4.5 Perception of elevation in a practical WFS implementation
4.5.4 Discussion
En un tono que indicaba que sabía perfectamente la respuesta, Marianne Engel me preguntó qué día era.
—Viernes santo —contesté. —Sígueme.
Subimos a su coche y al cabo de media hora supe exactamente adónde nos dirigíamos: a las colinas en las que me había estrellado. Cuando llegamos no encontramos ni rastro de que allí hubiera habido un accidente. Los árboles ya no tenían pinta de esconder una tropa de mercenarios enviada a destruirme. Habían repuesto los postes de madera que yo había destrozado y los habían unido con malla metálica nueva. El tiempo los había curtido hasta hacerlos indistinguibles de los demás. No había ni marcas de frenada ni tierra removida; era sólo una curva más. Cuando le pregunté cómo sabía exactamente dónde había ocurrido, Marianne Engel se limitó a sonreír y a sacar a Bougatsa del asiento de atrás. El perro se puso a saltar muy animado y ella le regañó cuando se acercó demasiado al borde de la carretera.
Sacó una pequeña bolsa de cuero del maletero del coche y me llevó de la mano al borde del barranco. Allí vi la primera señal de que mi accidente, después de todo, sí había sucedido. En el fondo del barranco, justo detrás del riachuelo que me había salvado la vida, se veía todavía un trozo de terreno arrasado, un pequeño círculo negro parecido al punto que ve al final de esta frase.
Los automovilistas pasaban zumbando junto a nosotros, sin duda preguntándose qué estábamos mirando.
—Descendamos —dijo, ayudándome a pasar entre los nuevos postes de madera. Bougatsa corría frente a nosotros, buscando feliz un camino de bajada por el que pudiéramos seguirle, y a un lado vi un trozo de plástico ámbar, un pedazo de intermitente que se había desprendido de un coche. De mi coche. Se me encogió el estómago.
En la pendiente había docenas de salientes rocosos en los que trabar mis zapatos ortopédicos, pero aun así no me resultó fácil mantener el equilibrio. Intenté que mis piernas reaccionaran como lo hacían antes del accidente, pero no fue posible: mi rodilla reconstruida estaba demasiado débil. Cuando le expliqué a Marianne Engel que no me veía capaz de continuar, se negó a aceptarlo. Se colocó directamente frente a mí, con las piernas en cuña contra la pendiente para que pudiera apoyarme con las manos en su espalda. Se convirtió en mi báculo y, al hacerlo, me dejó sin argumentos para no llegar hasta el fondo del barranco.
Cuando llegamos a la zona chamuscada vi que empezaban a crecer en su interior algunos brotes de hierba. Algún día este trozo volverá a estar verde y sano, pensé.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
—Nada —dije—. Sólo es que no esperaba volver aquí, eso es todo. —Es bueno regresar a los lugares en los que se ha sufrido.
—Te equivocas.
Podía recordarlo todo: la erupción de cristal, la columna de dirección pasándome de largo; el siseo del motor apagándose; las ruedas girando hasta detenerse; el relámpago de llamas azules por el techo del coche; el aspecto del fuego al cobrar abruptamente vida; el olor de mi pelo al quemarse; y mi carne hirviendo y asándose. Podía recordar todo lo que me había hecho cambiar desde ser un hombre normal a ser lo que era ahora.
—No importa que no lo creas. No se alcanza la plenitud ignorando las desgracias que se han sufrido. —Marianne Engel se acercó a su bolsa de cuero, sacó un candelero de hierro que me dijo que había fabricado Francesco y le puso una vela. Me entregó una caja de cerillas y me pidió que lo encendiera—. Pero también es importante celebrar este año que has vivido.
Le señalé que no hacía exactamente un año de mi accidente: aunque era verdad que me había pasado en Viernes Santo, obviamente la fiesta caía en una fecha distinta cada año.
—No deberías pensar en el tiempo de forma tan literal —dijo Marianne Engel besando mi cara de plexiglás—. ¿Qué importa un día concreto ante la eternidad?
—Creía que todos los días eran importantes —dije—. Especialmente los días en que casi te matas.
Creo que el efecto dramático de mi frase lapidaria hubiera sido mejor si en ese preciso momento Bougatsa no hubiera saltado verticalmente entre nosotros tratando de atrapar de un mordisco a algún bicho que revoloteaba por ahí.
—Pero viviste —dijo Marianne Engel—. Dime, ¿dirías que tu vida era buena antes del accidente?
—La verdad es que no.
—Entonces deberías alegrarte de la posibilidad de poder empezar de nuevo. Ella creía sinceramente que empezaba de cero y, en cierto modo, supongo que así era: pero no del todo. Sentí una punzada de vergüenza por lo que estaba haciendo con la tarjeta de crédito que Jack me había conseguido.
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Unos pocos días más tarde, Marianne había salido de la fortaleza a pasear a Bougatsa cuando decidí emprender una misión secreta. Me puse un largo abrigo gris para tapar mis ropas de compresión y, aunque se suponía que no debía hacerlo, me quité la máscara y me saqué el retractor de la boca. Me puse sombrero y gafas de sol, subí el cuello del abrigo con mis manos enguantadas como las de un criminal y me miré en el espejo, que me devolvió una auténtica caricatura de un desviado sexual. Supuse que era lo más adecuado, teniendo en cuenta a donde iba.
—Al sex shop más cercano.
ojeada por el retrovisor. Sus reticencias a llevar de excursión al hombre invisible desaparecieron en cuando alcé mi tarjeta de crédito.
El taxista puso el coche en marcha y pasamos frente a St. Romanus, donde el padre Shanahan estaba cambiando el cartel de plástico por otro que decía: «¿Fue tu viernes tan santo como habría podido ser?»
Cuando llegamos al Triple-XXX Velvet Palace, le pedí al taxista que me esperara. Asintió. Me había visto cojear al subirme al taxi y sabía que no llegaría muy lejos si trataba de escaparme sin pagar. Entrar en la tienda fue como volver a casa. Me asaltó el familiar olor de látex, cuero y lubricante. A mi derecha había una colección de consoladores anales y gigantescas pollas de goma, a mi izquierda un surtido de disfraces de sirvienta y colegiala japonesa. Las paredes estaban forradas de revistas, pero lo que yo quería ver eran los vídeos del fondo. Al revisar las portadas, pronto vi una de las mías: Sin bragas y a lo loco. (Siempre me pareció uno de mis títulos más divertidos.) La dejé frente al dependiente, calvo con gafas.
—Excelente elección —dijo, sin asomo de entusiasmo en la voz.
De vuelta al campanario, puse la película en el vídeo. Tras el cálido brillo azul al encender la pantalla apareció el logo de mi vieja productora. La trama, como en la mayoría de las películas porno, dejaba mucho que desear; ni siquiera yo —guionista, actor, director y productor— conseguí descifrarlo. La película empieza con una mujer, Annie, que está haciéndose una revisión médica. Le cuesta ponerse la bata de hospital y le pide ayuda a la enfermera y, como suele pasar, empieza una tórrida escena de sexo lésbico. El doctor (yo) las pilla con las manos en la masa y, sin pensar un segundo sobre cuestiones éticas o enfermedades venéreas, decide que el tratamiento adecuado para Annie es sexo anal sin preservativo.
Pensé en el día del rodaje. El catering venía del restaurante chino de comida a domicilio Sun Lee, que estaba a la vuelta de la esquina, y el repartidor se retrasó. Boyce Burgess era el cámara e Irdman Dickson el técnico de sonido y, a pesar de que rodamos a la una de la tarde, Irdman estaba borracho. Siendo el director, le hubiera metido una bronca tremenda de no ser porque yo también estaba hasta el culo de cocaína. De hecho, si estudia con atención la película, puede ver una pequeña cucharilla de oro en mi collar rebotando contra mi bata de médico mientras le doy por detrás a Annie en la camilla de la consulta. La trompa de Irdman hizo que el sonido fuera particularmente malo y, en ocasiones, completamente ininteligible. A veces se escucha alguna frase: algo sobre tomarle la temperatura a Annie con mi «gran termómetro». Quizá sea mejor que el resto se haya perdido.
La primera escena es, desgraciadamente, lo mejor de la película. A partir de ahí la trama se vuelve cada vez más absurda. Una de mis amantes era una psiquiatra que cotorreaba sin cesar sobre mi hostilidad hacia las mujeres mientras la azotaba. Mientras tanto, Annie se convierte en una ninfómana hipocondríaca que cree que para curarse de su alergia a los gatos necesita una buena dosis de pene.
Me hubiera echado a reír de no ser por el aspecto que tenía entonces. Con cada golpe de mi pelvis se agitaba mi cabello y mi piel relucía con elegancia con el sudor que me resbalaba por el cuello y caía en mi pecho. Los músculos de mis brazos se
tensaban mientras azotaba a mi tonta y estirada amante, dejándola escapar un poco y luego tirando de ella hacia mí. Sonreí en pantalla, estirando las comisuras de mi boca entonces desprovista de retractor y se me tensó el rostro en maravillosa anticipación del orgasmo.
Tuve que apagarlo: me enfermaba ver el joven hermoso que había sido y compararlo con el adefesio en que me había convertido. Me ponía enfermo ver, capturado para siempre en vídeo, cómo sudaba mi tersa piel. La misma piel que había perdido la capacidad de sudar. ¿Así se debía sentir Fred Astaire cuando, siendo anciano, ya no podía bailar? El metraje de la juventud atlética de uno es una tiranía en la ancianidad; ese metraje había torturado a Fred Astaire y ahora me torturaba a mí.
Cuando apreté el botón de expulsión, la cinta salió chirriando de la máquina como si el aparato me sacara la lengua. La llevé a la chimenea del salón, donde había puesto un montón de bolas de papel de periódico. Acerqué una cerilla y contemplé cómo las llamas las devoraban.
Ésa fue la última vez que vi una de mis antiguas películas.
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Sayuri venía una o dos veces a la semana, siempre sonriendo mientras me empujaba a hacer ejercicios cada vez más difíciles. No podía negarse que estábamos avanzando: mi cuerpo empezaba a desplegar sus contraídos músculos y mi espalda abandonaba su forma de signo de interrogación para convertirse en uno de exclamación. El tratamiento ponía especial énfasis en luchar contra el deseo de mi cuerpo de tomar el camino más fácil utilizando los músculos más fuertes en lugar de los músculos adecuados. Sayuri se concentró en hacer que me moviera de forma correcta y caminaba junto a mí con las manos a mis costados, obligándome a mantener la cabeza alta. Corrigió la forma en que movía los brazos al andar, con lo que mejoró mi equilibrio, y no cesaba de recordarme que pusiera el mismo peso en ambos pies. Eso me resultaba especialmente difícil al subir o bajar escaleras.
Dominados los rudimentos del movimiento, nos embarcamos en pasear más rápido y más lejos. Bougatsa exigió acompañarnos corriendo y ladrando en círculo. Sayuri le lanzó una pelota para que fuera a buscarla, básicamente para quitarlo de en medio y que nada le impidiera concentrarse en mí. Cuando volvíamos a casa, utilizábamos el material de gimnasio que Marianne Engel había comprado para mí. Había un banco de pesas, una máquina de resistencia y una bicicleta estática para mejorar mi forma física; Sayuri las incorporó todas en mi rehabilitación.
Cada visita comprobaba mis ropas de compresión y de vez en cuando encontraba algo que tenía que modificarse. Conforme las cicatrices de mi rostro fueron curándose gracias a la constante presión, hubo de ajustarse la máscara. Sayuri la lijaba para que ajustase mejor y algunas veces se la llevó al hospital para que la remodelasen. En una ocasión la máscara volvió del hospital modificada incorrectamente y cuando se lo señalé a Sayuri, murmuró para sí misma en japonés: «Saru mo ki kara ochiru.» Cuando le pregunté qué significaba, me dijo: «Hasta los
monos se caen a veces de los árboles. Significa...»
—... que hasta los expertos cometen errores —terminé la frase—. Sí, lo he oído antes.
Cuando me preguntó dónde, le dije que se lo preguntase a su novio. Debo decir que jamás he visto a nadie sonrojarse de forma más adorable que Sayuri.
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Había un detalle de la historia medieval que me preocupaba mucho: el hecho de que Gertrud estuviera haciendo una traducción al alemán de la Biblia. Todavía faltaban dos siglos para que Lutero empezara a trabajar en su célebre traducción. La Iglesia se opuso con vehemencia al trabajo de Lutero, así que ¿cómo era posible que hubiera aprobado la traducción de la hermana Gertrud?
Enfrenté el problema como lo hacía siempre, y la primera sorpresa que me llevé durante la investigación fue el descubrimiento de que para cuando se publicó Die Luther Bibel ya existían numerosas traducciones de la Biblia al alemán; la de Lutero fue simplemente la primera escrita en el tipo de lengua que hablaba la gente. Las versiones anteriores eran traducciones literales llenas de giros obsoletos y sólo podían entenderlas los lectores que también podían leer el original en latín.
La primera versión de la Biblia en alemán fue una traducción goda hecha por Ulfilas en el siglo IV, décadas antes de la Vulgata en latín. Ulfilas fue un hombre notable que hubo de inventarse un alfabeto entero para escribir, y al hacerlo creó buena parte del vocabulario cristiano alemán de su época. Un ejemplar parcialmente manuscrito de su Biblia, conocido como el Codex Argenteus o «Biblia de plata», se puede ver en la biblioteca de la Universidad de Uppsala. Después hubo también un manuscrito del siglo IX obra de Fuda, que contiene traducciones al antiguo alto alemán de los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento y sugiere que existió una traducción completa, aunque no autorizada, de la Biblia alrededor de 1260. Algunas secciones de la Biblia, como el padre nuestro, se habían traducido hacía tiempo al alemán, pero no existen pruebas convincentes de que nadie hubiera compilado una traducción completa de la Biblia en la época en que se suponía que Gertrud estaba trabajando en ella, aunque poco después, en 1350, se dice que apareció un Nuevo Testamento completo en Ausburgo.
Hasta aquí, vamos bien: parece que principios del siglo XIV era el momento
adecuado para acometer un proyecto de ese tipo y sabemos que hubo gente que lo intentó, así que ¿por qué no iba a hacerlo la hermana Gertrud de Engelthal?
De hecho hay muchos motivos por los que podría no haberlo hecho, pero quizá ninguno mayor que la gran piedad de la propia Gertrud o, al menos, sus denodados esfuerzos por parecer piadosa. No hubiera obrado de ningún modo que pudiera considerarse sacrílego y había pocas cosas más heréticas que una traducción no autorizada de la Biblia. Antes de emprender una tarea tan extraordinaria, Gertrud hubiera necesitado el permiso de una autoridad más alta, y ese permiso hubiera sido casi imposible de conseguir. Pero ahí está la clave del asunto: «casi imposible» no quiere decir «completamente imposible».
La priora de Engelthal era una mujer anciana; ¿pudo la senilidad llevarla a permitir una traducción que cualquier administradora en su sano juicio hubiera rechazado? Se sabe que cosas más extrañas han pasado. Sin embargo, eso sería asumir que el visto bueno a Gertrud vino desde dentro del propio monasterio de Engelthal, cosa que no tuvo por qué ser así. Quizá había salido de los muros del monasterio y encontrado a un cargo eclesiástico al que la traducción convenía por un motivo u otro; hay que recordar que la Iglesia estaba enredada en una telaraña de políticas internas contradictorias. Es concebible que un superior hubiera autorizado el trabajo de Gertrud como parte de un plan mayor, y ésta estuviera encantada de ser un peón en el juego de otro mientras aquello le permitiera desarrollar su proyecto. Hubiera sido un trato cuestionable, pero era más fácil saltarse las normas cuando un superior animaba a hacerlo.
Todo esto son conjeturas, por supuesto. No está claro por qué Gertrud creyó que podía continuar con el proyecto en cuestión, pero puedo avanzar otra posibilidad: quizá he subestimado su deseo de ser recordada. La vanidad es una fuente inagotable de motivación y engaños, y la idea de dejar tras de sí un legado perdurable puede hacer que hasta la persona más cautelosa cometa imprudencias. Quizá se convenció a sí misma de que, aunque no le hubieran dado permiso expreso, no hacía nada malo. Después de todo, trabajaba con la versión latina de la Vulgata, y su inquebrantable fe en la excelencia de su traducción podría haberla llevado a jugársela a que al final su Biblia sería tan buena que la salvaría de cualquier castigo. Uno puede imaginársela pensando que la propia existencia de Die Gertrud Bibel excusaría su secreta génesis y, cuando se acercaba a terminarla al final de su vida, quizá simplemente estaba dispuesta a arriesgarse a que no fuera así. ¿Qué podían hacerle a una anciana que creía que ya tenía reservado su lugar en el Cielo?
Cuando al fin le pregunté a Marianne Engel bajo qué autoridad se estaba traduciendo Die Gertrud Bibel, esperaba recibir una respuesta clara o descubrir una contradicción delatora que demostrase de una vez por todas que su historia era falsa. Pero no obtuve ninguna de las dos cosas.
—Yo era muy joven entonces. No se me ocurrió preguntarlo y Gertrud nunca me lo dijo. Pero llevaba su proyecto con el mayor secretismo posible y no permitía que ninguna de las monjas hablaran de ese trabajo fuera del scriptorium.
—¿No se habrían revelado contra ello —pregunté—, si creyeran que era algo malo?
—Quizá tuvieran que responder en el Cielo por lo que habían hecho —dijo—, pero creo que tenían más miedo de Gertrud y Agletrudis en la Tierra que de cualquier castigo celestial.
Marianne Engel pareció muy complacida de que estuviera considerando aquellos aspectos de la historia que me estaba contando y eso la llevó a preguntarme si quería escuchar más.
Capítulo XIX
No alcanzaba a imaginar la vida que se abría ante mí y había dejado atrás la única que conocía. Mientras caminábamos volví la cabeza para contemplar cómo la figura del padre Sunder desparecía en la noche. Formaba parte de mi vida desde mis primeros recuerdos y ahora se iba. Sólo entonces comprendí que ni tú ni yo teníamos ni idea de adónde ir.
Tú abrías camino, fingiendo saber lo que hacías, poniendo distancia entre nosotros y Engelthal. Dudo que te preocupase que hubiera una partida de monjas