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amor o el odio tienen efecto sobre las personas que son su objeto. Tal vez un espíritu fuerte niegue esa influencia a distancia, pero convendrá con nosotros, de buena gana, que puede llegar a se sentir mal, a disgusto, en presencia de alguien que lo deteste o, al contrario, reconfortado por la simpatía activa de un ser que lo ame. Sin duda, no irá mucho más lejos en su concesión, y lanzará exclamación si tratamos de lo persuadir de que algunas personas, que no alientan hacia nosotros sentimiento de odio o de amor, son capaces, sin embargo, por su sola presencia, por su sola cercanía, de nos traer felicidad o desgracia.

Eso es, sin embargo, una realidad cotidianamente verificable.

Antes de nombrar a un general, Napoleón planteaba siempre, de antemano, la pregunta: ¿Es dichoso? Ante sus ojos, la suerte aventajaba al valor, el talento, la fidelidad. Tenía razón.

La experiencia nos enseña que algunas personas no pueden se asociar a una empresa sin la hacer fracasar. Desde el momento en que entran en un negocio, ése peligra. Tienen mal de ojo. Su inteligencia, habilidad, trabajo para nada sirven y arruinan todo lo que tocan. En deporte, juego, negocio o placer esos lamentables portadores de mala suerte hacen perder a su equipo, campo, patrón, socio, amigo. Su mala influencia involuntaria es temible. La prudencia aconseja los descartar despiadadamente. Al menos que uno se sienta tan seguro de su propia suerte que sea capaz de neutralizar la maldición que traen con ellos. Aun en esos casos, en otra parte, el peligro subsiste, pues por fuerza llega un día en que Grouchy, buen general, hábil táctico, valiente, honesto, fiel, se retrasa inexplicablemente en lugar de avanzar hacia el cañón. Entonces sobreviene Waterloo. No para sí, sino para el imprudente que se valió de sí para servir a fortuna de él.

La suerte, como su contraria la mala suerte, son enfermedades contagiosas. Se

pescan. Pero si la primera suerte es una epidemia deliciosa a la que todos queremos nos

exponer, la mala suerte es una calamidad de la cual hay que saber se proteger.

Es bueno se rozar con personas que tienen suerte, las tocar psíquicamente, vivir con ellos, en su intimidad y su irradiación. La amistad de un afortunado es un regalo de los dioses. Aun si no nos quiere especialmente, aunque sea un egoísta sin generosidad de corazón, nos hará al menos participar, sin querer y sin sospechar, en su contagiosa suerte. Las migajas del festín bastan a veces para alimentar a los hambrientos. Seamos entonces los parásitos de la suerte de los otros.

Recíprocamente, las personas que no fueron atacadas por la vergonzosa enfermedad que es la yeta, serán prudentes si se alejan y desconfían de la proximidad y del contacto de los que tienen mal de ojo. Pues nunca se sabe quien es el más virulento, quién será el más fuerte en ese enfrentamiento entre el yetado e y el suertudo. Nunca se sabe anticipadamente el resultado de esa lucha. No hay que presumir de la buena suerte ni se creer invulnerable a la mala suerte.

¿Algunos ejemplos? Basta observar alrededor para encontrar los casos característicos de las picardías ocasionadas por el mal de ojo.

En los diversos sucesos de la más quemante actualidad, se descubren fácilmente lecciones que hacen meditar. Ese financista cuyo negocio prospera, a quien todo sale bien desde hace años sin que merezca por su trabajo ni por su condición, casualmente encuentra a uno de sus amigos de infancia, a quien la vida no sonrió y que vegeta casi en la miseria. El hombre rico socorrió a su desdichado compañero y le ofreció un puesto de responsabilidad en una de sus empresas. Seis meses más tarde el negocio quebró y su presidente-director-general fue a la cárcel. La suerte del financista había sido totalmente anulada por la mala suerte del nuevo empleado.

escándalo como cualquier otro. Nadie se atrevió a nos decir que en realidad se trataba del último asalto de una lucha que enfrentara a dos combatientes a pesar suyo, ignorantes de las fuerzas antagónicas que se enfrentarían en un duelo mortífero hasta que uno destrozara al otro: ¡La suerte contra el mal de ojo!

Es verdaderamente peligroso arriesgar la propia suerte en una prueba semejante. Sigamos el consejo: Nos mantener a distancia de los que tienen el mal de ojo y evitemos toda colaboración consigo.

Entre las personas que están dotadas del mal de ojo, ¡ay!, mucho más numerosas de lo que se cree, hay algunas que saben que traen la desgracia (son las más desdichadas), y las que lo ignoran (son las más peligrosas).

Las primeras terminan generalmente sufriendo graves complejos. Están amargadas, desesperadas, neurasténicas. Van se repitiendo sin cesar que tienen la peste, que nunca pueden lograr lo que emprenden, y que no hay que se asociar a sí. Parecen aquellos leprosos que, en la edad media, agitaban una campanilla para advertir su cercanía.

En la segunda categoría, encontramos, al contrario, a los optimistas, satisfechos de sí, ¡y que serían horriblemente vejados si se les dijese que llevan el mal de ojo! Es una raza muy especial de portadores de mala suerte, pues bien puede ocurrir que personalmente tengan buena suerte que haga prosperar sus asuntos, llevando, sin embargo, desgracia a los otros con constancia y virulencia.

A veces se llega, en la vida cotidiana, a increíbles quid pro quo15 de comedia: Un

hombre de poca suerte, que busca un poco de buena suerte suplementaria, se asocia a un compañero cuyo éxito admira. En realidad ese afortunado tiene el mal de ojo y llevará la desgracia al socio, se manteniendo, sin embargo, en su prosperidad. ¡Cuánta complicación!

Cuando se trata de relación con extraño es fácil rechazar, sin miramiento, a todo individuo que se constate trasmitir la mala suerte. Pero si es un ser próximo y querido, del que uno verifica que lleva el mal de ojo, ¿qué hacer? Es imposible descartar con rigor a un pariente, a un hijo, un amigo íntimo, rechazar toda relación, toda colaboración con los que están ligados a nosotros por la sangre y por el afecto. No es posible, sin embargo, correr a la ruina con los ojos abiertos, se arrojar con la cabeza baja hacia la desgracia, con el pretexto de que los deberes hacia la familia y los amigos son sagrados. ¿Entonces?

El problema que se plantea es saber si existe un medio de neutralizar el mal de ojo, volver inofensivos a los que, sin querer, llevan la desgracia alrededor.

Sobre ese punto soy formal. Respondo que sí. La mala suerte, la que calificaré de venenosa, es decir, que emponzoña a los otros, es causada por un desequilibrio del campo vibratorio, lo que provoca una discordancia entre las vibraciones del individuo que lleva el mal de ojo a las personas de su entorno. Entonces basta, en principio, volver a equilibrar la diferencia entre las dos emisiones, les devolver la sintonía, para que el barómetro de la suerte no vuelva a indicar esa peligrosa depresión.

¡Ay! Ese remedio es muy difícil de aplicar. Quiero dar uno más sencillo, que está al alcance de todo el mundo, y que basta extraer del arsenal de las supersticiones tradicionales: No por eso posee menor eficacia.

15 Quid pro quo es una expresión latina que significa tomar una cosa por otra. Se refiere, en todas as leguas latinas (en portugués

qüiproquó), una confusión o engaño. Tiene origen medieval. Era usada para se referir a un engaño nel uso de términos latinos en un

texto.También significando Eso por aquello. En los países anglosajónicos el significado evolucionó a un sentido distinto. Es allí usada significando un cambio de bien, servicio o favor. http://pt.wikipedia.org/wiki/Quid_pro_quo Nota del digitalizador

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