Ya se ha apuntado que lo propio del símbolo reside en que éste muestra un sentido segundo alcanzado a través de un sentido primero. En una primera aproximación a la relación entre el pensamiento pre-crítico y el pensamiento filosófico, Ricoeur había apostado por el símbolo como nexo entre ambos. Esta relación se podría resumir en el conocido lema ricoeuriano “el símbolo da qué pensar”. En esta etapa, cuyas obras representativas serían Finitud y culpabilidad y los tres volúmenes de El Conflicto de las interpretaciones, Ricoeur había ceñido al símbolo el campo de investigación preferente para la hermenéutica. No obstante, tras profundizar en el estudio del símbolo y llegar a la confrontación con el estructuralismo, Ricoeur empieza a dar un giro en su planteamiento, por varios motivos.
En primer lugar surge un problema metodológico. La dispersión de disciplinas que se interesan por el símbolo (la crítica literaria, el psicoanálisis y la fenomenología de las religiones, entre otras) hace casi impracticable la tarea
hermenéutica que Ricoeur establecía al principio de sus investigaciones.66
El símbolo, de ahí su riqueza, se asienta sobre una doble adscripción, por una parte a una realidad lingüística y por otra una realidad no-lingüística. Como se ha señalado en las páginas precedentes, dicha realidad puede ser muy variada, desde lo sagrado hasta las pulsiones del deseo, la voluntad de poder, la economía clases, por mencionar sólo una cuantas. Las distintas disciplinas que se ocupan del símbolo, presentan, por esta razón, diferencias de proyecto legítimas, que relacionan el elemento lingüístico con realidades diversas entre sí. No obstante, la dispersión y proliferación de disciplinas que se interesan por el símbolo representan un serio obstáculo metodológico para la hermenéutica: a fuerza de dialogar con un número creciente de disciplinas, la hermenéutica corre el riesgo de no llegar nunca a encontrarse con su objeto de estudio.
Por esta razón, Ricoeur renunciará poco a poco al símbolo como objeto preferente de la hermenéutica e irá desplazando su interés hacia los textos. En este giro metodológico, la metáfora será el gozne que articule la transición del símbolo al texto. Como señala V. Balaguer, “la razón del cambio de objeto de la hermenéutica desde el símbolo al texto que no era otra que la necesidad de ofrecer un ‘contexto apropiado’ para la interpretación del símbolo. (…) Originariamente el interés de Ricoeur por la metáfora viene de
66 Uno de los requisitos de la reflexión hermenéutica que Ricoeur proponía era precisamente que incluyera los resultados de todas las disciplinas que procuran descifrar los signos del hombre. Véase, p. 131, nota nº 40.
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considerar esta figura como un instrumento heurístico capaz de someter al símbolo a una descripción lingüística, de ahí que le asigne una función hermenéutica.”67
Para continuar acercándose al horizonte de su investigación, la comprensión de sí, Ricoeur buscará un anclaje metodológico más seguro para el estudio de la mediación por el lenguaje. Para ello Ricoeur acudirá, como ha señalado D. Vela, “a la teoría y crítica literaria de base lingüística, así como a las ampliaciones que se llevan a cabo por la pragmática lingüística y la semántica extensional”.68
Los símbolos –tomados por sí solos– pueden llegar a una sobrecarga de sentido que los haga inextricables. Ciertos símbolos, apunta el filósofo, “han tomado a su cargo tantos valores contradictorios que éstos tienden a neutralizarse”.69 Los
símbolos requieren de un contexto significativo que facilite una suerte de explosión controlada de la carga de sentido que llevan en su seno. La vida del símbolo posee una estructura en la que se puede establecer una gradación.
Ricoeur había ensayado esta interpretación a escala en La simbólica del mal, distinguiendo entre símbolos primarios, símbolos de segundo y tercer grado. Cada uno de estos estratos
67 V. Balaguer, “La centralidad de la noción de texto en Paul Ricoeur”, en J. L. García Barrientos y E. Torres (coord..), Comentarios de textos literarios
hispánicos: homenaje a Miguel Ángel Garrido Gallardo, Síntesis, Madrid, 1997,
pp. 21-34.
68 D. Vela, Del símbolo a la hermenéutica. Paul Ricoeur (1950-1985), CSIC, Madrid, 2005, p. 98.
de significación implica una absorción y una reinterpretación de los niveles anteriores, de modo que el símbolo se enriquece en el paso de un nivel al siguiente, hasta llegar a la posibilidad de elaborar un concepto en el que se decanta y se condensa todo el trabajo de esclarecimiento de significación de los símbolos, sin prescindir de ellos.70 En ese trabajo de
esclarecimiento Ricoeur comienza a entrever la importancia de la narración para acceder al corazón del símbolo.
Es notable que este simbolismo primario (el de la confesión del mal, designado antes como simbolismo estructurado) no nos sea accesible sino a través de un simbolismo de segundo grado, de naturaleza esencialmente narrativa, el de los mitos del Comienzo (origen) y del Fin.71
Si bien el mito es un tipo de relato con sus características propias, lo que interesa a Ricoeur no es tanto lo propio del mito, sino lo que aporta el mito en cuanto relato en la clarificación del sentido del símbolo. El relato pone en relación una serie de símbolos que forman parte de una economía significativa en el contexto de unas creencias iniciales (en el caso de la exégesis bíblica y los mitos) o una hipótesis interpretativa (en el caso de psicoanálisis). Hay un estrato simbólico, propio de la narración, que a Ricoeur le interesará llegar a dilucidar. No obstante, la peripecia hasta el relato, en esta vía larga, aún debe sortear la justificación metodológica y conceptual que le permita llegar
70 Cf. P. Ricoeur, “Poética y simbólica”, EP, pp. 26-27. 71 P. Ricoeur, “Poética y simbólica”, EP, p. 27.
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hasta el horizonte del texto. Esta peripecia tendrá lugar a través de la metáfora.
El estudio de la metáfora, a la que Ricoeur considera “el núcleo semántico del símbolo”72 le permitirá sortear las
dificultades ya mencionadas en el estudio del símbolo. La metáfora pertenece –en principio – al campo de estudio de una sola disciplina (la retórica) y ofrece una “constitución de lenguaje homogénea”73, es decir, no implica, como sucede con el
símbolo, un desdoblamiento entre el nivel lingüístico y no- lingüístico que desvíe la atención del investigador hacia la diversidad de realidades a las que remiten los símbolos (lo sagrado, lo onírico, lo lírico, entre otros), con sus consiguientes ramificaciones.74 La metáfora, en cambio, brinda la posibilidad
de mantenerse en un solo nivel, el lingüístico, aunque también esto será matizado por el filósofo a medida en que se adentra en el estudio de la metáfora. En todo caso, como bien resume Vela, “si hemos pasado de una hermenéutica del símbolo a otra del texto ha sido por la necesidad de ofrecer al símbolo una base lingüística apropiada, y ésta será la metáfora.”75
72 P. Ricoeur, “Poética y simbólica”, EP, p. 29.
73 P. Ricoeur, “Palabra y símbolo”, en Hermenéutica y acción. De la hermenéutica del texto a la hermenéutica de la acción, Prometeo, Buenos Aires, 2008, p. 22. A
partir de ahora se citará los artículos junto con la abreviatura HA para identificar la fuente. Originalmente el artículo “Parole et symbole” fue publicado en Revues des Sciences Religieuses, 49 (1975).
74 Ricoeur no pretende reducir el símbolo a metáfora, sino intentar otra vía distinta de la ya explorada en La simbólica del mal. Llegar al símbolo a través de la metáfora.