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Disability and Access & Functional Needs /Settlement Coordinator

MEMORANDUM OF UNDERSTANDING

B. Needs Analysis

I. Disability and Access & Functional Needs /Settlement Coordinator

I UN V ACIO CONTINENTAL

Con el exterminio en masa de los nativos el Nuevo Mundo se había reducido poco a poco a su simple ser natural, con­ virtiéndose en un receptáculo prodigioso pero desprovisto de significación humana: un vacío moral e histórico se abría en la medida exacta en que se amplificaban el expolio material y los conocimientos geográficos. Hacia la mitad del siglo xvi, la naturaleza irracional del americano, sobre la cual legisladores y pensadores de la Edad Media fundaban la justificación de la sujeción de ios infieles, su privación de todo bien y de todo derecho se había convertido en una realidad irrefutable.

Ahora bien, precisamente cuando las masas autóctonas acaba­ ron por ser convertidas en rebaños famélicos, desposeídos de tierras y de casas y privados del más mínimo cuidado —pri­ vaciones que explican la frecuencia de las epidemias y sus terribles estragos— ; cuando los sobrevivientes vieron desapare­ cer hasta la última célula de su estructura social y cultural —incluso la unidad familiar y el sistema terapéutico fueron disueltos en este braceo inhumano— ; cuando la finalidad pre­ tendida fue alcanzada, empezó a hacerse sentir la necesidad de llenar el Vacío tan radicalmente establecido. El ímpetu de la corriente destructora no había podido impedir que la concien­ cia —cuya voz era sin cesar perseguida, dispersada y fustiga­ da— no sólo se hiciera oír, sino también que pudiera emprender la valiente búsqueda de las fuentes, ese arduo remodelado de un continente que todavía está lejos de haber llegado a su fin: la reconstrucción histórica, tarea de una envergadura inima­ ginable, debía lógicamente desbordar cualquier esfuerzo indi­ vidual y recaer hasta el infinito en las futuras generaciones.

Basada únicamente en la convicción de la dignidad de unos seres humanos ya condenados, en la negación a aceptar ima injusticia de proporciones cósmicas, esa marcha contra la co­ rriente fue y es todavía en extremo lenta: su ritmo sigue el de la adquisición de los conocimientos necesarios para la rein­ tegración de un continente al seno de la humanidad; el del ensamble de las pruebas susceptibles de demostrar que los razo­ namientos que sostenían la inferioridad congènita de los pue­ blos americanos eran una calumnia. El menor paso dado en

este sentido debe tener en cuenta escrupulosamente a los pre­ cedentes y ni una teoría ni un descubrimiento podrán ser válidos si no se inscriben en el esfuerzo centenario emprendido con el fin de llenar ese vacío con la misma sustancia que en otro tiempo le fue quitada.

Se puede tener una idea de los obstáculos contra los cuales tropieza el restablecimiento de la antigua realidad, si se piensa que ninguna de las magníficas investigaciones del siglo xvi logró ver la luz sino hasta finales del siglo pasado; que algunas acaban de ser publicadas recientemente y que otras, fundamen­ tales, están todavía esperando en la sombra de los archivos. Durante más de trescientos años los conocimientos se limitaron al principio a narraciones de los descubridores, seguidas por las de los historiadores de la corte que, muy a menudo, ni siquiera habían salido de España. El número de libros inspi­ rados por América es sorprendente, pero a pesar, o a causa, del enorme éxito internacional inmediato que obtuvieron los que fueron editados, las obras básicas permanecieron práctica­ mente desconocidas hasta nuestros días, en que su aparición coincidió con los primeros pasos de la arqueología. Si eliminamos las obras basadas en una larga coexistencia con los autóctonos —tan sólo la del Inca Garcilaso de la Vega apareció en 1609—, América no ofrece más que una imagen humana inconsistente y pueril. En efecto, ¿qué sabríamos del Nuevo Mundo si suprimiésemos los fogosos testimonios y la insaciable búsqueda de información de Fernández de Oviedo, las vibrantes defensas de Las Casas o la emocionante indagación del mundo perdido a la cual Bernardino de Sahagún consagró su existencia? Mu­ cho sobre la naturaleza, bastante sobre vestidos y costumbres aborígenes, demasiado sobre religión. El fárrago de incompren­ sión y de calumnia transmitido entonces y erigido en seguida con más o menos mala fe en cuerpo de doctrina, representa un grave obstáculo para el conocimiento, pues más que ningún otro factor influyó en que hasta la más pequeña huella de espi­ ritualidad fuera suprimida de este universo que, reducido así a simple pedazo de la naturaleza, iba a ser despojado para siempre (dependía de ello el honor y el interés de los civili­ zados) de todo valor moral.

El proceso de esta expoliación es visible en el carácter y el destino de los escritos a través de los diversos períodos. Des­ pués de las descripciones de Cristóbal Colón, de las que surgie­ ron las imágenes del buen salvaje y del mundo paradisíaco que alimentaron utopías y teorías sociales hasta el Siglo de las Luces, hubo un silencio de treinta años. Con las cartas a Car­ los V, aparecidas desde 1522, Cortés marcó un brusco cambio 86

a la imagen del Nuevo Mundo: el conquistador de México sustituyó el paraíso de Colón y de Vespucio (no editado éste hasta 1745) y las multitudes generosas e inocentes, por un mun­ do urbano, de costumbres rígidas, organizado en torno a los sacrificios humanos. Algunos años más tarde, en 1526, cuando las costas y las islas antillanas se vieron despobladas y el poder de Cortés cayó en entredicho. Fernández de Oviedo terminó la primera síntesis hecha a base de observaciones sis­ temáticas. Logró un Sumario de la natural historia de las Indias en el que, suprimiendo toda referencia a sus compatriotas, presta atención a las particularidades de las tierras que conoce, pero apenas habla de sus habitantes. Un nuevo silencio has­ ta 1550, año en el que aparece la más tempestuosa de las obras del padre Las Casas, su Brevísima relación de la des­ trucción de las Indias, madurada a lo largo de medio siglo de vida entre los conquistadores. Esta explosión levantó para siempre el telón bajado sobre la tempestad que asolaba a América, mas después del enfrentamiento de las tendencias opuestas que ya conocemos se recayó en una serenidad oficial tenazmente mantenida desde entonces. Así fue como las obras de Las Casas, de Fernández de Oviedo y del incomparable Sahagún, sobre las que se basan enteramente las modernas investigaciones, fueron relegadas al olvido, mientras que las compilaciones conformes con las normas metropolitanas, efec­ tuadas sobre la base de los manuscritos de aquéllos, conocieron la celebridad entre un público europeo ávido de noticias. No obstante, la verdad sobre la conquista —verdad que los funcionarios de la corona conocían de memoria, que el pueblo adivinaba en las narraciones orales y que Las Casas cristalizó en su terrible requisitoria— produjo un choque tan violento que la censura que entonces empezó a intervenir guardó el asunto en sus manos durante siglos. A partir de la segunda mitad del siglo xvi se vio de repente, y sin causa aparente, fulminar con la prohibición los libros de cortesanos, de cro­ nistas inofensivos e incluso de conquistadores, como fue el caso de las Cartas de Cortés.

Lo que llama la atención en la historia de la conquista es que desde el primer momento parece natural el rechazo de la autonomía de los indígenas, como si la improbable existencia de los antípodas, ridiculizada por el mismo San Agustín, la singularidad de un hemisferio ásperamente negado, de una tie­ rra reconocida inmediatamente como el lugar del Paraíso Te­ rrenal, hubieran encerrado a los habitantes del Nuevo Mundo desde antes de su descubrimiento en los límites estrechos y fácilmente violables de una irreductible anomalía. Nada ilus­

traría mejor esta actitud que este hecho: desde el regreso de Cristóbal Colón y sobre la base de la simple noticia de su existencia, el papa Alejandro VI hizo «...donación y mer­ ced a los Reyes de Castilla y León de todas las islas y tierra que descubriesen al occidente, con tal de que al conquistarlas enviasen allá predicadores a convertir a los indios idólatras» \ Nada tiene, pues, de extraño que tanto Colón como Vespucio se apoderaran de los indígenas con la alegría inconsciente de cazadores de mariposas y que obraran como amos frente a sus esclavos. En medio de descripciones idílicas, Colón no duda en decir al rey que «...esta gente es muy símplice en armas, como verán Vuestras Altezas, de siete que yo hice tomar para les llevar y aprender nuestra habla y volverlos. Salvo que Vues­ tras Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres los tendrán todos sojuzgados. Y los harán hacer todo lo que quisieren...»2 Vespucio colecciona también muestras humanas y su entusiasmo de naturalista se ve contrariado una sola vez por el temor que le inspira una presa, amable por otra parte: «...hallamos una población obra de 12 casas, en donde no encontramos más que siete mujeres de tan gran esta­ tura que no había ninguna de ellas que no fuese más alta que yo un palmo y medio... la principal de ellas, que por cierto era’una mujer discreta, con señas nos llevó a una casa y nos hizo dar algo para refrescar; y nosotros viendo a mujeres tan grandes, convinimos en raptar dos de ellas, que eran jóvenes de quince años, para hacer un regalo a estos Reyes... y mien­ tras estábamos en esto, llegaron 36 hombres y entraron en la casa donde nos encontrábamos bebiendo y eran de estatura tan elevada que cada uno de ellos era de rodillas más alto que yo de pie. En conclusión eran de estatura de gigantes... y al en­ trar algunos de ellos tuvieron tanto miedo que aún hoy no se sienten seguros. Tenían arcos y flechas, y palos grandísimos en forma de espadas, y como nos vieron de estatura pequeña, comenzaron a hablar con nosotros para saber quiénes éramos y de dónde veníamos, y nosotros manteniéndonos tranquilos en son de paz, contestábamos por señas que éramos gente de paz y que íbamos a conocer el mundo; en conclusión resolvimos separarnos de ellos sin querella, y nos fuimos por el mismo camino que habíamos venido, y nos acompañaron hasta el mar, y subimos a los navios...»3 En otra parte, en una ciudad de casas construidas «sobre el agua «como en Venecia», dudaron en recibirlos y sólo fueron introducidos a los hogares después de una demostración en la carne de sus huéspedes de la eficacia de las espadas europeas.

Durante su tercer viaje Colón estuvo a punto de desatar una batalla por error: creyendo conocer ya la mentalidad indí­ gena, intentó persuadir a un grupo de ellos de que subieran a bordo al mismo tiempo que organizaba una danza al son de un tamboril. Esta escena significaba nada menos que una de­ claración de guerra; los indígenas se prepararon a lanzar sus flechas: se paró en seguida la danza y el encuentro fue entonces tan alegre y apacible como de costumbre. Retrospectivamente nos sorprende la inocencia de aquellas poblaciones estupefactas ante la increíble llegada por mar: la total ausencia de descon­ fianza con respecto a los extranjeros. He aquí un cuadro de la futura Española, de la isla bienaventurada escogida por Colón como cuartel general: «...venían todos a la playa llamándonos y dando gracias a Dios. Los unos nos traían agua, otros otras cosas de comer, otros, cuando veían que yo no curaba de ir a tierra, se echaban a la mar nadando y venían, y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del Cielo. Y vino uno viejo en el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres: ‘Venid a ver los hombres que vinieron del cielo; traedles de comer y de beber.’ Vinieron muchos y mu­ chas mujeres, cada uno con algo, dando gracias a Dios, echán­ dose al suelo, y levantaban las manos al cielo, y después a voces nos llamaban que fuésemos a tierra...»4

Vespucio evoca recepciones parecidas entre los aborígenes de las costas del Atlántico de lo que habría de ser Venezuela: «...nos llevaron a una población suya, que se hallaba como dos leguas tierra adentro, y nos dieron de almorzar y cual­ quiera cosa que se les pedía en seguida lo daban... después de haber estado con ellos un día entero, volvimos a los navios quedando amigos con ellos... Vimos otra gran población a la orilla del mar: fuimos a tierra con el batel y encontramos que nos estaban esperando, y todos cargados con alimentos: y nos dieron de almorzar muy bien... vimos [otra] gran población que se hallaba cerca del mar,- donde había tanta gente que era maravilla, y todos estaban sin armas, y en son de paz; fuimos a tierra con los botes, y nos recibieron con gran amor, lleván­ donos a sus casas, donde tenían muy bien aparejadas cosas de comer. Aquí nos dieron de beber tres clases de vino, no de uvas, sino hecho con frutas como la cerveza, y era muy bueno; aquí comimos muchos mirabolanos frescos, que es una muy regia fruta, y nos dieron muchas otras frutas, todas diferentes de las nuestras, y de muy buen sabor, y todas de sabor y olor aromáticos. Nos dieron algunas perlas pequeñas y once grandes, ? por signos nos dieron a entender que si queríamos esperar algunos días, irían a pescarlas y nos traerían muchas de ellas;

no nos preocupamos de llevarnos muchos papagayos de varios colores y amistosamente nos separamos de ellos» 5.

En el transcurso de los ocho años que separan los viajes de los dos navegantes ocurrieron algunos cambios: unos decre­ tos reales habían prohibido entre tanto la captura de los indígenas excepto en determinados casos (canibalismo e insu­ misión), que en seguida se convirtió en norma tomarlos como pretexto. Mientras que Colón adquiere siempre por trueque las mercancías y no menciona la existencia de los caníbales más que de paso, a Vespucio y sus compañeros les parece normal tomar lo que les apetece y aseguran no sólo haber vivido entre los caníbales, sino también haberles oído confesar sus gustos abominables. Y, no obstante, resulta que estos co­ medores de hombres, cuya lengua ignoran absolutamente los extranjeros, se manifiestan de una bondad y una finura exqui­ sitas, puesto que son los mismos que en las descripciones del florentiño constituían las multitudes desarmadas que los festeja­ ban ofreciéndoles sus tesoros y los acompañaban despreocupa­ damente hasta los navios.

Antes de abandonar las costas donde el nombre de los pobla­ dores, bárbaros entre los bárbaros, declarados oficialmente es­ clavos, se convirtió en sinónimo de caníbal, merece la pena re­ cordar que, en 1524, es decir, después de una veintena de años de luchas contra los más sanguinarios de los conquis­ tadores, pudo Fernández de Oviedo recoger entre ellos innu­ merables cargas de oro a cambio de hachas fabricadas con los aros de cubas vacías. Sabiendo con certeza que estos utensilios no habían de durar mucho, rehízo la misma ruta algunos meses más tarde y recibió nuevas fortunas al afilar a escondi­ das las hachas ya inservibles. Al mismo tiempo que admite pasi­ vamente la tesis oficial de la pretendida crueldad de la gente a la que engaña, subraya la inextinguible buena fe de la misma: «...diré aquí una burla que les hice; por donde se verá la simplicidad que entonces había entre ellos, y la diferencia que agora se halla, a causa de los cristianos revolvedores y remon­ tadores que después entendieron en estos rescates: ...e fui causa que por mi industria se metieran en la cibdad del Darién, con mis navios e otros que se dieron a los rescates, más de cincuenta mili pesos de oro. De lo cual resultó mucha envidia en los de esta isla Española y estotras islas y en otros mis vecinos; e tuvieron forma de meter tanto la mano en los rescates, y en tomar indios de cualquiera manera que podían, que alteraron la costa y se escandalizaron los indios e mataron cristianos, e cristianos a indios, e se hizo de guerra la cos­ ta...»*

Colón descubre la presencia de perlas en un brazalete y ve con emoción las primeras joyas de oro: adornos para la nariz, los brazos y las piernas, que le hacen esperar que, con la ayuda del Señor, habrá de descubrir con seguridad el lugar de origen del precioso metal... Vespucio habla de granos de oro y anota que: «Los hombres acostumbran horadarse los labios, las me­ jillas, y luego en aquellos agujeros se ponen huesos, y piedras, y no creáis pequeñas, y la mayor parte de ellos, lo menos que tiene son tres agujeros, y algunos siete, y algunos nueve, en los que ponen piedras de alabastro verde y blanco...»7

Colón describe el uso de la pintura corporal y facial (algu­ nos píntanse la cara, otros el cuerpo, otros solamente los ojos y otros la nariz).

Los dos descubren por todas partes la costumbre de dormir en redes de algodón suspendidas en el aire, llamadas hamacas, así como la existencia de casas redondas, raramente rectangu­ lares, construidas a veces sobre el agua y capaces a menudo de albergar a varias familias (Vespucio asegura que vio una con capacidad para «500 ó 600 almas»); las sillas y los bancos eran de uso corriente. Les llama la atención la belleza eficaz de las barcas: de una sola pieza, hechas de un tronco vaciado y esculpido, llevaban cabinas para protegerse del sol y de la lluvia. Se pescaba con redes de algodón o de fibra de palma y con anzuelos de hueso.

Colón asegura que los indios, al no pertenecer a ninguna secta, se han de convertir pronto al cristianismo y Vespucio dice que vivían sin ninguna fe. Sólo el primero señala la pre­ sencia de obras artísticas: unas estatuas que juzga magníficas, en Cuba; una máscara y una corona de oro con piedras pre­ ciosas que le ofrecen los señores de la Española. La riqueza de esta tierra es tanto más atrayente cuanto que los autóctonos van desnudos y las armas que tienen son insignificantes: flechas (a veces, por desgracia, envenenadas), palos, lanzas guarnecidas con un diente de pescado o con un dardo de madera endu­ recida al fuego.

I I . HOMBRES Y NATURALEZA

Antes de emprender la tarea de remontar la Historia, deten­ gámonos para contemplar el cuadro todavía viviente de la bella elipse que rodea al mar de los Caribes desde Cuba hasta Yu­ catán. Se lo debemos principalmente a Las Casas y a Oviedo, que pasaron allí la mayor parte de su tempestuosa existencia. Sus testimonios son inapreciables para el conocimiento de un

área que, al ser la única en soportar el choque de los primeros veinticinco años de la conquista, quedó completamente despo­ blada. Hasta nuestros días impresiona este despoblamiento que se nota en la ausencia de supervivencias autóctonas: cuando existen, folklore y leyendas provienen casi exclusivamente de los esclavos negros que hasta el siglo pasado afluyeron a estas regiones.

Los seres tan bruscamente sorprendidos por los europeos presentan casi en todas partes los mismos rasgos raciales: bron­ ceados, de buena estatura, las piernas derechas (con la excepción de Yucatán) y sin vientre. Los cabellos lisos, largos o cortos, lo mismo en hombres que en mujeres, a menudo con un fleco;

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