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Los guardianes de los secretos cósmicos ya han debido abandonar otro de sus escondrijos. ¡La máquina TANTALUS ya está superada!

La cosa que aquí se dilucida quedó iluminada hace ya mucho tiempo, en los cuentos de las Mil y una noches: se trata de la lámpara de Aladino. En esta

baja a un recinto subterráneo por orden de un mago, a fin de sacar la lámpara maravillosa. Basta con frotar dicha lámpara para que se cumpla cualquier deseo. Cuando Aladino advirtió las estupendas propiedades de la máquina, se guardó mucho de entregarla.

Así vio cumplidos todos sus deseos y se casó con una princesa, con la que fue feliz.

ALADIN desintegra la materia

También Aladino ha servido de padrino a un aparato que lleva su nombre: ¡ALADDIN! Actualmente está siendo construido, gracias a considerables inversiones, en el Brookhaven National Laboratory.

Se pretende que los rayos de ALADDIN sean cien veces mas potentes que

los de la TANTALUS de Wisconsin! La nueva lámpara maravillosa debe revelar los secretos del mundo subatómico. Tal vez así se descubra el procedimiento

para desintegrar la materia, transportarla a través de las ondas a otro lugar y recomponer allí la figura originaria abandonada. Aladino conseguía realizar sus más atrevidos deseos, crear castillos en el aire y sacar personas de la nada. Su inminente sucesor, oriundo de las cercanías de Nueva York, tal vez lo consiga también. Los primeros pasos para ello ya se han dado.

En un lejano futuro podría existir así el transporte de materia sin medios de transporte. Los aviones, los barcos, los trenes y los coches quedarán para chatarra. En la película de ciencia ficción Enterprise, se mostró mediante

trucajes cinematográficos lo que podría llegar a ser una realidad: los personajes de la película trasladaban a sus gentes, mediante rayos dirigidos, a la superficie de otro planeta.

El objetivo final que se plantean las investigaciones es el siguiente: lo mismo que la cámara de televisión explora una imagen y la descompone en millares de puntos diminutos, que vuelven a recomponerse en la pantalla del televisor, un haz de radiación muy dura podría explorar cualquier tipo de cuerpo sólido, descomponerlo y trasladar sus moléculas y átomos, a la velocidad de la luz, a otro lugar en donde —¡ábrete, sésamo!— quedarían reconstruidos conforme al original en un abrir y cerrar de ojos. Los rayos de la lámpara maravillosa de ALADDIN habrán creado las primeras condiciones para ello. El cuento se convierte en realidad.

¡Sin HELIOS no hay nada que fúncione!

Casi todas las culturas antiguas han adorado al Sol. En Sumer, el dios solar Utu

pasó el relevo al dios solar Shamaj, que representaba las fuerzas vivificantes del

Sol. Los egipcios reverenciaban a su deidad solar Re (o como se lee comúnmente,

Ra), cuyo nombre se apropiaron también otros dioses al tiempo que lo hacían con los atributos de creadores. Así, por ejemplo, Amun-Re (Amón-Ra). A partir

de Kefrén (Jafra), el faraón de la IV Dinastía, los reyes prefirieron llamarse «hijos de Re». Había templos solares en todas las poblaciones importantes. La adoración del Sol también fue característica de la religión incaica: los soberanos incas aseguraban descender del dios solar Inti y se hacían llamar

«hijos del Sol».

Los antiguos griegos se conciliaban a su dios solar Helios levantándole

monumentales templos en la isla de Rodas. En cuanto a los romanos, apreciaban tanto al dispensador de la luz que optaron por darle, sin más rodeos, el nombre de Sol, que es como se llama en latín.

El que todo el mundo haya pensado en rendir culto al Sol obedece a un móvil evidente, como es el poder vivificante y benéfico del propio astro, que irradia luz y calor, que anima a plantas, animales y hombres. Todos sabían que sin el Sol no hay nada que prospere, que sin él la Tierra se congelaría de frío, que toda la vida se extinguiría.

Pero nosotros, los que vivimos en el año del Señor de 1979, también nos

disponemos a entrar en una era de culto solar global. Otra vez se le celebra en nuevos «templos», otra vez requiere la atención de todos y da pie a la esperanza. La energía solar habrá de reemplazar en todo el mundo a la atómica, injustamente descalificada como si fuese una herejía.

Desde hace diez años funciona el primer «templo solar» en el pueblecito de Font-Romeu, en los Pirineos franceses. Con tiempo favorable, es capaz de producir temperaturas de hasta tres mil grados. Las grandes compañías yanquis como la Boeing, la McDonnell Douglas, la Exxon, las empresas alemanas Messerschmitt-Bölkow y Dornier, lo mismo que la suiza BBC y el «Holon Institut» israelí compiten con los rusos por la tecnología solar más eficiente. Al término de esta investigación conducida con todo lujo de medios, tendremos satélites gigantescos que captarán quién sabe cuántos miles de megawatios de energía solar para transmitirla, bajo la forma de microondas, a los nuevos «grandes templos», que serán las centrales de energía solar. En una época no demasiado lejana, las instalaciones industriales y todos los aparatos de uso cotidiano funcionarán, se nos asegura, con energía solar.

¿Es que la aplicación de la energía solar no va a acarrear también sus peligros? Sin duda los habrá, porque ninguna forma de energía puede ser manipulada sin peligro. Sólo que eso no lo mencionan los modernos adoradores del Sol, porque no cuadra con sus dogmas: para ellos, lo más importante es condenar la energía más limpia, que es la del átomo, y no lo hacen por motivos objetivos, sino por razones ideológicas. O sea: dejad que resplandezca el sol sobre nuestras cabezas. Pero, si por alguna causa un haz de microondas no diese exactamente en las gigantescas antenas receptoras terrestres, el efecto sería terrible: las microondas en haz concentrado alteran la estructura de las células. Toda vida orgánica —hombres, animales, plantas— enfermaría hasta la extinción lenta.

En caso de catástrofe natural de dimensiones globales, incluso los pequeños generadores emplazados en los tejados de las casas irán a valer menos que su peso en chatarra.

¿A qué clase de catástrofes naturales estoy refiriéndome?

Los nuevos templos solares quedarán inamoviblemente emplazados allí donde

no hacen falta, es decir, en las zonas desérticas por ejemplo, o en las solaneras de

las montañas, o como estaciones flotantes en los mares. Entre tales estaciones receptoras y los centros de civilización, que son los de consumo de ni energía, habrán de tenderse larguísimas conducciones. Basta un mínimo desplazamiento del eje terrestre para producir terremotos e inundaciones a gran escala. En caso de ruptura de las conducciones, a la humanidad le faltará la energía justamente en el momento de máxima necesidad.

Otro hecho indiscutible es que se aproximan cambios climáticos de importancia. Es posible que la situación meteorológica mundial cambie de tal manera, que las regiones que hoy día son centros privilegiados de las altas presiones, y por

consiguiente resultan hoy día emplazamientos idóneos para los modernos

templos solares, pasen a estar dominadas por las bajas presiones y tengan el cielo siempre cubierto por formaciones de gran densidad. ¡Todos nuestros templos solares quedarían en posición falsa! Los científicos nos anuncian años de intensas erupciones y manchas solares; se sospecha que esta actividad podría coadyuvar a los cambios climáticos y acelerarlos.

Da igual. Los dioses solares Utu y Shamaj, Helios y Re y Sol y como se llamen han resucitado para exigir nuevos honores. Otra vez adoramos al Sol dispensador de vida. Los templos que construyen los modernos «creyentes» son incomparablemente más caros que aquellos antiguos, cuyos escasos restos aún nos impresionan. Estamos decididos a rendir culto al Sol. Ningún artículo se vende ya, si no es de marca HELIOS. Lo mismo que antaño. La historia se repite. De una manera amorosa, obedeciendo casi a un sentido romántico, los técnicos del siglo XX dan nombres mitológicos a sus inventos y proyectos, destinados a inaugurar las vías del futuro.

¿Por qué?

¿Será que la mitología nos está alcanzando?

¿Será que estamos a punto de convertir en realidades los hechos mitológicos?

El rayo del cielo, arma secreta

Hace todavía pocos años, se habría expuesto uno a toda clase de burlas si hubiese hablado del RAYO DE LOS DIOSES como si fuese algo más que una fantasía mitológica. Lo que me extraña es que su paralelo terrestre no haya recibido un nombre mitológico; sin duda el descubrimiento fue demasiado sorprendente. ¡LÁSER! Hoy todo el mundo conoce esa noción, aunque no es tan

frecuente el saber que se trata de unas siglas, y que significan: Light amplification by stimulated emisión of radiation. En nuestro idioma: amplificación de la luz por emisión estimulada de radiación.

Durante el año pasado (1978) se gastaron quinientos millones de dólares USA para el desarrollo de cañones láser, y esto sólo por parte de los norteamericanos. Si fuese posible sumar las inversiones globales, alcanzaríamos cifras verdaderamente astronómicas.

¿A qué tanto gasto? Los RAYOS DE LOS DIOSES habrán de hacer estallar cohetes enemigos en pleno vuelo y «borrar» del cielo los satélites molestos. Todo lo que actualmente se fabrica en la tierra con destino al espacio podría orientarse alguna vez en sentido «opuesto»: desde las plataformas espaciales sería posible «volatilizar» ciudades terrestres enteras. De pronto, los rayos celestiales de la mitología se han convertido en realidades inmediatas. La historia se repite... Pero el LÁSER también es apto para actividades más pacíficas.

El 24 de junio de 1978 tuvo lugar sobre Atlantic City, Estados Unidos, una

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