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Importa muy poco si un relato de futuro es empíricamente verdadero o no –a fi n de cuentas, es una mezcla de teorías con mitologías. Lo que importa es si contribuye a proveer de sentido a las acciones y a producir con ello los resultados que promete. En esto no hay duda de que el relato de la consoli- dación de la democracia fue exitoso en la realización de su promesa; creo que no vale la pena detenerse en ello. ¿Por qué, sin embargo, como sugiere este ensayo, este relato ya no es sufi ciente para fundar un futuro con sentido y un presente con legitimidad?

En primer lugar, porque el miedo mítico perdió buena parte de su valor. Como muestran las encuestas, la televisión y la calle, el confl icto y la expre- sión de las diferencias producen cada vez menos miedo. Aunque en Chile el miedo al confl icto ha sido tradicionalmente alto, los antecedentes disponi- bles muestran su signifi cativa reducción en el último tiempo. Por lo mismo, el sentido prevaleciente del orden pierde algo de su capacidad para exigir sacrifi cios. Las personas han experimentado crecientemente que la expresión de confl ictos, destapes y diversidades, no han conducido ni a la ingoberna- bilidad del país ni al estancamiento de la economía. Esto es en buena parte un resultado de la efi cacia del propio relato imperante. Él hizo posible una experiencia de la fortaleza de la democracia y de la tolerancia que ha termi- nado relativizando su propio punto de partida mítico.

En segundo lugar, porque ese mismo relato aceleró enormemente la tenden- cia propia de la modernización a la individualización de las personas. Contri- buyó a ello la idea de que si el Estado era el encargado de producir orden polí- tico en tiempo presente, al mercado le correspondía el desarrollo del bienestar hacia el futuro. Esto permitió un fuerte despliegue del individuo económico (bastante débil hasta entonces) frente a un relativo estancamiento del ciudada- no político (cuya fortaleza era precisamente lo que se temía). Pero resulta que el individuo económico se funda en nociones de orden, de tiempo, de sacrifi cio y de satisfacción, de deberes y derechos, del valor relativo de los riesgos y certe- zas, bastante diferentes al de un sistema político centrado en el valor supremo del orden y en el miedo al desorden que provocan las masas.

Pero el despliegue del individuo económico no es un hecho de signifi ca- ción puramente económica. Contiene ciertas experiencias, temporalidades e

imágenes que impactan sobre la formación de la idea de ciudadanía, como puede refl ejarse en los derechos del consumidor, en la prioridad de sus de- mandas, en el reconocimiento de sus preferencias, en la preeminencia del presente o en el carácter directo y medible de la reciprocidad. En Chile, el mercado –especialmente en su dimensión consumo– y las políticas sociales que se guían por la lógica de mercado, ha creado una experiencia que es novedosa en términos subjetivos. Uno de sus aspectos es el desarrollo de la autoconfi anza de las personas, cuyo crecimiento sostenido a nivel general las encuestas constatan claramente. Esa autoimagen se vuelve cada vez más contradictoria con la experiencia que las personas hacen en el campo de ciu- dadanía política, la cual se funda más bien en el temor a sí mismos.

Para disciplinar al ciudadano político, el relato de la consolidación de la democracia potenció al ciudadano del consumo y al benefi ciario de políticas públicas no asistencialistas, y le resultó muy bien. El punto es que ahora las personas reales se piensan a sí mismas más desde el consumo que desde la política, y desde ahí su propia ciudadanía política no les hace sentido. Tal vez será por eso que cuando a las personas les preguntan por sus biografías pri- vadas, la historia es más optimista que cuando hablan como parte de Chile o sobre Chile. La idea de orden contenida en el relato de la consolidación de la democracia, aunque la hizo posible, no parece ya efi caz para contener el tipo de individuación que creció al amparo de las experiencias realizadas en el espacio del mercado y de ciertas políticas sociales.

Tercero, la percepción de la desigualdad y la creciente crítica a ella hace menos confi able la propuesta de reciprocidad contenida en el relato impe- rante. El gran daño social de la experiencia de la desigualdad es que le quita el piso a la expectativa de reciprocidad colectiva en la que se fundan los relatos de futuro. Sin esa expectativa, como se ha dicho, los sacrifi cios no tienen justifi cación y se experimentan como abuso.

Si se mira agregadamente, en Chile hoy no hay más desigualdad relativa que antes, ni en ingreso, ni en bienes ni en derechos. Y, sin embargo, la gente resiente más agudamente la desigualdad que antes. Es que, al parecer, está cambiando el tipo de desigualdad que importa. Hoy parece importar menos la distribución cuantitativa de los bienes que la distribución cualitativa de las dignidades. Tanto el mercado en su dimensión de consumo, como el Estado a través de sus políticas sociales, han creado un cierto reconocimiento a la dignidad de las personas. Desde el programa dental “sonrisa de mujer”, hasta el “porque tú te lo mereces” de la publicidad, se difunde una idea sobre el valor de las personas. Independiente de su posición, todos valen por lo que son por nacimiento y por lo que pueden llegar a ser por su esfuerzo. Merito- cracia y derechos sociales son parte del discurso de las nuevas dignidades. Y las personas se entienden a sí mismas cada vez más a partir de ellas.

Estas nuevas identidades se ven contradichas, sin embargo, con una doble experiencia real. Por una parte, con la experiencia de la movilidad en el mer- cado del trabajo y de los ingresos. Las personas, especialmente de clase media, han experimentado una fuerte movilidad y lo reconocen, pero también han experimentado que ella tiene un techo duro. Aparece en las percepciones, entonces, una distancia irremontable entre ellos y la elite. Eso se reproduce en las relaciones salariales y de trato entre hombres y mujeres. Por la otra, con la interpretación de lo que ocurre en el ámbito de la política como un orden que se organiza para la autorreproducción y benefi cio propio de la clase política.

Así, en muchos ámbitos el paso entre la base y la cúpula económica o política de la sociedad se ve como si estuviera sistemáticamente bloqueado. Ello conduce a la percepción de la existencia de ciudadanías de distinta clase. Eso no tiene justifi cación a partir de la experiencia de dignidad y capacidad para movilidad que han adquirido las personas. De ahí surge la sensación de que el fundamento del poder de la elite es arbitrario. Con ello se levanta la sospecha de que en la sociedad no rige una proporción entre esfuerzos y recompensas, y que detrás de ello está operando la afi rmación arbitraria de una desigualdad cualitativa en las dignidades.

El relato de la transición creó una idea de dignidad personal basada en los derechos sociales y en los méritos individuales, que se ha vuelto contradicto- ria con la fuerte distinción de dignidades que opera en el mundo del trabajo y de la política.

Se podrían encontrar otros ámbitos donde el relato de la transición y conso- lidación de la democracia comienzan a perder sustento. Pero éstos me parecen sufi cientes para señalar que su pérdida de efi cacia no tiene que ver con su inca- pacidad para cumplir su promesa, sino precisamente por lo contrario: porque en buena parte su promesa está cumplida. Logró articular individuo y orden, pasado, presente y futuro, sacrifi cios y recompensas, de una manera tal que hizo posible al mismo tiempo la gobernabilidad política y el progreso material de las personas. Pero esa misma manera de organizar dio origen a cosas contradicto- rias: miedo al desorden y autoconfi anza, reciprocidad y desigualdad, primacía del orden y afi rmación de la autonomía individual. En el límite de su éxito, cual estricta dialéctica, el relato ha producido su propia negación. El relato de la consolidación de la democracia ha dado origen a experiencias, identidades y demandas que ya no pueden ser ni reconocidas ni satisfechas por él.

En esto radica, es mi opinión, una parte importante de la explicación de la incertidumbre del futuro que cunde en los ánimos desde hace tiempo. Se requiere un nuevo relato de futuro, no sólo para aplacar las inquietudes, sino para hacer posible el desarrollo económico, político, cultural del país. Es necesario, entonces, volver a pensar el futuro de la sociedad y su vínculo con el presente de los individuos reales.

6. CONDICIONES Y LÍMITES PARA LA CONSTRUCCIÓN DE NUEVOS

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