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interpretación del PH de la CM a través del acercamiento a los fenómenos culturales generales que lo han propiciado, comprobando como éstos se han decantado, de una manera particularizada, en la región de Madrid. El planteamiento general del libro, diferente a la definición de las distintas áreas de influencia de determinadas escuelas o maestros y al estricto seguimiento de la evolución formal de los estilos artísticos, permitirá una mejor aproximación al PH de un público interesado en el tema mero, no especialista. Los diferentes capítulos realizan un recorrido por el PH del territorio que hoy constituye la CM, partiendo de los primeros vestigios prehistóricos para llegar hasta la Edad Contemporánea. Este recorrido se contiene en dos volúmenes, el primero, ya editado, comprende desde la prehistoria al Renacimiento y el segundo, que ahora se presenta, desde el Barroco al siglo XX

4. RAMOS, Rosalía; REVILLA, Fidel. Historia de Madrid: De Magerit al siglo XXI. Madrid: La Librería, [2005]. Estructurado en capítulos dispuestos en orden cronológico: 1 Prehistoria, Madrid medieval, Austrias, Borbones, 1/2 s. XIX, 2/2 s. XIX, 1900-1940, 1940-1979, democracia; acompaña galería de personajes, cronología, planos y bibliografía. Un libro para conocer la historia de Madrid, desde la prehistoria hasta los inicios del siglo XXI. Un texto sencillo y didáctico, ameno y riguroso, acompañado de ilustraciones, planos, galería de personajes y cronología, que convierten esta obra en un imprescindible libro de consulta.

Por último: acudir a los archivos y centros de documentación de la CM (ver tema) 3 - BIBLIOGRAFÍA

• DELGADO CASADO, Juan. Las bibliografías regionales y locales españolas: (evolución histórica y situación actual): Madrid : Ollero y Ramos, 2003

38 – EL LIBRO INFANTIL. OBRAS DE REFERENCIA Y FUENTES DE INFORMACION 1 – EVOLUCIÓN HISTÓRICA

Orígenes

Esta literatura se define y evoluciona en función de las ideas sociales sobre la infancia y la adolescencia; y las obras sancionadas socialmente como narrativa de calidad se proponen para cumplir una función de formación cultural de la infancia y la adolescencia en dos vertientes: favorecer su educación social a través de una interpretación del mundo e iniciarla en el aprendizaje de las convenciones literarias.

La intención de presentar una obra compuesta verdaderamente para los niños aparece en Europa en el siglo XVII y la más notable es el Orbis Pictus de Comenius (1657). Es un alfabeto, un tratado de moral, una historia natural, pero sobre todo un libro de imágenes. La idea de Comenius era que cualquier cosa que se nombrase delante del niño pudiese a su vez ser nombrada: así, el mundo desfila ante los ojos del niño en una obra que es el primer libro ilustrado para ellos.

La literatura infantil escrita toma forma definitiva con Bunyan (The Pilgrim's Progress, 1678-84) y Fenelon (Fábulas y Telémaco, 1699), que utilizan el cuento como soporte de la enseñanza moral, que es el verdadero objetivo de estas obras. Pero la idea fundamental de la literatura infantil se fundamenta en la existencia de una edición que les esté especialmente destinada: únicamente a partir de aquí se puede hablar de una literatura infantil. Este acontecimiento tiene lugar al mismo tiempo en Francia, donde Pellerin crea las Estampas de Epinal (1745) y en Gran Bretaña, cuando John Newbery abre en Londres la primera librería para niños, The Bible and Sun y entre 1744 y 1767 publica cuidadosas pero baratas ediciones de libros para niños -little pretty pocket books-, conteniendo obras como los Cuentos de Perrault, y adaptaciones de Gulliver o Robin de los Bosques escritas por él mismo con la ayuda de Goldsmith. Así, el libro infantil alcanza naturaleza propia a finales del siglo XVIII tomando prestados del cuento popular algunos de sus temas esenciales -la búsqueda, la prueba, la peregrinación, etc-, y utilizándolos como instrumentos de moralización.

Siglo XIX

Poco a poco, el libro infantil va abandonando su carácter didáctico para entrar en la categoría de lo lúdico, cambio que va unido a las profundas modificaciones que se producen en la relación adulto-niño. Este diálogo nuevo, que aparece con el romanticismo, supone una interacción afectiva, con sus contradicciones y conflictos, y marcará decisivamente la literatura infantil de todo un siglo que descubre y sacraliza los valores de la infancia (Andersen, Carroll, Ségur, Kipling, Mark Twain, etc.). Hans Christian Andersen publica en 1835 su primera colección de historias para niños y continúa publicando sus obras en forma de pequeños libros hasta su muerte en 1875. Andersen utilizó temas populares que narra como un hombre de pueblo, al tiempo que introduce un animismo que sitúa lo maravilloso en la vida cotidiana. Su influencia será considerable en la mayoría de los escritores de libros para niños del mundo entero.

Pero la más perfecta expresión de lo fantástico será Alicia en el país de las maravillas (1865) y A través del espejo (1871), de Lewis Carroll. La fantasía de Carroll no es sublimación de la realidad, sino deformación de la misma y el paso a otro mundo donde ya no se encuentran los puntos de referencia habituales. En el campo de la pura extravagancia, la Inglaterra victoriana produjo otra obra igualmente remarcable, aunque mucho menos conocida que las anteriores: The book of Nonsense, de Edward Lear, inspirado claramente por los nursery rimes Menos imaginativo que Carroll, Lear era en cambio un genio del lenguaje y es el creador de una forma muy particular de expresión verbal que él mismo llama nonsense, poemas cortos de una comicidad violenta y absurda, realzados con ilustraciones bufas del mismo Lear.

La literatura infantil de la segunda mitad del siglo XIX se caracteriza, sobre todo, por una representación directa del universo familiar del niño. Es la época en que la familia se estructura y se limita, la escuela se convierte en el único lugar de relación

social del niño y la infancia burguesa puede enternecerse ante las desgracias de los pobres y explotados. La situación del niño comienza a preocupar a la opinión pública, preocupación que volverá a aparecer en el segundo romanticismo. La primera figura de niño proletario es Oliver Twist. Sin embargo Dickens no pensó jamás en un público infantil cuando creo a sus personajes, sino que lo hizo impulsado por una corriente social intensa que convertía a las figuras de los niños en mercancía de fácil venta. Es la época de novelas populares que se convertirán en clásicas, de los folletines y de los magazines para niños.

En Francia, Hetzel lanza el Magasin d'éducation et de récréation y en USA, Mary Dodge edita el Saint Nicolas, publicación periódica para niños. Es una época de esplendor para el libro destinado a los niños y aparecen muchos escritores que se encuentran a medio camino entre la literatura popular y la literatura para niños: en USA, Louise M. Alcott, con Little Woman (1867) y Mark Twain, con Tom Sawyer (1871) y Huckleberry Finn (1884), que rompe con la tradición del niño bueno; en Francia la Condesa de Ségur, que crea el famoso personaje de Sophie y Jules Verne, que comienza a publicar en 1863 sus Viajes extraordinarios en el Magasin y que llegó a escribir sesenta y tres obras de irregular factura para la juventud. En Inglaterra, Stevenson publicaba obras como la Isla del Tesoro (1883), y la Flecha Negra (1888) en revistas para niños -Young Folk- al tiempo que otras, como el Dr. Jeckyll (1886), iban claramente destinadas a un público adulto. En Italia, Edmondo De Amicis publica una obra realista de clara simpatía garibaldina, Corazón, que busca promover las virtudes morales y patrióticas entre los niños.

Finales XIX – XX

A finales del siglo XIX y principios del XX, la literatura infantil conoce otra época en la que aparecen las obras más conocidas, aún hoy actuales, y que dura hasta la II Guerra Mundial. Escritores consagrados se interesan por el mundo infantil. Salen a la luz verdaderas obras maestras del género, como Pinocchio (1883), de Collodi, El Libro de la Selva (1894), de Kipling, El maravilloso viaje de Nils Holgersson (1907) de Selma Lagerlöf, El viento entre los sauces (1908) de Grahame, las obras ilustradas Tintín (1929), de Hergé e Historia de Babar (1931), de Jean de Brunhoff y Peter Pan (1940) de James Barrie.

Sin embargo, esta producción no era continua ni poseedora de un valor propio. El libro infantil no consigue el estatuto de objeto cultural, y junto a estas obras espléndidas existe una gran cantidad de obras mediocres y malas. Esta clase de publicación sólo estaba valorado en la escuela, donde a veces tomaba la forma de un premio, en la comercialización que de él se hacía en Navidad y en el mundo de la bibliofília cuando poseía ciertos valores derivados de la ilustración romántica y de la imaginería popular. Tras el progreso del siglo XIX se había asistido a un retroceso. Durante el ascenso del fascismo y la II Guerra Mundial hubo en este campo un agotamiento de la imaginación y después una comercialización salvaje que suponía el inicio de una industria: la fabricación en serie de un objeto de consumo.

Frente a los valores defendidos por la escuela, promovidos por la cultura burguesa e integrados, de uno u otro modo, en la literatura de los grandes clásicos infantiles, la literatura para niños de los años 1930-1960 es, considerada en conjunto, bastante mediocre. Esta mediocridad es tanto cualitativa como cuantitativa: la edición está concentrada, los editores duplican los libros de ocio con sólidas colecciones de clásicos y libros escolares y la producción es pobre, aunque con algunas notables excepciones. El desarrollo de inmensas colecciones no hace más que acentuar el carácter deslucido de esta fabricación de libros para niños buenos. Aunque sus antecedes se remontan a los años veinte, quizá lo más notable de la época fueran los cómics norteamericanos de héroes más o menos fantásticos y bastante violentos - Superman, Dick Tracy, Spiderman, etc.-, más que por su calidad, por su difusión y por la influencia evidente que tendrían en el mundo entero en años posteriores y que terminarían por definir un tipo de cultura gráfica. Más tarde comenzaron a extenderse y afianzarse en todos los países los cómics y tebeos para niños, basados en historietas

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gráficas con poco texto y generalmente humorísticos, aunque también aparecían de tipo policíaco, bélico, histórico y los llamados géneros "rosa" y "de hadas".

En el decenio de los sesenta, especialmente a partir de 1965 se asistió a la proliferación de una forma literaria para adolescentes, a medio camino entre el testimonio y el mensaje moralizante: era la época de la literatura de problemas, de información y de denuncia, muy de actualidad en los países nórdicos y anglosajones, pero que quedaron rápidamente desfasadas. Al mismo tiempo aparece otro grupo de clásicos de la literatura infantil y juvenil, que dan lugar sobre todo a personajes que son protagonistas de una serie de historias y aventuras: Guillermo Brown, en Gran Bretaña, el Pequeño Nicolás en Francia, etc. Muchos de ellos son personajes de cómics cuyas peripecias se hacen familiares en todo el mundo: así, al Tintin de Hergé que había aparecido el año 1929 le siguen en esta época Asterix y Obelix, el Gran Visir Iznogoud o Luky Lucke, entre otros.

La literatura infantil salió del anonimato gracias al libro ilustrado, mediante un mecanismo parecido al que lanzó a cómics y tebeos, pero cuyo punto de partida era pedagógico y no estético. Hacia 1970 se asiste a una verdadera organización social, en torno al libro y a la creación, de un grupo de especialistas, algo inimaginable veinte años antes. Este interés por el libro infantil había sido reclamado por los educadores desde el final de la II Guerra Mundial, en un momento en que el mito de la escuela como único medio de acceso al saber comenzaba a tambalearse y las insuficiencias de la enseñanza parecían claras para algunos.

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