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Discussions, Conclusions and Future work

Oriana Ercoli Altamirano

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FISCALÍA REGIONALDE LA ARAUCANÍA Y UNIVERSIDADDELA FRONTERA

Este artículo constituye una recopilación bibliográfica de los diferentes estudios y experiencias encontradas por diversos autores expertos en el tema, respecto de los principales efectos psicológicos a corto plazo del abuso sexual infantil. Debido a que no existe un síndrome específico que se pueda describir y reconocer como propio de este fenómeno es que se hace necesario describir dichos efectos, según características específicas tanto de los niños víctima, como de sus familias, y del tipo de abuso y abusador sexual. Asimismo, se hace mención especial a los efectos que puede aca- rrear la intervención del sistema judicial, sobre todo en los casos de niños cuyas denuncias terminan en juicio oral, rescatando como positivas algunas experiencias innovadoras de la Reforma Procesal Penal, implementada desde hace pocos años en Chile.

1. Introducción

En la gran mayoría de los casos, el abuso sexual constituye una experiencia traumática que repercute negativamente en el estado psicológico de las víctimas. Si éstas no recibieran el tratamiento psicológico adecuado, su malestar podría continuar incluso en la edad adulta ( Jumper, 1995).

El límite temporal referido a los denominados efectos a corto plazo o iniciales se suele situar en los dos años siguientes al suceso. A partir de ese momento, se habla de efectos a largo plazo (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000).

1 Oriana Ercoli Altamirano. Unidad de Atención a Víctimas y Testigos. Fiscalía Regional.

Los efectos de los abusos sexuales son muy variables dependiendo de facto- res relacionados con la víctima, con el agresor, con la relación existente entre ambos, con la reacción del entorno, etc. Estos efectos, por otra parte, han sido mal estudiados; de ahí que, en base a las diversas publicaciones de casos clínicos aislados, la impresión haya sido de una gran variabilidad individual, donde es muy difícil establecer patrones típicos de respuesta emocional (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000; Vásquez, 1995). En este sentido, algunos estudios han encontrado que los niños que han sido víctimas de abuso sexual no mostrarían un grupo claro y definido de síntomas. Más bien presentarían un difuso y general estado de vulnerabilidad que incrementaría el riesgo de padecer un amplio rango de síntomas. Esto indicaría que el perfil psicológico de los niños víctimas de abu- so sexual sería muy similar al que presentarían muchos otros niños que viven diferentes situaciones adversas (Fergusson y Mullen, 1999).

Sin embargo, algunos autores han descrito un síndrome específico que caracte- rizaría al abuso sexual infantil, y que se encontraría estrechamente vinculado con el trastorno de estrés postraumático (Goodwin, 1985; Kiser et al., 1988; en Fergusson y Mullen, 1999). Es así como Weinstein, Steffalbach y Biaggio (2000), señalan que tanto el estrés postraumático como el déficit de atención con hiperactividad son los trastornos psicológicos más diagnosticados en este tipo de niños.

Las diversas revisiones realizadas de los estudios sobre las consecuencias a corto plazo del abuso sexual infantil (Beitchman et al., 1991; Brown y Filkenhor, 1986; Kendall y Tacket et al., 1993; Trickett y Mc Bride-Chang, 1995; en Cantón y Cortés, 1997) refieren que los niños víctimas de abusos sexuales presentan, en mayor medida que los niños normales, una serie de síntomas tales como: miedo, pesadillas, desorden de estrés postraumático, depresión, retraimiento social, con- ducta regresiva, trastornos somáticos, conducta sexual inapropiada, conducta an- tisocial agresiva, delincuencia, problemas de aprendizaje, hiperactividad, huidas de casa, así como síntomas combinados (internos y externos). Cuando la sintomatología de los niños víctimas de abusos sexuales se compara con la del grupo control clínico, los primeros sólo superan a los segundos en desorden de estrés postraumático y conducta sexualizada (Wolfe y Birt, 1995). No obstante, como señalan Kendall-Tackett, Williams y Filkenhor (1993), estos resultados hay que interpretarlos con precaución por dos motivos. En primer lugar, porque la mayoría de los grupos de control quizás tenga algunos casos encubiertos de abu- so sexual. En segundo lugar, porque los controles clínicos incluyen muchos niños que han sido enviados por su conducta sintomática y, consiguientemente, es nor- mal que presenten más síntomas que los niños objeto de abusos sexuales, que han sido enviados no por un síntoma, sino por la experiencia sufrida.

En relación con la frecuencia con la que se presentan los diferentes síntomas en los niños víctimas de abusos sexuales, se ha observado que entre el 60 y 80%

de las niñas se ven afectadas en diferente grado. Sólo entre un 20 y 30% permane- cen estables emocionalmente después de la agresión. Entre el 17 y 40% sufren patologías clínicas claras. El resto tiene síntomas de uno u otro tipo. La edad en que más se ven afectadas está entre los 7 y 13 años, siendo, por ello, el período más vulnerable (López, 1994).

El Tufts Family Crisis Program (1984; en Vásquez, 1995) estudió una muestra de 113 niños un año después de la revelación del abuso mediante la Lousville Behaviour Checklist. Se observó que el 17% de los niños entre 4 y 6 años presen- taban algún rasgo de patología clínica. En los menores de edades comprendidas entre los 7 y los 13 años, esta proporción ascendía al 40%. Los principales rasgos patológicos observados fueron: agresividad 50%, conducta antisocial 45%, com- portamiento sexual desviado 36%, miedos 45%, comportamiento neurótico 38% e inmadurez 40%. La observación clínica o patrón de conducta que más frecuen- temente aparecía era el siguiente: miedo-ira-hostilidad.

Por otro lado, entre los efectos encontrados con mayor frecuencia en las dis- tintas investigaciones se encuentran: 1) a nivel físico: problemas de sueño (entre el 17 y 30%), cambios en los hábitos de comida (entre 5% y 20%) y embarazo (entre 1 y 11%); 2) desde el punto de vista emocional: miedo (entre 40% y 80%), hostilidad (entre 13 y 50%), culpa (entre 25 y 64%), sentimientos de depresión (en torno al 25%), baja autoestima (en torno al 58%), angustia, agresiones y conducta antisocial y sentimientos de estigmatización. También es relativamente frecuente que manifiesten excesiva curiosidad sexual, inicien o aumenten las conductas masturbatorias y exhiban sus genitales. Entre el 27 y 40% pone de manifiesto algún tipo de conducta sexual anormal; 3) desde el punto de vista social: dificul- tades escolares, comportamiento antisocial, discusiones familiares frecuentes, aban- dono del hogar (entre el 33% y 50%), delincuencia, matrimonio precoz y prostitu- ción (López, 1994).

A nivel físico, una serie de investigaciones asocia también el abuso sexual con el aumento del riesgo de padecer enfermedades físicas a largo plazo (Chadwick, 1998). A nivel fisiológico, también se han observado cambios tales como: aumento de catecolaminas en la orina de las niñas abusadas, en cantidades similares a las observadas en individuos con trastorno de estrés postraumático y depresión ma- yor (De Bellis, Lefter, Trickett y Putnam, 1994); elevados niveles de la hormona del crecimiento en niños sexualmente abusados ( Jensen, Pease, Ten Bensel y Garfinkel, 1991); y también hay datos que sugieren que el abuso sexual estaría relacionado con una temprana pubertad en las niñas (Trickett y Putnam, 1993).

Asimismo, otras investigaciones han evaluado la relación existente entre el suceso abusivo y la respuesta emocional de los niños a la examinación médica genital. En un estudio de 43 niños víctimas de abuso sexual y sus madres, donde se evaluó su conducta ante el examen antes y después del abuso sexual, se encon-

tró que los niños mostraban índices de reducida ansiedad antes del evento traumático, la que aumentaba considerablemente después del evento, aunque su aumento también se asoció al aumento de ansiedad en las madres que los acom- pañaban (Steward et al., 1995). En otro estudio realizado con 300 niños a quienes se examinó por sospecha de abuso sexual, se encontró que los niveles de ansie- dad eran considerablemente superiores durante el examen anogenital que duran- te el examen físico general (Gully et al., 1999).

Tras revisar 45 estudios, Kendall-Tackett, Williams y Filkenhor (1993) conclu- yeron que el abuso sexual explicaba el 43% de la varianza en el caso de la con- ducta sexualizada y del comportamiento agresivo, el 32% de los problemas de conducta externa y del 35% al 38% de las conductas internas (problemas inter- nos, depresión, retraimiento).

Calam et al. (1998) realizaron una investigación con 144 niños víctimas de abuso sexual a quienes se les siguió durante los 12 meses siguientes a la ocurren- cia del abuso, mediante entrevistas con los profesionales involucrados en su aten- ción. Los resultados indicaron que dos tercios de los niños mostraron indicadores de disturbios emocionales y conductuales, siendo los más frecuentes: trastornos del sueño, temperamento irritable y depresión. También se observó que a lo lar- go del tiempo hubo un sustancial incremento de la ansiedad, depresión, intentos de suicidio, abuso de sustancias, escasa interacción con los pares y comporta- miento sexualizado (Calam et al., 1998).

En otro estudio realizado con una muestra de 16 niños víctimas de abuso sexual, a quienes se les administró una batería de tests, se encontró que tanto niños como niñas puntuaron muy alto en los ítems que reflejaban olvido de los hechos o disociación emocional. Las niñas puntuaron más que los niños en ítems indicadores de secuelas emocionales y cognitivas, tales como pensamientos recu- rrentes o pesadillas (Garrido, Casals y Tur, 1996).

A menudo se observan también rabia, trastornos de la identidad sexual, pérdi- da del control de esfínteres, conductas autolesivas o suicidas, vergüenza, ansie- dad, fatiga, rechazo al propio cuerpo y desconfianza y rencor hacia los adultos (Casas, 1996; Vásquez, 1995; Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000).

Lo antes mencionado se ve confirmado en la población española, donde López (1994) encontró que los sentimientos más frecuentemente producidos por los abusos fueron los de desconfianza (70%), asco (63%), miedo (50%), hostilidad hacia el agresor (56%), vergüenza (49%) y ansiedad (40%). Cerca de un 27% de los varones y más de un 42% de las mujeres afirman haber comenzado a perder la confianza en sí mismos, en el agresor o en las personas del mismo sexo del agre- sor. Asimismo, más de un 2% de las mujeres y cerca de un 1% de los hombres han tenido ideación suicida. Dentro de las consecuencias físicas, se observó un peque- ño porcentaje de víctimas que sufrió algún tipo de daño físico en los genitales o

en otras partes del cuerpo, a lo que habría que añadir el 1% de mujeres en las que se produce un embarazo no deseado, como consecuencia del abuso sexual.

2. Resiliencia y factores mediadores del impacto del abuso sexual

Para poder captar el verdadero impacto del abuso sexual habría que evaluar el funcionamiento psicológico de las víctimas en diversos momentos de su desa- rrollo posterior. Es decir, que el diseño longitudinal resulta imprescindible para analizar la evolución de la sintomatología y averiguar cuáles son los factores que contribuyen a la recuperación de los niños. En general, los resultados de los estu- dios longitudinales indican que los síntomas tienden a amainar con el paso del tiempo. Por ejemplo, Waterman (1983; en Cantón y Cortés, 2000) encontró que dos tercios de los preescolares víctimas de abusos ritualísticos mejoraron desde un rango clínico en el Child Behavior Checklist (CBCL) a un rango normal. Por su parte, los niños de la muestra utilizada por Oates, O’Toole, Lynch, Stern y Cooney (1994) tendían a aproximarse a un rango normal de funcionamiento un año des- pués de producirse la revelación de los abusos sexuales. No obstante, hay un grupo considerable de niños (entre un 10 y un 24%) que parece empeorar, o que incluso llega a desarrollar síntomas que no habían aparecido en la evaluación inicial. El patrón de recuperación varía de unos síntomas a otros, siendo más probable que desaparezcan las señales de ansiedad (problemas para dormir, mie- do al agresor), mientras que los indicios de agresividad (como las peleas con los hermanos) tienden a mantenerse o a empeorar (Cantón y Cortés, 2000). En un estudio realizado con 56 niños de entre 6 y 16 años de edad que habían sido objeto de abusos sexuales, Manion et al. (1998) encontraron que, aunque a los tres meses de la revelación las víctimas obtuvieron unas puntuaciones en depre- sión superiores a las de los controles, siendo más probable que estuvieran en un rango clínico, en la evaluación realizada a los doce meses disminuyeron significativamente. En problemas externos, sin embargo, no se encontraron dife- rencias entre ambas evaluaciones. Otros síntomas, como las preocupaciones sexua- les, parecen agravarse con el tiempo, al menos en el grupo de víctimas menores de doce años (Gomes-Schwartz et al., 1990; en Cantón y Cortés, 2000).

Otra cuestión de gran importancia, por sus implicaciones clínicas, es la referida al importante número de víctimas que no presentan ningún tipo de síntomas des- pués de ocurrido el abuso. El porcentaje estimado de niños asintomáticos oscila entre el 21% (Conte y Schuerman, 1987) y el 49% (Caffarro- Rouget, Lang y Van Santen, 1989). Entre las posibles razones que existen para explicar este fenómeno se encuentran: 1) posibles defectos en la investigación de las secuelas del abuso en estos niños, que pueden llevar a que los investigadores no evalúen un completo

rango de síntomas o que presenten errores en la adecuada medición de los mismos; 2) el hecho de que algunos niños desarrollan los síntomas después del momento de la valoración; o 3) que simplemente hay un número de niños resilientes (resisten- tes) a las experiencias de abuso sexual y que por lo tanto no desarrollan problemas a raíz de ellas. Las investigaciones existentes respecto de la mayor o menor capaci- dad de resiliencia de los niños ante las experiencias de abuso sexual son limitadas (Fergusson y Mullen, 1999); sin embargo, se han identificado tres constelaciones de factores de resiliencia y que por el momento están mostrando mayor validez transcultural que los propios factores de riesgo (Werner, 1989; en Casas 1996):

a) Atributos disposicionales del sujeto que pueden tener fuerte base genética, como niveles de actividad, sociabilidad e inteligencia.

b) Vínculos afectivos en la familia que proporcionan apoyo en momentos de estrés.

c) Sistemas de apoyo externo (sea en la escuela, la iglesia, el trabajo) que gra- tifican las competencias del sujeto y le proporcionan un sentido de vida y un foco de control interno.

Los estudios longitudinales comparativos parecen mostrar que la presencia de factores de resiliencia de tipo constitucional (salud, temperamento) tienen su ma- yor influencia en la primera infancia; que las habilidades comunicativas y de resolución de problemas, así como el disponer de cuidadores alternativos a la propia familia, la tienen en la segunda infancia; y los factores intrapersonales (lugar de control interno, autoestima) la tienen en la adolescencia.

Los factores antes expuestos y otros que se han visto que influyen en el hecho de que los niños no presenten síntomas o, si los presentan, sean en mayor o menor medida, serán detallados a continuación:

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