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Discussions, Conclusions, and Recommendations 66

Así como para la antigua tradición mística, para Juan de la Cruz, el dolor por sí solo no engaña. El dolor no constituye lo esencial de la experiencia. No obstante, el dolor que deviene escritura nos remite a una dimensión esencial que mueve la experiencia de la escritura. “Esta escritura que altera al cuerpo da testimonio de una diferencia, como el fracaso en la ciencia inscribe a lo real en un marco de expectativas teóricas”3

. La experiencia del dolor se dibuja en razón de las posibilidades ilimitadas para nombrarse. En otras palabras, el dolor es expectativo. En ese sentido, para Labadie, el dolor no es efecto de la alteración de un cuerpo, no se refiere exactamente a su cuerpo, se trata, más bien, de la “unión” que “había pensado encontrar con un cuerpo social, el dolor lesiona la juntura con el cuerpo que él creía que le había sido dado a su espíritu”4. En esa dirección, el dolor abre la herida del espíritu solitario. Labadie se pierde entre la multitud, lugar donde aspira que se revele, por sí misma, una “mentira” encubridora. La elección (interior), que prima sobre la contemplación, se sostiene en una mentira que está encubierta por la multitud. Para Labadie, “el desprestigio de lo real se convierte en una fuente de lo verdadero”.

Labadie articula el arte de “hacer creer” a los “públicos” con la necesidad de agredir. Rompe los registros sobre los que reposan los dogmas instalados sobre un consenso. Enseguida, saca a relucir el cuchillo con el que golpea a los públicos: seduce e irrita5. Suscita, con su lenguaje barroco, la contradicción y el desconcierto en su auditorio. Pero, “¿dónde está el autor de las escenas que representa en tantos teatros diferentes? ¿Quién es

1Georges Vigarello, “Historia de Cuerpos: entrevista Michel de Certeau”. Historia y Grafía (Julio-Diciembre

de 1997).

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Ibíd.

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De Certeau, La fábula mística, 331.

4

De Certeau, La fábula mística, 332

5

él? ¿Un muerto que aún alienta? ¿Alguien al que la gracia le hizo un milagro? ¿Un don Juan? ¿Un comediante?”1. Para Labadie, todas las escenas se distribuyen en la noche oscura de la fe. La fuente de lo verdadero emana de un viaje que atraviesa la cristalización de todos los registros, dentro de los cuales todos los cuerpos circulan en el siglo XVII: los alumbrados, el jansenismo, protestantismo y jesuitismo2. La hostilidad y la oposición de los oyentes confeccionan, para Labadie, las condiciones de un mártir que tiene como privilegio la atopía a donde ellos lo confinan3:

[E]s preciso, pues, volver a pensar la mística, en busca, ya no del lenguaje que ella inventa, sino del “cuerpo” que en ella habla: cuerpo social (o político), cuerpo vivido (erótico), cuerpo escriturístico (como tatuaje bíblico), cuerpo narrativo (un relato de pasiones), cuerpo poético (el “cuerpo glorioso”).4

Labadie desarrolla un diagrama en el que el ideal primitivo cristiano se intensifica, “a medida que se deshacen los lazos del grupo social con la ‘presencia’ de su origen”5

. Nada corresponde a la “imagen” de su lugar. La brecha entre todos los lugares y su atopía ocasiona un éxodo indefinido, en el que el viajero “ya no tiene ni fundamento ni fin. Entregado a un deseo sin nombre, es un barco a la deriva. Y a partir de ese momento el deseo ya no puede hablarle a nadie”6

. El deseo innombrable se priva del habla, su inconmensurabilidad deviene una afasia, un silencio “más solitario y perdido que antes, o menos protegido y más radical, siempre en busca de un cuerpo o de un lugar poético. Continúa pues caminando, trazándose en silencio, escribiéndose”7. Se trata de una absorción originaria, conforme Hadewijch de Amberes hablaba de la unión con el Principio: “un noble yo no sé qué, ni esto, ni aquello, que nos conduce, nos introduce y nos absorbe en nuestro Origen”8

. El hecho de que nada constituya el lugar del que se está separado, conduce a la evocación poética de la distancia y a la absorción de esa atopía en

1

Ibíd.

2

“El código social impone a cada uno una casilla identificadora en el tablero de las ‘puertas’ y de los estados ‘religiosos’: si no estás aquí, estás allá, si no eres jesuita, entonces eres jansenista; si no eres jansenista, entonces eres calvinista”. De Certeau, La fábula mística, 332

3

De Certeau, La fábula mística, 331.

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Ibíd.

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De Certeau, La fábula mística, 333.

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De Certeau, La fábula mística, 274.

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Ibíd.

8

Hadewijch de Amberes, Écrits mystiques (Paris: Seuil, 1954), 141. Citado en De Certeau, La fábula mística, 274.

un “Origen” (mítico), cuyo umbral es por definición inefable. El único refugio que le queda al deseo sin nombre, ese barco a la deriva, es el horizonte de la poesía.

En poesía, dice René Char, “se habita el lugar que se deja, sólo se crea la obra de la que uno se desprende, sólo se obtiene la duración destruyendo el tiempo”1

. El único lugar pensable para el desarraigo es la poesía. Lugar al que todo vuelve, “partir sin volver atrás” (fortgehen

ohne Rückschau), dice Nelly Sachs en un poema. Para Labadie, hay un exceso motivado

por el deseo que suscita el movimiento, la alteración mueve a ir cada vez más lejos y más allá. Esto es el barco a la deriva donde el deseo no encuentra asidero: “el noble yo no sé qué, ni esto, ni aquello” de Hadewijch de Amberes, que no es una angustia, sino una nostalgia inquietante que “nos absorbe en nuestro Origen”2

. La distancia motiva el movimiento, traza su camino escribiéndose en la noche solitaria que ofrecen las estrellas.

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