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as sociedades de la amplia cuenca de Atacama*, con distintos compo-

nentes culturales, legaron una cultura avanzada en la cual un sistema de complementariedad ecológica parece normar todo un conjunto de pre- sencias indígenas entre grupos y territorios vecinos, como producto de una larga tradición de relaciones. La subárea circumpuneña340 del siglo

XVI estaba compuesta por “poblaciones entretejidas y de territorialidad interdigitada” dando cuenta de presencias étnicas atacamas, lipes, huma-

huacas y chichas, por citar algunas, que sugieren identidades diferentes,

pero no necesariamente etnicidades distintas341.

En el espacio que ocupó el Corregimiento de Atacama (Ver Mapa Nº 6), la administración colonial distinguió una población distinta y con diferen- te lengua respecto de los atacamas, y esta estaba constituida por los ca-

manchas o camanchacas, habitantes de la costa, especialmente del asenta-

miento de Cobija. En general, estos pescadores que vivían a lo largo de la costa del Norte Grande llamaron la atención de los europeos por su condi- ción de vida “miserable”, “pobre”, de “gente bruta” y “bárbaros”, y tam- bién por la movilidad y aprovechamiento integral del lobo marino para la construcción de balsas, viviendas, vestuario, alimento, recipientes y cor- delería. Estas poblaciones lograron una buena adaptación a los ambientes costeros-marinos, como la Cordillera de la Costa; además dispusieron de

* Este capítulo para su redacción y supervisión contó con la colaboración de los profesores señor Lautaro Núñez y Jorge Hidalgo, Premios Nacionales de Historia (2003), José Luis Martínez y Hans Gundermann y, especialmente, del Subgrupo atacameño, cuyas conclu- siones y análisis se encuentran incorporados al texto.

340 Corresponde al segmento más meridional de lo que la arqueología andina ha denomi- nado como “Área Centro-Sur Andina” y que se extiende aproximadamente por todo el macizo altiplánico y sus vertientes amazónica y oceánica. (Martínez, José Luis. Pueblos del

Chañar y el Algarrobo. Los atacamas del siglo XVII. Ediciones DIBAM. Colección Antropología.

Santiago. 1998. p. 25.)

341 Martínez, José Luis. “Acerca de las Etnicidades en la Puna Árida en el siglo XVI”. En S. Arce, R. Barragán, L. Escobari y X. Medinacelli (Comps.), pp. 35-65. Etnicidad, Economía y

Simbolismo en los Andes. II Congreso Internacional de Etnohistoria. Coroico. 1992. p. 41. Y el

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excedentes –productos del mar secos y/o salados, conchas, guano– inter- cambiables por otros recursos y bienes de las tierras altas342.

Durante el siglo XVI, la población indígena presente en Cobija fue de- nominada indistintamente: camanchacas, urus, proanches y changos. Lo- zano Machuca hace referencia a los urus de Cobija en el año 1581, afirman- do que en la “ensenada de Atacama, ques donde está el puerto, hay cuatrocientos indios pescadores urus (...)”. El empleo de este término en la documentación colonial del siglo XVI para referirse a los distintos grupos de pescadores de la costa del océano Pacífico, de Arica hacia el Sur, se debería más bien a una extensión semántica peyorativa destinada a describir “gru- pos inferiores”, y no necesariamente emparentados étnicamente con las poblaciones lacustres del altiplano343. En cuanto a la voz camanchaca, al

parecer una de las primeras menciones proviene de Francis Drake en el año 1578, haciendo referencia a los habitantes de la costa de Copiapó344; sin

embargo, más específica es la información de Juan Segura del año 1591, al señalar a camanchacas de Cobija, denominación que siguió en uso hasta mediados del siglo XVII345. En esta misma centuria, el apelativo de proan-

ches los identifica como originarios de Copiapó y Morro Moreno, aunque inscritos en partidas de bautismo y matrimonio de Cobija. En este mismo siglo se empieza a usar la denominación de changos, la que, a partir de 1665, es la única que permanecerá vigente para identificar a las poblaciones de Cobija y de Copiapó hasta el siglo XIX346.

Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de que esta diver- sidad de nombres étnicos de los grupos de pescadores de la costa de Ataca- ma pudiera deberse a que, efectivamente, se tratara de agrupaciones dis- tintas, así como que correspondieran a distintas especializaciones en la pesca y recolección marina, o a categorías clasificatorias sociales o cultura- les, independientemente de su origen étnico e impuestas –por otros– a grupos considerados marginales347.

342 Bittmann, Bente. “Interrelaciones étnicas establecidas a lo largo de la costa del norte de Chile y sur del Perú en el contexto de la colonia”. Estudios Atacameños Nº 7, pp. 443-454. Universidad del Norte. San Pedro de Atacama. 1984.

343 Wachtel, Nathan. “Hommes d’eau: le problème Uru (XVI-XVII siècle)”. Annales E.S.C. 33 année, N° 5-6, pp. 1127-1159. París. 1978; citado en: Martínez, José Luis. Pueblos del

Chañar... Op. cit. p. 64.

344 Bittmann, Bente. “Cobija y alrededores en la época colonial (1600-1750)”. Actas de VII

Congreso de Arqueología de Chile, Volumen II, pp. 327-356. Ediciones Kultrún. Santiago. 1979.

p. 339.

345 Martínez, José Luis. “Información sobre el comercio de Pescado entre Cobija y Potosí, hecha por el corregidor de Atacama, Don Juan Segura (19 de julio de 1591). Cuadernos de

Historia N° 5, pp. 161-171. Departamento de Ciencias Históricas. Facultad de Filosofía, Hu- manidades y Educación. Universidad de Chile. Santiago. 1985. p. 164. Bittmann, Bente. “Cobija y alrededores...” Op. cit., p. 339. El Libro de Varias Ojas sitúa a los camanchacas en Tocopilla, Cobija y Chiuchiu (Martínez, José Luis. Pueblos del Chañar... Op. cit. p. 66) 346 Libro de Varias Ojas, en: Casassas, José María. La región atacameña en el siglo XVII. Univer- sidad del Norte. Editorial Universitaria. Antofagasta. 1974. p. 140.

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Sobre las lenguas que se hablaban en Cobija, los documentos del siglo XVII denotan que “hablan diferente lengua y tan rudas que no ai, quien los entienda, si bien hablan la Española”348, y, por cierto, el kunza,

toda vez que las etnias costeras recibieron por largo tiempo el flujo cara- vanero de los atacameños.

Además, existieron otros grupos étnicos que se vincularon con los atacamas. Es el caso de los lipes, al parecer una denominación étnica, y los picas o guatacondos, que más bien haría referencia o identificaría lugares de origen, pero quienes ya –desde antes de los inkas– se conectaban por los senderos que unían los valles y oasis tarapaqueños por Quillagua, como se ve en los geoglifos de Chug-Chug-Loa Medio. Las referencias docu- mentales de lipes en Atacama durante el siglo XVI, son aisladas; sin em- bargo, en el XVII se las encuentra de manera gravitante en los registros parroquiales. En las primeras décadas habría una ocupación directa de lipes en varios nichos ecológicos de Atacama, congregándose en los pobla- dos de Chiu Chiu y Calama, así como en Aiquina, Caspana, Toconce e Inacaliri. Los poblados de “Calama y Chiu Chiu –centros privilegiados para la obtención de algarrobos y chañares– estaban vinculados a la red de tráfico de pescado seco desde la costa hacia Potosí, por rutas que cruzaban el corregimiento de Lipes, y sumado las estancias ganaderas de Toconce e Inacaliri, se notará que la presencia de los lipes abarcaba una amplia gama de actividades y obtención de recursos; junto con ello, los lipes se vincula- ron a la arriería y establecieron relaciones sociales con la población local, tal como lo demuestran los matrimonios entre originarios de Lipes con atacamas y residiendo en la zona por períodos que abarcarían varias gene- raciones. En el siglo XVIII su presencia disminuye, sin embargo, hacia el siglo XIX nuevamente se hace significativa en los archivos parroquiales”349.

Limítrofe con el corregimiento de Atacama, hacia el Norte, se extien- de la región de Tarapacá constituida por la Pampa del Tamarugal, el de- sierto y las quebradas altas cordilleranas. Hacia el Sur de esta región, se localizan los oasis de Pica y la quebrada de Guatacondo, los que, junto a otras localidades más pequeñas –como Quillagua y Puerto Loa–, forma- ban la doctrina de San Andrés de Pica. Hay varias referencias que dan cuenta de que en el siglo XVI los originarios del Sur tarapaqueño se rela- cionaban con los atacamas; Vivar señala que los tarapaqueños les advirtie- ron a los habitantes de Atacama, con anticipación, del paso de los ejércitos invasores de Pedro de Valdivia (1540). Tanto tarapaqueños como ataca-

348 Hidalgo, Jorge y José Luis Martínez (Eds.). “Padrón y Revisita de Atacama del Corregi- dor Alonso de Espejo, ordenada por el virrey Duque de la Palata”. 1683. Transcripción de Jorge Hidalgo, Nancy Hume, María Marsilli y Rebeca Correa. Estudios Atacameños Nº 10, pp. 79-124. Universidad Católica del Norte. San Pedro de Atacama. 1992. p. 79.

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mas compartieron –y comparten– espacios y recursos en ambos territo- rios; sin embargo, durante el siglo XVII los registros parroquiales señalan una mayor estadía de atacamas en Tarapacá, mientras que en el XVIII hay un aumento de registros de presencia de tarapacás en Atacama, ya que picas y guatacondos se encuentran en varias estancias, minerales y pobla- dos de la cuenca del río Loa, en tanto que muy pocos casos se localizan en la cuenca del Salar de Atacama350. (Ver mapa Nº 7)

En este sentido, en el territorio atacameño –particularmente Ataca- ma la baja– se percibe un panorama multiétnico, y como correlato de ello, los datos lingüísticos apuntan a una suerte de multilingüismo351.

A partir del siglo XVI, la clasificación atacameño cubre con un manto de homogeneidad a los indígenas que, bajo ese nombre –de acuerdo a los documentos coloniales–, fueron identificados por la administración espa- ñola respecto de toda la población que habitaba el territorio352. La inva-

sión europea y la constitución del orden colonial en estos territorios se hará intensa hasta la independencia de la Corona española de los nacien- tes estados nacionales.

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