• No results found

La primera obra de introducción que hay que leer es la de Milhaüd, La Philosophie de Charles Renouvier, Vrin. A continuación se podrá abordar el profundo estudio de Hamelin, Le Systéme de Renouvier, Vrin. Las obras más interesantes del mismo Renouvier son la primera parte del Premier Essai, y la segunda parte del Deuxiéme Essai, Colin.

Biografía.

Charles Renouvier nació en Montpellier en 1815. En 1829 llega a París y entra en el Collége Rollin donde es condiscípulo de Ravaisson. Se entusiasma con el saintsimonismo y durante toda su vida será un republicano ferviente. En 1834 entra (penúltimo) en la Escuela politécnica, donde tiene como profesor particular a Augusto

Comte y donde traba amistad con .Fules Lequier. A la salida de la escuela presenta su dimisión.

Después de algunos años de vida ociosa y disipada se le revela su vocación, en 1839, cuando decide presentarse para un premio de la Academia. Su trabajo sobre el cartesianismo no fue premiado, pero había leído Les Principes de Descartes «con verdadero encanto», y desde este momento empezó a dedicarse a la filosofía. En 1842 publicó su memoria, refundida, con el título de Manuel de Philosophie moderne, seguido en 1844 por un Manuel de Philosophie ancienne.

De ahora en adelante su vida se confunde con su obra. No buscó ningún Puesto, sino que consagró su tiempo y su fortuna a la elaboración y difusión de sus ideas. Fue un gran trabajador: al morir, en 1903, dejó unos cincuenta volúmenes, quizá demasiado para su gloria. Después de los dos Manuels, aparecieron los cuatro Essais de critique genérale: el primero (1854) contiene la lógica, el segundo (1878) la psicología, el tercero (1'864) tiene por título Les príncipes de la nature, y el cuarto (1864) Introduction á la Philosophie analylique de l'histoire. En 1875 se publicó una segunda edición corregida y aumentada de los dos primeros Essais. Aparecen luego La Science de la morale (1869), Esquisse d'une classification systématique des doctrines philosophique (1886), Philosophie analylique de l'histoire (1879), La Nouvelle Monadología (18'99), Les Dilemmes de la métaphysiques puré (1900), llixloire et solution des problémes métaphysiques (1901), Le Personalismo (1903).

Al mismo tiempo Renouvier había fundado tres revistas, con la esperanza de ampliar el círculo restringido de sus lectores: L'année philosophique en 1867, La Critique philosophique en 1872, y La Critique religieuse en 1878. En la segunda de estas revistas, que aparecía semanalmente y que duró hasta 1889, escribió un número increíble de artículos, exponiendo sus principios según las ocasiones de la actualidad

I. El neocriticismo.

Considerando en conjunto la larga carrera intelectual de Renouvier, se percibe una evolución que no por ser homogénea deja de ser profunda. Se distinguen en ella tres etapas, presididas por tres «conversiones».

La primera conversión de Renouvier es la que le hace pasar de las matemáticas a la filosofía. Se sitúa en 1839 y su resultado es la «filosofía de los Manuales». En este momento Renouvier sufre una fuerte influencia de Hegel. Profesa ya el idealismo, pero para no caer en lo que llama «el idealismo subjetivo», no ve otro camino que e/ de ir a parar a una especie de panteísmo místico, que se caracteriza por rechazar el principio de contradicción.

Hacia 1850 se convierte al finitismo, y su resultado es la «filosofía de los Ensayos». Después de largas reflexiones, Renouvier decide hacer un acto de fe en el principio de contradicción, y vincula a este principio el «principio del número», o «principio de lo finito»,

según el cual la misma noción de infinito es intrínsecamente contradictoria, y debe ser borrada de la filosofía.

Finalmente, hacia 1880, sufre la conversión al teísmo, o mejor, al monoteísmo. Durante la época de los ensayos el politeísmo en conjunto le había parecido más conforme con el espíritu republi- cano y con el principio del número. Pero más tarde le pareció que la unidad del universo exigía la unicidad del creador. Partiendo de este principio, durante el último período de su vida desarrolló considerablemente la creencia religiosa que había mantenido hasta entonces dentro de límites muy estrechos. Es lo que se llama la «filosofía del personalismo-».

Sólo vamos a exponer aquí la segunda filosofía de Renouvier, puesto que es en ésta donde mejor se manifiesta su genio, y la única, en realidad, que ha dejado una huella en el pensamiento francés.

Renouvier llamó a esta filosofía neocriticismo. Con esto quiere expresar su ambición de «continuar a Kant». En efecto, pretende destacar el «espíritu crítico» en toda su pureza, abandonando el sistema kantiano que considera caducado, porque está sujeto, a pesar de los esfuerzos de Kant, a los dogmas de la antigua metafísica.

Su interpretación del kantismo está regida por tres influencias que se entrecruzan en su pensamiento. La influencia de Comte, en primer lugar. Desde su paso por la escuela politécnica se

había sentido atraído por el positivismo. Profesa, pues, un fenomenismo que excluye a la cosa en sí de Kant, así como toda metafísica, y que hace emparentar el neocriticismo con la doctrina de Hume. Después, la influencia de Hegel bajo la forma de un ideal racionalista. Las leyes supremas del conocimiento no sólo son a priori, sino que regulan tanto el ser como el pensamiento. La lógica es, pues, una ontología, y la tarea de la filosofía consiste esencialmente en construir un sistema de categorías. Finalmente, la influencia de Lequier lleva a Renouvier a una especie de fideísmo. La libertad es el fundamento de la razón, no sólo de la razón práctica, como afirmaba Kant, sino también de la razón teórica. Esto significa que toda afirmación es un acto de «creencia» libre.

El centro de todo neocriticismo es la teoría del conocimiento. Comprende dos partes totalmente distintas que forman como dos círculos concéntricos: una crítica de la representación y una crítica de la certeza. La primera determina los límites del conocimiento posible, señala sus leyes más generales y las organiza en sistema la segunda, después de haber descrito las funciones de la vida mental, analiza los fundamentos de la afirmación y recorre los diversos grados de la creencia.

La crítica de la representación.

El Premier Essai se presenta como un tratado de lógica. Pero en él la lógica formal ocupa sólo un lugar muy pequeño. Es

más bien, como reza el título, un tratado de «crítica» en el sentido kantiano de la palabra, una especie de «crítica de la razón pura», al mismo tiempo es un tratado de filosofía general. El primer paso de Renouvier es el de sentar el fenomenismo. Los .lutos primitivos de la reflexión filosófica son «representaciones». Pero toda representación tiene dos aspectos, el «representativo» y el «representado», es decir, un sujeto y un objeto que son correlativos. Habiendo establecido esto como un hecho, Renouvier demuestra su tesis, a saber, que «la representación no implica más que sus propios elementos». En efecto, una cosa que no fuera representada en modo alguno, que no fuera representable, sería para nosotros estrictamente inexistente: no podríamos saber ni decir nada acerca de ella. Así pues, hablemos solamente de lo que conocemos, de lo que se nos puede aparecer de una forma u otra: se tratará siempre de fenómenos. En resumen, escribe Renouvier con una fórmula que es una excelente definición del idealismo, «me coloco en el punto de vista del conocer, y no en el del ser sin el conocer, el cual se me escapa totalmente». Con esto queda eliminada la cosa en sí de Kant, y de una ¡manera más amplia toda especie de «sustancia». La sustancia es para Renouvier un verdadero «ídolo» de la filosofía, puesto que si existe en sí, debajo de los fenómenos, escapa por definición a todo conocimiento posible. De este modo queda elimi- nada toda filosofía sustancialista, toda metafísica, podríamos decir. La filosofía debe ser «positiva» o científica.

conocimiento conjuntamente. Pero no constituyen cosas si no se ponen ambos en relación; en caso contrario, el espíritu se halla ante una nebulosa, ante un caos, en el que no distingue nada. El segundo paso de la crítica consiste, pues, en dejar bien sentado el relativismo. La tesis de Renouvier es doble: por una parte, conocer (una cosa, un objeto determinado) es poner unas relaciones, y por otra parte, el ser o la existencia (de una cosa) se reduce a la relación. En efecto, ¿qué es una cosa? Para el conocimiento es siempre un grupo de fenómenos distinto de otros grupos, nada más. En esta perspectiva no hay nada que impida volver a utilizar el término de «sustancia», pero dándole un sentido positivo. En el fondo, lo que constituye a una cosa como sustancia es una ley, pues es la ley la que asegura la permanencia de la agrupación y permite distinguir entre un sujeto estable y sus modos variables y contingentes.- De ahí se sigue el rechazamiento de lo absoluto. Es también un ídolo, una idea vacía, pues no podemos tener ningún conocimiento de un ser que cae fuera de toda relación. Y, por consiguiente, toda metafísica, tanto si es teísta como panteísta, queda condenada por segunda vez.

El estudio de las relaciones particulares corresponde a las ciencias. El de las relaciones más generales, o primeras, es el objeto de la ciencia, es decir, de la filosofía; ¿acaso no se la ha definido siempre como la ciencia de los principios? Consideremos, pues, estas leyes supremas que Renouvier, siguiendo a Kant, llama cate- gorías. Son a priori. En efecto, la experiencia nos da lo particular, es

su misma definición. Pero los fenómenos particulares sólo son la «materia» del conocimiento. Éste exige una especie de marco o de armazón, la «forma», compuesta por ideas generales. Pero lo general no puede provenir de la experiencia. Las categorías son, pues, a príori en el sentido de que son lógicamente anteriores y superiores a la experiencia, ya que permiten organizaría y pensarla. Sin embargo, son fenómenos, pero «fenómenos generales», como decía Comte, objetos de una experiencia no empírica, por así decir: el espíritu los descubre por reflexión sobre su actividad.

«Un sistema de categorías completo, luminoso, tan bien dispuesto que su propia ley pareciera servirle de prueba, y que el espíritu, una vez introducido en el admirable laberinto, se encontrara retenido en él de una manera invencible, constituiría una filosofía acabada.» Este ideal, absolutamente racionalista, es hegeliano. La originalidad de Renouvier consiste en considerarlo irrealizable. A lo sumo podemos acercarnos a él ordenando las categorías, clasificándolas en un orden tal que el espíritu progrese de lo abstracto a lo concreto. Se parte de la relación, que es el ser indeterminado, para desembocar en la conciencia, que es el ser completamente determinado.

Todas las categorías son diversas formas de la relación. Son diversas, es decir, irreductibles las unas a las otras, aunque están siempre construidas sobre el mismo modelo. Vamos a examinar brevemente la relación.

Se forma por síntesis de una tesis y de una antítesis. La tesis es la distinción de dos términos, la antítesis es su identificación, la síntesis es la determinación, unión de los dos términos distintos. Este esquema dialéctico es aún de clara inspiración hegeliana. Pero Renouvier concibe la tesis y la antítesis no como contradictorias, sino como correlativas. Son opuestas, sin duda alguna, pero de tal manera que se exigen recíprocamente, y que perderían todo sentido si permanecieran aisladas: sólo se pueden distinguir cosas que ten- gan algún punto común, pero si tienen un punto común no se las puede distinguir absolutamente, sin señalar al mismo tiempo su unidad.

¿Cuáles son, así, las categorías? Renouvier propuso cinco tablas diferentes. La que da en el Premier Essai es la siguiente: relación, número, posición, sucesión, cualidad, devenir, causalidad, finalidad, personalidad. Renouvier muestra que cada una de ellas se construye bien según el esquema indicado. Así para la categoría de número la tesis es la pluralidad, la antítesis la unidad, y la síntesis la totalidad. Para la categoría de cualidad: diferencia, género, especie. Para la categoría de personalidad: yo, no yo, conciencia.

El desarrollo de las categorías da una filosofía completa, por lo menos, en sus principios generales. Señalemos algunos puntos.

De la categoría de número se sigue el «principio de número»: todo número es finito, por la misma ley de su constitución; la idea de un número infinito, o mayor que todo número designable,

es absurda. El desarrollo de la categoría de cualidad da toda la lógica formal, pues el acto de predicación que se expresa en una proposición, en el fondo es siempre una calificación: se afirma que tal sujeto tiene tal cualidad o, lo que es lo mismo, que es una especie de un género determinado.

La categoría de causalidad debe ser purificada de Codo contenido metafísico y mantenida en un plano positivo. ¿Qué queda de ella? La idea matemática de «función» o la idea leibniziana de armonía. Si se relaciona el principio de causalidad con el principio del número, se ve que toda serie causal llega necesariamente a un primer término; dicho de otra forma, hay un «primer comienzo» de toda cosa.

Finalmente, la categoría de personalidad, «categoría concreta», envuelve a todas las demás. Está supuesta desde el origen de la crítica como «escenario» en donde aparecen los fenómenos, pues un fenómeno aparece necesariamente a alguien, y para hacer la ciencia se necesita un sabio. Así se sienta lo que Renouvier llama «el principio del idealismo», que puede formularse como sigue: «Todo conocimiento es relativo a una conciencia individual y personal»; «no podemos salir de nosotros mismos para comprobar la existencia de un objeto exterior»; si la conciencia se desvaneciera, los objetos y el mundo desaparecerían, «sin conciencia, no pudiendo ponerse ya ninguna cosa, por falta del escenario en donde la pone necesariamente aquel que afirma su existencia, todo se desvanecería».

Para acabar la crítica del conocimiento queda por dar un último pasó: determinar la extensión de la ciencia posible. Sabemos que la ciencia se limita a los fenómenos, pero esto no es, propia- mente hablando, un límite, porque más allá no hay nada. El problema consiste en averiguar si se puede hacer «la síntesis total de los fenómenos», o dicho de otro modo, llegar a una ciencia integral del mundo. Primeramente Renouvier demuestra que la síntesis total existe. En virtud del principio del número los fenómenos forman una suma finita; la realidad está limitada según todas las categorías. En efecto, sería contradictorio admitir que el espacio, el tiempo, la gradación de los géneros y de las especies, la serie de causas, etc., sean infinitos. Pero Renouvier declara inmediatamente que esta síntesis, por más real que sea, es incognoscible para una conciencia cualquiera. En efecto, no es cognoscible a posteriori puesto que no hay ninguna experiencia que pueda «abarcar el mundo», ya que se efectúa necesariamente en el mundo. Se planteará, pues, esta aparente paradoja: «el conjunto de los fenómenos, objetos de una experiencia posible, sobrepasa toda experiencia posible». Y la síntesis tampoco es cognoscible a priori, pues por más que se analicen las categorías jamás se llegará a lo real, concreto, puesto que son generales. Se obtendrá, en cierto modo, una cuadrícula cada vez más espesa, pero que dejará escapar siempre la individualidad de los fenómenos.

De esta manera el mundo se fragmenta en distintos mundos relativos a cada conciencia, fragmentos de un todo que ninguna con-

ciencia puede aprehender. Se desemboca así en un verdadero agnosticismo, que tiene una doble consecuencia. Por una parte, condena a muerte, una vez más, a todos los sistemas metafísicos en cuanto que pretenden dar una explicación integral del mundo. Materialismo, evolucionismo, panteísmo, teísmo, son rechazados conjuntamente. Por otra parte, retira, por así decir, o refleja la filosofía sobre la crítica tal como ha sido esbozada. El único camino que queda abierto es el estudio del hombre, puesto que la conciencia humana es la única síntesis concreta de todos los fenómenos accesibles al hombre.

La crítica de la certeza.

El Deuxiéme Essai es un tratado de «psicología racional». Por lo dicho ya se puede prever que Renouvier no intenta, en absoluto, continuar la psicología racional clásica, que es una metafísica del alma. Pero tampoco quiere hacer una psicología puramente empírica o experimental. Su psicología será, pues, racional; en primer lugar, en el sentido de que no será precisamente no «racional» como la de Wolff, y, en segundo lugar, en el sentido de que asume los hechos en las categorías y de este modo se organizan y aclaran.

Así pues, la tabla de las categorías que la lógica nos ha proporcionado es la I que da a Renouvier su clasificación de las funciones mentales. Las cinco primeras definen al «hombre

orgánico». Si les añadimos la conciencia, aparece la sensibilidad. Si añadimos la causalidad, el hombre es voluntad. La finalidad, y es pasión. Finalmente, si consideramos todas las categorías en cuanto reflejadas por una especie de desdoblamiento de la conciencia, el hombre es entonces inteligencia.

Por consiguiente, lo que caracteriza al hombre y lo distingue del animal es la reflexión. Para no dar más que algunos ejemplos, tenemos que el uso reflexivo de la categoría de número es la «numeración», que es una función mental original. El uso reflexivo de la categoría de causalidad es la razón. Asimismo podría definirse la imaginación por la categoría de posesión, la memoria por la de sucesión, el pensamiento, que se reduce a la asociación de ideas, por la de devenir.

Siendo las categorías irreductibles, se podría temer que el hombre se hallase dividido en funciones heterogéneas y autónomas. Y, sin duda alguna, las funciones son distintas, pero son indisolubles. Separadas de la inteligencia, la pasión y la voluntad serían ciegas, carecerían de objeto. Separadas de la voluntad, la inteligencia y la pasión serían inmóviles, sin acto. Separadas de la pasión, la inteligencia y la voluntad serían maquinales y frías.

Dicho esto, vamos a considerar de una manera especial la voluntad, pues en relación con ella se plantea el problema de la libertad y de rechazo el de la certeza.

Renouvier empieza con una descripción del fenómeno de

querer. No es una simple espontaneidad, pues ésta es una característica común de todas las funciones vitales. Tampoco es una espontaneidad absoluta, pues un acto de voluntad está siempre condicionado por los antecedentes. Por otra parte, la voluntad no es una facultad, distinta de las representaciones, pues en este caso sería una especie de «sustancia» incognoscible. A fin de cuentas Renouvier define la voluntad: «la automaticidad de la representación», es decir según la expresión de Hamelin, «la soberanía de la representación sobre sí misma», o también la causalidad inmanente de la representación. Puede decirse también que es un esfuerzo, pero no muscular y motor, como creía Maine de

Related documents