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Discussion of the Results

In document Essays on Auction Theory (Page 61-63)

2.6 Temporary Lack of Commitment

2.6.3 Discussion of the Results

El descubrimiento y conquista española del Altiplano Cundiboyacense a finales de la década de 1530 se enmarca dentro de un cambio en la percepción de lo que era el Nuevo Mundo y lo que significaban sus territorios para la política imperial de la corona española. Las expediciones de Hernán Cortés y Francisco Pizarro hicieron perder el interés por llegar a las especies y la seda de China e India y eclipsaron los risibles réditos económicos que habían traído los intentos colonizadores de los españoles en las islas caribeñas. Con el descubrimiento de los deltas de los grandes ríos americanos en las primeras dos décadas del siglo XVI se finalizó la fase antillana de la conquista, y el interés se concentró en lo que debía ser y contener en el interior continental de América. Todo parece indicar que una vez descubierto el acceso al Río Magdalena desde el Mar Caribe, los españoles que se asentaron en Santa Marta y Cartagena, fundadas en 1525 y 1533 respectivamente (ver mapa 4 al final del capítulo 4), quisieron acceder por esta vía fluvial a las recién descubiertas tierras del Perú para lo cual se organizaron varias expediciones (Colmenares 1997a). Entre las muchas ideas geográficas que se tenían de América en las primeras década del siglo XVI se resalta la que representaba al Nuevo Mundo como una isla y que el Magdalena, cuyas aguas corren en sentido sur-norte, podía ser una ruta más o menos fácil para llegar al Océano Pacífico y a la riqueza de los Incas (Friede 1966). Por cierto, la idea de los nuevos territorios como una isla tiene cabida en el imaginario medieval que poseían los conquistadores ibéricos y que configuraba, o al menos anticipaba, lo que debían ser sus habitantes y las maneras en que debían tratarlos. Las representaciones mentales sobre las islas manejaban una ambigüedad entre mundos poblados por una monstruosidad y barbarie posibles de vencer por medio de la conquista y la evangelización, o un paraíso perdido con posibilidades ilimitadas de goce para aquellos que lo encontraran y colonizaran (Finazzi-Agrò 1996). Como se señaló en el capítulo 2, ambas ideas estuvieron presentes

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en la percepción española sobre la conquista y colonización del altiplano central colombiano y de las vertientes cordilleranas que lo rodean.

Uno los españoles que pensó encontrar la gloria en el interior de la “Tierra Firme” –

nombre que servía en las primeras décadas del siglo XVI para designar todo lo que no fueran las islas antillanas– fue Pedro Fernández de Lugo, quien por ese entonces había sido nombrado como Gobernador de Santa Marta. Para cumplir su cometido Fernández de Lugo designó al abogado granadino Gonzalo Jiménez de Quesada como cabeza de una expedición destinada a abrir una ruta hacia el sur y alcanzar el Perú siguiendo el curso del río Magdalena, y a conocer y fijar la localización de los límites de la gobernación de Santa Marta. Hay que tener en cuenta que las imprecisiones sobre el tamaño y las características del territorio complicaban la definición espacial de las jurisdicciones entregadas a los gobernadores. En el caso particular al que se está haciendo referencia, se trataba de establecer la extensión y fronteras de las gobernaciones de Santa Marta, Cartagena y Venezuela (Avellaneda 1995a:5-6). Cada vez que se daba noticia del descubrimiento de un nuevo territorio se comenzaba un largo pleito sobre a quién correspondía. De ahí la importancia de algunos mecanismos de legitimación legal y simbólica del control sobre un territorio como eran la fundación de ciudades y el reconocimiento de la soberanía de los reyes españoles izando el estandarte real. Con la creación de núcleos urbanos, los gobernadores ratificaban la posesión de una región dentro de su gobernación. La fundación de ciudades también era vital en la mentalidad de los españoles ya que por medio de este mecanismo sentían que un territorio que les era totalmente extraño quedaba subordinado a su presencia. Además significaba la posibilidad de construir un espacio donde podían afirmar e irradiar al área circundante sus valores culturales (Colmenares 1997a:5). En la Imagen 12, al final del presente capítulo, se muestra una representación pictórica de la fundación de Santafé elaborada en 1938 en la que el artista imaginó a Jiménez de Quesada sosteniendo el estandarte real en el momento de leer el acta en la que se proclamaba que el nuevo territorio era posesión del soberano español.

Adicional a su función política como reconocimiento o ensanchamiento de los límites de un territorio, la organización de las expediciones también tenían como fin el liberarse de una población de “vagos”, “ociosos” y maleantes, y ,en general, de una masa de

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hombres y mujeres de diversas procedencias y grupos étnicos que contribuían a volver aún más caótica y precaria la supervivencia en las ciudades españolas recién fundadas sobre la costa caribe de Suramérica. La llegada a Santa Marta de Fernández de Lugo en 1536, y con él de los hombres y mujeres que meses y años más tarde participarían en la conquista y ocupación española en el Altiplano Cundiboyacense, dobló la población europea y mestiza en la ciudad y agravó los problemas de abastecimiento de agua y acceso a alimentos, lo que generó una situación propicia para la dispersión de enfermedades y epidemias (Avellaneda 1995a:10). Entre los desastrosos efectos de la presencia de estos grupos de “desocupados” estaba el pillaje a las poblaciones indígenas

y la destrucción de sus cultivos, circunstancias que contribuían además al poco entendimiento interétnico. Este tipo de situaciones explican en buena medida las condiciones de hambruna e inestabilidad política y social de los primeros centros urbanos españoles en el litoral norte del Suramérica (Friede 1966; 1989).

La existencia de una población inquieta y desesperada obligó a las autoridades locales a organizar pequeñas expediciones a los alrededores de Santa Marta y la Sierra Nevada con el fin de ocupar y distraer a las personas, y de tratar de conseguir oro y comida (Avellaneda 1995a:10). Para el momento en que Jiménez de Quesada estaba organizando su salida hacia el sur, la situación de Santa Marta era tan grave que muchos españoles se le unieron con el único fin de “liberar la vida de entre tantas muertes”,

como lo expresara el cronista franciscano Fray Pedro Simón (1981/1625/: III, 80). Finalmente la tropa conquistadora salió de Santa Marta en abril de 1536 y llegó al Altiplano Cundiboyacense en los primeros meses de 1537 (Avellaneda 1995a; 1995b, Friede 1966; 1989).

Otros dos grupos de conquistadores llegaron en al altiplano pocos meses después de Jiménez de Quesada. Uno, estaba comandado por un lugarteniente de Francisco Pizarro que venía del sur luego de haber sometido la porción del Twantinsuyo que se ubicaba en la sierra norte del actual Ecuador. Se trataba de Sebastián Moyano a quien la historia terminaría por conocer con el nombre de Sebastián de Belarcázar (o Benalcázar) por su pueblo de origen en el sur de Extremadura (Del Castillo 1990, Melo 1998). A este grupo se le debe el descubrimiento y conquista del norte de Ecuador y del suroccidente de Colombia, y la fundación de ciudades como Quito en 1534, el primer intento de

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fundación de San Juan de Pasto, de Popayán y de Santiago de Cali entre 1536 y 1537 (Avellaneda 1995a; 1995b, Friede 1966; 1989). Estos enclaves urbanos españoles se convirtieron en los centros desde los cuales se emprendieron nuevas expediciones de descubrimiento y conquista, y, articulados posteriormente como puntos importantes de la comunicación y el comercio entre el Virreinato del Perú y Cartagena, fueron los ejes de colonización española en la región.

El otro grupo estaba encabezado por Nikolaus Federmann, a quien las fuentes escritas españolas terminarían castellanizado como Nicolás de Federmán. Este era un banquero alemán de la casa Welser quien saliendo de Coro en la costa norte de la gobernación de Venezuela, reconoció parte del territorio de la Orinoquia y los Llanos Orientales y entró al altiplano por la región suroriental. En realidad estaba siguiendo los pasos de las exploraciones de otros alemanes encargados de la gobernación como Jorge de Espira (Georg Hohermut von Speir) y Ambrosio Alfinger (Ambrosius Ehinger) (Raush 1994). La participación alemana en la conquista y descubrimiento del norte de Suramérica, de la cual hacen parte las expediciones de Ambrosio Alfinger en 1532 y Nicolás de Federmán en 1536 que llegaron a las sierras andinas pobladas por grupos de habla Chibcha, se debe a los interés económicos y comerciales de las casas Welser y Fugger en participar de las riquezas de América. Después de todo, algunos de los reinos germánicos formaban parte del territorio europeo que era controlado por Carlos V y gracias a una deuda financiera contraída por el emperador los banqueros tudescos, lograron acceder más fácil a una capitulación en la cual se les permitió organizar la conquista de Venezuela. Aunque esta empresa fue comandada por alemanes, el resto de la parte europea de la tropa era completamente española, y su actitud y comportamiento hacia los indígenas no fue muy distinto al del resto de huestes conquistadoras en la región. Tanto los Welser como los Fugger nunca lograron el reconocimiento que deseaban y para 1566 el Consejo de Indias dio por terminada la empresa “alemana” del

descubrimiento y conquista de Venezuela (Avellaneda 1995a, Friede 1966; 1989, Morales 1988).

Las acciones y hechos de las rutas y expediciones de descubrimiento y conquista española en los Andes del norte de Suramérica, narrados en las crónicas del período

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colonial, hacen parte del repertorio de la historia oficial colombiana, y han sido tratados por historiadores de diverso cuño intelectual. Por tanto, un recuento pormenorizado de estás no será realizado en este capítulo. Sin embargo, se comentarán ciertos aspectos de las expediciones de conquista por cuanto dan algunas señales del tipo de identidad hispánica que se dio a lo largo del siglo XVI y permite entender algunas cuestiones del matiz que adquirió el proyecto colonizador español en el epicentro geográfico del Nuevo Reino de Granada.

La experiencia de la conquista fue para muchos de sus actores uno de los puntos que marcó la identidad del mundo español y criollo en el siglo XVI, y cimentó las redes sociales de la primera oleada de ibéricos que llegaron al altiplano. Indudablemente, el tránsito de los españoles que duró cerca de un año por una región de selvas, ríos y ciénagas tropicales que les era absolutamente desconocida debió ser difícil. Ténganse en cuenta que se trataba de hombres mediterráneos, algunos de los cuales contaban sólo con algunas temporadas en las Antillas como su única experiencia en América. El interior de la “Tierra Firme”, como es el caso de la región por donde pasaron los

hombres de Jiménez de Quesada, Federmán o Belarcázar tiene unas condiciones de vegetación y clima diferentes al de las islas del Mar Caribe.

Para el siglo XVI, la masa de bosque húmedo tropical cubría prácticamente toda la cuenca media y baja del Río Magdalena. Durante la estación de lluvias los ríos crecen y las ciénagas extienden sus orillas a puntos donde, a simple vista, parecen masas de agua infinitas, y la región se convierte en un laberinto de caños, pantanos y lagos. En la Orinoquía y los Llanos Orientales, áreas por donde pasaron los hombres de Federmán antes de subir a la cordillera, las aguas convierten a las sabanas tropicales en extensos esteros que dificultan el tránsito. Como ya se indicó en el capítulo 2, las condiciones climáticas y de vegetación de las vertientes de las cordilleras en los Andes Septentrionales están cubiertas por densas masas de bosque de montaña que en muchas ocasiones terminan en escarpadas y pronunciadas laderas que impiden el paso de grandes contingentes de personas, más aún si van a caballo.

El desconocimiento de las plantas y animales del bosque y las sabanas tropicales, y la desconfianza española hacia una naturaleza que ante sus ojos parecía extraída de los bestiarios y leyendas medievales, dificultó el aprovisionamiento de víveres. La falta de

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un entendimiento con los indios, bien fueran aliados o enemigos, complicó aún más la situación alimenticia. En otras palabras, la carencia de un conocimiento técnico y práctico de este medio ambiente comprometió seriamente la supervivencia de las tropas sucumbiendo fácilmente a las enfermedades y el hambre. Ignacio Avellaneda (1995a: tabla 3.1) calcula que de los 800 hombres que salieron de Santa Marta con Jiménez de Quesada llegaron 173, es decir que solo el 21% sobrevivió el viaje de casi un año. Los mismos datos muestran que Federmán perdió a casi la mitad de los 300 que salieron de Coro y Belarcázar arribaría al altiplano con el 75% de su contingente original de cerca de 200 hombres.

Pero más allá de las cuestiones relacionadas con los padecimientos de la expedición, hay una cuestión ideológica que vale la pena destacar por cuanto cobrará sentido años más adelante en las disputas sobre el control político y social del mundo neogranadino. La experiencia de la travesía por los distintos parajes tropicales fijaría en la mentalidad española, y posteriormente en la criolla, la idea de una gesta heroica que se ajustó muy bien a la legitimación de reclamos y peticiones ante la corona sobre aquellas cuestiones a las que los conquistadores y sus descendientes creían que tenían derecho. Los cronistas resaltaron “el brío español” como forma de manifestar el espíritu vencedor del

conquistador que venció todos los obstáculos naturales y humanos del curso bajo y medio del Río Magdalena –las víboras, los caimanes, las plagas, las ciénagas, los ríos caudalosos, los indios guerreros, las montañas y breñas– y que se supo sobreponer al hambre y la enfermedad. Tanto las crónicas de Fray Pedro de Aguado y Juan de Castellanos, redactadas en la segunda mitad del siglo XVI, como la de Fray Pedro Simón, elaborada a comienzos del siglo XVII, fueron escritas leyendo los relatos de los propios conquistadores o inclusive escuchando las vivencias de los protagonistas de las expediciones, y, con seguridad, también reprodujeron el ánimo reivindicativo y probatorio al que estaban interesados estos personajes (Hernández 2012).

Esto coincide con lo que se ha dicho para buena parte de los conquistadores españoles del siglo XVI, y es la necesidad de demostrar ante la Corona la naturaleza gloriosa de sus hazañas como un mecanismo de justificación ante el estado y los acreedores que financiaron sus expediciones y como legitimación de los derechos a lo que creían ser merecedores por esta participación (Restall 2004: 109). En algunos de los pleitos sobre

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tenencia de encomiendas en el Altiplano Cundiboyacense en la década de 1560, es decir más de veinte años después de la llegada de los primeros españoles, se encuentra siempre el recordatorio de la participación del padre o el esposo en dicha gesta como parte de los recursos de apelación ante un proceso de despojo de la encomienda. Este sería, por ejemplo, el caso de Florentina de Escobar y Juan Gallego quienes en 1563 gozaban de los tributos de los indios de Tenjo y Socotá al occidente de la Sabana de Bogotá. Florentina y Juan eran, respectivamente, la viuda y el hijo del maestre Juan Gallego, participante en la “pacificación” del Nuevo Reino y uno de los “primeros cristianos” en llegar a la región era recordada en una parte del pleito (AGN

Encomiendas 6, doc.17, fol. 510r).

Avellaneda (1995a: tabla 3.5) ha calculado que la media de edad de los españoles que entraron con las expediciones de conquista al Nuevo Reino era de 27 años, y que más de la mitad de la tropa estaba entre los 20 y 30 años (54.3%), y en menor proporción entre los 30 y los 35 años (18.1%). Estos cálculos etarios muestran que para 1575 buena parte del núcleo primigenio de conquistadores se encontraba aún vivo y actuando como un grupo de presión política en los cabildos, los cargos públicos y la Real Audiencia. Si no estaban vivos, sus descendientes tendrían la edad suficiente para haber entrado en la arena de la política y el manejo de los negocios familiares. El nepotismo, las redes clientelares y el matrimonio hacían parte del círculo del ejercicio del poder en los centros urbanos españoles en los Andes neogranadinos, y para mantenerse en éste se debía tener, aparte de una buena renta proveniente de las encomiendas, el honor y el prestigio de pertenecer al grupo de conquistadores.

Hay que tener en cuenta que las encomiendas más ricas y lucrativas de la segunda mitad del siglo XVI se ubicaban en las jurisdicciones de Santafé y Tunja y pertenecían a los actores de la conquista o a sus directos descendientes (Colmenares 1997b, Gamboa 2010, Villmarín 1972). Es decir, pertenecían al sector de los que llegaron por primera vez, o “primeros descubridores” como se llamaban así mismos. Mantener los derechos

de los antiguos conquistadores y sus descendientes era algo que para finales del siglo XVI sostenían todavía muchos miembros de la sociedad neogranadina. Algunos, incluso consideraban que en las acciones heroicas de estos hombres radicaba la grandeza Imperial de España, como es el caso de Bernardo de Vargas Machuca (1892/1599/:49),

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quien opinaba, a finales del siglo XVI, que era gracias a los logros militares de los conquistadores ibéricos en el Nuevo Mundo, y los tributos que se generaron gracias a sus conquistas, que los Habsburgo, quienes moraban el Palacio del Prado, podían mantener sus guerras contra otros reyes en Europa.

La experiencia de la conquista sirve también para comprender algunos de los matices que tomó la empresa colonizadora española en las décadas de 1540 a 1560. Para Juan Friede (1966:67) las narraciones de la conquista sobre las decisiones políticas y estratégicas de Jiménez de Quesada sugieren el “espíritu colonizador de nuestro Licenciado”. Según este historiador, el granadino era conocedor del derecho español y

sabía que fundando ciudades y asentamientos ganaría la legalidad y legitimidad necesarias para ratificar ante la Corona el éxito de su empresa, lo que en últimas garantizaría la obtención de algún título para él. No obstante, entre la llegada de Jiménez de Quesada al altiplano y la fundación de las primeras ciudades pasaron varios meses. La cuestión puede obedecer a un sentimiento español de inseguridad ante muchas comunidades muiscas que comenzaron a inquietarse ante la presencia ibérica. Como se comentará más adelante, hay evidencias de levantamientos y rechazo indígena a la presencia temprana de los conquistadores.

Es probable que para lograr esta empresa de “colonización” los miembros de la tropa, y

el mismo Jiménez de Quesada como cabeza de ésta, asumieron que la sujeción de los indios del altiplano a la autoridad real debía lograrse mediante una pacificación lograda por la guerra. Este mecanismo se adecuaba muy bien a la mentalidad ibérica de ese momento ya que un triunfo de carácter militar servía para ratificar la pertenencia o la entrada al mundo de la hidalguía. Además, buena parte de las cuadrillas y escuadras de las expediciones quedaron al mando de sujetos con algún grado de experiencia militar en guerras tanto en Europa como en otras regiones del Nuevo Mundo (Colmenares 1997a:3).

Como los molinos del Quijote, en la narración conquistadora la contraparte indígena siempre fue vista como un enemigo monstruoso al que se le venció mediante una gesta valiente. No se debe olvidar que la conquista fue hecha por hombres que provenían de una cultura marcada por la guerra contra un “otro” culturalmente diferente como eran

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penetración hispánica en los territorios amerindios tomara el carácter de una nueva “cruzada” contra “infieles” y “paganos” (Escallón 1991:85, Jackson 2007:228, Melo

1996:9).

De otro lado, la crisis social y demográfica que se vivía en la península ibérica, a finales del siglo XV y principio del XVI, fue uno de los factores que impulsó a centenares de

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