HYDROGEOLOGIC IMPLICATIONS OF URANIUM-RICH PHOSPHATE IN NORTHEASTERN LEE COUNTY
DISSOLVED URANIUM SOURCE Uranium Distribution in Sediment
a Dios de toda
responsabilidad y
culpabiliza en
exclusiva a la
determinación
humana de violar
sus leyes… Visto
así, al menos
aparentemente,
tiene su lógica
pero las
consecuencias no
terminan ahí. No
todo es tan
sencillo como
parece
Fueron muchas
las voces que se
levantaron
contra Leibniz y
su pretensión de
que “vivimos en
el mejor de los
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posibles” …
Una de esas
voces fue
Voltaire, el cual
se enardeció por
la idea de
Leibniz acerca
de su ilusoria
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viene cuando intentamos dar una ex- plicación al hecho de que el Creador mismo, en su supuesta omnipotencia y omnisciencia, dejó correr el curso de los acontecimientos en el devenir de la criatura creada con las fatales con- secuencias que ya conocemos (dolor físico y moral, sufrimiento propio y ajeno, etc.). La pregunta que surge de inmediato a nuestra razón sería esta: ¿Cómo es posible que conociendo de antemano, dada su omnisciencia, las funestas consecuencias del plan dise- ñado no se hubiera establecido otro plan que eximiese del dolor y sufri- miento que acarrea la humanidad des- de entonces? Y así surge la teodicea, es decir, el intento por conciliar las bondades divinas con el problema del mal y del sufrimiento en el mundo.
El argumento de Leibniz para soste- ner su planteamiento parece bastante claro: el mal existe como algo eviden-
te pero las bondades divinas no impli- can el hecho de que lacriatura huma- na en ejercicio de su libre albedrío haya violado el plan divino con las catastróficas consecuencias que ya conocemos. El argumento leibniziano exime a Dios de toda responsabilidad y culpabiliza en exclusiva a la deter- minación humana de violar sus leyes. Es más, justifica su actitud. El relato bíblico del Génesis lo expresa de ma- nera un tanto imprecisa pero no exenta de un significado real: Dios como creador del ser humano a su imagen y semejanza es soberano para dictami- nar y ejercer su ley sobre la criatura creada. Visto así, al menos aparente- mente, tiene su lógica pero las conse- cuencias no terminan ahí. No todo es tan sencillo como parece.
Efectivamente, la visión que plantea Leibniz sobre el origen y el problema del mal en el mundo se sustenta en la imagen proyectada de un ente divino
que es condescendiente con el ser hu- mano pese a haber desobedecido sus leyes y es por lo que proyecta todo un esmerado plan de rescate y salvación. No va más allá de eso. Ciertamente el argumento tiene su sostenibilidad par- cialmente, a mi juicio. Digo que tiene sostenibilidad porque la argumenta- ción está bien planteada, no obstante, creo que insuficientemente completa- da y desarrollada ya que hay que con- tar la segunda parte del problema del mal y mucho nos tememos, como reza el conocido dicho en alusión al Quijo- te de Cervantes (por boca del Bachi- ller Sansón Carrasco al hablar con
Sancho, el escudero) de que “segun- das partes nunca fueron buenas”. Y me explico.
Es de sentido común que admitiendo la figura de un ente creador y sobrena- tural haya creado todo lo existente (in- cluida la criatura humana como ser más logrado y perfecto) y lo haya he- cho desde su infinita bondad y amor hacia todo lo creado. En esto podemos coincidir plenamente con el pensa- miento de Leibniz. Pero hay algo que, observándolo y analizándolo con dete- nimiento, parece fallar y no termina de satisfacer en absoluto. Veámoslo. Una serie de interrogantes podemos
plantear que requieren, cuando menos, unas respuestas determinantes y con- cluyentes, aunque sea de manera par- cial. Más allá de que se pueda admitir la existencia de una o varias revela- ciones (con sus matices interpretativos distintos e incluso dispares en algunos casos) atribuidas a Dios mismo como guía de orientación y camino de per- fección en el transitar de nuestra sin- gladura humana, y analizando la cues- tión desde un ángulo conectado con lo que se ha dado en llamar la religión natural surgen varias preguntas. ¿Se puede admitir la perfección de la divi- nidad considerando la imperfectibili- dad de lo creado pues si llegamos a la conclusión de que la criatura humana ha sido diseñada y creada por ese ente
sobrenatural cómo es posible su im- perfección? ¿Se debe a su naturaleza pecaminosa intrínseca o es fruto de una acción o acciones ejercitadas des- de el libre albedrío concedido y en cuyo caso la propia divinidad, en su omnisciencia, tenía que conocer nece- sariamente las fatales consecuencias acarreadas a posteriori?
Es obvio que Leibniz analizó la cues- tión de la teodicea desde una dimen- sión estrictamente cristiana, lo cual le ennoblece, pero no responde a algunas de las interrogantes planteadas. Es más, podríamos añadir un sinfín de casos que acontecen en nuestro mun- do real que chocan de lleno con la ar- gumentación del filósofo racionalista alemán. Citemos algunos de ellos: desastres naturales que siembran el caos y la muerte en muchos casos, en- fermedades incurables (muchas de ellas de carácter o componente heredi- tario) que crean angustia y dolor inefable no solo a quienes las padecen sino también a sus familiares y allega- dos, etc. En fin, todo un cortejo de ca- lamidades que acechan a nuestro mundo y a infinidad de personas que lo único que pretenden es vivir una vida digna sin dolor ni sufrimiento fí- sico y/o moral. No deja de ser patético que desde ciertos sectores religiosos se trate de justificar lo humanamente injustificable achacando incluso la culpabilidad al propio ser humano de todos los males que le persiguen, in- cluyendo los desastres originados por la naturaleza. Tal consideración no
merece más que desprecio por ofensi- va. Mi propia experiencia psicopeda- gógica durante años en un centro de
Atención a Disminuidos Físicos me ha inclinado a pensar con frecuencia que el dolor y el sufrimiento de estos pacientes no tiene justificación huma- na posible. Ni explicación ni justifica- ción. El consuelo religioso bien es verdad que es lo único que puede en- noblecer la situación en que se en- cuentran muchos de estos pacientes con enfermedades degenerativas sin solución posible. Pero el consuelo no explica ni menos aún justifica tan la- mentable situación. El problema del mal se hace más inexplicable si cabe en medio del dolor y el sufrimiento fí- sico y moral que acompaña por lo ge- neral a las distintas variantes del mal.
Cuando el propio Leibniz formuló su aseveración en la Teodicea de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” quizá no consideró la di- mensión de la situación real del mun- do en toda su verdadera dimensión. Su visión bonancible del mundo cho- có un día de Todos los Santos de 1755 con el tremendo terremoto que asoló la ciudad portuguesa de Lisboa ocasionando cerca de noventa mil muertes, algunas de ellas propiciadas en las cerca de cuarenta iglesias que había en la ciudad lisboeta donde se reunían los fieles para celebrar tal conmemoración. Fueron muchas las voces que se levantaron contra Leib- niz y su pretensión de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” tal y como pronosticaba en su ya céle- bre obra referida antes: Ensayos de Teodicea, sobre la bondad deDios, la libertad del hombre y el origen del mal (conocida simplemente por Teo- dicea). Una de esas voces fue Voltai- re, el cual se enardeció por la idea de Leibniz acerca de su ilusoria percep- ción del mundo.
Como ya comentábamos antes Voltai- re desprestigió el pensamiento de Leibniz sobre la Teodicea en su cono- cida obra Candide (El Cándido). Vol- taire ridiculiza el pensamiento opti- mista de Leibniz en su obra de ficción a través de su personaje principal,
Pangloss, el cual lucha contra toda una serie de adversidades y calamida-
des de todo tipo mientras continúa te- niendo una visión del mundo ilusoria- mente optimista. Y es que lo que Vol- taire pretende hacer ver es que el mundo ilusorio de Leibniz no tiene apenas nada que ver con la cruda realidad del destino humano plagado de infortunios y sinsabores. Es el en- frentamiento entre el mundo real y el mundo optimista e ilusorio de planifi- ca Leibniz. Y es que, en verdad, de ese mundo de infortunios no se libra nadie, ni tan siquiera aquellos que ate- soran para sí una vida de fe religiosa. El mal y el sufrimiento que genera no exime a nadie. Ni tan siquiera a aque- llos que dicen seguir los caminos que la divinidad traza en sus revelaciones. Entonces, ¿qué pensar? Pues yo solo veo dos posible respuestas objetivas:
O la Providencia está ajena a cual- quier desvarío humano con todo su cortejo de dolor y sufrimiento ocasio- nados por el mal o no interviene en el acontecer humano porque posible- mente la percepción que tenemos de Dios y todo lo divino está equivocada y la enfocamos de manera distorsio- nada. Siendo objetivos no parece que haya otra posible respuesta lógica. Ni que decir tiene que es de todo punto rechazable la idea que esgrimen deter- minados sectores del fundamentalis- mo y radicalismo religioso que pintan a la divinidad misma como un ser im- placable que atemoriza y castiga al mundo por sus muchos pecados y la desobediencia a sus preceptos con un sinfín de desastres y catástrofes que siembran el dolor y el sufrimiento hu- mano. Una visión desviada y equivo- cada de distintos textos de las revela- ciones inducen a estos sectores del ra- dicalismo religioso (muchos de ellos colindantes con el mundo evangélico/ protestante ultraconservador e inte- grista) a realizar tamaña barbaridad de apreciaciones como consecuencia de la interpretación literalista de los tex- tos. No es infrecuente ver o leer pan- fletos en esa dirección y lo más para- dójico del caso es que los autores se quedan tan panchos con semejantes dislates. ¡Hay qué ver hasta dónde lle- ga la insensatez y el desvarío huma- nos!
Desde los orígenes del mundo una fuerza arrebatadora viene sembran-
do el mal en este mundo. Bien es cierto que existe igualmente el bien, la bondad y el amor que emanan también de ese ente sobrenatural pues otra explicación posible no pa- rece existir. La dualidad bien-mal es un hecho incontrovertible que no ad- mite dudas de ningún tipo. Podemos decir que es una verdad apodíctica, es decir, una verdad concluyente y deter- minante exenta de cualquier duda ra- zonable. Ya Platón hablaría de la
Idea del Bien como la manifestación más genuina del ente divino y sobre- natural. Para el gran filósofo ateniense de la antigüedad y en la misma línea de pensamiento que Sócrates y Aris- tóteles, el bien es la idea suprema por excelencia y el mal surge de la igno- rancia y el desconocimiento. Idea que asumiría el mismo san Agustín de Hi- pona en el siglo IV de nuestra era. El teólogo medieval llegó a aceptar que el mal, en realidad, viene a ser la au- sencia del bien como consecuencia
El argumento
leibniziano exime
a Dios de toda
responsabilidad y
culpabiliza en
exclusiva a la
determinación
humana de violar
sus leyes… Visto
así, al menos
aparentemente,
tiene su lógica
pero las
consecuencias no
terminan ahí. No
todo es tan
sencillo como
parece
Fueron muchas
las voces que se
levantaron
contra Leibniz y
su pretensión de
que “vivimos en
el mejor de los
mundos
posibles” …
Una de esas
voces fue
Voltaire, el cual
se enardeció por
la idea de
Leibniz acerca
de su ilusoria
percepción del
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de la ignorancia y el desconocimiento del propio bien. Algo de esto sería factible, pero surge entonces otra pre- gunta determinante: si el mal es con- secuencia del desconocimiento hu- mano, entonces, ¿por qué el ente di- vino, dada su omnisciencia, no dispu- so de los medios necesarios para que tal desconocimiento no aconteciese ante las fatales consecuencias que so- brevendrían? Hay muchas lagunas en el asunto del problema del mal que son de irresoluble categorización. Por eso los intentos de las diversas teolo- gías no son más que un amago fallido en su afán de resolver el enigma del
problema del mal. Y me estoy refi- riendo a teologías de cierto calado y no de segunda fila como las que argu- menta el fundamentalismo e integris- mo religioso. El asunto creo que más
bien debe ser tratado desde un enfo- que filosófico-antropológico aun a sa- biendas de que tampoco llegaremos a una conclusión definitiva. Pero, al menos, bien merece un tratamiento la cuestión del mal en el mundo.
El problema del mal desde una di- mensión filosófico-antropológica
Considerando, como ya hemos visto y analizado, que desde una visión teoló- gica, aun con las mejores intenciones, no encontramos una respuesta fiable y plenamente convincente a la resolu- ción del problema del mal y el sufri- miento en el mundo desde sus oríge- nes, cabe buscar e indagar por otras vías o caminos que intenten acercar- nos a una posible explicación del complejo asunto. Y esta vía que pro- pongo no es otra que el análisis del problema desde una dimensión o tra- tamiento filosófico-antropológico. Veamos pues.
Desde nuestra dimensión humana pa- rece evidente que no podemos acce- der a determinadas vías de conoci- miento y entendimiento de problemas irresolubles que no tienen explicación racional y coherente alguna. La dua- lidad bien-mal a la que me refería an- tes o el asunto de las teodiceas (dicho en plural pues son varios los enfoques al respecto desarrollados a lo largo de la historia) o también el sentido que tienen o puedan tener las distintas re- velaciones aparecidas en torno a los dictámenes de un Dios omnipotente y omnisciente (que supuestamente con- trola y dirige los pasos del mundo y a las criaturas que en Él creen y que es- tán dispuestas a acatar su voluntad, voluble y cambiante muchas veces) vienen a expresar algo que se nos an- toja con frecuencia una actitud capri- chosa y carente de sentido para la hu- manidad sufriente. En fin, situaciones que se nos escapan y de las que, como decíamos, la teología no da en absolu- to respuestas ni medianamente con- vincentes.
Pero, como decía Alexander Pope en la cita de la cabecera de este ensayo investigativo y exploratorio, posible- mente no nos compete a los humanos abordar cuestiones divinas, o dicho en
otras palabras para mejor entender- nos: ¿es posible que hayamos fran- queado unas barreras que están así dispuestas por el ente divino y sobre- natural con las que chocamos con frecuencia los humanos en nuestro afán de desentrañar lo indescifrable?
No sabemos. Todo es posible. Las únicas posibles referencias que pode- mos tener de ese Dios omnisciente y todopoderoso son la vía de la revela- ción natural y esa otra vía de la reve- lación escriturística transmitida a tra- vés de distintos pueblos y culturas y a lo largo de los tiempos. La primera, la
revelaciónnatural, se apoya en el co- nocimiento racional e intuitivo que nos permite captar la esencia de la existencia de un Ser superior que ha dado vida a todo lo existente. La se- gunda, la revelación (o revelaciones
de contenido sagrado para ser más precisos) nos acercan a la imagen de un Dios que se da a conocer por dis- tintas vías (profecías, mitologías, tra- diciones, mensajes revelados por me- dio de algún o algunos enviados espe- ciales que transmiten los planes divi- nos de salvación para la humanidad, etc.) pero que lo hace en una situación espacio-temporal y socio-cultural de- terminada.
Una de las características principales de estas revelaciones es que son, por antonomasia, exclusivistas (con hon- radas excepciones, como es el caso del
islam con su aceptación de inicio del mensaje judeocristiano como parte de su ideario religioso y algunas tradicio- nes filosófico-religiosas del Lejano Oriente que ya abordaremos en otro estudio investigativo), es decir, que la concepción que tienen de Dios y todo lo divino es exclusivo de ellas en par- ticular y aun dentro de ellas la anate- mización de unas hacia otras es evi- dente. Esta situación es más arraigada en los grupos y comunidades de carác- ter sectario y proselitista que se dan como derivación o desviación radical y extremista en prácticamente todas las grandes confesiones religiosas. Pero, llegados a este punto podemos preguntarnos si realmente desde una dimensión estrictamente filosófica-an- tropológica seríamos capaces de acer- carnos algo al misterio que nos ocupa
del mal y del sufrimiento en este mun- do (que según Leibniz es el mejor de los mundos posibles) e intentar desci- frar algo de esta situación en la que se encuentra el mundo desde sus oríge- nes. Al final es posible que tengamos que afirmar con Pope que quizá no se- ría muy conveniente escrutar en la Di- vinidad, que los humanos debemos de ocuparnos de aquello que nos compe- te, es decir, lo exclusivamente hu- mano ante la irresolubilidad del pro- blema del mal en este mundo.
Sin embargo, aquí nos topamos con otro problema de gran envergadura: ¿es posible desprendernos del sentido de trascendencia que a menudo nos atenaza? ¿Es posible vivir al margen del problema del mal apartándolo de nosotros como si no nos afectase? Pienso que no. Y esto por varias razo- nes. La primera que como humanos sentimos y padecemos además de te- ner la capacidad de razonamiento. En segundo lugar (y quizá la más deter- minante) es que, ontológicamente ha- blando, somos criaturas que captamos y percibimos el sentido no solo de in- manencia sino también de trascenden- cia. Y en tercer y último lugar que como criaturas con sensibilidad espe- cial se nos ha dotado de la capacidad de experimentar la fe religiosa y el
amor incondicional que ejercen una poderosa atracción entre los humanos. Y aquí podemos decir con propiedad que se acaba la historia del descifra- miento del misterio que nos envuelve. Seguramente que los incautos e inge- nuos movidos por una extremada can- didez intentarán encontrar otras vías o caminos que permitan acercarnos al gran enigma de la vida, pero, la reali- dad es que siendo objetivos hemos de pensar que no las hay. Bien quisiéra- mos que no fuera así mas la realidad es la que es, es decir, que vivimos en un mundo caótico y contradictorio donde el bien y el mal se entremez- clan en una extraña amalgama de sen- saciones y emociones, y donde es prácticamente imposible desentrañar el origen del misterio de una manera racional que nos dé explicación con- vincente del mismo.
Según el zoroastrismo (también co- nocido como mazdeísmo y cuyos tex-
tos sagrados están contenidos en el
Avesta), el mundo y su devenir es todo cúmulo de aconteceres en los que se entremezclan el bien y el mal hasta la consumación de los tiempos donde el bien saldría triunfante. Algo pareci- do a la revelación judeocristiana, ex- presada con otros matices sociocultu- rales y lingüísticos y sobre la cual, por cierto, algunos historiadores (como Mary Boyce o Duchesne-Guillemin, entre otros) creen que el mazdeísmo
ha ejercido una influencia determinan- te en la configuración de ciertos plan-