En primer lugar veamos una breve reseña de la evolución del uso de las encuestas en los estudios sociales, basada en los lineamientos expuestos por Andrés Arias Astray y Balta- sar Fernández Ramírez15.
La encuesta, tal como la conocemos actualmente, surgió a principios del siglo XX y se expandió rápidamente en las sociedades occidentales, que en ese momento se enfrentaban a importantes cambios políticos y económicos, impulsada por el desarrollo de nuevos procedi- mientos y metodologías de las que antes no se disponía.
Entre sus antecedentes más tempranos figura la aritmética política16, expresión ideada por William Petty para designar a una serie de trabajos demográficos basados en datos empí- ricos concretos, tales como las tablas de vida elaboradas por John Graunt en 1662, mejoradas por Edmund Halley y utilizadas por las compañías aseguradoras17. También en Francia apare-
La lectura recreativa entre los estudiantes universitarios - Mirta Misevicius
cen investigaciones empíricas acerca de la población, como la de Colbert18, y en 1697 se lleva a cabo la Gran Encuesta mediante cuestionarios que debían cumplimentar los intendentes de cada distrito19.
Otro antecedente de los estudios sociales por encuestas, se ubica en el siglo XIX y es la denominada estadística moral que apunta a la medición y descripción de problemas rela- cionados con el bienestar social y las condiciones morales tales como el suicidio, la prostitu- ción y el crimen, destacándose los aportes de Le Play y Quetelet. El francés Frederic Le Play era ingeniero en minas y desarrolló procedimientos para recoger y analizar datos sociales ins- pirándose en los estudios acerca de metales de la Escuela de Minas, innovaciones metodoló- gicas que plasmó en su investigación sobre los obreros europeos publicada en 1855. Por su parte, el astrónomo y matemático Adolphe Quetelet aplicó el cálculo de probabilidades a las ciencias sociales20.
Alrededor de 1830 aparecieron en Inglaterra numerosas Sociedades Estadísticas que realizaban laboriosas encuestas para obtener información objetiva y cuantitativa sobre salud, educación y condiciones de vida, con el fin de orientar las decisiones del poder público rela- cionadas con problemas sociales. Este movimiento de Encuestas y Monografías Sociales pronto se extendió a toda Europa y a los Estados Unidos, pero a partir de 1850 decayó el inte- rés por este tipo de trabajo21. Recién con la llegada del siglo XX renació dicho interés de la mano de investigadores como Charles Booth y sus colaboradores Beatrice y Sydney Webb que encuestaron a obreros del East End de Londres para detectar las causas de la pobreza que según los socialistas afectaba a un tercio de los habitantes de la ciudad22. Aproximadamente en la misma época Emile Durkheim23 produjo su famosa investigación sobre el suicidio en la que reunió datos provenientes de la estadística moral y trató de desentrañar el significado de dichas estadísticas aplicando las reglas del método sociológico que él mismo propusiera en 189524.
Cabe acotar que Marx, con una encuesta obrera inconclusa, y Weber, investigando las condiciones de trabajo en el ámbito rural y las actitudes de los trabajadores de la industria25, también forman parte de la historia de la investigación social por encuestas.
Pero los trabajos hasta aquí mencionados aún diferían mucho de las encuestas actua- les: les faltaba relacionarse con el estudio de la opinión pública y todavía no habían entrado en escena las encuestas electorales cuyo antecedente más cercano son las votaciones particu- lares que desde principios del siglo XIX buscaban predecir los resultados de elecciones loca-
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les y eran realizadas por periódicos de algunas localidades de Estados Unidos, hasta que en 1912 adquirieron carácter nacional y se popularizaron26.
Las votaciones particulares consistían en simular las elecciones usando diversas técni- cas que iban desde colocar urnas en las calles hasta efectuar encuestas personales o postales. Pero la gran debilidad de este procedimiento residía en el método de selección de los encues- tados que no siempre originaba muestras representativas de toda la población, y entonces, por grande que fuera el tamaño de la muestra podían obtenerse resultados erróneos.
Eso precisamente fue lo que ocurrió en 1936 cuando la revista Literary Digest finan- ció una ambiciosa encuesta postal con la que obtuvo aproximadamente dos millones de res- puestas y sin embargo fracasó rotundamente al predecir la derrota de Roostvelt, mientras que George Gallup, Elmo Roper y Archival Crossley, trabajando en forma independiente con pe- queñas muestras de cinco mil personas como máximo, acertaron pronosticando su triunfo.
El problema de Literary Digest consistió en seleccionar sus encuestados a partir de lis- tados telefónicos y de propietarios de automóviles, de forma tal que su sondeo sólo reflejó la opinión de un sector de los votantes, no de todos. En cambio, los tres encuestadores citados eligieron cuidadosamente sus muestras para que estuvieran correctamente representados am- bos sexos, distintos grupos de edad y todos los sectores socio-económicos; y su éxito predic- tivo trajo consigo la proliferación de estudios basados en sondeos de opinión mediante en- cuestas, entre los que se destacan la investigación acerca de la intención de voto en las elec- ciones presidenciales de 1940 de Lazarsfeld y Berelson27, y la indagación de Stouffer28 acerca de la mentalidad y las motivaciones del soldado americano en la Segunda Guerra.
A partir de entonces, el uso de encuestas se generaliza y se hace cada vez más fre- cuente: numerosas instituciones públicas y empresas privadas de todo el mundo las utilizan para obtener información acerca de los temas más diversos, y dentro del ámbito de la investi- gación científica el método de encuestas constituye una herramienta valiosa y potente para recopilar datos, cuyo análisis y posterior interpretación se aborda generalmente con enfoques tanto cuantitativos como cualitativos que permiten abarcar la pluralidad de la realidad social.