Chapter 2 General materials and methods
2.12. Methylation analysis
2.12.1. DNA isolation
En este polo la concepción de salud y la de su relación con la alimentación se acerca a la médica. Podemos resumir esta concepción en la idea de norma: la salud constituye un estado ideal, difícilmente alcanzable, amenazado en cualquier momento por la enfermedad. El comportamiento sano sería asimilable a una delgada línea de comportamiento correcto, saludable; cualquier acto que se saliera de esta delgada línea sería una desviación respecto a lo sano, un paso hacia la enfermedad. Esta se produciría por una acumulación de desviaciones que nos alejarían cada vez más del estado de salud. La enfermedad declarada no sería sino el último eslabón de una degeneración progresiva del organismo producto de estas desviaciones de la norma sana en los comportamientos.
Consecuencia práctica de esta concepción, la vida cotidiana ha de suponer un enorme control de sí: los comportamientos cotidianos pueden acercarnos o alejarnos de la delgada línea de salud, con lo que hemos de ejercer una vigilancia constante sobre ellos. Esta vigilancia constante, a su vez, requiere como condición una disposición ascética: sólo a partir de una habituación al control de sí, a la renuncia a los placeres presentes en pos de un bien futuro –la salud- se puede llegar realmente a una práctica cotidiana de control.
Si, en los casos reales, este ideal es difícilmente realizable, sí se puede tener en cuenta realmente esta idea de norma para intentar adecuar el comportamiento cotidiano a la misma.
En el terreno de la alimentación, esta concepción tiene consecuencias claras: las elecciones y prácticas cotidianas en alimentación están condicionadas fuertemente por su relación con la salud. Las consideraciones prácticas –el tiempo de preparación de los alimentos, la paciencia que hay que tener para que los niños coman los alimentos que la madre considera sanos- quedan en segundo lugar respecto al objetivo de conseguir una dieta saludable. En este punto, su posición es radicalmente distinta a la del resto de madres: mientras que para éstas, la ingesta cotidiana de productos no-sanos no supone un peligro inminente de enfermedad –y queda en la práctica supeditada a consideraciones prácticas y de sabor-, entre las participantes más cercanas al polo legítimo la cotidianeidad no supone renunciar al objetivo de la salud puesto que la enfermedad acecha tras esa posible renuncia cotidiana regida por criterios prácticos. En otras palabras, mientras que para la mayoría de las participantes desviaciones importantes de la norma saludable no suponen peligros inminentes y se pueden asumir perfectamente, para las participantes situadas en el polo legítimo, el umbral a partir del cual ponemos en peligro nuestra salud es mucho más estricto, excluye muchos más
comportamientos y sólo permite un número muy limitado de ingestas –extraordinarias- contrarias a la norma nutricional.
La dieta se conceptualiza aquí en términos muy cercanos a los del discurso médico: el organismo necesita una serie de componentes –hidratos de carbono, vitaminas, fibra, proteínas...- y un equilibrio en la dieta –condición de la salud- supone una composición equilibrada de tales componentes, así como evitar aquellos cuyo abuso pueda resultar nocivo –grasas, azúcares-.
Este discurso dietético va unido a una crítica rotunda de los alimentos y aditivos industriales. Esta crítica no es exclusiva de las participantes en este polo: como veremos en el análisis de la categoría de natural, lo comparten todas las participantes en los grupos. La diferencia se halla en el nexo entre discurso y práctica en ambas posiciones. En el polo legítimo, la crítica a la industria alimentaria se traduce en una escasa utilización de sus productos: ésta se halla supeditada, con pocas excepciones, a su adecuación a la norma nutricional. Más aún: esta crítica puede llevar a un consumo más o menos continuado de productos biológicos o ecológicos. Por el contrario, la mayoría de las participantes pueden compaginar una fuerte crítica a los alimentos industriales con una utilización más o menos asidua de los mismos –y un nulo recurso a productos ecológicos-. Es por ello por lo que la crítica de la alimentación industrial por parte de las madres más cercanas al polo legítimo no es simplemente una crítica naturalista de la civilización industrial: es también y sobre todo una crítica contra las madres que utilizan estos productos. Frente a ellas, las más próximas al polo legítimo insisten continuamente en el carácter insalubre de muchos alimentos que el resto consume cotidianamente junto a la posibilidad de evitar estos alimentos y restringir la alimentación cotidiana a los verdaderamente sanos. En este aspecto funcionan a la manera de “ascetas virtuosas” de la salvación: al poner el listón de la salvación –de la alimentación sana- alto, marcan una frontera entre las que pueden salvarse –ellas- y el resto que las pone del lado de los pocos virtuosos frente a la mayoría pecadora. El énfasis en los preceptos médicos de nutrición no es simplemente una creencia en estos discursos, es también una estrategia de distinción que funciona –junto a las innovaciones culinarias respecto a las corrientes en su grupo social- para separarse simbólicamente del resto cuando otros medios más prestigiosos y costosos no están al alcance.
Un punto fundamental para entender esta posición “legítima” es la conformación del habitus de estas mujeres: la habituación a conformarse a la norma nutricional ha terminado convirtiendo ésta en parte del gusto propio. A diferencia de las otras participantes –que tienen que luchar contra su gusto, contra su habitus para conformarse a la norma dietética-, éstas manifiestan su asco por aquellos alimentos poco recomendables desde el discurso médico –especialmente los grasos o los preparados
industriales-. Esta conformación permite que puedan practicar su ascetismo, porque no supone una excesiva tensión entre la norma y sus impulsos corporales31.
Esta adecuación del habitus a los preceptos médicos junto a su mayor conocimiento del discurso nutricional y de preparaciones culinarias que se salen de lo común les sirve a las participantes del polo legítimo para marcar fuertemente sus distancias frente a las demás participantes. Así, son numerosas las ocasiones donde estas mujeres manifiestan sin matices su asco por los productos consumidos por las demás -como sopas de sobre, salchichas, latas-: quien come esas cosas, afirman, no tiene gusto, no tiene paladar. Asimismo, constantemente subrayan la diferencia entre las amas de casa, como ellas, concienciadas con la alimentación sana, y las que no, las que, ya por comodidad o por prejuicios, no son capaces de adecuar sus prácticas a la norma del discurso médico. El discurso nutricional adquiere valor de distinción. De ahí el constante énfasis de estas participantes en que comer sano es cuestión de educación: frente al valor de la buena madre -defendido por las otras participantes- basado en el trabajo invertido en cocinar, aquí la buena madre es sobre todo la madre
informada, concienciada, la que detenta más conocimiento, más educación32.
2.1.1. UNA MADRE RESPONSABLE DE LA SALUD Y LA NUTRICIÓN DE
LOS HIJOS
En esta posición, que funde la concepción de salud como norma con un modelo disciplinario-normalizador de la educación, la madre es completamente responsable de la salud y nutrición de los hijos. En varios sentidos.
En primer lugar, la madre ha de inculcar en sus hijos hábitos de alimentación sana: éste es un objetivo que no admite excusas y para cumplirlo la madre ha de emplear todos los recursos posibles –tiempo, paciencia, elaboración culinaria para engañar o disfrazar-. 31 Esta conformación del habitus alimentario en el sentido de la norma dietética tiene características peculiares. Se da especialmente en las dos participantes “legítimas” del grupo de Dúrcal. Una de ellas, A, tiene –errores de la captación- estudios universitarios: su adecuación al gusto legítimo puede venir de la adolescencia y ser reforzada por su inversión en bienes culturales legítimos –de los cuales forma parte la dietética-. La otra participante, I, aunque trabaja de limpiadora y sólo tiene el graduado escolar, decidió a los ocho años no comer carne: esta decisión insólita supone ya una restricción temprana de alimentos “poco recomendables” que puede haber sido reforzada a lo largo de la vida en la frecuentación de publicaciones y medios vegetarianos.
32 Ahora bien, el conocimiento del discurso nutricional tampoco es perfecto entre estas mujeres. A pesar de que hacen gala, en sus intervenciones, de mucho mayor conocimiento nutricional que las otras participantes, éste presenta numerosas lagunas y puede hallarse distorsionado por la interferencia de otros esquemas de percepción. Así, la participante A de Dúrcal, que representa el extremo de vigilancia dietética en la vida cotidiana, puede llegar a afirmar que los huevos naturales tienen menos colesterol que los de granjas industriales –interferencia del esquema de natural- o que la leche con omega 3 es leche con aceite de oliva –interferencia del esquema que considera el aceite de oliva, aceite de aquí, como lo sano por excelencia-.
A partir de aquí, se puede acusar de malas madres a todas aquellas que no son capaces de vencer la resistencia de sus hijos y ceden a sus caprichos –esto es, a sus deseos
irracionales-.
En segundo lugar, y en línea con el esquema que evalúa a la buena madre en función de su trabajo y entrega, la buena madre es la que se toma todo el trabajo que haga falta para proporcionar una alimentación sana a la familia. Este trabajo comprende tanto elaborar los productos en vez de comprarlos industriales o precocinados, como desplegar paciencia para lograr que los hijos coman de forma adecuada, como asumir el trabajo extra que suponen todas las elaboraciones con las cuales se logran disfrazar
los alimentos que los hijos rechazan.
Por último, la buena madre es una consumidora consciente e informada, que está al tanto de los conocimientos nutricionales para poder proporcionar a su familia una alimentación conforme a la norma médica. Frente a las otras madres, que evalúan a la buena madre fundamentalmente por su capacidad de trabajo y entrega, aquí el modelo de la entrega y el trabajo se complementa con la valorización de la madre por un capital cultural aplicable y aplicado. En esto, las madres más próximas al polo legítimo se diferencian claramente de las otras. En primer lugar, buscan conocimientos dietéticos en medios muy diversos y manifiestan una necesidad de acumular más conocimientos de este tipo –frente a muchas de las otras madres, que con los que manejan ya están seguras de saber lo que es la alimentación sana-. Esta disposición a la búsqueda de conocimientos supone una actitud de acatamiento de la legitimidad del discurso médico sobre nutrición, así como una intención constante de adecuación al mismo -para lo cual ha de ser conocido en profundidad-. Esta disposición respecto a los bienes culturales legítimos se manifiesta, en el dominio de la alimentación, no sólo en el conocimiento sobre nutrición, sino en todo tipo de prácticas culinarias distintivas: son estas madres las que buscan e introducen más innovaciones culinarias procedentes de las fuentes más diversas –tanto por informaciones de conocidos, como por medios de comunicación o incluso a partir de elaboraciones vistas en restaurantes-.
Estas características de la buena madre en el polo legítimo suponen unas precondiciones que la mayoría de las madres no pueden reunir. En primer lugar, un fuerte autocontrol, para lograr inculcar con paciencia en los hijos los hábitos alimentarios que se suponen sanos y para no ceder a sus exigencias ya sea por no verles sufrir –por la ligazón afectiva con los mismos-, ya sea por perder la paciencia –y ceder con tal de que no den problemas-. En segundo lugar, requiere una gran disponibilidad de tiempo, tanto para la labor de inculcación como para el trabajo extra de cocinar -de hecho, las mujeres que hemos encontrado más próximas a este polo son todas amas de casa que no trabajan fuera-. Por último, requiere una disposición respecto a la cultura legítima:
una disposición de búsqueda de los conocimientos que se consideran legítimos, así como un capital cultural mínimo para poder manejar estos conocimientos según piden ser manejados –esto es, según la forma escolar de aproximación al conocimiento-.