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Consecuentemente, el sabio no debe­ ría alarmarse cuando se enfrenta con la fortuna, de la misma manera que el esforzado soldado no se alarma cuando suena el grito de combate.'

Boecio, La Consolación de la Filo­

sofía, IV: 6

C om o Boecio también dijo, « L a única alegría ver­ dadera surge del control que de uno m ism o tenga­ mos ante la adversidad» (L a consolación de la Filo­

sofía. Título resumen del libro II, 4). Y de manera

mucho más jocosa algún brom ista recogió esta m is­ ma idea: « S i la vida no te da más que limones, pro­ cura encontrar una botella de tequila y sal». En fin, yo no es que recomiende esta forma de ver las cosas, pero a veces reírse sirve para poner las cosas en perspectiva, aunque los estoicos no destacaran d es­ de luego por su sentido del humor.

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1. Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián. Madrid, Alianza, 2004.

Maimónides (1135-1204) sobre la auto­ disciplina

Cuanta más virtud adquiera el hombre, menos afecta­ do se sentirá por estas dos cuestiones: lo bueno y lo malo. De forma que aunque le sobrevenga uno de los grandes bienes del mundo... no se excitará por ello, no lo magnificará. Cuando le llegue un gran perjuicio y una de las grandes adversidades de la vida... no le con­ fundirá ni le perjudicará, sino que sabrá soportarlas con entereza.

Régimen sanitatis2

El fam oso filósofo, teólogo y m édico medieval, tam­ bién conocido por el acrónimo Rambam, experi­ mentó la buena y la mala fortuna en muchas ocasio­ nes. Dicen que la muerte de su hermano pequeño, David, en el mar, dejó a M aimónides sum ido en un desconsuelo de años. Y sin em bargo, parece que sus ideas sobre la disciplina emocional le sirvie­ ron de mucho a lo largo de su vida, profusa y com­ plicada.

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2. Traducción española de Lola Ferre. Maimónides. Obras médicas. Gra­ nada, Eds. El Almendro. 1996 (p. 80).

El arte de vivir es más semejante a la lucha que a la danza...

Marco Aurelio, Meditaciones, VII: 61

¿P or qué a la lucha? M arco Aurelio explica que en la vida, com o en la lucha, debem os «m antenernos inamovibles y preparados para lo que nos pueda caer». M ás fácil es decirlo que hacerlo, claro.

Vamos a ver lo que le pasó a Fred , un progra­ m ador inform ático de 47 años que estaba esp e­ rando un ascenso dentro d e la em presa en la que llevaba trabajando más de 20 años. C u ando la «b u rb u ja tecnológica» explotó, el jefe de Fred le llam ó a su despacho para inform arle d e que le iban a hacer una «o ferta de jubilación». Fred no daba crédito a lo que oía y se lo tom ó fatal, pero accedió a leerse la propuesta. Resultó que a Fred efectivam ente lo despedían del trabajo a cam bio d e una indem nización y unos beneficios muy e s­ casos.

L o s prim eros diez o quince días Fred se sum ió en una crisis em ocional. C om o él m ism o conta­ ba: «A n d ab a alicaído por la casa de acá para allá, me qu ed ab a en la cam a hasta m ediodía y com ía lo que encontraba en la nevera. ¿P ara qué m oles­ tarm e en ir a trabajar? M e iban a echar igual». D espués, cuando su m ujer le instó a que visitara a un «a se so r laboral», F red se anim ó un poco. D eci­

dió enfrentarse a su jefe y luchar p o r conseguir una m ejor oferta. C u an d o su jefe le d ijo «e sto es lo m ás que te pod em os d ar», F red contrató un ab o ­ gado y advirtió a la em presa d e que pen saba de­ fender su indem nización p o r encim a d e todo. La em presa decidió m ejorarle el desp ido, aum entan­ d o los beneficios en un 30 p o r ciento, lo cual hizo posible que F red m ontara con éxito su propia con- sultoría.

Shakespeare nos recuerda que «D u lce es el fruto d e la adversidad...» (Com o gustéis, II: 1-12). Pero la mayoría de las veces tenem os que luchar contra la adversidad para ver si le podem os «arreb atar» al­ gún inesperado tesoro. El ejem plo m ás fam oso en este sentido es la lucha de Ja c o b con el Ángel, que describe el G énesis, 32: 25-33. Recordarem os que el arcángel Miguel después de pasar la noche lu­ chando con Ja c o b «h asta que rayaba el alba», al fi­ nal le pide que lo suelte. Ja c o b le contesta: « N o te soltaré si antes no me bendices». El ángel accede y desde entonces Ja c o b pasó a llam arse Israel, «... porque has luchado con D ios y con los hom bres, y has vencido». Pero la batalla tuvo sus costes: « J a ­ cob fue tocado en la articulación del fémur, en el nervio ciático».

L a enseñanza que extraem os de esta parábola, creo, es que debem os a estar dispuestos a «p elear» con la vida y con la muerte, si querem os recibir las bendiciones que suponen el crecimiento personal

y la integridad espiritual. Puede que nos lastime­ m os en la batalla, es cierto, pero a menudo merece la pena.

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Estad preparados

por ello nada hay que no deba ser previsto. Nues­ tro ánimo debe anticiparse a todo acontecimiento y pensar no ya en todo lo que suele suceder, sino en todo lo que puede suceder... Tomemos en conside­ ración todas las posibilidades del destino humano y anticipémonos mentalmente no sólo a cuantos accidentes suceden con frecuencia, sino a cuan­ tos en el mayor número puedan suceder, si no quere­ mos vernos abatidos y quedar atónitos ante tales acontecimientos insólitos como si fueran excepcio­ nales.

Séneca, Epístolas morales a Lucilio, XCI: 4-8

Estoy escribiendo este texto tras el desastre del huracán K atrina y cuando se cum ple el 4 .° aniversa­ rio de los ataques terroristas del 11 d e septiem bre. E s indudable que am bos -p e se a las m uchas diferencias que los sep aran - com parten el hecho

de haber burlado todas las previsiones. Q uiero de­ cir con ello que ninguno fue previsto de manera

eficaz; que las previsiones no sirvieron para prote­ ger a la población am ericana ni evitaron la catástro­

fe que después le sobrevino. N i que decir tiene que los expertos en terrorismo y las fuerzas de inteligen­ cia ya habían advertido de que podía producirse algo similar al 11-S; y m uchos expertos en hura­ canes y riadas habían pronosticado los efectos de­ vastadores que podría tener el im pacto de un po­ tente huracán sobre N ueva Orleans. Pero por la razón que sea, nuestra imaginación no consiguió

reclutar a la voluntad para su causa. E incluso mu­

chas «autoridades», cuando se les presentaron al­ guno de los artículos escritos años antes del Katri-

na, en los que literalmente se predecían los horrores

que iban a producirse, m uchas se excusaban con frases como: «M ire U d., sí, sabíam os que los diques podían desbordarse, pero no habíam os contado con que se rompieran realm ente». T he New York

Times (9/11/05) decía que m uchas d e las perso­

nas que residían en N ueva O rleans creían firme­ mente que la ciudad estaba protegida p o r D ios y que los huracanes potentes se desviarían en el úl­ timo m om ento. Séneca se entristecería al escuchar estas cosas. « E l azar discurre algún nuevo medio con que im ponem os su dom inio, cuando nos he­ m os olvidado d e é l» (E pístolas m orales a Lucilio, X C I: 5).

La fuerza sólo se obtiene de una manera: te levantas al amanecer y afrontas lo que te manden, procurando no despeinarte.

Reynolds Price en Kate Vaiden

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¿El pepino es amargo?: tíralo. Hay zarzas en el cami­ no: esquívalas. Basta con ello. No añadas: «¿Por qué existen estas cosas en el mundo?

Marco Aurelio, Meditaciones, VIII: 50

Helen era una profesora d e M atem áticas, jubilada, de 67 años, que había perdido a su m arido el otoño anterior después de unos 40 años d e casados. D es­ d e que se jubiló a los 65, H elen no hacía m ás que am argarse pensando lo «in ju sta» que había sido la vida con ella. «Siem pre m e ha tocado bailar con la más fea», le decía, quejándose, a una amiga. « L o prim ero, yo realmente no quería jubilarme, pero no andaba bien de salud y me dijeron que no estaba rindiendo lo suficiente. L u ego este noviembre pasa­ d o se m urió Bill y el “ colchoncito” que habíam os ido haciéndonos con los ahorros, resultó poco me­ nos que en nada. A hora tengo que com pletar la pensión dando clases particulares, que no me gusta. Pero ¿p o r qu é m e toca todo a m í?, eso es lo que no

puedo quitarm e de la cabeza.» Helen se encontraba dándole vueltas una y otra vez a la m uerte de Bill, pero pensando sólo en lo «in ju sto » que había sido que le «hubieran separado » de ella.

Pero lo malo no termina ahí. Helen acababa de saber que tenía un bulto en el pecho y tenía que afrontar el m iedo a la biopsia y quizá al cáncer. «E s com o si el m undo se volviera contra mí, y yo no p u ­ diera hacer nada», le decía resentida al terapeuta. «S i D ios existe, ¡desde luego tiene un sentido del hum or bien ácid o !», añadía con amargura.

C om o dijo H arold S. Kushner en su conoci­ da sentencia, a veces « a la gente buena le suceden cosas m alas». E stá claro que la mayoría pode­ m os ponem os en el lugar de Helen y entender su amargura. Claram ente ha perdido personas y cosas im portantes y ha sufrido m uchas frustraciones. Pero ¡casi todos direm os lo mism o cuando tenga­ m os la edad de Helen! Y no todos vam os a terminar con una am argura crónica, ni estarem os siempre quejándonos de «bailar con la m ás fea». L a auténti­ ca verdad es que o nos atorm entam os intentando entender por qué el m undo es tan absolutamente «in justo», o dam os pasos para mejorar la situación en la que nos encontram os; es decir, «esquivam os las zarzas». El filósofo Lou M arinoff lo expresa de esta forma:

¿Sirve de algo decir «S é que me acabo de quedar sin trabajo, pero no voy a am argarm e por eso»?

D esd e luego que sí. Perder el trabajo seguro que produce tristeza, pero también podem os tomarlo com o ocasión para encontrar otro mejor. Y esto funciona con m uchos tipos d e pérdidas (M arinoff, 20 0 3 :1 3 9 ).

Y de hecho podem os incluso utilizar las adversi­ dades de la vida para conseguir mayor profundidad de carácter y mayor madurez emocional. L o cual no es fácil, desde luego; requiere práctica y disciplina. L o s antiguos rabinos apuntan: « E l corazón roto prepara al hom bre para servir a D io s...» (Buber, en Besserman, 1994: 185). Y probablem ente se refie­ ran a algo relacionado con esto. E l que ha sufrido un poco está mejor equipado para entender lo que sufren los dem ás y para ayudarlos. P or eso, aunque casi nadie elija pasarlo mal voluntariamente, tam­ poco hay que rechazar las adversidades o verlas com o una carga inútil que nos impone un D ios in­ justo.

N o pienses en la enfermedad Epicuro dice:

Durante mi enfermedad no eran mis conversaciones sobre mis sufrimientos físicos ni hablaba... con quie­ nes me visitaban de cosas semejantes, sino que seguía adelante con los principios de las ciencias naturales, intentando es especial ver cómo la inteligencia, que

participa de tales afecciones corporales, se mantiene en calma, velando por su propio bien, y tampoco per­ mitía a los médicos... encabritarse por lo que hacen, sino que mi vida transcurría feliz y digna.

Marco Aurelio, Meditaciones, IX: 41

D esd e una perspectiva budista, R obert Thurman aboga por la m editación com o vía de acom eter el sufrim iento: «P ien sa... las miles de m aneras con que pueden abatirnos la enferm edad, el dolor, los agravios, el desconsuelo, la m uerte. ¿P ara qué ha­ cem os esto? ¿P o r qué lo hacem os? P orque re­ flexionar sobre la presencia tan extendida que tiene el sufrim iento nos ayuda a sobrellevar nues­ tro dolor, poniéndolo en perspectiva» (Thur­ m an, 170).

¿Cuánto es sufrir mucho?

Séneca era terco, pero no del todo insensible al do­ lor y al duelo. Dice,

... mas a nosotros se nos puede disculpar que nos haya­ mos dejado arrastrar por las lágrimas, si no las hemos derramado con exceso, si nosotros mismos las hemos contenido... Las lágrimas han de brotar, pero no se ha de sollozar... [E]s preciso que evoquemos con una cierta

congoja el nombre de los difuntos que amamos, pero tal congoja tiene también su placer.

Séneca, Epístolas morales a Lucilio, LXII: 1-4

Probablem ente m uchos psicólogos y psiquiatras no estén de acuerdo con Séneca en este aspecto, con el argumento de que «cad a uno tiene que encontrar la mejor manera de llorar la muerte de alguien... no se puede acotar el duelo de manera artificial». Y hay buena parte de razón en lo que sostienen. Pero tam ­ bién hay un puntúo de verdad en la idea senequista de que al final hay que buscar el m odo de poner lí­ mite al sufrimiento. Sin esos límites, estarem os entregándonos en vida al espíritu de la muerte. El m édico y erudito M oses ben M aimón (Maimóni- des) también lo veía así en el siglo Xll. Para él el duelo era necesario, digam os, después d e la muerte de un ser querido, pero recom endaba no prolon­ garlo, ni exagerarlo dem asiado. P or eso en su obra

M ishnet Torab (Hilkhot Avet, 13: 1), M aim ónides

aconseja lo siguiente: «T res días para el llanto, siete para el panegírico, treinta para la abstención de cortarse el cabello»3 (Halkin y Hartm an, 291). Y por sorprendente que resulte, sugiere una manera de actuar muy concreta para conseguir que el des­ consolado abandone el proceso de duelo:

3. Traducción española de Abrahm Platkin, et al. Tel Aviv: El drhot de ¡a vida, 1982

Durante los tres primeros días, el que ha sufrido la pérdida de su ser querido debería sentirse como si tu­ viera un cuchillo al cuello; los cuatro días siguientes, como si la amenaza le esperara a la vuelta de la esqui­ na; y a partir de ahí como si le fueran a sorprender por la calle. Este tipo de pensamientos le ayudará a dar lo mejor de sí y empezará a moverse.

Halkin y Hartman, 292; Hilchot Avel, 13: 12

Y realmente, esto no es sino una forma de «visuali- zación guiada» muy similar a la que se utiliza en el tratamiento de problem as fóbicos o postraumáticos. El mensaje viene a ser el siguiente: «E l dolor está bien, siem pre que esté razonablemente controlado. Pero a veces hay que luchar por superar ese dolor».

*

Créeme, también en el lecho hay un sitio para la virtud. Séneca, Epístolas morales a Lucillo, LXXVIII: 21 N o, al pronunciar esta sentencia, Séneca no estaba pensando en la potencia sexual, sino en el heroísmo que pueden m ostrar quienes se enfrentan a una en­ ferm edad grave. Considerem os el caso de Lenny, un arquitecto de 55 años, al que tres años antes se le había diagnosticado una artritis reumatoide. Ade-

m ás de que los dolores y la hinchazón de las manos le impedían trabajar, Lenny sentía que poco a poco se iba desm oronando anímicamente, tanto más cuanto m ás limitado se veía. « Y yo ¿p ara qué valgo ah ora?», le decía a su mujer. « A lo único que me he dedicado es a la arquitectura, y la arquitectura es lo único que me ha gu stad o .» Lenny iba sum iéndose progresivamente en la apatía y el abandono.

A Lenny, Séneca le contestaría lo mism o que le contestó a su am igo Lucilio, enferm o de una tos crónica y aguda:

La mala salud afecta a tu cuerpo, no a tu alma... pero si acostumbras a tener tu alma igualmente en activo, aconsejarás, enseñarás, escucharás, aprenderás, inda­ garás, recordarás. Pues, ¿qué? ¿Piensas que no haces nada, si eres un enfermo temperante? Demostrarás que la enfermedad puede dominarse o, por lo menos, soportarse. Créeme, también en el lecho hay un sitio para la virtud... Tienes de qué ocuparte: combate con denuedo tu enfermedad... ¡Oh, qué gran oportunidad de gloria tendríamos si nos contemplaran en nues­ tra enfermedad! Contémplate tú mismo, felicítate tú mismo.

Séneca, Epístolas morales a Lucilio, LXXVIII: 20-21 Séneca sabía de lo que hablaba. D esd e niño sufría ataques de asm a y en algún m om ento reconoció

que si no se suicidaba era porque creía que su padre no podría superar la pérdida de un hijo (Cam pbell, 7). Y aun así, cuando escribió las cartas a Lucilio, cum plidos los 60 años, Séneca seguía m anteniendo una plena actividad mental, política y social. Y para aquellos casos en que el m iedo a la m uerte nos cercena, Séneca escribió: «U n a sola jor­ nada del hom bre instruido cunde m ás que la vida muy larga del ignorante» (E pístolas M orales a Luci­

lio,

LXXVni:

2 8

).

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La buena fortuna siempre engaña; la adversa instruye. Boecio, La consolación de la Filosofía, II: viii

Calcula, espera todo.

De la cólera, II: 3 1.44

Cuando te vuelvas a encontrar triste, pensando que te ha tocado vivir una vida «d u ra», léete la biografía de Boecio o de Séneca. Boecio (C 480-524 d.C .), po­ lítico y filósofo romano, intentó eliminar la corrup­ ción del gobierno, y terminó en la cárcel acusado de conspiración y «sacrilegio» a través de falsos cargos. Mientras cumplía su pena, Boecio escribió una de 4. Traducción española de Enrique Otón. Madrid, Alianza, 2004

las obras filosóficas m ás influyentes de la E dad M e­ dia, La consolación de la filosofía. D esde la sima de su aislamiento, Boecio decía:

Quizá no entiendas todavía lo que estoy diciendo. Tra­ to de decir algo muy particular; por eso apenas si en­ cuentro palabras para explicártelo. Pienso, en efecto, que la fortuna aprovecha más a los hombres cuando les es adversa que cuando les es propicia. La buena fortu­ na siempre engaña con sus falsas apariencias de felici­ dad... [La adversa], en cambio, libera a los hombres por el reconocimiento de lo frágil que es la felicidad. Boecio, Libro II: viii

Puede que nos parezca un tanto amarga esta re­ flexión, pero ¿qué culpa tenía el autor? ¿E staba d e­ trás de algo? C uando vuelvas a ver uno de esos con­ cursos televisivos en los que el ganador de un coche se pone a dar saltos de alegría, piensa en las caute­ losas palabras de Boecio.

Séneca tuvo la mala suerte de vivir en la época de Nerón, un em perador perturbado de quien había sido preceptor. C om o Boecio, Séneca se vio falsa­ mente acusado de conspiración y obligado a suici­ darse. (Nerón, que había m atado a su propia madre y a su propio hermano, seguro que habría termi­ nado con Séneca, si éste no se hubiera suicidado.) E l filósofo perm aneció im perturbable, y sentenció:

«¡D esp u és de matar a su m adre y a su hermano, lo único que le quedaba era m atar a su profesor y pre­ cep to r!» (D e Bottom , 2000). C uando Séneca insi­ núa: «calcula, espera to d o », hablaba desde la expe­ riencia m ás profunda y dolorosa.

*

Vas de acá para allá a fin de sacudir el peso que te abruma, que por el mismo ajetreo resulta más molesto. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, XXVIII: 3

Kate era una indolente crónica. M ujer brillante y creativa, siem pre dejaba «lo difícil» para el final, cuando apenas tenía tiem po ya d e hacerlo pausada­ mente. El problem a le surgía en su vida personal y en la profesional. En el periódico donde trabajaba com o correctora de pruebas, siem pre posponía la «com probación de los dato s», hasta poco antes de tener que entregar el trabajo a su jefe. L a mayoría de

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