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7.4 digital output behavior define

Una razón de la efectividad de los testimonios por escrito a la hora de conseguir un cambio personal real es la facilidad con que pueden hacerse públicos. La experiencia de los prisioneros de Corea demostró que los chinos conocían muy bien un importante principio psicológico: los compromisos públicos tienden a ser duraderos.

Los chinos hacían siempre que las declaraciones procomunistas de sus cautivos fueran escuchadas o leídas por terceras personas. Un hombre que hubiera escrito una redacción política del agrado de los chinos podía, por ejemplo, encontrar copias de la misma por todo el campo de concentración.

También le podían pedir que la leyera en alguna reunión de grupo o incluso en la emisora de radio del campo. Para los chinos, cuanto más pública fuera, mejor. ¿Por qué? Siempre que adoptamos una postura que es visible para los demás, surge una fuerza que nos lleva a mantenerla para parecer personas coherentes (Tedeschi, Schlenker y Bonoma, 1971).

Recordemos que un poco más arriba, en este mismo capítulo, describíamos lo deseable que es la coherencia personal como rasgo de carácter; decíamos que quien carece de ella puede ser considerado voluble, inseguro, blando, atolondrado o inestable, mientras que a quien la posee se le tiene por una persona racional, segura, digna de confianza y cabal.

En ese contexto, no es raro que la gente trate de no parecer incoherente.

Así pues, por el peso de las apariencias, cuanto más pública sea una postura, más reacios seremos a cambiarla.

Una ilustración de cómo pueden conducir los compromisos públicos a una acción consecuente con ellos es la proporcionada por un célebre experimento que realizaron dos destacados psicólogos sociales: Morlón Deutsch y Harold Gerard (1955).

El procedimiento básico por ellos empleado consistía en que un grupo de estudiantes universitarios hiciera mentalmente un cálculo aproximado de la longitud de una serie de líneas que se les mostraba.

A continuación, parte de los estudiantes debían comprometerse públicamente con su estimación inicial anotándola en un papel que firmaban y entregaban al responsable del experimento.

Una segunda muestra de estudiantes se comprometía también con su estimación, pero en privado, anotándola en una pizarra y borrándola antes de que nadie pudiera verla. Un tercer grupo de estudiantes no se comprometía con su estimación, simplemente la retenía en la memoria.

Con este ingenioso método, Deutsch y Gerard consiguieron que algunos estudiantes se comprometiesen públicamente con sus decisiones iniciales, otros se comprometiesen en privado y un tercer grupo no se comprometiese en absoluto.

Lo que ambos investigadores querían averiguar era cuál de los tres tipos de estudiantes estaría más inclinado a mantener la opinión inicial después de ser informa- do de que era errónea.

Por consiguiente, a todos los estudiantes se les demostró que sus estimaciones iniciales eran incorrectas y a todos ellos se les ofreció la oportunidad de modificarlas.

Los resultados fueron claros. Los estudiantes que no llegaron a poner por escrito su opinión inicial fueron los que se mostraron menos fieles a ella.

Cuando dispusieron de nuevos datos que cuestionaban el acierto de unas estimaciones que nunca habían salido de su mente, fue en estos estudiantes en los que más influyó la nueva información, hasta el punto de hacerles modificar lo que habían considerado una decisión «correcta».

En comparación con estos estudiantes no comprometidos, los que habían anotado momentáneamente sus decisiones en una pizarra se mostraron mucho menos dispuestos a cambiar de opinión cuando se les brindó la oportunidad de hacerlo. A

Aunque se habían comprometido en condiciones de total anonimato, el hecho de haber anotado su opinión inicial les hacía mantenerla y resistirse a la influencia de los nuevos datos. Sin embargo, Deutsch y Gerard observaron que eran los estudiantes que públicamente habían dejado constancia escrita de su postura inicial quienes más resueltamente se negaban a modificarla. El compromiso público les había convertido en los más testarudos.

El descubrimiento de Deutsch y Gerard sobre nuestra mayor fidelidad a las decisiones que hacemos públicas puede utilizarse provechosamente. Pensemos en las organizaciones dedicadas a ayudar a la gente a cambiar de hábitos.

Muchas clínicas especializadas en métodos de adelgazamiento, por ejemplo, son conscientes dique a menudo la decisión de perder peso que toma una persona privado es demasiado débil para soportar la tentación de los escaparates de las pastelerías, los aromas de los guisos o los anuncios de chocolatinas.

Por ello, se encargan de reforzar esa decisión con los pilares de un compromiso público. Piden a sus clientes que anoten su objetivo inmediato de adelgazamiento y lo muestren a tantos amigos, parientes y vecinos como les sea posible. Quienes dirigen clínicas de este tipo afirman que una técnica tan sencilla consigue éxitos en casos en que todas las demás han fracasado.

Pero no es imprescindible pagar a una clínica especializada para contraer un compromiso visible que nos sirva como aliado. Una joven de San Diego (California) me explicó cómo había utilizado una promesa hecha en público para dejar de fumar: Recuerdo que fue después de que me hablaran de otro estudio científico que demostraba que el tabaco provoca cáncer.

Cada vez que aparecía alguna información de este tipo tomaba la determinación de dejar de fumar, pero nunca lo había conseguido. Esa vez, sin embargo, decidí que tenía que hacer algo. Soy una persona orgullosa; me preocupa que los demás vean mis aspectos negativos.

Y pensé: «Quizás pueda utilizar mi orgullo para librarme del tabaco». Así que hice una lista de todas las personas que quería que me respetasen, salí a comprar tarjetas y escribí al dorso de cada una de ellas: «Te prometo que no volveré a fumar.»

Al cabo de una semana había hecho llegar estas tarjetas a todas las personas de la lista: mi padre, mi hermano, mi jefe, mi mejor amiga, mi ex esposo; a todos excepto a uno: el chico con el que salía entonces. Estaba loca por él y por encima de todo quería que me valorase como persona.

Lo pensé dos veces antes de darle la tarjeta, porque sabía que si no era capaz de mantener mi promesa ante él me moriría. Pero un día en la oficina —trabajábamos en el mismo edificio— me acerqué a él, le di la tarjeta y me alejé sin decir nada.

Dejar de fumar es lo más difícil que he hecho nunca.

Por lo menos un millar de veces pensé que necesitaba fumar; pero entonces imaginaba lo que pensaría de mí toda la gente de la lista, especialmente ese chico, si no era capaz de mantener mi promesa. Yeso fue todo; nunca he vuelto a dar ni una calada.

Lo curioso es que el chico resultó ser un estúpido. No sé qué pude ver en él. Pero en ese momento me ayudó, sin saberlo, a superar la parte más dura de lo más difícil que he hecho nunca. Aunque ya no me gusta, le estoy agradecida porque pienso que me salvó la vida.2

2La táctica del compromiso público funciona especialmente bien con individuos muy orgullosos con conciencia pública (Fenigstein, Scheier y Buss, 1975). Funcionó, muy bien, por ejemplo, con Charles de Gaulle, cuyos notables logros para Francia sólo eran comparables, según se decía, con su ego.

Cuentan que cuando se le preguntó por qué anunciar a todo el mundo que dejaría de fumar le había obligado a abandonar el tabaco para siempre, contestó gravemente: «De Gaulle no puede volverse atrás en su palabra» (cita aparecida en D. C.ook, 1984).

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