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Lo primero que señala el derecho natural, el divino positivo, la antropo- logía teológica y filosófica y el derecho canónico, en orden al matrimonio, es la heterosexualidad.

Si nos limitamos a este último, el Código, en su canon 1055 § 1, nos dice que la alianza matrimonial solo cabe entre un varón y una mujer. Y, por otra parte, el canon 1057 § 2 nos dice, como hemos visto, que el consentimiento matrimo- nial, que produce el matrimonio es un acto de voluntad realizado por un varón y una mujer, por el que se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable.

La diferenciación de los sexos es algo básico, fundamental, en la naturale- za humana. En el ámbito de lo humano sensible, espiritual y mixto –lo específico del hombre que es el único ser en el que se sintetizan la materia y el espíritu– Dios ha distinguido al varón de la mujer y ha puesto una inclinación natural entre ellos; inclinación que llega a convertirse en complementaridad y en fecundidad física y espiritual de nuevos seres humanos e hijos de Dios.

Pues bien, esta heterosexualidad es fundamental en el matrimonio. Y frente a ella se encuentra la homosexualidad, que la Organización Mundial de la Salud ha definido como “la atracción sexual exclusiva o predominante hacia personas del mismo sexo, con o sin relación física”.

La postura de la Iglesia Católica al respecto, se ha mantenido firme y segura. Así, la Declaración de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre “Algunas cuestiones de ética sexual”, del 16 de enero de 1976, dice: “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y no pueden recibir aprobación en ningún caso”; el 5 de octubre de 1979 Juan Pablo II decía en Estados Unidos: “la conducta homosexual es moralmente deshonesta”. Y en su discurso a los Obispos de Estados Unidos del 5 de septiembre de 1983 ratificó “la incompatibilidad de la actividad homosexual con el plan de Dios sobre el amor”.

Pero no solamente los actos, sino la inclinación misma homosexual, aun- que en sí no sea pecado, “debe ser considerada como objetivamente desordena- da...” En definitiva, “la homosexualidad impide la propia realización y felicidad

porque es contraria a la sabiduría de Dios”2.

Y, atendiendo a la naturaleza y al fin de la vida sexual, la homosexualidad debe tenerse necesariamente como un proceso anormal en el orden biológico y,

por ello, directamente se opone a los fines esenciales del matrimonio3.

Así pues, dejando de lado todo lo que al respecto indican múltiples senten- cias rotales y restringiendo el campo de exposición a la doctrina y aún, en forma resumida, señalamos que la homosexualidad impide contraer un matrimonio vá- lido en cuanto comporta la tendencia a la relación sexual únicamente o prevalen- temente con una persona del mismo sexo, sintiendo aversión hacia la cópula con

personas de sexo contrario4.

Es claro que solo la verdadera homosexualidad y no ciertos casos de la llamada bisexualidad, invalida el matrimonio. Es claro también que la homo- sexualidad incapacita al matrimonio no solo por impedir o entorpecer las rela- ciones heterosexuales en el plano biológico, sino también en el psicológico. Y es claro además que la lógica consecuencia de la tendencia homosexual constituye una incapacidad para la fidelidad conyugal, en la medida que implica un rechazo psicológico a la intimidad con personas del sexo opuesto.

Notemos, sin embargo, que la experiencia, no solo de la praxis de los Tri- bunales eclesiásticos sino de la pastoral, nos indica la existencia de personas ho- mosexuales que contraen matrimonio con la intención de adquirir una respeta- bilidad social, cuestionada por su condición; y también para intentar superar el problema. Sin embargo, la regla general y la doctrina común están de acuerdo en que en ningún caso debe recomendarse el matrimonio a un homosexual como

posible medida terapéutica5.

Al respecto, estimamos que no puede usarse el hipotético origen parcial- mente congénito de la homosexualidad, como argumento de que ella no es algo desordenado, sino que está de acuerdo con la naturaleza humana. Ello no es así, pues todos sabemos que existen, en otros campos, malformaciones congénitas, que hay que tratar de rectificar en la medida de lo posible. Y en este ámbito ha-

2. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica

sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1/10/1986, en AAS. 79 (1987) 543-554. 3. Cf. Sent. c. Pompedda, 6-X-1969, SRRD, vol. 61, dec. 183, nº 3, pág. 917.

4. Cf. J. M. Fernández Castaño, OP., Legislación matrimonial de la Iglesia, Salamanca 1994, pág. 880.

5. Cf. Lourdes Ruano Espina, La incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del

brá que discernir la curabilidad de esta anomalía en cada caso concreto; o bien, su incurabilidad o inenmendabilidad, dado que ello es un factor importante con respecto a la validez o nulidad de un matrimonio en el que una de las partes sea homosexual. Y existen casos en los que, prescindiendo de la condición congénita o psicógena, la duración del vicio y el hábito inveterado, convierten a la anoma- lía en un vicio insanable. En otros casos, puede ser curada. Esto depende de la fijación de dicha anomalía en la persona; y también, muy especialmente, de la reacción moral del sujeto respecto a su problema. Esta reacción moral frente a la anomalía es capital. Con las personas que se complacen en su homosexualidad no puede hacer nada la medicina o la psiquiatría. Solo son accesibles a un trata- miento terapéutico aquellos que la sufren. Además, junto a la ciencia, habría que mencionar el aspecto sanante de la gracia de Dios que, en aquellos que usan los medios sobrenaturales, suele ser muy eficaz para la curación de la mencionada anomalía. En conversación con algún gran jurista y tratadista, él ha manifestado que estadísticamente no es significativo el número de los que obtienen su cura- ción. Pero debe tenerse en cuenta y es lamentable, que sea relativamente muy pequeño el número de los que recurren a los medios sobrenaturales.

Vinculado con el tema de la sexualidad se podría analizar, por más que pa- rezca extraño, la figura del Don Juan de acuerdo al análisis que de ella hace el Dr. Marañón. Porque este personaje literario, que aparece en la vida real, es alguien que podríamos llamar sexualmente poco diferenciado, casi fronterizo, cercano al homosexual. Porque si de tal manera está indefinido en su área afectiva que en ella quepan todas las mujeres, está cercano a que quepan también las personas de su mismo sexo. Y, por otra parte, habría que ver si en la realidad cabría la existencia de la figura de Doña Inés frente a la cual el Don Juan pueda realmente comprometerse a guardar fidelidad.

Otra desviación de la sexualidad que constituye una incapacidad para el matrimonio es la hiperestesia sexual que en el varón se llama satiriasis y en la mujer se denomina ninfomanía. En ambos casos se da una hiperactividad sexual patológica, mediante la cual el sujeto busca continuamente la satisfacción, sin llegar a conseguirla casi nunca, lo cual lleva a la persona que la padece a sufrir un estado de ansiedad y angustia extraordinarios. Hay casos en que la vehemencia del estímulo sexual se hace irresistible; existe una necesidad continua de la unión sexual que es buscada vivamente; hay un impulso incoercible ante la ocasión; hay una indiferencia respecto a la persona, que se considera idónea para la rela- ción sexual, siempre que sea del sexo opuesto; haya ausencia de conciencia de culpabilidad y una sensación de desprecio hacia sí mismo por la imposibilidad de sentirse saciado.

No es frecuente encontrar personas que padezcan esta hiperestesia sexual, pero se dan casos en los que ella alcanza un grado importante de severidad y

arraigo en la personalidad del sujeto de modo que este pierda el dominio sobre su cuerpo, de modo que se vea arrastrado por el impulso sexual patológico, de forma tal que le resulte irresistible. Lógicamente, cuando ello ocurre la persona es incapaz de la fidelidad y, por lo tanto, de contraer válidamente matrimonio.

En el caso de la ninfomanía, no es raro que la mujer recurra a la pros- titución para intentar satisfacer sus deseos sexuales, multiplicando mucho los actos. Sin embargo, la ninfomanía no debe confundirse con la prostitución. Esta se vincula con otros factores que no son exclusivamente sexuales sino que cons- tituyen con frecuencia problemas de falta de adaptación al ambiente sociocul- tural. Y podría decirse que la prostitución tiene lugar en un ambiente de miseria moral, de necesidades materiales, de falta de figuras educativas válidas, de una infancia amarga y desolada, con frecuencia sin que se haya permitido a ese tipo de personas alguna estructuración de su personalidad y una mínima adquisición de la conciencia de sí mismo y del propio destino con respecto a los otros hom- bres y al mundo. En cambio, la ninfomanía se vincula a un estado patológico del sujeto que no tiene nada que ver con la situación sociocultural en la que se encuentra.

Existen además otras desviaciones sexuales en las que el individuo se ve impulsado a desarrollar una conducta sexual anómala. Se suelen denominar per- versiones psicosexuales entre las que se enumeran: el transvestismo, el transexua- lismo, el exhibicionismo, el sadismo, el masoquismo, etc.

En cuanto al transvestismo, consiste en una desviación sexual caracteriza- da por la utilización de manera repetida y persistente de ropas del sexo opuesto, como medio de obtención de placer sexual, sin que exista una tentativa firme de adoptar la identidad o el comportamiento del otro sexo. Esta conducta varía desde la simple utilización de alguna ropa –femenina en general– ocasionalmente, hasta llegar a vestir de modo completo y continuado con ropa propia del otro sexo. Este es un defecto que recientemente ha tenido una mayor presencia en el ámbito so- cial e incluso se ha manifestado con cierto exhibicionismo desafiante.

A diferencia del desorden anterior está el transexualismo que es una des- viación caracterizada por el rechazo total del propio sexo, que lleva al sujeto a la creencia fija de que los caracteres sexuales externos no son los que le correspon- den. Hay una oposición neta entre el sexo somático y el sexo psicocomportamen- tal en una determinada persona. Hay un rechazo del propio sexo y la necesidad compulsiva de transformarse en miembro del sexo opuesto. Puede impulsar al sujeto a solicitar un cambio de sus órganos sexuales mediante operación quirúrgi- ca, o al ocultamiento completo de tales órganos, adoptando el vestir y los modales del sexo opuesto. Al parecer se trata de un trastorno serio de la personalidad en el que puede producirse una actividad delirante acompañada de trastornos de índole psicótica.

Otra desviación es el exhibicionismo que consiste en la tendencia irre- primible a mostrar de forma compulsiva los órganos genitales a otras personas, generalmente desconocidas y del sexo opuesto, como medio de conseguir exci- tación y gratificación sexual, aunque sin la intención de mantener a posteriori actividad sexual con ellas. Este defecto se encuentra de forma prácticamente ex- clusiva en los varones.

El sadismo, como es sabido, es una perversión sexual que recibe su nombre del tristemente famoso marqués de Sade. El que padece la enfermedad, necesita infligir sufrimiento, físico, psíquico o moral a otra persona para obtener su propia excitación y satisfacción sexual. A veces se combina la humillación del otro con sufrimientos corporales. E incluso se llega a que las lesiones corporales que se produzcan en el otro, sean extensas, permanentes o posiblemente mortales, con objeto de conseguir la excitación sexual.

El trastorno inverso es el masoquismo, cuyo nombre proviene del novelista Leopold von Sacher-Masoch, y que consiste en la búsqueda del propio sufri- miento físico o psíquico para obtener la satisfacción sexual. El individuo necesita experimentar dolor y utiliza métodos muy diversos como golpes, cortes, etc., que pueden llegar incluso a poner en peligro su vida. Hay una búsqueda del dolor físico como un modo de obtener humillación que sería, en definitiva, el rasgo característico de este trastorno.

En la realidad pueden darse el sadismo y el masoquismo en forma com- plementaria en una pareja de modo que un individuo masoquista busque incons- cientemente unirse a uno sádico, y viceversa. Sin embargo, en los matrimonios en que esto ocurre, la experiencia de los Tribunales eclesiásticos indica que nunca hay un adecuado ajuste de las dos desviaciones y se termina en un gran fracaso y en un sufrimiento por parte del masoquista, en definitiva, desvinculado del placer sexual. Por otra parte, los sádicos pueden unirse a otras personas que no estén interesadas en hacer el papel del masoquista y que se vean obligadas a sufrirlo. Esos sádicos pueden llegar a cometer violaciones y homicidios.

En todos estos trastornos y algunos otros que omitimos en gracia a la bre- vedad, podemos decir que constituyen un obstáculo para un verdadero matrimo- nio canónico. En este, los actos sexuales deben ser realizados de una manera dig- na, fortalecen la unión de los esposos y significan la realización del sacramento, reflejando, en definitiva, el amor y la unión de Cristo con su Iglesia. La entrega digna y mutua de los cuerpos en la relación sexual, debe tener en cuenta al otro como sujeto distinto de sí mismo y no como objeto o medio de gratificación sexual. Es decir, tiene que haber una actitud de acogida y una expresión del amor que excluya el egoísmo y que busque el bien del otro. Así pues, los defectos indi- cados podrán constituir una verdadera incapacidad para establecer una auténtica comunión de vida y amor.

IV. La inmadurez afectiva en relación con la sexualidad

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