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En 1911 se promulgaba la Ley de Excavaciones y Anti- güedades, ley que determinaba su desarrollo a través de un Reglamento, que finalmente fue aprobado en 1912,

y la creación de un organismo destinado a velar por su aplicación y, sobre todo, por la gestión de la política de excavaciones arqueológicas en España: la Junta Supe- rior de Excavaciones y Antigüedades, configurada por miembros del gobierno, de la universidad y de las distin- tas Academias, así como organismos consultivos. Ade- más tenía la competencia de gestionar el inventario de monumentos protegidos por el Estado.

La existencia de la citada Ley de 1911, la cual establecía la necesidad de contar con una autorización por parte de la Junta para realizar excavaciones en nuestro país, no quiere decir que de un plumazo hubiesen desapare- cido excavaciones clandestinas o no controladas (Bellón, 2018: 63-102). Excavaciones clandestinas o no autoriza- das se realizaron en Castellar, en Collado de los Jardines o en el Cortijo del Ahorcado, en Baeza y también cono- cemos, gracias a las referencias de Cabré, que Tomás Ro- mán Pulido realizó excavaciones en el Cerro de la Horca en torno a 1916.

Tomás Román Pulido, médico residente en Villacarrillo y con una segunda residencia en Mogón, realizó una in- gente labor en distintos núcleos emblemáticos de la ar- queología de la provincia de Jaén de comienzos del siglo XX. Podemos rastrear sus acciones en Castellar, donde casi monopolizó la compra-venta de exvotos de bronce de este santuario y lugar en el que se convirtió en interlocu- tor con las autoridades de la Real Academia de la Historia para dar a conocer la procedencia exacta de los mismos en 1912 (Ruiz et al., 2006). Román representa una figura de transición en el proceso de profesionalización de la Arqueología, en la que eruditos locales, médicos y otros profesionales, la ejercían como afición y vocación, por in- terés y convencimiento, y, sin embargo, en algunos casos, esa mezcla de intereses económicos (compra-venta de colecciones) y científicos, supuso el menoscabo real para

Figura 1.–Manuel Gómez-Moreno, en su despacho.

Archivo Instituto Gómez-Moreno. Fundación Rodríguez-Acosta. Granada.

el conocimiento, puesto que sus intervenciones directas (fomentando el expolio o realizando excavaciones) pro- vocaron la irremisible pérdida de información histórica. La destrucción de contextos que la arqueología profesio- nal hubiese, al menos, documentado en lo posible. Más tarde veremos su acción centralizada en torno a San- to Tomé y Mogón. Entre 1914 y 1915 publicaba distintos artículos en los que establecía que en Los Turruñuelos del Teatino y la próxima vega de Montiel estaría localizada la antigua Mentesa Oretana (Román, 1914a; 1914b; 1915). Hoy no sólo sabemos que esta ciudad estaría en la actual localidad de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), sino que para demostrar su hipótesis llegó posiblemente a fal- sear una inscripción romana de la cual no conservamos ni fotografías, ni otras referencias más que un dibujo es- quemático de la misma publicado en 1914, realizado por él para que –precisamente– se demostrase su hipótesis. Finalmente, Toya. No cabe duda de que la noticia del hallazgo de la Cámara llegaría pronto a sus oídos. De hecho Román Pulido era conocido en toda la zona como anticuario y coleccionista, es decir, que desde Mogón y Villacarrillo hasta Quesada controlaría todas las noticias relativas a hallazgos arqueológicos de cierto rango que se produjesen en su entorno3. Era coleccionista y esti-

mulaba la compra y venta de objetos arqueológicos, monedas y libros antiguos. Años antes, junto a otro fa- moso coleccionista de Madrid, Antonio Vives, había es- tablecido contacto con la capital, y gracias a éste último conocía de primera mano el mecanismo a través del cual ofertar/ofrecer sus colecciones al Estado.

3 Además ejercía su profesión en toda la zona y probablemente,

como indica A. Madrigal en esta monografía, tratase a vecinos de Peal de Becerro.

Román solicitó realizar excavaciones a la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades en 1918 (Figura 2) y quizás esta solicitud fue el detonante para que la insti- tución moviese ficha a través de Gómez-Moreno (Vocal de la Junta) y Juan Cabré para tomar cartas en el asunto y evitar, de alguna manera, que el monumento se viese afectado por la acción de Román Pulido.

1918 es el año clave. Probablemente en enero de 1918 (la carta está sin fecha, Figura 3), Gómez-Moreno escribía a su padre comunicándole que:

He enviado a un colaborador a explorar un edificio de un pueblecillo de cerca de Quesada del que tenía noticia: es un sepulcro ibérico de tres cámaras hechas de sillería, con techos de losas y puertas algo arquea- das que resulta lo primero en su género descubierto y estaba llena de vasijas ibéricas y griegas. Se publicará muy pronto4.

Cabré realizó una larga estancia en distintos sitios de la provincia de Jaén entre el 26 de febrero y el 14 de marzo de 1918 (Blánquez, 2014: 147-148). De esta larga estan- cia, sólo unos pocos días permaneció en Peal y sabemos que concretamente llegó allí el día 2 de marzo. Volvere- mos sobre esta fecha.

Poco antes, a inicios de febrero del mismo año, Gómez- Moreno indicaba a su padre, Presidente de la Comisión Provincial de Monumentos de Granada, cómo solicitar la declaración de Monumento Arquitectónico-Artístico de un edificio emblemático de Granada: el Corral del Carbón.

4 Carta de Manuel Gómez-Moreno a su padre (sin fecha, aunque

puede datarse entre enero y febrero de 1918). IGM10881. La descrip- ción detallada de la Cámara de Toya (tres cámaras, sillería, puertas algo arqueadas) nos indican que Gómez-Moreno conocía bien su configuración, probablemente gracias a las noticias aportadas por Agustín Caro Riaño, publicadas en 1914.

Figura 2.–Oficio de la Junta Superior de Excavaciones y

Antigüedades por el que se autorizaba a Tomás Román Pulido la realización de excavaciones en el Cerro de la Horca (Peal de Becerro, Jaén). Junio de 1918. AGA1035.

Aparte ello urge que la Comisión de Monumentos pida al Ministro que el edificio se declare Monumen- to Artístico (no Nacional) con arreglo a una ley que se dio el año último. Esto lo puede pedir cualquiera y sea cual fuese el concepto de propiedad del edificio de que se trate. Si luego la Junta de Excavaciones accede a ello, no puede tocarse al edificio sin informes de las Academias, etc… Esto mismo convendría hacer con El Generalife, Bañuelo, Castillo de la Calahorra, Casa de El Chapiz, Cuarto Real, etc., etc.5.

5 Carta de Manuel Gómez-Moreno a su padre (5 febrero 1918).

IGM10878. Cuando indica que la ley “Se dio el año último” se trata

Cabré regresó a Madrid a mediados de marzo, con un cúmulo enorme de datos, planos detallados, fotogra- fías,… En suma, probablemente impactado por la enti- dad de la Cámara Sepulcral y con una idea bien fundada sobre la composición del ajuar de la misma. Tanto los an- tecedentes recopilados por Cabré, como la propia visión de los efectos de las excavaciones ilegales de Román Pu- lido en 1916, aconsejaban que la Junta tomase medidas de ‘contención’ al respecto.

sin duda de un error. La carta está fechada y puede deberse a un lapsus del autor. Gómez-Moreno, como ya se ha indicado, era Vocal de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, órgano que gestionaba el inventario de monumentos del Estado.

Figura 3.–Carta de Manuel Gómez-Moreno a su padre. 1918. (Archivo Instituto

En 1915, Cazabán, también implicado por la protección de la Cámara de Toya, publicaba en Don Lope de Sosa un trabajo que recogía el texto de Caro Riaño e indicaba la necesidad de investigar y proteger el sitio arqueológico. Caro Riaño habría notificado al Marqués de Cerralbo, di- rector de la Junta Superior de Excavaciones el hallazgo y éste le había prometido enviar a “un arqueólogo y explo-

rador inteligentísimo, que frecuentemente venía a la pro- vincia de Jaén. Suponemos que sea nuestro amigo, D. Juan Cabré” (Cazabán, 1915: 242) (Figura 4).

Es relevante que en la autorización de la Junta para reali- zar excavaciones a Román Pulido (31 de marzo del mismo año) introdujese ciertas limitaciones a la solicitud de éste: no podía realizar excavaciones en el Cerro del Castillo6 y

tampoco afectar con las mismas a la propia cámara. Pero más relevante es el punto III de la Resolución de la Junta:

Que el Sr. Román Pulido, en la práctica de las excava- ciones que se le autorizan en el Cerro de la Horca, res- pete el interesantísimo monumento ibérico o cámara sepulcral que en él existe, por haberse incoado el expediente de declaración de monumento arqui- tectónico, artístico e histórico, así como las cámaras sepulcrales que pudieran hallarse7.

6 En el apartado II, indica que no pueden autorizarle excavar en el

Cerro del Castillo y despoblado de Toya porque “con anterioridad han

sido pedidos”, extremo que no nos consta. Con anterioridad a 1918 no

hay constancia en la documentación conservada de la Junta Supe- rior de Excavaciones y Antigüedades de que existiese alguna solici- tud destinada a realizar excavaciones en el Cerro del Castillo de Toya.

7 Archivo General de la Administración. Fondos de la Junta Supe-

rior de Excavaciones y Antigüedades (AGA. Sección Educación. IDD 1.03. Topográfico 31. Carpetilla de Expediente: Antecedentes relativos

a Excavaciones de 1918. Burgos, Osma, ¿? Y Santa Olalla, Casas de Re- gina, Castellvell, Cueva de las Zorreras, Covalta, Galera, Ibiza, ¿?, Peal de Becerro, Rellan, Sagunto).

Figura 4: Juan Cabré, en la portada de la Revista Don Lope de Sosa, 1917.

En apenas 10 días, la Junta recibía el informe de Cabré y replicaba en la autorización a Román Pulido, sobre la cual establecía las limitaciones oportunas. Seguramente Gómez-Moreno le indicó a Cabré que debía realizar la instancia para la declaración de monumento. Pero ni la solicitud ni la memoria correspondiente han aparecido aún. Tampoco la documentación que sabemos se gene- ró en la Real Academia de la Historia.

Gómez-Moreno consideraba a la arquitectura (junto a la pintura y a la escultura) como un indicador del grado de civilización de cualquier cultura. En los monumentos se conservaba el genio, el alma, las señas identitarias esen- cialistas de los pueblos. Años atrás, en 1905, Gómez-Mo- reno publicaba un trabajo en el Boletín de la Real Acade-

mia de la Historia en el que defendía el origen griego de

los dólmenes de Antequera y consideraba a los mismos como el paradigma del primer imperio de occidente (de Europa): Tartessos (Bellón, 2010: 115-132):

La arquitectura es el monumento de la civilización, es la enseña de los ideales humanos a través de los siglos. Con las primeras manifestaciones del hombre que labra la tierra y pastorea, que domestica anima- les y hace vida sedentaria, preséntase la arquitectura, no en abrigos contra la intemperie ni en su defensa propia, sino compelido por ideas ultraterrenas, en honra de sus muertos y pregonando una vida espi- ritual con pujanza de medios que nos aplasta (Gó-

mez-Moreno, 1949b: 347).

En 1905, Gómez-Moreno tituló su trabajo “De arquitec-

tura tartesia: los dólmenes de Antequera”. En 1925, cuan-

do Cabré publicó por vez primera los resultados de sus investigaciones en Toya, su trabajo fue titulado: “Arqui-

tectura hispánica: el sepulcro de Toya”. La arqueología era

Historia del Arte, no entendida desde el punto de vista formal sino estético ya que “no estudia la forma de los ti-

pos, sino su espíritu, su vida y su valor como entes morales”

(Gómez-Moreno y Pijoán, 1912: 10).

Son estos parámetros los que nos revelan la interven- ción de Gómez-Moreno, su capacidad para considerar la necesidad de una acción inmediata (enviar a Cabré) ante una posible amenaza de un monumento (arquitec- tónico) que sería el continente de la esencia de nuestros antepasados. Ya en 1918, gracias a los avances de Pierre Paris, Louis Siret o Bosch Gimpera, era conocida su ads- cripción a un momento comprendido entre los siglos V y IV a.n.e.

Sin embargo, la protección del monumento implicó la destrucción del resto de la necrópolis de la cual forma- ba un todo indisoluble. La acción –legal– de Román Pu- lido supuso una ingente pérdida de información debido a su escasa preparación y al absoluto desconocimiento de la metodología arqueológica de excavación que sí poseía Juan Cabré (véase capítulo de Susana González en este libro)

Román realizó distintas campañas en las que recuperó un número ingente de materiales8, los cuales descon-

textualizó, es decir, perdieron su ‘significado’ histórico y arqueológico. En su trabajo de 1925, Cabré advertía de excavaciones previas de Román y no sólo eso, también de que mezclaba materiales de distinta procedencia en los lotes que ofrecía al Museo Arqueológico Nacional para su venta.

Tomás Román (Figura 5) fue (y es) el paradigma del eru- dito local, si bien interesado en que los restos arqueo- lógicos por él ‘recuperados’ le retornasen prestigio aca-

8 En el artículo 15 del Reglamento de Excavaciones de 1912 se es-

tablece que “El Estado concede a los descubridores españoles autoriza-

démico y personal. Que sus colecciones se expusiesen en las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional no le amedrentaban a la hora de exigir un reconocimiento extra, como representante del museo en la zona (cargo inexistente) o solicitar el apoyo del mismo Director del museo para conseguir su reconocimiento como Acadé- mico Correspondiente de la Real Academia de la Historia. Adolecía de patriotismo, puesto que comprendía el valor patrimonial e identitario de los restos arqueológicos. Sin embargo, como ya hemos señalado, su aproximación no

iba más allá de lo meramente estético y/o genérico. Así nos lo revela una carta al Director del Museo Arqueoló- gico Nacional en la que reivindicaba su acción investiga- dora, tan cuestionable:

No merece gracias mi cesión, lo considero como un de- ber sagrado de patriotismo, y si mis medios de fortuna fueran como mi entusiasmo, por recoger los girones esparcidos de nuestra grandeza pasada, no sería cier- tamente de los últimos en contribuir a la restitución de nuestra verdadera historia, tan olvidada de los que debían ser fieles guardadores de tan santas reliquias. He gastado mucho dinero, y las mayores actividades, en que se respeten esos restos sagrados de nuestros pasados gloriosos: por mis iniciativas se ha sabido lo que había en Castellar, en los Turruñuelos del Teatino, en Mentesa, en Toya, cuyos sitios se han descubierto históricamente por mí; yo pedí hacer excavaciones en algunos de los dichos, y se me negó oficialmente el permiso, y para los trabajos que pensaban hacer, no se me dio representación alguna; esto no me ha des- alentado, en mis aficiones y entusiasmos9.

Gracias a la documentación conservada en el Archivo del Museo Arqueológico Nacional conocemos la enver- gadura de la intervención, así como la forma de llevarla a cabo. Román contrataba operarios procedentes de la zona, los cuales estaban bajo las órdenes de un capataz oriundo de Hornos de Segura, Ginés García, según Ca- bré analfabeto, hecho que ya limitaba la toma de notas escritas o referencias gráficas para recuperar el contexto arqueológico. En otras excavaciones, como las realiza-

9 Carta de Tomás Román Pulido a Rodrigo Amador de los Ríos, Di-

rector del Museo Arqueológico Nacional. 11 de marzo de 1915. Ar- chivo MAN. Expte. 1915-39 (34 a 36).

Figura 5.–Tomás Román Pulido, en la Revista Don Lope de Sosa,

1916, la cual recoge su nombramiento como Académico Correspondiente de Bellas Artes.

das por Luis Siret en Almería y Murcia, los diarios de su capataz son un ejemplo de registro arqueológico para su época. En Toya, los operarios trabajarían sin un con- trol por parte del director de las excavaciones (Román), quien realizaría visitas al sitio dependiendo de su trabajo y disponibilidad.

En 1918, el propio Román indicaba que llevaba 16 meses excavando (había sido autorizado en marzo). Más tarde, en 1921, le decía al Director del Museo Arqueológico Nacional que había invertido tres años en las mismas, extremos que lanzaba interesadamente en el juego de tasación de las piezas que había ofertado al Estado. No obstante, los periodos son largos y posiblemente nos in- dican que excavó la práctica totalidad de la necrópolis del Cerro de la Horca, si bien, años más tarde, en 1927, Cayetano de Mergelina consiguió recuperar algunos contextos conservados.

La peligrosa simbiosis establecida entre el Museo Ar- queológico Nacional, quien justificaba la adquisición por la necesidad de completar su colección de cerámica ibé- rica e ítalo-griega, encontró en Román al proveedor más adecuado quien, no obstante, provocaba no pocos que- braderos de cabeza a su director para gestionar las dona- ciones, ofertas y noticias enviadas por el mismo (Figuras 6 y 7). El museo le insistía en la necesidad de señalar la procedencia de las piezas, si bien, debemos comprender que cuando éstos llegaban a sus depósitos se procedía a una ordenación tipológica y estilística en sus vitrinas, es decir, que no se exigía que existiese una referencia con- textual clara (tumba-ajuar).

Por otra parte, desde el entusiasmo enfermizo del mé- dico de Villacarrillo, se exageraban las dimensiones de la necrópolis. Román le calculaba diez kilómetros de exten- sión, con unas dos mil tumbas ya excavadas (unas cifras del todo sobredimensionadas). En otra carta señalaba la

Figura 6.– Lista de objetos regalados al Museo Arqueológico Nacional por D. Tomás Román Pulido. Documento conservado

Figura 7.–Colección de restos arqueológicos fruto de las

excavaciones de Tomás Román en el Cerro de la Horca, ofertadas al Museo Arqueológico Nacional. Archivo MAN (Expte. 1922-13).

existencia en el Cerro de la Horca de un pozo de veinte metros de profundidad ‘lleno de ceniza’, el cual debió cu- brir por el peligro para los operarios. En suma, reclamaba que el Estado centrase su acción en Toya, convencido de la entidad e importancia de la necrópolis y el asenta- miento que él mismo –paradójicamente– estaba destru- yendo.

Y es que cualquier actividad arqueológica implica la des- trucción del registro. Como se explica hoy a los alumnos de esta especialidad, la excavación es como un libro del cual sólo se tiene una oportunidad de lectura. Cada capa que se extrae o retira debe documentarse, registrarse, analizarse, porque no hay una segunda oportunidad de relectura. Y Román no nos dejó ninguna planimetría, no individualizó los enterramientos con sus respectivos ajuares, no utilizó la fotografía ni documentó o registró de ningún modo el proceso de excavación. La informa- ción perdida fue enorme.

Al contrario, las fotografías enviadas al Museo Arqueo- lógico Nacional parecen la alegoría de una cacería de objetos arqueológicos (Figura 8), expuestos en un esca- parate como trofeo, tal cual se guardan las colecciones clandestinas de monedas y otros objetos en nuestros días, siempre amparadas por la defensa del patrimonio ‘local’ desde la privacidad del álbum, reteniendo como propio un patrimonio colectivo que, además, como he- mos visto, ha sido objeto no sólo de una ilegalidad sino que ha sido afectado por la propia acción de una mala praxis científica.

Las fotografías son de estudio, seguramente realizadas en Villacarrillo, cuando los objetos ya han sido someti- dos a la acción de una limpieza primaria sin ningún crite- rio para su conservación preventiva. En ellas además se observa la mezcla de objetos de distintas épocas y pro- cedencias, evidencia, una vez más, de la descontextua-

lización de los mismos. También los dibujos –escasos–

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