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A 4-dimensional measurement framework: the importance of a robust

1. Literature Analysis

1.5 The IS-impact model and its derivatives

1.5.1 A 4-dimensional measurement framework: the importance of a robust

Un nuevo mundo y nuevas prácticas requieren de nuevas singularidades interponiéndose en las relaciones y procesos de producción de la realidad.

TÚLIO BATISTA FRANCO Y EMERSON ELÍAS MERHY, Trabajo y producción

del cuidado y la subjetividad en salud Esos imposibles en buena medida son producidos. Material y subjetivamente

producidos. A ellos nos rendimos, levantando el altar de nuestra impotencia. Lo posible se consigue tensionando las fronteras de lo imposible. Forzándolas, en un esfuerzo consciente y deliberado. Esfuerzo que

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para tener sentido debe ser agenciado por un grupo, por un colectivo de humanos. Un esfuerzo que puede, y debe, también, ser producido. ONOCKO CAMPOS, Humano, demasiado humano.

Un abordaje del malestar en la institución hospitalaria

Las instituciones de salud presentan una racionalidad que se estructura básicamente en el paradigma socio productivo taylorista. Al decir de De Sousa Campos (2009) “el taylorismo se adjudica la tarea de administrar las personas como si ellas fueran instrumentos, cosas o recursos, objetos despojados de voluntad o de proyecto propio; (…) no contempla la inversión en la pro- ducción de sujetos dotados al mismo tiempo de autonomía y de capacidad para contraer com- promisos con otros.” (De Sousa Campos, 2009: 88). En el caso de los/las trabajadores/as de la salud, para que el trabajo genere una práctica de cuidado y de brindar salud resulta determinante atribuirle entidad a una serie de mecanismos que se despliegan fundamentalmente relacionados con la empatía, el buen trato, la información en términos “accesibles”, la cercanía (sentarse en la cama del paciente, tocar su mano, etc.), la observación, la escucha atenta, la contención. Sólo desde esta relación de saberes y prácticas podemos observar el impacto positivo en los procesos de salud. Es decir, creemos que generar prácticas más humanizadas, pensarnos con el “Otro” tienen un impacto altamente positivo sobre el transitar el proceso de salud/ enfermedad; y repre- senta un margen de autonomía que la racionalidad taylorista procura acallar.

La dinámica micropolítica del trabajo en salud se refleja cuando los/las trabajadores/as gene- ran interpretaciones, toman decisiones y no pocas veces transgreden las prescripciones, justa- mente para que el trabajo se realice; de este modo se reafirma la perspectiva de Wlosko (2013), quien distingue el “trabajo prescripto” del “trabajo real”, refiriéndose a este último como “lo que hay que inventar, agregar, ajustar y adaptar de las prescripciones dadas por la organización de trabajo” (Wlosko, 2013: 2).

En este sentido es que podemos comprender la producción en salud como “una actividad vital, un compromiso ineludible con la vida, como producción social” (Testa, 2009, citado en De Souza Campos, 2009:17) y plantear que las lógicas por productividad generan superproducción de actos innecesarios pero rentables y al mismo tiempo, subproducción de actos necesarios pero que son menos remunerados.

Desde lo planteado anteriormente, siempre que exista compromiso con lo vital consideramos válido hablar de prácticas de resistencia, apoyándonos para esta afirmación en la categoría de “trabajo vivo en acto”, a la cual se refiere Merhy (2006), quien destaca la peculiaridad del uso de “tecnologías blandas” esenciales en el acto del cuidado, refiriéndose fundamentalmente a las prácticas de producción de acogimiento, recibimiento, vínculo y autonomización. Estas tecnolo- gías blandas actúan combinadas con otras, denominadas blanda-duras, tales como los saberes estructurados, por ejemplo el campo de la clínica médica o de la epidemiología; y duras, repre- sentadas por los equipamientos, las normativas y las estructuras organizacionales.

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por un lado, como cierto modo de gobernar organizaciones, de dirigir procesos construyendo sus objetos, recursos en intenciones, y por el otro, como una cierta manera de actuar para la producción de bienes/productos, siendo esta una de las dimensiones tecnológicas captoras que da la “cara” de un cierto modelo de atención (Merhy,2006:36).

La efectividad de estas tecnologías radica en la capacidad de producir relaciones “interceso- ras”. El autor hace referencia con esto a lo que se produce en el encuentro entre sujetos, inter- sección que marca los instituyentes en la búsqueda de nuevos procesos.

El potencial de estas tecnologías blandas se expresa, en el modelo de salud dominante, como prácticas y acciones de salud que resultan accesorias e incluso ajenas a la tradicional respuesta asistencial, signada por el modelo biomédico. En general, la población ingresa al efector de sa- lud, con significaciones acerca de la salud y la enfermedad forjadas por ese modelo con expec- tativas fuertemente orientadas hacia la figura del médico/a, la provisión de un medicamento o el acceso a aparatología para la realización de un estudio. Estas últimas prácticas son las recono- cidas desde el paradigma dominante, ya que pueden cuantificarse, son visibles a la lógica de la productividad. En tanto aquellas prácticas más ligadas a las tecnologías blandas: contención, acompañamiento, escucha activa, no son jerarquizadas como prácticas de salud. Es allí, donde podríamos afirmar que, tal como señala De Sousa Campos, es un acto necesario, pero invisibi- lizado por la lógica de taylorfordista.

Trabajadores/as del (en) campo de Salud: la accesibilidad