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Un primer instrumento con el que las personas pueden construirse sobre su propia verdad es el progresivo conocimiento de sí mismas. Cuenta el propio Ignacio que en el momento de su conversión, allá en Loyola, se percató de la variedad de sentimientos que surgían en su interior cuando, unas veces, pensaba en una señora que le tenía prendado el corazón, y otras, en entregarse totalmente a Jesucristo. Con los primeros pensamientos, comenzaba por sentirse henchido y absorto, pero al cabo de un rato se encontraba vacío. Por el contrario, con los segundos, se sentía pacificado y sereno. Al principio no percibía esta diferencia, pero un día, de repente, como por sorpresa, cayó en la cuenta y se maravilló. Ignacio tenía una gran finura interior, que desde entonces solo va a aumentar. Este descubrimiento se tornará la brújula definitiva en sus búsquedas.

Ignacio interpreta que Dios actúa en su interior y que le habla, dejándole sentimientos de consuelo –consolación, los llamará– allí por donde lo quiere llevar y de vacío interior –desolación, dirá él– en las vías a desechar.

Conviene destacar aquí dos elementos. El primero es que Ignacio va a tener la convicción de que Dios se comunica de modo directo –«inmediato» será la palabra que utilice– en el corazón del ser humano. De ahí que busque en su interior la guía de su vida, como modo de ser fiel a Dios. Por este motivo, los Ejercicios espirituales no consistirán en una «indoctrinación», sino que pretenderán generar dentro de quien se ejercita un espacio de calidad, necesario para la comunicación de Dios con el ser humano. Ignacio está convencido de que Dios quiere ese diálogo personal y de que basta con que el ser humano se prepare a él para que acontezca.

El segundo es que la orientación que Ignacio irá tomando en su vida estará más determinada por el aspecto afectivo que por el cognitivo. Y, en este sentido, nos puede resultar profundamente actual. Sus decisiones van a ser cuestión de afecto. De hecho, serán esas mociones, o sentimientos de consolación y desolación, las que lo guíen, porque interpreta que en ellas es Dios mismo quien se está expresando.

Es por este motivo que en la espiritualidad ignaciana el conocimiento de uno mismo pasa a ocupar un lugar central. Si todo lo que Dios me dice lo hace a través de mi propio corazón, deberé avezarme a reconocer su voz en medio de las particularidades de mi carácter, mis inclinaciones y los resabios dejados por mi propia historia. Pues esa voz no aparece nítida, clara e imperativa en la mayor parte de los casos, sino suave y «propositiva», a la vez que mezclada con otros muchos rumores, o incluso ruidos estridentes, que se producen en mi interior. Esto es, no es siempre fácilmente distinguible.

Cuentan que un día, mientras un maestro de espiritualidad ignaciana hablaba de descubrir la voluntad de Dios, un profesor de teología lo asaltó con la pregunta: «Bien,

pero ¿qué es la voluntad de Dios?», una pregunta capaz de hacer embarrancar cualquier discurso. El viejo maestro, después de un breve momento, le contestó con su sabiduría: «La voluntad de Dios es que tú seas tú mismo». Y continuó con sus explicaciones. Claro, la espiritualidad ignaciana se apoya sobre la convicción de que en ese «ser tú mismo» se encuentra la última voluntad del Señor. Como se ve, se trata de una voluntad no externa, sino interna; pero tampoco autónoma o desvinculada, sino referida a Dios. Los Ejercicios espirituales solicitan un constante mirar hacia el interior para ver qué nos sucede. Tal introspección va permitiendo un progresivo conocimiento de uno mismo.

Nuestras vidas están constantemente atravesadas por acontecimientos que se suceden unos a otros, a veces a gran velocidad. El ritmo cotidiano ha venido aumentando en las últimas décadas, haciéndose por momentos vertiginoso. Son pocas las personas que no se sienten oprimidas por el estrés, incluso con la sensación de que, si no viven muchas cosas, algo mayor se están perdiendo. El riesgo de esta celeridad consiste en que podemos tener muchas vivencias, sin que eso nos lleve necesariamente a tener

experiencia. La experiencia aparece cuando hemos dejado que lo vivido pose en nuestro

interior, dándole tiempo de maduración y permitiendo que moldee nuestras actitudes y sensibilidad. La experiencia va haciéndonos conscientes de un hilo conductor en la biografía. Con ella nos hacemos sujetos de nuestra vida, sus protagonistas. Por el contrario, los acontecimientos solos, si transcurren distraídamente, nos hacen objeto de nuestra vida. Son una forma más del consumismo en el que estamos envueltos.

Conocerse a uno mismo tiene mucho que ver con la escucha interior paciente, convirtiendo, como decimos, los acontecimientos en experiencia. Quien va aprendiendo a conocerse tiene la capacidad de narrar el hilo de su historia, detrás del cual se afirma un yo consciente que permanece. Así se van desgranando las motivaciones, las aspiraciones, las decepciones, las búsquedas e inquietudes, mientras se va desvelando el yo subyacente en todas ellas, con su carácter, sus pasiones y su fragilidad.

La espiritualidad ignaciana tiene mecanismos sencillos que ayudan en el conocimiento interior, entre ellos el examen de conciencia, el acompañamiento y la conversación espiritual. A estos dos últimos nos referiremos en el último apartado de este capítulo. El más común, y en el que nos detenemos aquí, es el examen de conciencia. No se trata primariamente de un «análisis de los pecados», como la expresión puede sugerir, sino sencillamente de atender a qué es lo que sucede en el interior con ocasión de los acontecimientos de la vida: si generan alegría, o paz, o serenidad, o seguridad, o por el contrario apagan, encierran, retienen, oscurecen. Es algo así como auscultar el interior. Se espera que el examen se convierta en una práctica parecida a la espiración tras la inspiración, de manera que a la actividad cotidiana le siga su examen. Se necesitan ambos para vivir. Examinar es el modo más común de hacer de los acontecimientos experiencia.

Examinar requiere un ingrediente esencial, que es el reposo o el silencio interior periódico. Ese silencio se ha hecho hoy profundamente contracultural. Nuestra realidad

actual tiende a ser invasiva, acaparadora de todos los espacios, parece no dejarnos nunca un momento de cierta paz para reflexionar. Pero la reflexión es para la persona como la lluvia para los bosques. Solo maduramos con esa reflexión, que necesita serenidad y silencio.

Ignacio decía que examinaba su conciencia varias veces al día. Tal vez nosotros no podamos hacerlo con tal frecuencia. En todo caso, lo importante es la constancia, al igual que un arte, que necesita de práctica constante hasta que es interiorizado y sale de dentro, como si nos fuera connatural.

Con el tiempo, esta práctica proporciona un conocimiento de la estructura básica de la personalidad. Uno sabe de qué pie cojea, qué le puede, qué le pierde. Ya no se angustia con ello, sino que ha aprendido a convivir con ese aspecto del carácter, a manejarlo, sin que sus tendencias lo atrapen y lo dominen. También sabe de sus capacidades y virtudes. No las ignora, ni las magnifica. Las pone a disposición de los demás, al servicio del bien común.

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