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El estudio de las viviendas subterráneas, o las investigaciones de distinto calado y alcance acerca de su origen, desarrollo, eclosión y desaparición no es materia novedosa. Diferentes autores y especialistas procedentes de campos muy variados se han interesado por este modo de habitación humana.

Las aportaciones en lo referente a las habitaciones más antiguas se han desarrollado principalmente en el ámbito de las disciplinas arqueológicas, que han iluminado algo el difuso sustrato de ocupaciones primitivas de cavidades. A nuestros

24 Deng (2005) 25

Según Deng (2005), más de 1.000 personas murieron entre 1949 y 1990 como consecuencia de deslizamientos de laderas relacionados con loess.

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efectos, quedan fuera de este campo las labores paleontológicas, pues se han ocupado primordialmente de la ocupación de antros naturales más antiguos, no así de los artificiales que son los de interés a este estudio. Para el caso de la Península Ibérica acaso sean pioneras por su sistematización y abundancia de materiales las investigaciones

llevadas a cabo en la Capadocia alavesa por Barandiarán, Aranzadi, Eguren y su escuela

desde principios del siglo XX26 hasta los años 60 del mismo.

Sin ánimo de ser exhaustivos en las fuentes, pues no hemos consultado toda la variadísima documentación posible acerca de los antros existentes en el territorio peninsular español, citaremos por ejemplo a Puertas Tricas, que se dedicó al estudio de cuevas habitadas e iglesias rupestres en dos zonas tan diferentes como Nájera (hemos consultado publicaciones suyas de 1974 y 1976), y en Málaga (en 1987, ya radicado el autor como Director del Museo de Bellas Artes de esta ciudad).

Castillo (1972) se interesó por los emplazamientos rupestres del Alto Arlanza, cuya abundancia en necrópolis ha permitido exhumar múltiples restos altomedievales, y datar con notable precisión las covachas cercanas a estos restos.

También conocemos publicaciones de Bohigas Roldán editadas entre 1977 y 1985 acerca de habitaciones en el Norte de Castilla, tales como las Cuevas de los Portugueses de Tartalés de Cilla, la iglesia rupestre de Argés, o las cuevas artificiales que subsisten bajo el castillo de Saldaña.

Posteriores son las publicaciones de González Blanco, que desde Murcia capitanea una escuela de investigadores (arqueólogos e historiadores) que han tratado de poner en relación los usos de los monjes del medio oriente con la posible existencia de comunidades eremíticas extensas en el valle del Cidacos y en otros lugares de La Rioja. Sus teorías -no siempre aceptadas por todos los estudiosos- han sido extendidas por algunos de sus discípulos también a algunas localizaciones en el cañón del Júcar en la Manchuela de Albacete, a las cuevas colgadas sobre Beas de Guadix o a la Cueva de la

Camareta de Agramón27. Se centran en la observación detallada -entre otras similitudes

con esos pretendidos usos orientalizantes- de la labra de cientos de columbarios en las

26 Sus publicaciones desde 1917 son el substrato en el que se edifica la Carta Arqueológica de Álava, de

Llanos Ortiz de Landaluce (1987). Ligeramente anteriores en el tiempo son también las exploraciones del ingeniero francés Luis Siret en las cuevas de la Zájara (cercana a Cuevas del Almanzora), que, estando próximas al importante enclave rupestre del pueblo, no son sino antros naturales habitados.

27 Varios tomos de la serie Antigüedad y Cristianismo. Monografías Históricas sobre la Antigüedad Tardía,

editados por la Universidad de Murcia, recogen abundantes materiales resultantes de su exploración de cuevas artificiales en diversos emplazamientos.

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paredes de los hipogeos, que se interpretan como dedicados a la veneración de las reliquias de los eremitas. La zona de Arnedo es muy abundante en esta casuística, así como en posibles iglesias y habitaciones de retiro, si bien una parte de estos columbarios puede haber sido más recientes, y empleados como nichos para la cría industrial de la paloma entre los siglos XIX y XX. El problema está lejos de ser resuelto emplazamiento por emplazamiento, pues la probable superposición de usos en el tiempo dificulta la tarea.

Monreal Jimeno dedicó su tesis doctoral en Deusto (1989) a los eremitorios rupestres altomedievales del alto valle del Ebro -si bien geográficamente algunos de los que estudia están fuera de la cuenca hidrográfica-. Discrepa de los criterios de González Blanco -éste último mantiene viva la polémica-, y se ha acercado a multitud de emplazamientos con perspectiva arqueológica e histórica. Del aparato bibliográfico consultado, es probablemente el texto más amplio, extendido después en algunas colaboraciones congresuales (1991, 1996). En la zona de Valderredible y municipios limítrofes, Bohígas Roldán publicó con otros autores un primer estudio en la revista de arqueología Sautuola que no hemos tenido oportunidad de consultar. Un resumen breve

electrónico elaborado por el propio autor se puede encontrar en alguna página web28.

Posteriormente, Julián Berzosa, sacerdote y estudioso local, se ha ocupado de las iglesias rupestres de esta comarca, palentina, cántabra y burgalesa. Su libro data de 2005.

Modernas también son publicaciones dedicadas a las cuevas de los valles del Tajo y del Tajuña, en Madrid, a cargo de Sandoval y Bartolomé (1991), de Urbina (2002), o de Gil Crespo y otros (2009).

Historiadores, que no arqueólogos en el sentido clásico, son algunos de los que se acercaron a los antros antiguos. El primero que tenemos que tener en consideración es

a D. Manuel Gómez Moreno, cuya monumental Iglesias mozárabes (1919) describe

algunos templos en los cuales lo rupestre es parte importante del conjunto. También Íñiguez Almech, arquitecto especialista en arte antiguo, restaurador de gran parte del patrimonio medieval español desde los años 30 del siglo XX en el País Vasco, norte de Castilla y Aragón, se aproximó a algunos casos rupestres, tales como los de Las Gobas de Laño, Olleros de Pisuerga o Santa María de Valverde.

Numeroso también es el grupo de arquitectos, geógrafos o urbanistas que se ha asomado al panorama general de las viviendas subterráneas en el mundo, o, más

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localmente, a zonas muy concretas. De las traducidas al castellano, quizás la más

conocida sea la obra de Loubes (1985)29, que recorre un panorama mundial que abarca de

lo antiguo a lo moderno. En un ámbito más concreto, pero también extenso, fue Jessen (1955) quien se ocupó de revisar, a gran escala, la vivienda de los países que miran al mediterráneo. Sáenz Ridruejo (2001) ofrece también un compendio global del panorama español que incluye no sólo los antros modernos sino los lugares antiguos de habitación,

incluyendo una selección de los ocupados por eremitas30.

Para diferentes zonas de la península, hay estudios monográficos de Cabanas (1956) en Jaén; de Acebrón (1975), para Villacañas -posteriormente este enclave será también tratado en un interesante librito dedicado íntegramente a la arquitectura subterránea de Castilla La Mancha, a cargo de García Martín (2001)-; de Allaniegui (1979), dentro de una obra más amplia dedicada a la arquitectura popular aragonesa; de Aranda (2003) para la arquitectura rupestre levantina –con continuas referencias a los materiales en los que se excavan los hipogeos-, o de Urdiales Viedma (1987) y Lasaosa y otros (1989), para el amplio panorama andaluz, ambas apoyadas en un inventario muy

exhaustivo31. También en el caso de la Comunidad Valenciana, los técnicos del Mueso

Arqueológico de Onteniente, dirigidos por Ribera (desde 1988 en adelante) se han ocupado con asiduidad de comunicar sus hallazgos e investigaciones en lo relativo a los grupos rupestres del Alto Clariano (Bocairente y Alfafara, principalmente), en Sierra Mariola. En Madrid, y entre otras publicaciones, Sandoval y Bartolomé, como ya hemos dicho, publicaron un catálogo amplio de ubicaciones de la Ribera del Tajuña, y Fernández Serrano y otros (1982) describieron el patrimonio rupestre de Chinchilla.

No son los únicos que recogen esta representación de la vivienda popular. En Navarra, otra comunidad en cuya ribera hay auténticas “colmenas” excavadas por mano humana, diversos autores preocupados por la arquitectura popular han dedicado amplios estudios al tema: Urabayen (1932, 1959) o Caro Baroja (1982) destacan entre ellos; sus perspectivas son las del geógrafo y la del historiador y antropólogo, respectivamente.

Por supuesto, los últimos autores citados se han dedicado a la arquitectura subterránea moderna, aquella cuya eclosión se produce entre los siglos XIX al XX y que

29 Al referir ejemplos españoles, parece haber transferido figuras de Allaniegui (1979). La primera edición

francesa del libro de Loubes es de 1984.

30 Sáenz Ridruejo (2001). 31

El libro de Urdiales investiga principalmente las cuevas de Granada, sin dejar de repasar por ello otros ejemplos andaluces.

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comienza a desaparecer en el tercer cuarto de este último siglo. Todo ello con algunas incursiones en los antros antiguos, a los que han tratado de dar explicación.

Lo cierto es que en las “colmenas” modernas falta probablemente la incursión arqueológica, pues en muchos barrios conviven casas cuevas ocupadas con otras probablemente más antiguas, pendientes de datar: tal es el caso de la Ribera de Navarra, donde apenas conocemos nada acerca del origen de las Cuevas de los Moros de Lodosa, y tan sólo tenemos fragmentarias aunque creíbles noticias acerca de la antigüedad de los agujeros colgados de los farallones cercanos a Peralta. En Arnedo, como hemos mencionado, y en todos los pueblos anexos del valle medio del Cidacos, se mezclan usos antiguos y modernos. García Prado (1949) se ocupó de los antros más recientes, pero queda un largo camino por recorrer que pueda explicar la evolución desde las habitaciones más antiguas -las del supuesto y extenso monacato orientalizante que defiende González Blanco- hasta los hipogeos modernos, habitados hasta hace bien poco.

Los estudios históricos del urbanismo de algunas ciudades sí pueden dar respuesta al problema del origen y continuidad histórica de las casas cueva. Tal es el caso de la ciudad de Granada, donde Bosque Maurel (1962, reed. 1988) aborda el conjunto del Sacromonte en el contexto del resto de la ciudad. Es obvio que no todas las pequeñas villas o pueblos en los cuales se concentran habitaciones rupestres pueden “exprimirse” con tanto jugo como una capital histórica, y que será difícil dar otra explicación que no sea muy fragmentaria a cada problema.

Por último, hemos de mencionar las obras generales, no compilatorias de lo meramente rupestre, pero en las cuales hemos podido rastrear este uso urbano. Hemos

consultado el Catastro del Marqués de la Ensenada, que probablemente pudiera servir

algo más a la parte histórica de nuestro propósito, en la contestación a su pregunta 2232.

Elaborado en forma de cuestionario de 40 preguntas, entre 1750 y 1754, el Catastro no se ocupó de Navarra, Canarias, País Vasco ni del Reino de Aragón (que incluía las actuales comunidades autónomas de Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares). No hemos hecho un rastreo riguroso de este monumental documento, si bien actualmente está microfilmado y legible en http://pares.mcu.es/Catastro.

32 Su enunciado era “Quantas casas havrá en el pueblo, qué numero de inhabitables, quantas arruinadas: y

si es de Señorio, explicar si tienen cada una alguna carga, que pague al Dueño por el establecimiento del suelo, y quanto”.

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Por más fácilmente accesible, sí hemos consultado el Diccionario Geográfico -

Estadístico - Histórico de España y sus posesiones de ultramar de Pascual Madoz,

editado entre 1846 y 185033. Sus dieciséis tomos, de apretadas columnas, son fácilmente

legibles, y su disponibilidad es mayor. Como las respuestas de cada entradilla suelen estar ordenadas de modo similar, la búsqueda ha resultado sencilla, aunque extensa. Se puede constatar que no todos los autores de las respuestas contestan homogéneamente: es posible que algunos hayan ocultado datos referentes a la habitación rupestre, por considerarla indigna, y por tanto en muchos artículos no se distinguen casas “convencionales” de las excavadas o de otras apeladas como chozas o mediante palabras similares.

Finalmente, hemos de remarcar el compilatorio Plan C.C.B. Plan de Promoción

Social, Asistencia Social y Beneficencia de la Iglesia en España, editado por Cáritas

Española en 1965. De objeto social, recogía datos acerca de la población que habitaba cuevas excavadas, por considerarla marginal. Es cierto que las bolsas de población más desfavorecidas ocupaban estos antros en la época del desarrollismo. Este proletariado agrícola o industrial -periférico en algunas ciudades mayores y en la mayoría de los pueblos- era objeto preferente de la acción de asistencia de Cáritas, entre otros grupos de apartados o excluidos sociales. El documento tiene especial interés pues, de hecho, es a partir de la sexta década del siglo XX cuando se produce el abandono masivo de las pobres viviendas excavadas, sustituidas por pisos baratos, en los que se realojaron a los trogloditas en muchos lugares. Gran parte del patrimonio rupestre desaparece desde entonces, demolido a veces, o progresivamente arruinado de modo natural una vez que el abandono y la falta de mantenimiento se enseñorearon de los barrios excavados. El estado en el que hemos encontrado muchos de estos barrios es el resultante de esta incuria.

De estas líneas se colige que el abanico documental es amplio, y tan disperso geográficamente como el objeto de esta tesis.

33 El Diccionario de Madoz no es el primero de este carácter del siglo XIX. Entre 1825 y 1829 se editó en

11 volúmenes el Diccionario geográfico y estadístico de España y Portugal de Sebastián Miñano. No lo hemos consultado por entender que se superpone al anterior con una diferencia de treinta años, lo cual a nuestro parecer tampoco aportaría datos diferenciadores en lo referente a la evolución de las casas cueva en la Península.

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