Según lo expresado antes, una nota central de los hechos que tramaron el advenimiento del macrismo en Argentina, y que lo alimentan y apuntalan en la actualidad, es el papel de los medios de comunicación, en particular el del perio- dismo llamado “hegemónico”.
La “hegemonía” del mentado periodismo se edificó sobre la base material de una fenomenal concentración de empresas de medios de comunicación, que monopolizó y monopoliza, en términos concretos, el grueso de la información que circula socialmente. Tal concentración económica de estas empresas fue y
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es condición de posibilidad de su capacidad de bombardear a la opinión públi- ca con informaciones claramente direccionadas a la construcción de enemigos políticos y sociales, a la atribución de responsabilidades económicas y políticas respecto de las penurias populares a tales enemigos, que resultan coyuntural o estructuralmente un obstáculo para la realización de sus objetivos empresariales y de sus mandantes internacionales y locales.
Sin dudas la injerencia del poder mediático en la vida social y política mundial y continental no es novedosa, quizás uno de los ejemplos más claros de su capacidad destructora y su alianza con los poderes fácticos, políticos, eco- nómicos, religiosos, sea la intensa ofensiva llevada adelante por la televisión y la prensa chilena durante el gobierno de Salvador Allende, especialmente protago- nizada por el Diario El Mercurio, entre otros medios escritos y televisivos,3 que
culminó en el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.
Lejos de las marcas del nacimiento de una esfera de opinión pública crítica a finales del siglo XVIII, tal como analiza Habermas (1981) en su estudio Histo- ria y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública, asistimos desde hace largo tiempo a una captura de la opinión pública por parte de un empresariado mediático que hace creíbles, en tanto da un sustento de cre- dibilidad, las falsas noticias y diversas formas de la infamia propagadas a través de otros soportes tecnológicos y comunicativos, como las redes sociales, que, aunque hijas del universo virtual, no dejan de tener bases materiales.
La conocida frase del periodista Julio Blanck, del Grupo Clarín, quien en 2016 confesó en una entrevista que durante el gobierno kirchnerista se había llevado adelante un “periodismo de guerra”,4 pone blanco sobre negro cuál sea
el cometido fundamental de las actuales empresas periodísticas: llevar adelante una guerra total, que prescinde por completo de la relación entre la información divulgada y la realidad, para favorecer intereses muy determinados y acordes a los planes de los grupos económicos concentrados.
No se trata meramente de un acontecimiento acorde con la noción de “posverdad”, sino de un montaje político ideológico de factibilidad imposible sin el proceso de concentración mediática que impide cualquier disonancia informa- tiva. Este estado de cosas se ha cimentado en decisiones políticas y económicas que, aunque en el caso del Grupo Clarín tuvieron su origen en la última dictadura militar, fueron puntualmente convalidadas en los gobiernos democráticos de las últimas décadas.
El gran pensador vienés Karl Kraus, crítico agudo del periodismo y los
3 Al respecto puede consultarse: Carmona, E. (editor) (1997). Morir es la noticia. Colectivo de
la Escuela de Periodismo de la Universidad ARCIS, http://www.derechos.org/nizkor/chile/libros/ reporter/, en su primera sección “Periodismo, política y DDHH”.
4 La entrevista y su transcripción puede consultarse en https://www.laizquierdadiario.com/
49 medios de prensa de su época, dejó en claro en muchos lugares el rol bélico de esta actividad en contextos ya no tan diversos a los nuestros.
¿Es la prensa un mensajero? No: es el acontecimiento. ¿Un discurso? No: es la vida. No solo plantea la exigencia de que el verdadero acon- tecimiento lo constituyan sus noticias sobre los acontecimientos, sino que provoca también esa siniestra identidad por la cual, en aparien- cia, se informa de los hechos antes de que se hagan realidad. (...) La prensa no es un mozo de equipajes. Es el acontecimiento. De nuevo el instrumento nos ha superado. Hemos colocado al hombre, que debe comunicar la existencia de un incendio y que debería jugar el papel más subalterno dentro del Estado, por encima del mundo, del incendio, de la casa, de los hechos y de nuestra imaginación. (Kraus, 2011, p.289)
“El instrumento nos ha superado”, dice Kraus, y hemos puesto a la pren- sa por encima de las instituciones, e incluso por encima de la imaginación. Al respecto, y en su notable ensayo sobre Karl Kraus, Walter Benjamin señala la obsesión del vienés por desmontar lingüísticamente este perverso edificio: “reco- rre por las noches las construcciones sintácticas de los diarios y espía el interior, detrás de las fachadas de los tópicos, descubriendo la violación y el martirio de las palabras en las orgías de la ‘magia negra’” (Benjamin, 1998, p.83).
La “magia negra” de la prensa, su acontecimiento, debe ser examinada tam- bién en un registro del lenguaje que acontece en las voces, en el habla social que ingresa a simple vista en una dimensión babélica, pero que es, sin embargo, capaz de organizar sentidos.
Elías Canetti en uno de sus escritos sobre Karl Kraus destaca un rasgo de su personalidad intelectual cuya sustancia resume en la “cita acústica”, aquella posibilidad de dar cuenta de lo que se dice en las calles. Entiendo que esta capa- cidad es capital hoy, pues en ella podemos examinar las inflexiones que replican o se desvían de aquellos discursos sistemáticamente socializados. La cuestión es si el discurso mediático unidimensional puede resistirse, horadarse, contando con una aguda percepción de un habla cotidiana que pueda ser citada acústicamente en clave política, una política “acústica” que lea los documentos de barbarie en aquellos que se suponen de civilización, en palabras de Walter Benjamin:
Kraus era perseguido por voces, una situación que no es tan rara como se suele pensar, pero con una diferencia: las voces que lo perseguían existían de verdad en la realidad vienesa. Eran frases sueltas, palabras, exclamaciones que él podía oír en todas partes, por las calles, en las plazas, en los bares. La mayoría de los escritores de entonces era gente experta en oír al paso. Estaba dispuesta a tratar con sus semejantes, escucharlo a veces y, más a menudo, replicarles. Es el vicio hereditario
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del intelectual considerar que el mundo está formado por intelectuales. Kraus también era un intelectual: de otro modo no hubiera podido pasarse la vida leyendo periódicos de tendencias muy distintas Y en todos los cuales, aparentemente, se decían las mismas cosas. Pero como su oído estaba siempre abierto –nunca se cerraba, se hallaba en acción constantemente, siempre estaba oyendo–, debía de leer esos periódicos como si los estuviera oyendo. Las palabras negras, impresas y muertas eran para él palabras sonoras, pues luego, cuando las citaba, parecía hacer hablar diversas voces: citas acústicas. (Canetti, 1981, p.32)
El odio que circula en las calles de nuestro país, de nuestra América, toma las palabras, expresiones, imágenes, de un lenguaje heteróclito, que no significa tanto como transporta y envía hacia un consenso en el rechazo de otros, en su supresión, en hacer de esas existencias y de esos cuerpos estigmas vivientes. Des- cifrar sus claves consiste en “leer los periódicos como si se los estuviera oyendo”.
El repudiable asesinato por la espalda del joven Juan Pablo Kukoc, en el contexto de una persecución policial a manos del agente Luis Chocobar, fue presentado como un acto de heroísmo, reconocido por el presidente Macri y su ministra de Seguridad Patricia Bullrich. El sentido de este acontecimiento fue construido socialmente por cientos de voces, en función de un consenso respecto de la “inseguridad” por el que se habilita el uso irrestricto de la violencia, hasta llegar a la muerte, por parte de la fuerza pública. Son estas voces, preexisten- tes, las que fueron convalidadas y encauzadas por el macrismo. De hecho, esta circunstancia dio origen a la llamada “doctrina Chocobar”, que entiende como correctas y apropiadas a las ejecuciones sumarias por parte de miembros de la institución policial ante la comisión, o la mera sospecha de comisión de hechos delictivos.5