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CHAPTER 2: METHODS

2.5 Discussion

Aunque no constituyen el pasto diario, las reivindicaciones inspiradas en el sentido común no son del todo raras en la historia de las ideas: ellas se hacen notorias cuando un grupo de creencias pone en tela de juicio a otras creencias habituales bastante arraigadas. Thomas Kuhn ha estudiado el proceso de desafío a las creencias ordinarias desde la perspectiva de la historia de la ciencia, prestando especial atención a las llamadas «revoluciones científicas».

No deja de ser problemático el concepto de sentido común: son muy numerosas las preguntas que surgen de una argumentación filosófica planteada en estos términos. La presente investigación no ha pretendido dar una respuesta satisfactoria ni siquiera a las más interesantes: nos hemos conformado con allanar parte del territorio filosófico sobre el que se asienta el concepto de sentido común, a partir de su presentación en la obra de Moore. Esperamos, al menos, poder contribuir a la formulación más clara de algunas preguntas en los debates que conciernen a este tema.

El concepto de sentido común podría plantearse en términos del abigarrado conglomerado de creencias que, por nuestra condición de miembros de una cultura o comunidad, heredamos vía una imagen de mundo.

Pronto, sin embargo, aparecen preguntas como las siguientes: ¿hay un denominador común en las diferentes visiones de mundo, aunque no sea más que un flaco esqueleto? Podría aducirse que seres humanos de culturas o épocas distintas poseen una capacidad comunicativa inmediata; asimismo, que un azteca, un aborigen australiano y el mismo Moore serían capaces de identificar por igual objetos de su entorno, que compartirían determinadas sensaciones y actitudes —temor, cansancio, hambre— y, posiblemente, que exhibirían numerosas reacciones comunes. Sin soslayar las previsibles dificultades comunicativas, quizá sería posible delinear tosca y vagamente un cúmulo de creencias compartidas por ellos. Así pues, desde esta perspectiva, el concepto de sentido común abarcaría todo lo que se da por sentado y descontado como presupuesto comunicativo e interactivo entre seres humanos.

Diversas respuestas se han dado a la pregunta por la existencia de creencias básicas compartidas por los seres humanos. El filósofo escocés Thomas Reid y el contemporáneo Peter Strawson postulan el carácter atemporal de un puñado de creencias comunes. Encontramos legítimo preguntar, por ejemplo, cuán factible resulta considerar al sentido común de Moore como un sistema de creencias innatas producto de la selección natural. Daniel Dennett estima, por ejemplo, que hay creencias necesarias para sobrevivir y que son, por tanto, innatas. Esta pregunta inaugura un ámbito de discusión sumamente interesante al que no hemos podido siquiera asomarnos en esta investigación471. Sin embargo, conviene precisar que dichas

creencias innatas no serían ya las que Moore tiene en mente, pues su lista incluye también convicciones marcadamente culturales. De todas formas, en la línea de argumentación de Steven Pinker, resulta interesante preguntar en qué sentido y hasta qué punto permanecería la tendencia humana natural de conservar creencias importantes para la supervivencia.

Se supone que aquellas creencias que no cambian nunca son las que stricto sensu

conforman el sentido común. Sin embargo, del hecho que se hayan mantenido no se sigue que no puedan cambiar. Wittgenstein y Moore apuestan, en nuestra opinión más prudentemente, por destacar la firmeza de estas creencias comunes sin dejar de subrayar su contingencia y carácter variable: aunque Wittgenstein es mucho más enfático, ambos —a su modo— reconocen que lo que se considere razonable o de sentido común podría cambiar de un lugar a otro y de un momento a otro. No obstante, esta perspectiva más amplia de sentido común conduce a la pregunta (también legítima) de si podrían coexistir en la misma época distintos sentidos comunes. En caso de que se aceptara esta posibilidad, está claro, el concepto de sentido común se trivializaría.

En un extremo de las múltiples respuestas que ha suscitado la discusión de este tema, se encuentra la de Richard Rorty. Considera este pensador norteamericano que dicha pregunta es, además de conservadora, poco interesante; él vincula la preocupación filosófica de mostrar que ciertas creencias son defendidas por todas las sociedades al proyecto político de probar que existe una obligación de construir una comunidad universal inclusivista.

471 La posición de Daniel Dennett exhibe un compromiso con un tipo peculiar de fundacionalismo basado en la evolución. Dennett postula un conjunto de creencias innatas que son producto de la adaptación. Esto las convierte en creencias fundacionales: no necesitan justificación porque simplemente no podríamos no creer en ellas.

Nosotros compartimos la opinión de que en cualquier momento habrá proposiciones que se consideren absolutamente ciertas, pero cuáles lo sean es algo que, en principio, está abierto a cambiar con el tiempo.

Moore y Wittgenstein destacan la existencia de un entramado de proposiciones que no dudamos en masse. No obstante, el concepto de sentido común de Moore arrastra un esencialismo residual que Wittgenstein no suscribe: si bien Wittgenstein acepta que, por decirlo de un modo trivial, las entidades anteceden a nuestros discursos —en el sentido de que hay tsunamis, átomos y demonios de Tasmania antes de que el ser humano se ponga a hablar de ellos— la perspectiva de sentido común parece empeñada en obtener conclusiones filosóficas de peso sobre la diferencia entre tales entidades y las descripciones que hacemos de ellas.

De la formulación teórica de Moore sobre el sentido común, Wittgenstein conserva una visión rebajada, simplificada y sin pretensiones ontológicas: el sentido común queda reducido al hábito de usar un cierto conjunto de descripciones en tanto resultan apropiadas para nuestros propósitos. Esta es la perspectiva que nosotros también adoptamos en la presente investigación.

Moore y Wittgenstein no postulan la existencia de un quiebre tajante entre sentido común y los saberes acotados de diversas ciencias o campos de estudio. Como Popper, ambos prefieren subrayar el hecho de que tanto los saberes especializados como el sentido común son marcos teóricos elaborados por el hombre que, en un sentido dilatado, forman un continuo. Pero esta cuestión nuevamente nos conduce a la pregunta de si podría haber creencias que forman parte del sentido común —en tanto ellas son condición de posibilidad de la supervivencia— pero que, sin embargo, resultan falsas desde una perspectiva científica. Pensemos, por ejemplo, en la idea de que todo efecto tiene una causa o en la idea de que la realidad se compone de objetos macroscópicos. A nuestro juicio, algunas de las más arraigadas creencias —aquellas que Moore llamaba de sentido común— parecen, por así decirlo, incontenibles e involuntarias. En este sentido, nuestra conducta como agentes constituye ya una protesta contra el escepticismo. Puede ser que estas consideraciones evoquen ciertas conclusiones de Hume, concretamente, la sensata observación de que no somos capaces de desactivar nuestras expectativas voluntariamente; así pues, no podemos menos de asumir la existencia de la causalidad ni podemos evitar fiarnos de la experiencia pasada y actuar en función de ella. Estas creencias al margen de duda

parecen piezas de lo que Daniel Dennett ha denominado «física folk», vale decir, aquella que nuestra conducta cotidiana demuestra conocer: el objeto que arrojamos por la ventana cae al suelo o rebota, la toalla absorbe el agua, y muchas otras afirmaciones similares. Como bien reconoce Dennett, no podríamos vivir sin este tipo de física folk que genera expectativas confiables con encomiable celeridad y prodigalidad y cuya aceptación, además, parece prácticamente involuntaria. De modo que no podríamos dejar de creer en muchas afirmaciones de sentido común aunque reconozcamos que algunas de ellas son científicamente ingenuas, incluso falsas. Como moraleja, concluimos que diversas descripciones del mundo pueden coexistir; lo importante es que cada una conserve su sentido y su cometido. Y es que seguimos (y seguiremos) manteniendo las creencias que prueben ser guías confiables para obtener lo que necesitamos o queremos.

Al igual que William James, Wittgenstein considera que hay diversas sendas legítimas para adquirir creencias respetables: la ciencia y la religión son —entre otras— dos de estas sendas.