querencias etéreas a sentimientos cercenados por el apremio de las circunstancias

Este volumen se presenta estructurado en tres partes: «La tristeza», «La sangre» y «Los caminos», que se corresponden con la verdad más cercana a Susana March: el momento histórico, la familia y los compañeros, todo ello revestido de un halo de verosimilitud.

En la primera sección de este poemario, «La tristeza», aparece el dolor ajeno; la autora se lanza con fuerza mostrando su indignación ante el sufrimiento reinante en el mundo. Se respira una creciente angustia por el devenir sin sentido del hombre, amargura por un vivir transido de dolor que paradójicamente se entremezcla con fortaleza y perseverancia. En las otras dos secciones, «La sangre» y «Los caminos», el tono cambia, no parece que el sentimiento de tristeza se haya diluido, pero sí que se ha apaciguado. Hay un poso de sosiego cuando el sujeto poético se nutre del amor familiar y de la compañía que le hacen aquellos otros escritores junto a los que de algún modo encuentra compañía en el solitario quehacer del poeta.

Empezando por la primera parte, vemos que el epígrafe “La tristeza” le sirve para dar nombre, no sólo a este libro, sino también a esta primera parte y asimismo al extensísimo primer poema con el que se presenta este poemario y que guarda un hondo pesimismo existencial. Es esta una pieza de extrema crudeza en la que cada verso aparece revestido de pesadumbre y de irremediable desaliento. De alguna manera, trasuntan estos versos aquel

desengaño existencial que se percibía desde un primer momento en la poesía de nuestra autora, sólo que ahora «La tristeza» ha cobrado una mayor magnitud:

Porque yo sólo he contemplado en torno mío odios y guerras fratricidas,

hipócritas mendigos que cubren sus harapos con regios mantos de virtud,

niños hambrientos y descalzos, prostitutas,

hombres enriquecidos en criminal comercio, ¡miseria en todas partes!

Siglo amargo mi siglo para gozar del mundo, (1953: 12)

Expresión desgarrada la de este poema que es un verdadero anclaje en la realidad más inmediata. Es la incursión puntual de Susana March a la poesía social de denuncia. Podemos afirmar, pues, que La tristeza es ese libro que —al menos en su primera parte— cumple lo que dictaba un tiempo histórico malherido por las circunstancias derivadas de la Guerra Civil, puesto que en él encontramos aquello que

algunos críticos han llamado el paso del yo a la poesía del nosotros. El subjetivismo romántico se abrió a la preocupación colectiva, los valores puramente estéticos cedieron terreno a los valores éticos, y la dedicación “a la minoría”, de herencia juanramoniana, se transforma en dedicación “a la inmensa mayoría”. (Leopoldo de Luis en Jiménez Faro, 1998: 14)

Así pues, sucede en Susana March lo que se puede apreciar de forma generalizada en la escritura de las poetas de posguerra, la evolución desde una perspectiva más individualista a una mirada colectiva.

¡Un luto eterno bajo la piel! Un luto eterno

para los que murieron torturados en las guerras,

para los que perdieron sus hijos y su hogar, para los desterrados y los tristes

que todavía no han hallado el camino del regreso. ¡Un luto eterno bajo la piel!

(1953: 13)

El sujeto yo, predominante en estas poetas hasta este momento pasa a ser ahora sujeto nosotros. En unas autoras esa conciencia social durará más que en otras, y su poesía quedará más o menos identificado con la llamada Poesía Social.

El grado de compromiso consigo mismas y con la Humanidad, alcanzará en estas voces un halo de grandeza inusitada: Mujer sin Edén, de Carmen Conde, donde el destino trágico de ser mujer se eleva a expresión del dolor de la Humanidad, o La tristeza «que, acaso, se llame vida», de Susana March. No es tiempo de risueñas complacencias. Es tiempo de dolor el que atraviesan. Y sus voces, brillante, valientemente, lo constatan. (Jiménez Faro, 1996: 15)

En el caso de Susana March, es una incursión breve y concisa, pero no por ello menos intensa y valiosa. A mi juicio, la hazaña reside en que en un solo poema nos ofrece un vivísimo y doloroso documento del desgarro social producido tras la contienda. Guarda esta composición la muestra más directa y vehemente que posee Susana March de literatura de testimonio:

No quiero olvidar nada, ni encogerme de hombros, ni decirme a mí misma

que las cosas no tienen remedio y es mejor no pensar en ellas. ¡Mentira!

Pero los hombres no lo quieren saber. Y es por eso que yago en perpetua amargura: porque tengo los ojos abiertos y veo.

¡Quiero ver! No hundirme

en el bienestar burgués de los satisfechos, de los cómodos,

de los que siempre ignoran las cosas que hacen daño. (1953: 13)

Reproducen estos versos ese sentimiento de fraternidad compartido por muchos escritores que postulan, tal y como comenta José Ramón Zabala Aguirre a propósito de Ángela Figuera, «una actitud consciente de rechazo a todo aquello que representa la insolidaridad, la muerte, la falta de libertad. Se entroniza, entonces, una actitud basada en el “NO”, que aunque resulte paradójico, se convierte en afirmación indirecta de lo que se reivindica y defiende» (1994: 341). De esta forma, el citado poema de Susana March se relaciona directamente con el poema «No quiero»61 de Ángela Figuera, en el que se ofrece una doble reivindicación, contra la guerra y contra los límites a la propia libertad:

No quiero

que mi hijo desfile,

que los hijos de madre desfilen con fusil y con muerte en el hombro; que jamás se disparen fusiles, que jamás se fabriquen fusiles. […]

No quiero

que me tapen la boca cuando digo NO QUIERO. (1999: 280)

A la pregunta que le hace José Corredor-Matheos sobre qué es lo que 61 Este poema pertenece al libro de Ángela Figuera Toco la tierra (1962).

le preocupa a Susana March como mujer, ésta responde:

Me preocupa, como mujer, lo que preocupa a todo ser consciente en este momento. […] el porvenir de la Humanidad, la posibilidad de un mundo mejor, el que la fuerza atómica sirva para beneficio y no para la destrucción de los pueblos, y, por encima de todo, que mi hijo no tenga que ser soldado. (1962: 10)

El discurso literario se universaliza, pasa de lo íntimo a lo público, de lo pequeño en importancia a lo grande, de lo particular a lo general. En definitiva, el dolor propio se asimila al dolor ajeno.

La poesía burguesa se ha hecho testimonial y comprometida, ha abandonado los interiores cómodos, islas o conchas para individuos aislados, y se ha lanzado a la calle de todos, al suburbio de la marginación y la miseria. Allí se iban a encontrar, junto con sus compañeros, varias poetas españolas de esos años62. (Miró, 1987: 317)

Por ello en el camino poético de Susana March nos enfrentamos ahora a un cambio de atmósfera presidido por una lúcida consciencia solidaria que convierte esta obra en una poesía bronca, indignada y reivindicativa que transita entre terribles impresiones y crudas reflexiones acerca del absurdo de la condición humana castigada por los avatares históricos del periodo:

¡Ah!, no te olvidaré, soldado que obedecías órdenes y matabas con repugnancia

y caiste(sic) al fin, torpemente, de bruces,

con un gran asombro en la mirada.

Ni a ti, niño sin alegría, que juegas entre los escombros

62 Emilio Miró se refiere a «Algunas poetas españolas entre 1926 y 1960», que es el título de un artículo suyo que se incluye en el libro Literatura y vida cotidiana (1987).

de tu propio jardín.

Ni a esa pobre muchacha que perdió su juventud entre los dientes

de los hombres que aborrecían su raza. (1953: 14)

Es aquí más patente que nunca, en la obra poética de Susana March, la vivencia de la guerra y sus consecuencias, desde la mirada de la mujer. Recordemos que la participación de las mujeres —de ambos bandos— durante la guerra era muy concreta:

En cuanto a la participación de las mujeres falangistas en la guerra, fue más bien escasa. No entraron, salvo alguna excepción, en la dialéctica de los puños y las pistolas y se dedicaron, como las republicanas, en la retaguardia, a la asistencia social y sanitaria de los heridos. Las de la Sección Femenina cosían y remendaban las camisas de sus hombres y las republicanas cosían y remendaban las camisas de sus hombres. (Alcalde, 1996: 57)

Cabe hacer un alto para apuntar que se hermanan aquí poesía y narrativa, puesto que este poemario conecta en su fondo con la novela Algo muere cada día, escrita dos años después, y con la que en mi opinión se traza una línea de semejanza, o bien, como señala María Alfaro: «La novela Algo muere cada día de Susana March, es como una continuación espiritual de su libro de versos titulados La tristeza. Novelista y poeta se funden en un solo ser que lamenta y cuenta, en primera persona, una vida femenina. (1956: 7)».

“Una vida femenina” que se abre al compromiso histórico y que expresa pensamientos y sentimientos en relación directa con el momento convulso que se está padeciendo. Así cuando en la obra de Susana March aparece el trasfondo de la contienda —La tristeza, en poesía, Algo muere cada día, en narrativa— su expresión se vuelve agria, desgarrada; puesto que como en muchos otros autores, que no centran su obra en la línea de la

poesía social, es este un periodo histórico que en la mayoría de los casos no puede dar paso más que a una literatura inhóspita que sin titubeos nos brinda un estremecedor y crudo relato documental.

No obstante, como apuntábamos, tras haber encarado como nunca antes la dolorosa verdad de la realidad del ser, tras este grito abierto hacia el sinsentido de la humanidad, pronto vuelve el sujeto poético a sus orígenes, es decir a su voz más íntima. Así pues, a medida que avanza en esta primera sección el yo poético regresa a sus parcelas de sufrimiento y volverá a ser su expresión «El Clamor» íntimo que siempre ha sido:

Sí, y mil veces sí; ¡la guerra! La guerra muda y solitaria

con mi alma, con mi abrasado pecho. La guerra con las grises legiones de mis pechos tímidos;

la guerra con mi cuerpo,

con mi sed y mi hambre de eternidad. ¡Bendita violencia del mundo, clamor de la sangre,

fértil amargura de sentirse vivir! (1953: 23)

La voz poética hará extensiva la evocación de la guerra de su primer poema para requerir su propia lucha interna: «¡Ahora Dios ya no sabe dónde volver los ojos!/ Porque todo está frío,/ porque todo está muerto,/ porque todo parece sembrado de ceniza» (1953: 15). Este fragmento que guarda una agónica preocupación por los hombres conduce a la derrota de la propia existencia. Derrota y renuncia que de nuevo impelen al sujeto al reducto que ya conocíamos, el de la muerte, sólo que ahora con más urgencia que nunca: «¡No quiero más que morirme!» («Pasión»), «Yo estoy como muerta» («Hace mucho tiempo»). Se ha convertido su día a día en un caminar moribundo que se siente peor que la muerte física, puesto que su vida es una verdadera paradoja, vivir sin vida.

Cabe recordar aquí que el punto culminante de su poesía se inserta en ese primer momento durante el periodo poético de la posguerra en que los autores:

Todos van a coincidir en el desarrollo de unos mismos temas y motivos con tono melancólico y reflexivo, mostrando su preocupación por el devenir existencial. Su poesía es Hombre y Dios. Deseo de inmortalidad y eternidad frente a nada y muerte, recuerdo frente a olvido. Dios es invocación, búsqueda constante y es diálogo frustrado, condenación e ira. (Ruiz Soriano, 1997: 70)

Del elevado tono dramático y existencial de la primera parte del libro, pasamos ahora a la segunda parte titulada «La sangre» en la que la autora se apoya en la memoria personal para construir sus poemas que están dirigidos a los seres queridos con los que Susana March está unida por lazos de sangre: el hijo, la hermana y los padres. La expresión del sentimiento en estas composiciones se mueve entre dos tensiones, la placidez y el padecimiento emocional, puesto que en ellos, por un lado, encuentra sosiego y cobijo, pero, por otro, también siente preocupación y angustia hacia ellos. Con un tono sereno la autora expresa de otra forma los estragos del tiempo, los padres que envejecen y el hijo que se hace mayor.

Tal y como habíamos observado en el poemario anterior, aunque tal vez con mayor intensidad —con más necesidad, más bien—, también aquí «El hijo» le proporciona la serenidad que no consigue de otro modo:

Me basta con tocarte

para que se me apacigue(sic) el pensamiento Y me basta con verte

para sentirme a gusto con mi cuerpo. (1953: 50)

A propósito de este poema, cabe apuntar que son varias las autoras —más o menos coetáneas a Susana March— que poseen un poema al que titulan “El hijo”, así, por ejemplo, Ángela Figuera y Pilar Paz Pasamar63,

además de muchos otros casos en los que en sus composiciones aparece el tema de la maternidad. Y aunque este título recurrente guarda varios enfoques, en general aparece la figura del hijo como la parte principal de la vida de la mujer, como el eje en torno al cual gira el sentido de su existencia en el mundo, «símbolo de la vida perdurable, de su esperanza en el futuro» (Miró, 1993: 176). Así en el poema «Mío» en el que leemos: «Lejos, más allá de ti, está el silencio,/ la soledad, el frío» (1953: 52).

De nuevo silencio y soledad presidiendo la tragedia íntima, como dos fuerzas inseparables que se retroalimentan y que engalanan este poema en el que se «establece una especial relación y posesión madre-hijo: compañía dulce, hoguera a donde acerca la mujer sus manos ateridas, en donde se recoge y existe» (Miro, 1987: 312). Se reitera pues en esta composición la misma idea —casi con las mismas palabras— que en el citado poema de El viento, cuando el sujeto femenino decía «Más allá de ti mismo ya no hay nada» (1951: 61).

Además del enfoque colectivo que comparte con otras autoras, al amor hacia el hijo se une el amor hacia la madre, otro de los sustentos con el que seguir adelante.

Siempre soy un poco niña cuando voy a ver a mi madre. […]

Después me estrecho un instante contra su seno y ella

me va borrando años, melancolías, ansias, con la dulce caricia de su mano.

[...]

¿Hay una orfandad más triste que la orfandad del [adulto? ¡Huérfanos con la cabeza gris!

Yo no sería nunca vieja si viviera siempre mi madre.

encuentra en la primera parte del libro titulada «Mujer de barro», que además va seguida de una segunda sección titulada «Poemas de mi hijo y yo». Así también Pilar Paz Pasamar titula «El hijo» a la primera parte que conforma el poemario La soledad contigo (1960).

[...]

Mi madre a la espalda, mi hijo delante de mí. ¡Lo demás no importa!

(1953: 58-59)

Junto al hijo, la presencia de la figura maternal le proporciona cobijo, amparo y protección. Vemos, pues, que Susana March en este poemario hace uso de la «muy tradicional y reiterada imagen de la mujer, hija y madre ante todo y sobre todo» (Miró, 1987: 312). Cabe apuntar aquí que tanto el tema del hijo como el de la madre son importantes en la poesía femenina de forma generalizada el vínculo hija-madre rescata a las hablantes de una caída segura. Del mismo modo, junto al hijo y desde su papel de hija, la madre es para la poeta único refugio ante el desamparo que encuentran los ojos de la mujer que se enfrenta a un mundo que no entiende y en el que siente no tener cabida. En relación a este asunto Sharon Keefe Ugalde comenta que

La imagen de la madre como el último refugio frente a una angustia existencial extrema o en un momento de crisis grave es una de las formulaciones más frecuentes, elaborada, por ejemplo, en los siguientes poemas: “A mi madre” de Angelina Gatell, “La voz” de María Elvira Lacaci, “Soñé” de Cristina Lacasa, “¡Ay, madre, no sé andar...!” de María Teresa Cervantes, y “¿Qué faré, mamma?” de Fanny Rubio. Dos poemas de Clara Janés, “Útero” y “Madre”, recalcan esta representación característica. […] María Victoria Atencia igualmente formula el deseo de retornar al tacto del cuerpo maternal, por ejemplo, en “Dejadme”. (2007: 84)

En definitiva, la madre y el hijo, que se sitúan por encima del amor, son los únicos vínculos inquebrantables, los únicos lazos inalterables que pueden ayudar al sujeto femenino a superar la incomprensión ontológica de su existencia.

poemario para rememorar una vez más aquella casa de su niñez de la plaza donde nació y vivió, en «Filial»: Y asimismo, en ese retorno a los recuerdos de un pasado feliz, se concede espacio al amor fraternal explícitamente mencionado en el poema «Tu hermana» con el que se inicia esta segunda parte del libro: «AYER me dijiste:/ — «Tú no eres mi madre. Tú eres mi hermana./ Y yo me sentí, de pronto,/ igual que una muchacha» (1953: 49).

Palabras agradables, reconfortantes, con las que se construye esta segunda parte del poemario en el que la voz poética busca su autodefinición, su posición en estrecha relación a los sentimientos que le unen a los otros. Sin embargo, contiene una verdad inherente a la vida misma y por ello inevitable: cuando deje se sentirse hija, madre, hermana, su vida se desmoronará. El mensaje es dual: nuestra propia sangre nos da la vida y nos la quita.

Pasamos a continuación a la tercera parte, la más breve del poemario. Con cuatro poemas dedicados cada uno de ellos a uno de sus “compañeros” —admirados maestros—, que no sólo le sirven de incentivo en su faceta de poeta, sino que también y sobre todo, con la estela que dejan estas voces a su paso, el yo poético no se siente tan desvalido, encontrando en ellos «un celestial consuelo» (1953: 66 «San Juan de la Cruz»). Junto a ellos va transitando por el camino de la vida y su existencia hace que le resulte más llevadera: «¡QUÉ hermosa tu voz, Walt! / Tu voz me reconcilia