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El 22 de diciembre de 1971 llegó a Villa Tevere una antigua y bellísima imagen de la Virgen. Era una escultura de madera de tamaño casi natural, necesitada de restauración: un regalo al Padre de sus hijos italianos. Al verla, San Josemaría le dirigió palabras llenas de cariño, al tiempo que se preguntaba de qué iglesia la habrían echado. Encargó proceder a su restauración cuanto antes y, entre tanto, que se la ubicara en un lugar adecuado y tuviese siempre flores frescas a sus pies. Quería así reparar un poco por todas las imágenes “depuestas”, los confesonarios suprimidos, el Santísimo ignorado, los dogmas atacados, la obediencia ridiculizada, la piedad postergada.

Tiempo de rezar. Así lo definió el Padre. Esos años eran más que nunca tiempo de oración. Y de sufrimiento. En 1970 distribuía rosarios a todos los que venían a verle, pidiéndoles que lo rezaran por la Iglesia. Tiempo de acudir a la Madre de la Iglesia para que pusiese fin al «tiempo de la prueba», tal como decía. Y comenzó una serie de peregrinaciones marianas, con melancolía en el corazón, sólo mitigada por una robusta esperanza sobrenatural y un instintivo buen humor.

«Iré a visitar dos santuarios de la Virgen —escribió a sus hijos antes de un viaje a la península ibérica—. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra. […] Uníos a mis oraciones y a mi Misa». En abril de 1970 se dirigió a Fátima y a Torreciudad, la ermita altoaragonesa a la que le habían llevado tras su curación en 1904 y donde en esos momentos, por iniciativa suya, se estaba edificando un gran santuario.

Y un mes más tarde se plantó en México para hacer una novena a la Virgen de Guadalupe, rezando por la Iglesia y por la Obra. Arrodillado a lo largo de nueve días en una pequeña y discreta tribuna de la basílica de entonces, recitaba despacio el Rosario completo e intercalaba momentos de silencio o en los que se dirigía en voz alta a María con conmovedora confianza filial.

«Señora nuestra, ahora te traigo —no tengo otra cosa— espinas, las que llevo en mi corazón, pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas … Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en lo de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis».

«Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra, […] evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación […]. Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!».

Quizás como respuesta, recomenzó a sentir locuciones interiores, un fenómeno místico extraordinario. El 6 de agosto del mismo año, mientras pasaba unos días de descanso en Premeno, al Norte de Italia, escuchó: «Clama, ne cesses!» – «Reza, no te canses de rezar». Y con este espíritu, el 30 de mayo de 1971, Pentecostés, hizo la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo. Así lo explicó:

«Sabéis que el Padre no es amigo de proponer devociones particulares a sus hijas e hijos. Me gusta que cada uno tenga sus propias devociones, pocas, sencillas y sólidamente arraigadas. Y que de vez en cuando las dejéis, para volver luego a recogerlas con mayor piedad. Pero siempre las vuestras, las devociones de cada uno. Sin embargo, a lo largo de la historia de la Obra hemos sentido la necesidad de hacer todos juntos —cor unum et

anima una— la Consagración a la Sagrada Familia de Nazaret, la Consagración de la Obra al Dulcísimo Corazón

de María y al Corazón Sacratísimo de Jesús. Y ahora, cuando por bondad divina contemplamos este florecer del Opus Dei en almas de toda raza, lengua y nación, haré por vez primera la Consagración de la Obra al Espíritu Santo, el próximo día de Pentecostés. En estos momentos es muy necesaria. Será un acto de entrega y de oración personal, de cada uno, y también corporativo».

Preparó el texto de la consagración con sumo cuidado, y quiso que lo leyese por primera vez don Álvaro. El Padre se mantuvo profundamente recogido en oración. Desde unos quince años antes, las grandes vidrieras que conforman el retablo de ese oratorio reproducían luminosas la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles en Pentecostés. Pero ese día se diría que lucían más.

«Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza de fe, lleguemos a la gloria del Cielo».

Y después:

«Concede la paz a la Iglesia, para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza».

Y una auténtica esperanza sostenía al Padre cuando, el 4 de abril de 1971, comentó a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz: «Vais a ver, vosotros que sois jóvenes, cómo el Espíritu Santo hará que las aguas vuelvan a su cauce». Y añadió: «Cuando sea necesario abrir verdaderos nuevos cauces, será también el Espíritu Santo quien los abra».

El 23 de agosto de aquel año, el Padre se encontraba en Caglio, cerca del Lago de Como y de Suiza. Mientras leía el periódico por la mañana, después de celebrar la Misa, recibió otro impulso místico: «Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae ut

conseguir misericordia». Notó la diferencia con la frase de la Carta a los Hebreos —trono de gracia/trono de gloria—, y entendió que Dios le indicaba que se dirigiera todavía más a la Virgen.

Hasta las jaculatorias que en aquella época enseñó a los suyos recogen el clima de oración confiada: «Cor Iesu sacratissimum et misericors, dona nobis pacem!» – «Corazón sacratísimo y misericordioso de Jesús, danos la paz». Y también: «Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno».

Desde 1970, el fundador del Opus Dei quiso emprender largas catequesis itinerantes por varios países. Si entre los fieles se difundían la duda y la incertidumbre, había llegado el tiempo de «bajar a la arena», como le gustaba decir, para fortificar en la fe y proclamar la buena doctrina a tanta gente. El método empleado fue el que más congeniaba con su modo de ser y de obrar: el contacto personal, que seguía siendo personal con cada uno de los presentes a pesar de las multitudes que venían a escucharle. Preguntas y respuestas, bromas y oración, anécdotas y verdades proclamadas en voz alta.

El tema de fondo era uno solo: la Iglesia. Lo decía poco tiempo antes de emprender un viaje de dos meses, en octubre y noviembre de1972, por España y Portugal.

«Preocupaciones no suelo tener. Ocupaciones, muchas: una detrás de otra. No llevo reloj, porque no lo necesito; cuando termino una cosa, comienzo otra, y en paz. Pero, la gran ocupación de mi vida y de mi alma es amar a la Iglesia, porque es una Madre con tantos hijos desleales, que demuestran con obras que no la quieren. Tú y yo hemos de amar mucho a la Iglesia y al Romano Pontífice».

En Pamplona, que fue la primera etapa, ante muchísimas personas de toda condición social, enseñaba:

«¿No es cierto que, cuando un fiel se acerca a un sacerdote, es para buscar fortaleza, luz y consejo? Muchas veces van con hambre, con buena voluntad, con deseos de que les ayuden a andar hacia adelante, y no encuentran el consejo, ni la fortaleza, ni la fe: hallan sólo la duda y las tinieblas. Y no quiero pensar que sea así. ¡No quiero! Vamos a pedir todos juntos que no suceda esto».

Bien sabía lo que, por el contrario, estaba ocurriendo. Precisamente Pamplona había visto vaciarse en un visto y no visto su enorme y prolífico seminario.

Le encandilaban sobre todo las tertulias con sacerdotes, pues con ellos podía permitirse un discurso más directo. Les decía en Bilbao:

«Siempre nos han dicho que un sacerdote no se salva ni se condena solo […]. Pues vamos a salvar sacerdotes, que es un deber de justicia. Y no los salvaremos si nos hacemos como erizos: hay que tratarlos con cariño, hay que vencerse. No hemos de formar un grupito, sino abrirnos, así, con los brazos en cruz. ¡Que vean que los queremos con obras!».

México, en concomitancia con la ya mencionada peregrinación a Guadalupe. Con todo, el orden de prioridades lo dejó bien claro a sus hijos nada más aterrizar: «He venido a ver a la Virgen y, de paso, a veros a vosotros». Recibió a muchos grupos de gente muy diversa. En el Estado de Morelos, los miembros del Opus Dei habían abierto escuelas agrícolas para campesinos. A estos les dijo:

«Todos, vosotros y nosotros, estamos preocupados en que mejoréis, en que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos… Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis cómo entre todos lo lograremos y que —los que tengan talento y deseo de estudiar— lleguen muy alto. Al principio serán pocos, pero con los años… Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?… No, mis hijos, ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?».

Del recorrido de dos meses por diversas ciudades de España y Portugal, con apretados programas de encuentros de todo tipo, nos quedan abundantes testimonios cinematográficos. Fue un viaje agotador, que contrasta con la fortaleza de ánimo que el Padre emana en esas películas. Se sometía a las más variadas preguntas, respondía con garbo, con simpatía, con la sencillez de un catequista, pero también con la doctrina de un teólogo y la fe de un santo. La gente le interrogaba por los sacramentos, la devoción a la Virgen, la oración, la familia…; en definitiva, por las cuestiones que se debatían en la opinión pública, no sin suscitar perplejidad en las almas.

«En las tertulias que tenían con Nuestro Señor, los apóstoles trataban de todo: in multis argumentis, dice la Sagrada Escritura. Nuestras tertulias tienen ese sabor evangélico: son un modo encantador de hablar de la doctrina y de la práctica de la doctrina de Jesucristo, en familia. Ya veis que no exagero cuando digo que la Obra es una gran catequesis».

Animaba a la gente a hacerle preguntas «impertinentes» y a muchos no hacía falta que se lo repitiese.

«Padre, ¿cómo hace usted, en la Misa, la acción de gracias?». «¡Estos quieren que me confiese en público!».

Pero respondía, hablando de su lucha por prolongar la acción de gracias por la Misa y la Comunión hasta mediodía y, desde ese momento en adelante, prepararse para la Misa del día siguiente. Quien preguntaba obtenía una sugerencia estimulante.

«Padre, ¿qué virtudes considera más importantes en un profesor?».

«Necesitáis todas, pero sobre todo manifestar a los chicos una lealtad muy grande». «Padre, ¿cómo ayudar a recuperar la fe a los amigos que dicen haberla perdido?». «Si han tenido la fe, quizá no la han perdido. Puede ser que encima de la fe haya ahora una cáscara, y otra, y otras: una serie de capas de indiferencia, de lecturas mal digeridas, quizá de ambientes y de costumbres torcidas. Yo te aconsejo, primero, que

reces…».

«Padre, algunos dicen que habría que enseñar todas las religiones a los niños para que elijan de mayores…».

Y como éstas hubo varios miles —literalmente— de preguntas y respuestas de sorprendente espontaneidad. Su predicación en aquellas semanas llegó a más de ciento cincuenta mil personas de toda condición y edad. Y en cada ciudad quiso visitar algunos monasterios de clausura, para testimoniar su amor a la vida contemplativa y pedir oraciones a las monjas.

Y es que, en efecto, aquel viaje se apoyaba también en la oración de tantas monjas de clausura, lo que constituyó una manifestación visible del amor que el fundador tenía al estado religioso y, en especial, a las vocaciones contemplativas. A él, Dios le había pedido aportar al mundo un espíritu distinto. Pero los carismas en la Iglesia son complementarios, no opuestos.

Las religiosas también querían escucharle, porque muchas comunidades cooperaban con sus oraciones a la actividad apostólica del Opus Dei en todo el mundo. Así se lo recordó al Padre, al invitarle a visitarlas, la abadesa del monasterio de San José de Alloz, en Navarra. A las carmelitas de Cádiz les dijo: «Son muchos los conventos y monasterios, en todo el mundo, que tienen con nosotros esta unión espiritual. Nos hacen participar de sus bienes espirituales, que son tantos, y nosotros les hacemos partícipes de nuestro trabajo apostólico. Por eso, me siento entre vosotras como un hermano entre sus hermanas». Y a las cistercienses de Alloz: «No digo que os envidio, porque mi vocación es de contemplativo en medio de la calle». Las puso en guardia contra los peligros de relajar la disciplina religiosa, insistiendo con energía: «Madre abadesa, ¡fortaleza!, ¡fortaleza!, ¡fortaleza!». Las monjas escuchaban entusiasmadas, entre lágrimas y sonrisas.

En Madrid no quiso eximirse de saludar a las agustinas recoletas del Real Patronato de Santa Isabel, del que había sido Rector. Su iglesia, en días ya lejanos, había sido quemada, pero el presbiterio, el altar y la reja por la que las monjas se comunicaban suscitaron en él recuerdos muy vivos. En Portugal visitó el Carmelo de Coimbra y habló de nuevo con sor Lucía. En Valencia estuvo con las carmelitas de Puzol, un monasterio inmerso en un naranjal, y les dijo:

«La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vuestra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias […]. ¡Mil veces benditas seáis!».

Su última catequesis en una clausura tuvo lugar en el monasterio de las clarisas de Pedralbes, en Barcelona. Cuando el Padre entró en la iglesia, le acogió el sonido jubiloso

del órgano. En el locutorio, junto a la capilla del Santísimo, las confortó: «No os faltarán vocaciones si no hay aburguesamiento, si estáis encendidas en Amor, porque el Amor hace los grandes milagros».

También ésas eran tertulias familiares, sencillas, donde la broma caminaba cómodamente de la mano del discurso serio y hasta místico. Y a todas las religiosas, antes de despedirse, les pedía la limosna de la oración.

Entre mayo y agosto de 1974 realizó un viaje a América del Sur: Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Venezuela. De nuevo quería confirmar a las almas en la fe, en el amor a la Iglesia y al Papa, y en la fidelidad al Magisterio. Las reuniones fueron en todos los sitios numerosas y muy concurridas, como atestiguan de nuevo las imágenes filmadas. Le gustaba acudir en peregrinación al santuario mariano más representativo de cada ciudad.

En Perú, un grave trastorno bronquial le forzó a permanecer en la cama, con indisimulada preocupación de los médicos. Y aún no recuperado del todo quiso reemprender la predicación. Cuando el 1 de agosto llegó a Ecuador, el soroche o mal de altura le golpeó con inusitada violencia y los médicos le prescribieron suspender la actividad. Pero se esforzó, tanto allí como más tarde en Venezuela, por acudir a varias tertulias aun con fiebre alta.

En febrero de 1975 volvió a América. Esta vez visitó Venezuela y Guatemala. Y en el país centroamericano cayó enfermo de nuevo: se quedó tan sin fuerzas que se vio obligado a poner fin al viaje antes de lo previsto.

En todas las tertulias americanas insistió en la necesidad de la conversión personal, poniendo el acento en el recurso frecuente a la confesión sacramental. Afirmaba que, si a resultas de su predicación, lograba que una sola persona se confesara, daría por bien empleado el viaje.

Quedó muy impresionado de los distintos países, del desarrollo de la Obra y de las enormes posibilidades que ofrecían para el apostolado. Brasil le cautivó. En una reunión con un grupo de mujeres de la Obra, por ejemplo, notó —como otras veces— que representaban a muchas razas y países, en virtud de la gran mezcolanza. Algunas tenían rasgos japoneses (eran nissei: hijas de inmigrantes japoneses), otras africanos, otras nórdicos, orientales o latinos. Todas pendientes de sus labios.

«El Señor está contento de las hijas mías del Brasil. Pero quiere más. Se ha enamorado de vosotras y no se conforma con que le deis una partecita. ¡Quiere todo vuestro ser! Y de esta manera, Él prenderá el fuego del amor, y no sólo en el Brasil, sino lejos: desde el Brasil… En el Brasil y desde el Brasil. ¿Se entiende? […]. Desde este continente habéis de ir a los otros. ¡Toda Asia! ¡Toda África! Que han venido aquí, contra su voluntad, tantos africanos. Yo le pido al Señor que nos traiga muchas africanas».

Y en otra tertulia:

«¡El Brasil! Lo primero que he visto es una madre grande, hermosa, fecunda, tierna, que abre los brazos a todos sin distinción de lenguas, de razas, de naciones, y a todos los llama hijos. ¡Gran cosa el Brasil! Después he visto que os tratáis de una manera fraterna, y me he emocionado».

No les bendijo con la fórmula usual, sino como un antiguo profeta y patriarca: antes de trazar la señal de la Cruz, con las manos extendidas sobre ellos, pronunció pausadamente estas palabras:

«Que os multipliquéis:

como las arenas de vuestras playas, como los árboles de vuestras montañas, como las flores de vuestros campos,

como los granos aromáticos de vuestro café.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Argentina no fue a la zaga. Las películas de las reuniones no sólo muestran las muchedumbres, sino también el grado de conmoción de aquellas personas, convencidas de que estaban delante de un santo. Las preguntas abordaron los diferentes temas del momento, pero hubo algunas especialmente emocionantes y dramáticas. Como ésta:

«Padre, le estoy pidiendo a Jesús que repita el milagro de Naim».

Al oírla sollozar, el Padre acudió en su ayuda, mientras en el gentío se hacía un gran

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