La disciplina de Dios no nos deja confundidos, resentidos o retraídos. En Hebreos 12:11 leemos que esta disciplina produce una «cosecha apacible de justicia». En Gálatas, Pablo hace una lista de los frutos de la educación espiritual: «amor, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23). La sabia disciplina de Dios produce una mejor comprensión de nosotros mismos y de Dios y nos conduce a un mejoramiento de la comunicación
94
entre nosotros. De la misma manera, la corrección bíblica de los hijos estimula una comprensión y una relación mas profunda entre nosotros y nuestros hijos.
95
DISCIPLINA POR LA GRACIA
8
Según la Escritura, hay dos maneras en que las personas pueden establecer relación con Dios. Del mismo modo, hay dos maneras en que los padres pueden estar en relación hijos. La primera es la ley.
La segunda es la gracia. En la gran verdad bíblica de gracia de Dios tenemos uno de los componentes centrales del modelo de las relaciones entre padres e hijos al que menos atención se presta. De hecho, todo lo que hemos dicho hasta ahora sobre la crianza y corrección de los niños puede resumiese en un entendimiento adecuado de los cauces de la gracia de Dios en la vida de los padres.
Es la gracia qué nos permite aceptar a nuestros hijos a Cesar de su comportamiento o al margen del mismo. Es la gracia que nos da autoridad para corregir en amor a un niño que ha faltado. Y es la gracia que nos motiva a perdonarle rápidamente y que lleva a nuestro hijo a mejorar su comportamiento. Por contraste, la ley nos autoriza a hacer exigencias a nuestros hijos, poner presión sobre ellos y enfocar nuestra mira en standars externos, todo lo cual no hace sino provocar resentimiento y malestar.
Escribiendo a Tito, su «verdadero hijo según la fe común» (Tito 1: 4), el apóstol Pablo declara que la
97
gracia de Dios nos enseña a vivir - positiva y negativamente: «Enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente» (Tito2:12). Lo sorprendente acerca de esta afirmación es que el verbo griego traducido aquí como «enseña» (paideuo) deriva de la misma raíz que el nombre traducido como «disciplina» en Hebreos 12:5-8 y «criar» en Efesios 6:4. En otras palabras, Pablo dice que como hijos de Dios somos disciplinados por la gracia. Es la gracia de Dios que nos ilumina, nos cría, motiva y los fortifica. Toda instrucción espiritual, toda
admonición, toda exhortación y toda represión y corrección son ingredientes de la disciplina de la gracia de Dios.
La gracia, definida de modo conciso como «favor de Dios inmerecido», abarca las relaciones de Dios con la humanidad pecadora. Incluye el perdón de Dios, su amor, su oferta de salvación, y su provisión para sus hijos como Padre amante, más bien que como juez estricto. Para comprender cómo el concepto escrituras de la gracia de Dios se aplica a las relaciones entre padre-hijo necesitamos primero esbozar los aspectos esenciales de los conceptos bíblicos de la ley y gracia.
Contraste entre ley y gracia
Casi todos los cristianos están familiarizados con los conceptos de la ley y de la gracia. Por lo menos, los cristianos reconocen que su salvación es un don de Dios y por tanto un aspecto de su gracia (Efesios 2:8, g). Muchos cristianos no
entienden, sin embargo, que la ley de Dios es mucho más que la «ley de Moisés» y que la gracia se extiende mucho más allá de la salvación. La ley y la gracia en sus formas son actualmente dos sistemas de relación con Dios, cada uno con sus propios principios de gobierno. La ley,
98
el sistema más evidente en los tiempos del Antiguo Testamento, era preparatorio de los principios de la gracia revelados por Cristo. Por fuera, la ley y la gracia pueden producir resultados similares; por dentro, sin embargo, son diametralmente opuestos.
Es por esto que la Biblia enseña que la ley y la gracia no son compatibles. Consideremos, por ejemplo, los siguientes pasajes:
«Pero antes que vinese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo hacia Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero, venida la fe, ya no estamos bajo ayo.»
(Gálatas 3:2325).
«Porque Cristo es el fin de la ley, para justicia a todo aquel que cree.» (Romanos 10:4.)
Para comprender más plenamente el contraste entre la ley y la gracia y sacar aplicaciones para las relaciones entre padres e hijos, consideraremos cinco principios que caracterizan las relaciones basadas en la ley y cinco principios de la gracia.
Primer principio básico de la ley, quizás el más importante, está basa en los actos de la persona. En otras palabras: la aceptación es condicional. Se gana por medio de nuestras acciones y obras. Por contraste, bajo la gracia, la aceptación es incondicional. La gracia vuelve al revés el principio de la ley. Bajo la gracia, la ejecución fluye de la aceptación. Es una respuesta voluntaria al hecho de que hemos sido aceptados. Pablo escribe:
«Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor, habiéndonos predestinado para ser adoptados como hijos suyos por medio de
99
Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, de la que nos ha colmado en el Amado. En el tenemos redención por medio de su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia.» (Efesios 1:4-8).
El hijo de Dios no hace obras para ser aceptado De hecho no hay nada que pueda hacernos más aceptables ante Dios - porque todos nuestros esfuerzos quedarían cortos de la perfección requerida. Somos hechos totalmente aceptables a Dios en el momento en que colocamos nuestra confianza en Cristo como Salvador.
Una segunda distinción entre la ley y la gracia es que la ley, la bendición es ganada; bajo la gracia, la bendición no es ganada. En Deuteronomio 28 Moisés presenta parte del sistema de la ley de Israel, y este pasaje delinea también el concepto de las bendiciones ganadas. Empieza diciendo: «Si oyes atenta mente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra» (v. l). Los versículos que siguen enumeran un vasto número de bendiciones para Israel si guarda los mandamientos de Dios. Estas bendiciones eran condicionales bajo el sistema de la ley del Antiguo Testamento.
«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor»
(Efesios 1:3-4.) 100
Se nos han dado ya todas las bendiciones espirituales. Ya no nos queda nada que podamos ganar. Bajo la gracia, las bendiciones son dadas gratuitamente, aparte de las obras. Chafer lo dice así:
«El principio básico de la gracia es el hecho de que todas las bendiciones se originan en Dios y son ofrecidas al hombre por "la gracia", o sea gratuitamente. La fórmula de la gracia es: "Te he bendecido, por tanto sé bueno." Así se revela que el motivo para la conducta recta no es asegurarse el favor de Dios, que ya existe hacia los salvos y no salvos en un grado infinito por medio de Cristo; es más bien un asunto de obrar de modo consecuente con respecto a la divina gracia.» («En Gracia: el tema glorioso».)
Intimamente relacionado con la necesidad de ganar las bendiciones hay el tercer principio del sistema de la ley: Bajo la ley, el castigo y la maldición siguen como resultado de una forma de obrar inaceptable; bajo la gracia, el castigo y la maldición no tienen lugar. En este mismo capítulo en que Moisés registra las grandes bendiciones que resultan de la obediencia se deletrea bien claro el ancho campo de maldición que resultará de la desobediencia de Israel
(Deuteronomio 28:15-68). Si Israel guardara los mandamientos de Dios el resultado sería bendición. Si no los guardara, el resultado sería castigo.
En gran contraste con este principio, Pablo nos dice: «Por tanto, no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Y Pedro elabora este concepto diciendo: «Quien (Cristo) llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, muriendo a los pecados, vivamos para la justicia; y cuya herida fuisteis sanados» (1.a Pedro 2:24). Cuando Cristo murió en la
101
cruz recibió todo el castigo que nosotros merecíamos. A causa de esto Dios ya no se relaciona con nosotros en términos de castigo e ira sino solamente de disciplina, de gracia. Hay disciplina en la vida de los hijos de Dios, pero no hay castigo.
Otro contraste entre la ley y la gracia tiene que ver con el foco de atención. Bajo la ley, las obras están en el centro. Bajo la gracia están en el centro las actitudes internas y los motivos. Esta es la diferencia entre la letra y el espíritu de la ley.
Los fariseos, en los tiempos de Jesús, eran muy quisquillosos respecto a los detalles externos. Tenían centenares de reglas para guiar su conducta diaria, incluso reglas sobre la comida y un complejo aparato de leyes respecto al Sábado. Pero Jesús llamó sepulcros blanqueados a los fariseos a causa de su hipocresía.
Cuando criticaron a los discípulos de Jesús por recoger espigas y desgranarlas en Sábado, Jesús se volvió a ellos y le dijo: «El Hijo del Hombre es el Señor del Sábado» (Mateo 12:8). Cuando dijeron que la curación del ciego y mudo poseído por un demonio era la obra del diablo, Jesús comentó sobre su obsesión por hallar faltas en los otros: «¡Engendros de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mateo 12:34). De modo que los standards de gracia del Nuevo Testamento, que son mucho más altos que los de la ley, se refieren a las cualidades internas.
El quinto contraste entre la ley y la gracia es que bajo la ley, el amor es lo que motiva las acciones principalmente; bajo la gracia, es el amor. El Libro indica la diferencia entre la experiencia que de Dios tenía Israel en el Antiguo Testamento y la relación del creyente con Dios en el Nuevo Testamento:
«Porque no os habéis acercado al monte que se 102
podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, tal que los que la oyeron suplicaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si una bestia toca el monte, será apedreada, o traspasada con dardo; y tan terrible era el espectáculo que Moisés dijo: Estoy espantado y temblado; sino que os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, a la asamblea festiva de miríadas de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios, al Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús, el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.» (Hebreos 12:18-2) Y Pablo muestra que el amor cumple la ley: «Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Gálatas 5:14.)
En el sistema predominante en el Antiguo Testamento el temor era un ingrediente importante. Las demandas de Dios eran estipuladas y sus juicios en caso de que no se cumplieran eran inevitables. Esto no significa que no había amor en la motivación, en absoluto, vemos en pasajes como Deuteronomio 31:23. Pero el temor y la conformidad predominaban en la relación del pueblo con Dios. Bajo la gracia, el temor es excluido por la íntima comunión con el Dios vivo.
Hace unos años, J.F. Strombeck expuso el fracaso del temor como motivo en la vida cristiana. Escribió:
«El temor es una influencia siniestra, ofrecida amenudo corno motivo para la conducta cristiana: temor de la venganza de Dios en el día del juicio,
de perderse, de ser echado afuera para siempre por Dios, a menos que se alcancen ciertos niveles de vida, con frecuencia establecidos por los hombres. El temor es una emoción que hay que evitar, porque causa mucho daño. Es un sentimiento natural producido por el instinto de conservación. La conservación depende del yo, para obtener su objetivo; pero aquel que ve en la gracia el amor y cuidado de Dios para los suyos, y coloca su confianza en el, no confía en la conservación propia. Con ello el temor desaparece.» («Disciplinados por la Gracia.»
La ausencia de temor, naturalmente, es sólo un lado de la moneda. Una vez ha sido quitado el temor, algo debe ocupar su lugar. La Escritura enseña claramente que este ingrediente es el amor (2.a Timoteo 1: 7; 1.a Juan 4:17,18). Hablando del motivo del amor en la economía de la gracia, Strombeck afirma: «El amor debe ser el motivo para todas las cosas que se hacen en respuesta a la gracia». El temor de Dios como un juez estricto es reemplazado totalmente por el amor, como motivo, bajo el pacto de la gracia. Dios nunca usa el temor del castigo para incentivo de sus hijos.
Este contraste entre la ley y la gracia presentado sobre cinco puntos debería hacemos ver claramente las ventajas de estas en relación con Dios por medio de la gracia. La ley, con la declaración de los standards de Dios, sus amenazas de juicio y su aceptación condicional nunca podía hacer santo al hombre. Era un sistema planeado para revelar nuestra culpa (Romanos 3:9-20) y para enseñarnos nuestra necesidad de la gracia en Cristo (Gálatas 3:24,25). Pero no estaba planeado para que alcanzáramos madurez en la justicia.
La ley era parecida al letrero que dice: «Recién pintado. Cuidado con la pintura». Evocaba nuestra inclinación pecaminosa. De hecho, Pablo nos dice que la
104
ley en realidad nos hace pecar más. «Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.» (Romanos 5:20.) La ley fue dada para hacer nuestros pecados más evidentes y lo mismo nuestra incapacidad para merecer la aceptación divina tan evidente que fuéramos llevados al sacrificio de Cristo, la solución de Dios, o sea la vida de la gracia.
Si nos detenemos a pensar sobre ello, comprendemos que únicamente la relación de gracia puede producir un cambio profundo interior en nuestra personalidad. La ley nos presenta los standards de Dios. Puede provocar una rebelión. Puede incluso producir conformidad pasiva, pero la motivación para ella procede del temor o la culpabilidad. Dios no tiene interés en la
conformidad externa, como escribió David:
Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría: Si te ofrezco holocausto, no lo aceptas. Sacrificio es para Dios un espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado
Dios quiere un cambio radical en nuestra actitud interior. Quiere nuestro amor. Sabe que el amor es la respuesta a ser amado. Juan escribió:
«Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios, y todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no a conocido a Dios, porque Dios es amor... En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera al temor; porque el temor comporta castigo, y el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a él, porque él nos am6 primero.» (1.a Juan 4:7,8; 18,19.)
105
El amor es lo que Dios quiere de nosotros, porque sabe que el amor resulta en obediencia y servicio. El amor condicional, las buenas obras para obtener bendición, y el temor al castigo pueden producir conformidad, pero no amor. Y el amor es lo que la ley no puede producir nunca. El amor viene sólo como gratitud inspirada por la gracia. Una vez hemos comprendido plenamente la extensión del amor de Dios para nosotros y lo ilimitado de su gracia, no podemos sino sentir una permanente gratitud. El amor de Dios penetra en la profundidad de nuestro ser y toca una cuerda de amor que vibra al unísono. Este es el im- pulso último de todas nuestras respuestas positivas a Dios.
La ley y la gracia en la crianza de los hijos
Con esta breve incursión en el papel de la gracia en la disciplina y crecimiento cristianos, podemos ahora volver a su aplicación a la relación padre-hijo. Podemos seguir uno de dos enfoques en el modo de tratar a los niños. Podemos seguir el principio de la ley o el de la gracia. Si seguimos el principio de la ley, haremos énfasis en la conformidad externa; exigiremos un cierto nivel de actuación u obras actuación de aceptar a nuestros hijos; no daremos nuestra bendición hasta que estemos satisfechos de la manera como el hijo cumple y emplearemos el temor como incentivo para motivarle. En resumen, operamos más que nada como jueces en nuestra relación con nuestros hijos.
Cuando observamos muchas familias vemos que ésta es la manera en que la mayoría tratan a sus hijos. ¿No hacemos énfasis, por ejemplo, la mayoría, en el comportamiento externo más que en la actitud interna? Somos estrictos en el vestido, el corte del pelo, el aspecto general, los amigos, los deberes, las notas
106
y otros indicadores de su actuación. Si nuestros hijos adelantan en la escuela, si visten de modo apropiado, obran correctamente y muestran cortesía, si hacen lo que se les manda alrededor de la casa, asumimos que todo funciona bien. Pero, ¡cuán pocos prestan atención a la vida interior de los hijos: sus sentimientos, pensamientos actitudes y deseos. Con todo, éste es el enfoque más importante. Las buenas obras que son hechos con una actitud negativa o proceden de motivos negativos, tienen muy poco valor.
Y ¿no mostramos la mayoría un amor y una aceptación de nuestros hijos que son condicionales? Cuando viven de la manera que nos gusta nos mostramos francos, amorosos y afirmativos. Cuando dejan de seguir nuestras direcciones, o cuando se muestran rezongones y ordinarios, nos indignamos y sentimos que no los amamos tanto. De hecho, podemos incluso retirarles la asignación semanal o hacer «las paces» por medio de otros procedimientos (suprimiendo nuestra bendición) a fin de meterlos «en cintura». Y todas estas reacciones están basadas en los principios de la ley.
Contrastando con esto, los que siguen el ejemplo de la gracia de Dios, aceptan a sus hijos de modo incondicional. Se preocupan de la vida interior del niño. La bendición (cuidado y recompensas) es concedida libremente, sin compensación. Y cultivan la motivación por amor. Estos padres han aprendido el concepto más importante en la crianza de los hijos. No se consigue que los hijos crezcan en justicia y sensatez por medio de castigos, presión y hacerles pasar por el aro. La justicia y crecimiento en los niños es el resultado natural de