3. Analysis 22
3.11 Different markets for longevity risk 43
La violencia contra la mujer en contextos bélicos se diferenciará de la violencia cometida en el hogar específicamente en sus objetivos, no así en la estructura que la soporta, una estructura patriarcal y machista, de conquista, de dominio y de poder. La violencia contra la mujer en estos contextos, tendrá otros objetivos, y estará destinada sobre todo a utilizar el cuerpo de la mujer como lienzos para transmitir mensajes, “Allí, la finalidad es otra, diferente a la de los crímenes ordinarios de género o crímenes de la intimidad, aunque los elementos centrales a la configuración de la estructura patriarcal permanecen […]” (Segato, 2016: 62). Es por ello que Segato denomina a este tipo de violencia, en estos contextos como violencia expresiva, el término se acuña a través de la lectura que la autora realiza de Jonathan Fletcher, en interpretación de Norbert Elías. Esta violencia es manifestada en las llamadas por la
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autora, nuevas formas de guerra, entendidas como las guerras irregulares o informales, donde caben lo sucedido en Guatemala.
En la propuesta de Segato, se entiende que estas nuevas formas de guerra, a diferencia de las “viejas” expresan mucha más crueldad, lo que la autora denomina como la pedagogía de la crueldad, dirigida a aquellos que deberían quedar al margen del conflicto, con especial atención a mujeres y niños. En las lógicas de las guerras irregulares, se “[…] busca identificar dónde está el centro de gravedad de un tejido social, de un tejido comunitario, por dónde se lo destruye de una manera más eficiente, directa y rápida, y sin gastar tanta bala.” (Segato, 2016:162), por ello el ataque a los grupos femeniles.
Estas formas de violencia evolucionaron, así como las guerras en que se desarrollan, con elementos modernos, ello porque no son convencionales, no son reguladas, no hay normas, porque los actores crecen y se multiplican, porque entre ellos se mezclan intereses legales e ilegales, así como fuerzas irregulares militares y paramilitares; todo esto le da un tinte criminal a las acciones de guerra, que sin duda salen de lo “permitido” en las guerras convencionales, creando una serie de nuevas estrategias que son centrales en este nuevo tipo de crueldad,
Las guerras de la antigua Yugoslavia y de Ruanda son paradigmáticas de esta transformación e inauguran un nuevo tipo de acción bélica en el que la agresión sexual pasa a ocupar una posición central como arma de guerra productora de crueldad y letalidad, dentro de una forma de daño que es simultáneamente material y moral. (Segato, 2016: 59)
Anteriormente, en las guerras podía hablarse de violencia instrumental, y en cierta forma lo sigue siendo porque es utilizada para un propósito, pero sin duda, la violencia demostrada en las guerras irregulares es por mucho más cruel, más desafiante, tiene motivos y una finalidad de expresión, no obstante, lo que podría no ser instrumental es la crueldad incorporada.
En muchas de sus obras, Segato hace alusión al caso guatemalteco, indicando que la guerra de por sí conllevó una gran herencia violenta del pasado político dictatorial, a la que
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se sumaron las acciones paraestatales provenientes de este, sin regulación, sin “orden”, a lo informal, sin claramente salir de una estructura de Estado y sociedad patriarcal, con lógicas de conquista y colonización y con métodos morales dominantes como la religión. Marcos violentos en los cuales el “poder” masculino se legitima, por tanto, la violencia contra la mujer es parte elemental del sostenimiento del pacto de poder.
Otro aspecto señalado por la antropóloga, es que, y esto es elemental para entender casos como el guatemalteco, la violencia sexual contra la mujer en las guerras contemporáneas ya no tiene el mismo papel que antes, el de daños ocasionados de forma colateral en los ataques bélicos, en estos nuevos contextos, este tipo de violencia resulta ser parte elemental, parte central de una estratagema, un modus operandi, que en estos casos deja lo íntimo del hogar, o el silencio y anonimato de las calles, para convertirse en crímenes de guerra, por su connotación de destrucción, para la constatación del dominio, para infundir el terror en lo colectivo, donde en primera instancia es la víctima la que sufre su reducción, la pérdida de control sobre lo que se hace con su cuerpo y la expropiación del mismo. Al respecto de considerar los ataques contra las mujeres como crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, la violencia sexual y las acciones que la conforman, como la desnudez forzada, la esclavitud sexual, entre algunas, se han incorporado en la normativa de derechos humanos a nivel internacional.
Anteriormente en los estudios de violencia contra las mujeres en contextos como estos, era frecuente encontrar que como parte colateral del suceso, las mujeres se convertían en botines de guerra, que se pretendía la inseminación de las mujeres con el propósito de borrar la herencia genealógica del antagonista y la profanación del cuerpo de la mujer para vulnerar el estatus masculino. Si bien pueden seguirse manteniendo aquellos viejos objetivos, la centralidad de la violencia de género toma otro papel en la guerra, el papel de utilizar este tipo de ataques para acabar con el opositor de forma simbólica, de forma moral, al entrar en su territorio, violar a sus mujeres, hacerles ver su indefensión y demostrar su poder. Como indica Münkler, se da una “[…]’sexualización extensiva de la violencia es observable en prácticamente todas las nuevas guerras’”. (Segato, 2016:64) Y se da en el cuerpo de la mujer, al ser considerada parte elemental en la reproducción de la vida, y sobre todo de la cultura.
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Esta investigación, plantea entonces la pregunta de ¿Por qué la violación obtiene ese significado? Segato, brinda un valioso aporte para entenderlo:
Porque debido a la función de la sexualidad en el mundo que conocemos, ella conjuga en un acto único la dominación física y moral del otro. Y no existe poder soberano que sea solamente físico. Sin la subordinación psicológica y moral del otro lo único que existe es poder de muerte, y el poder de muerte, por sí solo, no es soberanía. (Segato, 2016: 38)
Por eso este tipo de violencia es utilizada en las guerras civiles, porque es incluso más eficaz que las propias muertes, como aduce la autora citando a Herfried Münkler, es un instrumento de bajo costo, logra el terror, el dominio, la sumisión, y como elemento importante en la compresión del por qué de este tipo de violencia y de este tipo de estrategias, es que logra la derrota, la desmoralización del oponente, y al lograr ello, todo para el antagonista está perdido, si no existe motivo para luchar, si se siente que todo está perdido, la estratagema habrá dado los resultado esperados. Afecta además, no sólo al enemigo, que es el objetivo, sino que la magnitud de esta violencia pasa por la víctima y por su entorno, logrando exactamente lo mismo que se quería con el antagonista. Herfried Münkler, explica que es la violencia contra las mujeres en sus diferentes formas uno de los pasos para el exterminio de un pueblo, sin que necesariamente se ejecuten crímenes colectivos:
Los tres pasos de la disolución de un pueblo sin genocidio consisten, para Münkler, en la ejecución pública de sus figuras prominentes, la destrucción de sus templos, construcciones sagradas y monumentos culturales, y la violación sistemática y el embarazo forzado de sus mujeres. (Segato, 2016:63)
No debe perderse de vista que los cuerpos pasan a ser en estas nuevas formas de guerra los territorios a conquistar. ¿Y cuáles son los cuerpos que pueden ser más fácilmente conquistados y sometidos, y que además representen un golpe para los opositores? Sí, el de las mujeres.
Los ataques contra las mujeres en contextos bélicos actuales, están plagados de diversos tipos de violencia de gran crueldad al contener estos tintes criminales por la informalidad de las acciones. La estrategia de la violencia sexual contra las mujeres,
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posiciona al cuerpo de las mismas como central para el ataque y aniquilamiento simbólico y moral de los adversarios, perjudicando además a las propias víctimas confinándolas a la estigmatización social y al ostracismo, y perjudicando al entorno comunitario al mostrarlo incapaz de defender a “sus” mujeres consideradas parte fundamental de la dignidad comunitaria, coadyuvando a la destrucción del tejido social. Además de reafirmar la desigualdad de las relaciones de género, y la preeminencia masculina en estas, que se refleja en una comunidad, en un Estado, en un mundo androcéntrico, que se adueña del cuerpo de las mujeres, dándoles la supuesta capacidad de ultrajarlos y matarlos.
La significación de los blancos atacados, elegidos por los bandos en un evento bélico resultan cada vez más relevantes. Entender el porqué de la violencia dirigida a las mujeres en los mencionados contextos, delata no sólo parte de las estrategias de guerra utilizadas, sino que expone el tipo de sociedad en que estos se desarrollan. En este sentido, el estudio de las formas de violencias que las mujeres pueden padecer durante una guerra, invita a expandir el interés no sólo en las distintas maneras de ser violentadas, sino también entender por qué esos tipos de violencias fueron específicamente dirigidos a ellas. Además, en los casos donde los eventos beligerantes han concluido se permite tener a la vista los testimonios de las mujeres, y conocer las repercusiones que dichas violaciones a sus derechos han causado en sus vidas.