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“En boca cerrada no entran moscas. `Flies don’t enter a closed mouth´.”

Gloria Anzaldúa – Cómo domesticar una lengua

La memoria se hace desde el cuerpo, ahí donde nos afectamos y afecta la experiencia singular171. La materialidad de la experiencia corporal está fuera del discurso, es sensacional, pero sólo puede ser interpretada y comprendida mediante este. Al mismo tiempo, no podemos reducir la experiencia del cuerpo a un juego de lenguaje. Las feministas del subdesarrollo, de la frontera (véase Mohanty, 1991; Anzaldúa, 1980, 1999), a través de las cuales, daré cuenta de la actitud y los términos que manejo, han sorteado esta barrera, podríamos decir, teórica, respecto a la incapacidad de hablar sobre el cuerpo, hablando desde el cuerpo, diciendo palabras encarnadas, palabras conmovedoras, con capacidad de afectar, de transformar, de hacer espacio de encuentro, diálogo, de re-contar, re-decir, re-palabrear historias con potencial de restituir el sentido de los acontecimientos que vivimos. Esta palabra tendría tanta fuerza porque es una palabra que lucha por salir desde uno, una palabra que reconoce en sí la carga, las traviesas, y que busca y rebusca haciendo lugar, modificando la valencia de las palabras cliché en su construcción narrativa en un ir haciendo voz propia, histórica y autónoma.

“…el español chicano es una lengua de la frontera que se desarrolló naturalmente. El cambio, la evolución, el enriquecimiento de palabras nuevas por invención o

adopción han creado variantes del español chicano, un nuevo lenguaje. Un lenguaje que corresponde a un modo de vivir: El español chicano no es incorrecto, es una

lengua viva” (Anzaldúa, 1980/2007: 80; traducción propia).

Las feministas subalternas, el Feminismo de Frontera, preocupadas por la despolitización del énfasis retórico del posestructuralismo occidental de los ochentas, más inclinado a analizar los discursos que a beligerar contra la dominación, reivindican su voz, su experiencia corpórea, a lo mucho folclorizada por las feministas blancas, urbanas, académicas. Estas feministas subalternas y subalterizadas, proponen romper el silencio resistente, la invisibilización obligada y/o estratégica, a través del rescate de las

171 Michel Foucault (1986) es quien abre la veta analítica y conceptual contemporánea (“dispositivo de poder de la sexualidad”, “biopoder”, “cuerpos dóciles”, “disciplina”, etc.) sobre la que se fueron cimentando en los ochentas y principios de los noventas investigaciones afines a este enfoque.

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experiencias “situadas” (véase en Haraway, 1993), y de las voces múltiples y diversas de las mujeres como fuente de conocimiento y herramienta útil para pensar la situación de la mujer y la sociedad. Pero fundamentalmente, para proponer una posición política, una acción política feminista, contra-hegemónica y anticapitalista. Por ejemplo, Gloria Anzaldúa (1999) usa la categoría “chicana” apropiándose de ella, resignificándola, rehaciéndola, cooptando y convirtiendo la categoría discriminatoria en emancipadora. Considérese aquí que la noción de experiencia conlleva una propuesta política, una alternativa de resistencia, de nuevos estilos de comportamiento, con potencial para transformar las condiciones de vida. Salir del silencio, estratégico y/o obligado, para co- construir, co-fundar voces que digan lo que las mujeres han callado. Romper el silencio con la toma de la palabra permite compartir, hacer comunión, dialogar y resignificar, en definitiva, acceder a la dimensión del pensamiento, de la generación de conocimiento desde nosotras mismas.

Desde otro flanco, que considero complementario, en los noventas, Judith Butler (1993/2010) presenta al cuerpo en el encierro de las operaciones discursivas, encierro que lo desmaterializa, lo virtualiza como un modelo a ser habitado, y no como un cuerpo históricamente construido. La materialización del cuerpo consiste en hacerse al cuerpo virtual (desmaterializado), al cuerpo deseable, al “cuerpo que importa”. La autora propone tratar de comprender los mecanismos por los cuales los cuerpos que no son convencionales, los cuerpos abyectos, los que no han sido capturados por el discurso, son los cuerpos que más importan y, por consiguiente, han sido sometidos a distintos tipos de violencia: el silencio, la relación de semejanza y la adecuación o corrección. El reto de Butler consiste en deslocalizar la materialización del cuerpo de la virtualidad, el cuerpo desmaterializado regulado por la nominación y los efectos productivos del discurso para que pueda abrirse a nuevas posibilidades. Montura teórica que la autora articula mediante el concepto de “performatividad”. El performance es una teatralidad que sucede en la medida en que se oculta la historicidad del cuerpo. Los cuerpos desmaterializados traen consigo actuaciones que son reiteración de una norma o conjunto de normas.

El “cuerpo que importa”, en los que nos es sugerido que encarnemos, está producido por el discurso. Podemos identificar los modos de actuación, los modos de experiencia: situados y parciales, en una mujer: adolescente, madre, esposa, abuela, trabajadora, amiga, amante, seductora. Y decimos: “la novia de fulanito es muy buena chica, no como la de perengano que ya verás como acaban”, porque los cuerpos que importan estarían detrás auspiciando la habitabilidad y la deriva experiencial. Ironizando con la nostalgia del amor pasado, Javier Bergia tiene un frase que, creo, muestra bien esto: “Para qué sentirme mal si tú no estás ahora”. Habría disponible un deber de sentirse mal, un deber estar aquí ahora, un deber decirte que estés, cantarte para que estés. Estos cuerpos virtuales con los que podemos jugar como en un juego de realidad virtual, a que tengan la vida que hay que tener: casa magnífica, coche, hábitos saludables, cara bonita, sonrisa fácil, potencial económico, excelente gusto gourmet… sea el cliché que sea el que se nos pase por la cabeza. Estos cuerpos son cuerpos fríos, deshabitados por la historia, por los matices, por la rabia, la carcajada y el amor que mata. Las feministas fronterizas reivindican el calor de la singularidad de la historia de

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vida, y por ende del “testimonio” como un manifiesto de vida, como un hacer diálogo contagioso, enunciado desde una comunidad “real”, vívida, alegre y sufriente, reintegrando la vida, el cuerpo, la experiencia de habitar/ser un cuerpo.

Para dar consecución al anudado, retomaré, para argumentar cómo podría articularse la voz propia, la noción de reflexividad, ampliando así sus repercusiones teórico-metodológicas en el presente trabajo.

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