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Santo Tomás al tratar sobre la Trinidad en su Suma Teológica (I,q.27-43) se propone iluminar la fe cristiana, según la cual el único Dios es tri-personal. Ahora bien, las Personas divinas se entienden por el concepto de relación, y el fundamento ontológico de las relaciones trinitarias son las procesiones u orígenes. En consecuencia, el orden lógico le conduce a tratar:

1. De las procesiones u orígenes, punto básico de toda explicación trinitaria (q.27) 2. De las relaciones, que fluyen de las procesiones divinas y constituyen a las personas

(q.28)

3. De las personas, que no son sino esas mismas relaciones subsistentes, idénticas a la esencia, pero opuestas entre sí (q.29-43)

De esos tres apartados, los dos primeros son como la introducción al tercero, que es propiamente el objeto de estudio.

Santo Tomás establece su inigualable construcción trinitaria partiendo del dato revelado en la Sagrada Escritura y enseñado por el Magisterio de que hay procesiones en Dios: el Hijo procede del Padre y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Su sistema es un punto de llegada, en el que destacan por igual la fidelidad a la doctrina de fe recibida y la agudeza intelectual para explicar sus contenidos. No parte a priori de nociones filosóficas queriendo, a todo trance, aplicarlas a Dios, sino de la verdad misteriosa que El mismo manifestó: que Dios no es una fuerza amorfa o un ser cósmico, sino un ser de naturaleza personal. Y más aún, que en tal naturaleza personal son Tres las realidades personales. A este Misterio aplica su razón teológica.

Si comprendemos, por tanto, que Dios es personal, no podemos pensar que lo es como nosotros lo somos: conocemos la realidad pero ignoramos qué sea Dios. Santo Tomás recurrirá entonces a la analogía para decir algo de Él.

Si el dato revelado es que ad intra de Dios hay Tres Personas, no cabe analogía más apropiada que la de nuestras operaciones inmanentes de conocimiento y amor, pues explica la posibilidad de las procesiones reveladas, y da razón de los nombres relativos con los que la Tres Personas son designadas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los nombres relativos y los orígenes que la Revelación atestigua, conducen la reflexión de STh a la existencia en Dios de relaciones reales: relación, porque ésta siempre se da entre lo que procede de otro y aquel de quien procede, y real porque sujeto y término están en el mismo orden del ser. Pero, ¿cómo fue a pasar su reflexión a las relaciones divinas?.

La fe recibida precisaba que la única distinción en Dios es la personal: un Dios y Tres Personas. Era preciso encontrar el principio de distinción, algo que explicara que siendo Dios el Padre y siendo Dios el Hijo, y en todo iguales, se distinguen mutuamente.

La única distinción revelada es la de los orígenes, que indican diferencia personal, porque nadie procede de sí mismo. Pero los orígenes, ¿qué nos dicen? Que el Hijo es distinto del Padre en la filiación y que el Esp. Sto. es distinto del Padre y del Hijo en su procesión. Hasta aquí se podía llegar fácilmente a partir de los datos revelados, pero a partir de ahora comenzará a verse la capacidad teológica de STh. Si lo único distinto en Dios son las Personas, y solo cabe distinción por los orígenes, será preciso determinar cómo llegar de la distinción de filiación a la Persona del Hijo. Pero además, para que ese paso sea aceptable desde la fe, debe a la vez salvaguardar la unidad numérica de esencia.

Aquí es donde entran en juego las relaciones. ¿Qué es la filiación? Hemos visto que es la procedencia del Hijo que por sí misma implica distinción y, por tanto, oposición en ese aspecto. Y a la vez, analógicamente a lo que observamos en las criaturas, la filiación es relación del Hijo al Padre.

Luego distinguirse en la filiación es idéntico a distinguirse en la relación, según nuestro modo análogo de entender. El problema se traslada a buscar el paso de la relación que distingue a la Persona distinta, procurando así ofrecer una aproximación racional al dato revelado.

No era un problema pequeño, porque lo que llamamos relación en las criaturas es un accidente. Según esto la filiación sería un accidente en el Hijo, incluiría un esse accidental en Él, y la distinción se haría en Dios accidentalmente. Como esto no es posible, tampoco sería posible hablar de Tres Personas. El paso de las relaciones a las Personas estaría impedido para nuestra razón. Se imponía establecer con precisión los límites de la analogía y determinar el modo de significar en Dios la categoría de relación. Esta no podría ser nada accidental por estar excluida en Dios cualquier composición y no haber en El nada potencial.

Ahora si quitamos en las relaciones su condición puramente accidental, su condición de inherir, su esse in, ¿cómo es posible seguir hablando de relación? Hay que admitir con el Aquinate que ese esse in debe permanecer pero no haciendo inherir a la relación en la esencia sino identificándola con ella, lo cual solo es concebible metafísicamente si el esse de la relación es el esse divino. Así la relación resulta ser en Dios su propia esencia: relación subsistente.

Pero según esto, ¿qué diferencia hay entre relación de filiación y relación de paternidad? Serían, por lo visto, la misma relación subsistente, en contra de lo único cierto y exacto que sabemos por Revelación: que siendo distintos el Padre y el Hijo han de ser distintas también las relaciones. Será preciso analizar de nuevo el concepto de relación, para descubrir una característica exclusiva de ella. Según su pura ratio relationis no dice algo que está en el sujeto, sino la referencia del sujeto a otro: no dice aliquid sino más bien ad aliquid. Es decir, goza de un tipo de realidad (esse ad) exclusivo de ella, que aunque sea de la más débil entidad por no indicar nada absoluto sino tan solo referencia, no por ello deja de ser real. Las relaciones subsistentes, que son la misma esencia, dicen a la vez, en cuanto relaciones, mutua referencia real y por tanto distinción.

Así pues basado en que lo que llamamos persona viene definido por la subsistencia, la individualidad o distinción, y la naturaleza racional, persona se dice que es un "subsistente distinto en una naturaleza racional". Ahora, para aplicar esta definición a Dios habrá que buscar qué es lo distinto en Dios. STh dirá que lo que distingue en Dios es la relación (relación que en Dios es subsistente, como ya vimos); pero lo que distingue es igual a lo distinto: la paternidad es el Padre, al no distinguirse en Dios nada de su esencia. La relación resulta ser no solo raíz de distinción sino también lo distinto, o lo que es lo mismo: la Persona divina. La Persona es la misma relación subsistente.

Dicho de otra manera: siendo la paternidad lo que distingue al Padre y a la vez lo distinto, es decir el mismo Padre, a esa relación le podemos llamar Persona (o al Padre le podemos nombrar como Persona), en cuanto que el Padre y Dios son lo mismo: eso es lo que quiere decir que a la relación le compete el nombre de Persona en Dios "per modum substantiae".

14.4 La Cuestión del "filioque" en el pasado y en la actualidad.

La fe apostólica relativa al Espíritu Santo fue confesada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre". La iglesia reconoce así al Padre como la "fuente y origen de toda la divinidad (Cc. Toledo VI). Sin embargo, el origen eterno del Esp. Sto. está en conexión con el del Hijo: "El Esp. Sto., que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma substancia y también de la misma naturaleza. Por eso, no se dice que es solo el Espíritu del Padre, sino a la vez el Espíritu

del Padre y del Hijo (Cc. Toledo XI). El Credo del Conc. de Constantinopla (381) confiesa: "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria".

Según la doctrina tomista el argumento de fondo del "filioque" es que: si el Esp. Sto. procede también del Hijo entonces el Hijo y el Esp. Sto. son distintos. El modo de expresar que teniendo el mismo origen son distintos es diciendo que el Esp. Sto. también procede del Hijo además del Padre. Es necesario decir que el Esp. Sto. también procede del Hijo para distinguirlo de éste. Con el "filioque" se afirma que no solo es distinto del Hijo sino que también procede de El.

La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu "procede del Padre y del Hijo (filioque). El Conc. de Florencia, en el 1438, explicita: "El Esp. Sto. tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo, y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración... Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo Unico, al engendrarlo, a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Esp. Sto. a partir del Hijo, éste la tiene eternamente del Padre que lo engendró eternamente".

La afirmación del "filioque" no figuraba en el símbolo confesado en el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa S. León la había ya confesado dogmáticamente el año 447, antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el Conc. de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del "filioque" en el Símbolo de Nicea-Constantinopla por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Esp. Sto. Al confesar al Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,26), esa tradición afirma que este procede del Padre por el Hijo. La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (filioque).

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