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Chapter 5: Discussion and Recommendations Summary of Study Summary of Study
E
l Bandoneón Mayor de Buenos Aires, como lo bautizó Julián Centeya, compuso 60 temas, todos inolvidables, de los cuales grabó 42. El menor de los hijos de Aníbal Carmelo y Felisa Bagnolo, nació el 11 de julio de 1914, en la calle Cabrera 2937, entre Laprida y Anchorena, pero al año su familia se mudó a Soler y Gallo, casa donde “Pichuco” se crió. Por eso el 11 de julio fue establecido como el “Día del Bandoneón”. Su infancia fue muy dura. Poco después de su nacimiento murió una hermana, y en 1922, cuando tenía sólo 8 años, perdió a su padre.Ya consagrado, recordaba: Antes de ponerme el bandoneón en las rodillas me ponía la almohada de la cama, hasta que un día, cuando tenía 9 años, fuimos a un picnic, y en el grupo había dos bandoneonistas y dos guitarristas. Yo me pasé todo el tiempo al lado de ellos. Cuando se fueron a comer, me subí al escalón donde habían dejado los instrumentos, agarré un bandoneón y me lo puse en las rodillas. Fue la primera vez que sentí un bandoneón en mis rodillas. A los 14 años y con pantalones cortos tocó por primera vez, en el cine Petit Colón, en Pueyrredón casi esquina Córdoba. Años después,.un día que iba caminando con Angel Cárdenas, que en ese entonces era uno de sus cantores, al llegar a ese lugar le dijo: Mirá, en este cine tocaba yo cuando era pibe, en una orquesta de señoritas...eran todas gordas. Yo no desentonaba porque era rellenito. Nos llamaban los gorditos. En ese momento debe haber pasado por su memoria aquella tarde en que bajó del tranvía, de regreso a su casa del colegio Carlos Pellegrini, y en la esquina lo estaba esperando la barrita de amigos. Dogor –le dijo Goyo, el jorobado- ¿te querés ganar unos mangos?, te conseguimos una actuación en el
Petit Colón. Su inicio fue muy particular. Contó que el dueño del cine me habló un día
para que fuera a trabajar, y yo le dije, bueno, tiene que hablar con mi mamá. A Aníbal Carmelo Troilo, al revés que a Astor Piazzolla, le gustaba la noche. Y así lo sentía. En una oportunidad, fue a la iglesia y se peleó con el cura, que pretendió sermonearlo. Muy
molestó se justificó: El recién tenía 30 años y me quería enseñar a vivir a mí, justo a mí, que me pasé la vida en la calle, a los golpes con la vida, con la gente y conmigo mismo, porque yo siempre fui mi peor enemigo. Pichuco fue el peor enemigo de Aníbal Troilo. Decía que la culpa de que él fuera músico la tenía su tío José, porque cuando tenía 10 años lo llevó a ver a un viejo bandoneonista del barrio, que fue quien le enseñó los primeros movimientos, a colocar las uñas y el valor de las notas. Nadie supo por qué cerraba los ojos cuando tocaba el fueye, y ni él se lo explicaba. Una vez dijo: Ocurre que cuando toco el bandoneón estoy solo, o con todos, que viene a ser lo mismo. Horacio Salas opinó al respecto que durante los tres o cuatro minutos que duraba la magia, cuando parecía que “Pichuco” soñaba mientras sus dedos regordetes se deslizaban por el teclado del bandoneón, estaban a su lado los protagonistas de los tangos, y que acaso por ello no miraba a su público, o lo hacía con los ojos desmesuradamente abiertos, como en trance, sin ver a los fanáticos que lo rodeaban silenciosos, expectantes.
El poeta Alberto Mosquera Montaña lo enfocó desde un ángulo distinto. Troilo era un hombre de enorme dulzura. No era un gesto el de cerrar los ojos, era la meditación, que no se notaba tanto. El tenía un mundo musical en su cabeza. No tenía gestos de hombre de tango, apenas se movía cuando tocaba. En determinado momento de su dilatada y fecunda tarea, alguien insinuó que no sabía mucha música, tal vez con el ánimo de eclipsar sus grandes éxitos. Posiblemente no fuera uno de los genios de la música, pero la realidad era muy distinta. Los expertos dicen que los silencios son muy importantes, que hablan. Un día le preguntaron a Troilo ¿qué le parece tal músico? (para la anécdota no es preciso individualizarlo), y el “Gordo” dijo: toca muy bien, pero tiene un problema, que no toca los silencios. Y eso no lo dice alguien que no sabe música.
El primer tango que compuso fue Medianoche, en 1934, con letra de Héctor Gagliardi. el mismo poeta que desde el corazón le dedicó estos versos: Soy yo, tu bandoneón el que te habla/ Aníbal Troilo de Soler y Gallo/ aquél que cuando pibe me llevabas/ al cine de Corrientes y Medrano/ Soy el mismo que compró tu vieja/ con los pesos que guardaba en el ropero/ y por ella más triste fue mi queja/ cuando estrenamos Alma de bohemio/ Yo soy aquél que al lado de tu cama/ dormía en tus tiempos de soltero/ Doña Felisa entraba, te tapaba/ y a mí también por ser tu compañero.
Antes de tener su propia orquesta, tocó en un trío que completaban Miguel Nijensohn al piano y Domingo Sapia en violín. En 1929 integró un sexteto con Alfredo Gobbi, José Goñi, Alfredo Attadía, Orlando Goñi y Sebastián Adesso. Más adelante tocó en el conjunto de Juan Maglio “Pacho”, hasta que en 1931 formó parte de la orquesta “Los provincianos”, de Ciriaco Ortiz, y un año más tarde ingresó en la Orquesta Sinfónica de Julio De Caro. Su ascenso no se detenía. En 1933 tocó en el nuevo sexteto de Elvino Vardaro, y en 1934 se desempeñó en la orquesta de Ángel D’Agostino, en la que cantaba Alberto Echagüe. Para los carnavales de 1937 fue requerido por Juan Carlos Cobián, para los bailes del Teatro Politeama.
Su debut como director se produjo a los 23 años, el 1 de julio de 1937, en el cabaret
Marabú, en Maipú entre Corrientes y Sarmiento. Esa orquesta estaba formada por él,
Juan “Toto” Rodríguez y Roberto Yanttelli en bandoneones; Reinaldo Nichele, José Stilman y Pedro Sapochnik en violines; Orlando Goñi en el piano y Juan Fassio como contrabajista. El cantor era Francisco Fiorentino. Luego Eduardo Marino reemplazó a Yantelli y se incorporó como violinista Hugo Baralis. La orquesta la formó debido a las continuas sugerencias de su gran amigo Orlando Goñi, de quien “Pichuco” decía que era el tipo más buen mozo, más cajetilla que conocí. La última y decisiva de esas sugerencias se concretó en uno de sus habituales encuentros, en un café de la calle
Corrientes. Con esa formación grabó su primer disco 78, que tenía Comme’ il faut de un lado y Tinta verde del otro.
Sobre el debut en el Marabú, Reinaldo Nichele, que tocó el violín en la orquesta desde su inicio hasta 1956, recordaba que Troilo les recomendó muy especialmente cuidado con las mujeres, eh, que al que lo pesquen con una mujer, lo echan. Pero a los pocos días, ya estaba arreglado todo. Más adelante se fueron incorporando a la orquesta Astor Piazzolla, Alberto García y su hermano, Marcos Troilo, como bandoneonistas; David Díaz, Juan Alsina y Nicolás Albero en violines; José Basso en el piano, Alfredo Citro en violoncelo, instrumento que jerarquizó aún más a la orquesta, y Kicho Díaz en contrabajo. Entre 1942 y 1943, dos años de máximo esplendor, la orquesta estaba formada por Aníbal Troilo, Toto Rodríguez, Eduardo Marino y Astor Piazzolla en bandoneones; David Díaz, Hugo Baralis, Reynaldo Nichele y Pedro Sapochnik, en violines; Kicho Díaz, contrabajo; Orlando Goñi, piano, reemplazado luego por José Basso. Como cantores, Alberto Marino, que se incorporó en abril de 1943, el mismo mes que cumplió 20 años, y Floreal Ruiz, quien reemplazó a Fiorentino. Un año antes debutó en el dancing Tibidabo, en Corrientes entre Talcahuano y Libertad. Fue precisamente allí donde Troilo le hizo escuchar a Enrique Cadícamo la música de Garúa, que recién había compuesto, y le pidió que le escribiera la letra. Y así nació el éxito que aún hoy perdura.
En esa época le confiaba los arreglos a Argentino Galván y a Astor Piazzolla. Inspiración fue el primer arreglo del autor de Adiós Nonino que Aníbal Troilo llevó al disco. Por su orquesta pasaron los mejores cantores de tango, además de los nombrados. Entre otros, Alfredo Palacio, Amadeo Mandarino, Raúl Berón, Tito Reyes, Aldo Calderón, Angel Cárdenas, Roberto Rufino, Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, Pablo Lozano, Carlos Olmedo, Jorge Casal, cuyo verdadero nombre era Salvador Papalardo, un hincha fanático de Racing que fumaba toscanitos porque decía que lo ayudaban a engrosar la voz.
Jorge Casal fue considerado por muchos como uno de los más grandes cantores que pasó por el tango. También actuaron con Troilo, Elba Berón y Nelly Vázquez.
Angel Cárdenas recordaba emocionado la forma en que llegó a integrar la orquesta de Troilo: Yo andaba bien por aquellos años y Pichuco, que se enteró, me invitó a comer a su casa. Estaban Edmundo Rivero y Alberto Marino, que habían sido cantores suyos. En ese momento Troilo buscaba a alguien como Rivero, para que fuese lo que se llama un cantor nacional. Recuerdo que comí como un desaforado, porque Zita cocinó unos riñoncitos con arroz que estabam deliciosos. Después, el “Gordo” me hizo cantar. Canté desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana. Nunca canté tanto en mi vida. En determinado momento, Rivero le dijo a Troilo: ‘No deje escapar a este cantor’. “Pichuco! admiraba mucho a Rivero, lo escuchó y me dijo: ‘Yo sé que su berretín es ser cantor solista, pero para llegar a eso lo tiene que catapultar una orquesta y como va a llegar de cualquier modo, prefiero que sea junto a mí’. Hablamos del repertorio. “Pichuco”, que estaba haciendo en el teatro “El patio de la morocha”, quería reencontrarse con el público de los barrios y pensó que conmigo lo podía conseguir. Yo quería hacer mis temas, porque los de “Pichuco” ya los habían abordado Rivero y Casal. Y antes, Marino, Floreal Ruiz y Fiorentino. Troilo me escuchó y fue así que hicimos Callejón, de Grela, que fue un gran éxito, Vamos, vamos zaino viejo, de Fernando Tell, La flor de la canela, de Chabuca Granda, La calesita, Ni más ni menos y La última, que pegó en todo el mundo.
Angel Cárdenas decía que cada cantor llegaba a Troilo con su estilo y sus cosas, pero que “Pichuco” tenía una condición única, sabía lo que tenías que hacer y lo que no tenías que hacer.
Tito Reyes, por su parte, sostenía que a veces cantábamos más para lo que opinaba el Troesma que para lo que opinaba el público. Parecía que tenías al Vigía Lombardo, como te controlaba. Este gran mérito que tenía Troilo lo confirmó Virgilio Expósito, quien contó que cuando se decidió a incorporar en su repertorio Naranjo en Flor, lo tuvo a Floreal Ruiz 21 días seguidos haciéndole escuchar el tango, para lograr lo que quería llegar a hacer.
El paso de Edmundo Rivero de la orquesta de Horacio Salgán a la de Aníbal Troilo, también tuvo sus matices. Un día, Alfredo Bermúdez, que era el otro cantor de Horacio Salgán, le hizo saber a “Pichuco” que quería hablar con él. Troilo se asustó, porque pensó que quería ofrecerse para reemplazar a Alberto Marino, que había decidido iniciar su etapa como solista. Por su carácter bonachón, no sabía cómo decirle que no, porque no le agradaba mucho como cantaba. Grande fue su sorpresa cuando al encontrarse supo que no iba para ofrecerse él, sino para recomendarle que contratara a Edmundo Rivero, porque con Salgán pasaba casi desapercibido, no vendían, y ni siquiera grababan. Así fue como se inició Rivero con Troilo, que le hizo firmar un contrato por tres años, y juntos grabaron 21 temas.
Además de grandes cantores, por su orquesta también pasaron grandes pianistas, como Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari, Osvaldo Manzi, Roberto Berlingieri y José Colángelo.
En 1950 y por la falta de trabajo, formó el cuarteto de antología que perduraría en forma paralela con la orquesta. Un día le dijo a Ubaldo de Lío, que estaba trabajando en el Tibidabo, Che Gordo, voy a hacer teatro, y como la obra transcurre en un patio, por qué no lo llamás a Roberto Grela, que quiero hacer el espectáculo con dos guitarras y yo con el fueye. La obra era “El patio de la morocha”, y eso fue el inicio del famoso cuarteto, por el que también pasaron Roberto Berlingieri, José Colángelo, Del Baño, Aníbal Arias, y el cantor Tito Reyes, quien siempre recordaba que el debut fue en la cárcel de Villa Devoto.
Para Enrique Santos Discépolo, Aníbal Troilo ya había hecho todo, como director y como compositor. Una noche que “Pichuco” fue a visitarlo en su casa, en La Lucila, luego de cenar lo llevó hasta el jardín que tenía en el fondo, y que se enorgullecía de cuidar él mismo. Troilo se sorprendió cuando Discépolo le dijo ¿Cómo estás? –Bien-, fue la respuesta. -¿Qué vas a hacer? -No sé. -¿Sabés lo que tenés que hacer? -No.– Nada, le dijo Discépolo. Así resumió su pensamiento de que ya había hecho todo. El tango todo está rodeado de anécdotas. José Colángelo debía debutar como pianista en la orquesta de Aníbal Troilo, y el hecho se producía en un boliche en la Diagonal Norte. Llegue con mi smoking, con mucho miedo por la gran responsabilidad ¿Quién estaba esperándome en la puerta?, el “Gordo” Troilo. Me dijo ¡pibe!, y abrió los brazos. Esos brazos eran un calor muy especial, por lo que me brindaba. Yo estaba sorprendido. Me pidió una moneda. Se la dí, y me regaló a cambio un pañuelo. Mire Pibe, me dijo, este va a ser un sello de amistad entre nosotros para siempre, que sea bienvenido. Era un gordo bueno. Decía que para él, su madre era todo, y su desaparición fue un golpe duro. Opinaba que uno no se muere de golpe, se va muriendo de a poco con cada amigo que desaparece y así llega un momento en que de “Pichuco” ya no queda nada.
Cuando murió Homero Manzi se encerró en la cocina de su casa y escribió Responso, que lo grabó y no quiso tocarlo nunca más, salvo que tuviera que hacerlo por un compromiso.
Eduardo Rafael contó que una noche Troilo iba caminando por Corrientes y se encontró de casualidad con Alfredo Gobbi, a quien llamaban “El violín romántico del tango”, y con quien había tocado cuando él tenía sólo 16 años. Troilo lo vio tan mal que
se obsesionó y le escribió el tango Milonguero triste. Al poco tiempo murió Gobbi, y el dueño del hotel de cuarta donde vivía quiso quedarse con el violín, para cobrarse lo que Alfredo Gobbi le debía. Julio Camilioni, autor de varios tangos muy conocidos, inició una colecta para recuperar el instrumento, que consideraba una reliquia. Cuando Troilo se enteró su enojo fue mayor, porque no había acudido directamente a él, y puso el total del dinero que faltaba para saldar la deuda.
Homero Expósito lo definió así en una letra: Le sobra tanto amor, que rompe los bolsillos. Aclaró que no era una metáfora, y para justificarlo, contó que una vez estaban juntos en un bar y que él, como siempre, estaba bastante seco. En un determinado momento entró al bar un hombre, quien dirigiéndose a Troilo le dijo: Maestro, usted me dijo que antes de ir a ver a mi vieja hablase con usted. El “Gordo”, al tiempo que asentía con la cabeza, le dio todo el dinero que tenía encima. Recordaba Homero Expósito que no tuvo más remedio que pagar él la consumición, con los últimos pesos que le quedaban.
Para Osvaldo Pugliese, Troilo ha sido lo más grande en el tango canción con orquesta. No lo ha igualado nadie. El era como nosotros, y al decir nosotros incluyo a Orlando Goñi, a Alfredo Gobbi y a Elvino Vardaro. Quiero decir que todos éramos decareanos. Troilo supo darle a su orquesta, sobre todo en la primera época, un algo de la agilidad que tenía Francisco Canaro y logró en los cantables y con muy distintas voces, una cosa bien porteña. Era, sin duda, la opinión de un grande sobre otro grande. Atilio Stampone, por su parte, aseguró que Aníbal Troilo fue la más grande figura del tango, desde la década de 1940 hasta el presente, porque el tango moderno nació con su orquesta, que introdujo otro concepto de tango. Hasta Troilo, las grandes orquestas continuaban con el estilo Decareano o de Osvaldo Fresedo, modificado, con más fuerza rítmica, pero siempre como continuadoras de esa línea. El que rompió completamente con ese esquema fue el “Gordo” Troilo, que aparte de tocar muy bien el bandoneón dejó obras escritas que son verdaderas obras de arte. Más acá, otros músicos, en este caso todos bandoneonistas, coincidieron en una cosa: admirar a Troilo. Un bandoneonista que tocó en su orquesta durante 15 años lo recuerda siempre con gran cariño, porque era un fuera de serie como persona, músico, bandoneonista y compositor. Ernesto Baffa, que de él se trata, confesó al respecto: lo llevo en mi corazón hasta que Dios me lleve a mí.
Su ingreso en la orquesta de “Pichuco” tuvo un ribete anecdótico: Baffa integraba la formación orquestal de Horacio Salgan, y un día que Troilo la estaba escuchando alabó a uno de los bandoneonistas y dijo: Qué bien que toca Federico. Alguien le aclaró su confusión. No era Federico sino Baffa. Al poco tiempo, Troilo lo llamó a Baffa y le dijo que se corriera hasta el Marabú, porque necesitaba hablar con él. Cuando se encontraron, lo hizo tocar un largo rato, y así quedó incorporado a la orquesta.
A su vez, Leopoldo Federico cree que no debe haber un músico del género que no sienta adoración por Aníbal Troilo. Lamentó no haber tenido la dicha de tocar en su orquesta pero, de todas maneras, se siente uno de los continuadores de la obra iniciada por “Pichuco”. Aseguró que, además de un decidor del tango, fue evolucionando en cada período del tango, y que a pesar de haber tenido distintos arregladores nunca perdió su personalidad. Como anécdota contó Federico que Troilo no sabía escribir, pero sí borrar. Sabía dónde ubicar los silencios y buscaba el matiz exacto para cada cantor, sin egoísmo.
Raúl Garello opinó que nosotros éramos orquestadores, pero el “Gordo” era el arreglador. Tenía un sentido único del equilibrio de una orquesta. Sabía lo que quería o, por lo menos, lo que no quería porque no era de él. A todos les tocó la borratina, pero lo hacía por una razón que se justificaba. El sabía lo que era su orquesta y lo que
no era para su orquesta. Muchos músicos consideran que Aníbal Troilo fue el mejor director, no del tango, sino de la Argentina. Fue el músico del encuentro que juntó las corrientes criollistas, las Decareanas y la de Francisco Canaro, por quien sentía un gran respeto,.y su gran virtud fue que siempre supo rodearse de grandes arregladores.
Uno de los “modernos”, Pablo Mainetti, opinó: Es una especie de símbolo, que armó todo un leguaje, un discurso claro y coherente. Creo que su influencia todavía está, que