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4.6 Data gathering techniques

4.6.6 Document analysis

CAPÍTULO 1

La no ciencia de la

medicina moderna

En esta vida, la seguridad resulta reconfortante. Una de las certezas más consoladoras con las que hemos crecido es que la medicina moderna hace milagros y que los médicos curan las enfermedades. En las películas que nos montamos, el doctor Kildare, Marcus Welby y el doctor Finlay,[*] ataviados

de pureza, se dedican un día y otro a la labor de salvar vidas. Por más que en los equivalentes actuales de esas series, como por ejemplo Urgencias y St.

Elsewhere, muera más gente, los

médicos de la sala de urgencias siguen teniendo artilugios para devolver la vida a los muertos.

Una de las convicciones más profundamente arraigadas sobre la medicina es que se trata de una ciencia noble y reputada que los científicos han logrado descifrar en el laboratorio gracias a realizar una prueba tras otra. Destacamos con orgullo el hecho de que la ciencia ha triunfado sobre el caos y la

oscuridad, que ha progresado desde los tiempos cuando los médicos ni tan sólo sabían que tenían que lavarse las manos.

Desde la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento de los dos medicamentos prodigiosos de este siglo, la penicilina y la cortisona, la medicina, en efecto, ha obrado milagros. Enfermedades que antes resultaban mortales, como la de Addison, relacionada con la carencia de hormonas, o infecciones tales como la neumonía o la meningitis, resultan fáciles de curar, y los pacientes pueden volver a llevar una vida normal. La mayoría de los grandes avances

médicos, como la cirugía indolora, las estancias hospitalarias antisépticas o los rayos X, que no se descubrieron hasta el siglo que acabamos de cerrar, han hecho posible que la medicina de urgencias occidental sea la mejor del mundo. Si, inesperadamente, padece un ataque de corazón, un tumor cerebral que se pueda operar o un accidente de tráfico casi mortal, la medicina occidental, con su despliegue de chismes futuristas, no tiene competidores a la hora de solucionarle el problema. Si algún día me cae un edificio encima quisiera que fueran las últimas novedades de la alucinante tecnología occidental las que

me recompusieran. Es cierto que, de no ser por los fármacos del siglo XX, mi madre habría muerto a los veinte años, y yo ni siquiera habría nacido.

Fue también gracias a esos descubrimientos producidos durante la Segunda Guerra Mundial, que fueron culminados con la guinda de la bomba atómica, que empezamos a esperar tanto de la ciencia. Una de las consecuencias de la victoria fue el nacimiento de una época científica de la medicina. Con la ayuda de la ciencia habíamos logrado vencer a nuestros enemigos humanos. Ahora la lucha sería contra los microscópicos. Empezábamos a

conquistar el espacio y, como prometió la revista norteamericana Life, no tardaríamos en erradicar la enfermedad.

Los doctores y las autoridades médicas contribuyen a difundir la creencia de que la ciencia médica es infalible. Siempre que se habla de su historial, sobre todo para compararlo con el de los tratamientos alternativos, la medicina defiende su superioridad moral llevando el estandarte del hecho científico demostrado. En 1980, en un ataque contra la medicina alternativa que publicó el British Medical Journal, este se felicitaba a sí mismo por su «tradición de análisis objetivo de las

afirmaciones».[1]

Del mismo modo, la medicina ortodoxa acusa a la medicina alternativa de no seguir su ejemplo. En 1995, el Royal College of Medicine y el Royal College of Pathologists denunciaron que los tratamientos alternativos para la alergia no eran científicos y advirtieron de que «hasta que sus métodos no hayan sido analizados con ensayos clínicos reputados, con asignación aleatoria, a doble ciego, controlados con placebo, no se pueden incorporar a la práctica clínica rutinaria».[2]

Nuestra fe en la ciencia médica es tan profunda que se ha enraizado en

nuestra vida cotidiana. Un día cualquiera en Gran Bretaña, una familia puede poner su vida en manos del progreso médico. Una futura madre decidirá si sigue adelante con su embarazo a partir de los resultados de las pruebas prenatales. Vacunarán a su hijo y le recetarán fármacos para bajar la tensión arterial a su marido, con el fin de prevenir posibles enfermedades. Los análisis médicos deciden si podemos tener hijos, continuar trabajando, ser intervenidos, tener un seguro, requerir una cesárea o, como pasa cuando el test del VIH sale positivo, si la gente nos rehuirá como a parias. Creemos que los

médicos y sus tratamientos milagrosos nos protegerán del mal, que ha dejado de estar representado por la tentación, para encarnarse en la aterradora aleatoriedad de la enfermedad.

Pero, por mucho que nos aferremos a la visión de la ciencia como un elemento redentor, nuestra fe está mal depositada. La verdad es que, de hecho, la ciencia médica no está funcionando demasiado bien. Estados Unidos y Gran Bretaña están perdiendo «la guerra contra el cáncer».[3] A pesar de los punteros

artilugios empleados en las técnicas de imagen, y de todos los procedimientos quirúrgicos, los índices de mortalidad

del cáncer de mama se niegan rotundamente a descender. A pesar de los cientos de miles de recetas de fármacos para reducir el colesterol y de los cientos de miles de huevos que se han dejado de comer siguiendo dietas bajas en colesterol, el porcentaje de ataques cardíacos en Occidente es el mismo. Con todos esos fármacos tan sofisticados y todo ese instrumental de análisis informatizado con que contamos, el asma, la artritis, la diabetes o el cáncer, de hecho todas las enfermedades crónicas degenerativas que el hombre conoce, están en plena ebullición y la medicina no ha reducido

su incidencia.

Basta con consultar las estadísticas para comprobar que, a excepción de que lo atropellen o de que le tengan que practicar una cesárea de urgencias, la medicina ortodoxa occidental no sólo no lo curará, sino que además le puede dejar peor de lo que estaba. De hecho, en la actualidad, la misma medicina científica es la causa de un porcentaje considerable de enfermedades. Si se encuentra en el hospital, hay una probabilidad entre seis de que lo que le haya llevado allí sea un tratamiento médico que ha salido mal.[4] Una vez ahí, tiene una posibilidad entre seis de morir

o de sufrir alguna enfermedad mientras permanezca ingresado. Puesto que la mitad de ese riesgo se debe a un error médico u hospitalario, tiene un ocho por ciento de posibilidades de que un miembro del personal le produzca daños o la muerte.[5] Según el último recuento, cerca de 1.170.000 británicos acaban en el hospital todos los años por culpa de un error médico o de una reacción adversa a un fármaco. Si extrapolamos los resultados de un estudio que se llevó a cabo en 1984 en Estados Unidos, todos los años se causan daños a más de un millón de personas en el hospital, como consecuencia de los cuales mueren

unas 180.000.[6] Para entender mejor la magnitud de ese problema, podríamos decir que la población entera de una ciudad del tamaño de Birmingham termina en el hospital todos los años por culpa de un error médico. Si vive en Estados Unidos, donde cada año mueren unas cuarenta mil personas de disparo de bala, usted tendrá tres veces más probabilidades de morir por culpa de un médico que de un arma.[7]

Sólo hace falta echar un vistazo a los siguientes titulares, con su letanía de calamidades profesionales, y observar que la mayoría son tratadas como sucesos diarios y que apenas se les

concede un par de líneas:

Mujeres a quienes se ha practicado histerectomías sin contar con su consentimiento.

Mujeres embarazadas que han abortado fetos sanos por culpa de un diagnóstico equivocado.

El diagnóstico de unos 1.000 tests de frotis cervical ha sido erróneo. En un distrito hospitalario se ha diagnosticado cáncer a casi 2.000 pacientes que no lo tenían, y el tratamiento que se les ha realizado puede incrementar sus posibilidades de desarrollar esa enfermedad.

las hormonas de los tratamientos de fertilidad que han recibido algunas mujeres transmiten la enfermedad de Creutzfeld-Jacob. También se han encontrado trazos de ella en la hormona del crecimiento.

Hay pacientes que han sido intervenidos y que mueren en el hospital por culpa de una mala asistencia.

Las demandas médicas se han triplicado desde 1977.

La mitad de todos los médicos residentes reconoce que han cometido errores graves en la administración de medicamentos intravenosos.

medicamentos han aumentado un 30 por ciento en siete años.

Cada año fallecen 13.000 británicos por culpa de que no se les realizara un seguimiento adecuado cuando estaban ingresados en cuidados intensivos. Y eso es sólo lo que leí el año pasado en el periódico de la mañana durante el intervalo de un mes en Gran Bretaña.

Ese historial vergonzoso no tiene nada que ver con la incompetencia o la falta de dedicación. La mayoría de los médicos dan grandes muestras de buena voluntad y es probable que la mayoría

sean muy competentes en lo que han estudiado.

El problema no es el carpintero, sino las herramientas. La realidad es que la medicina no es ninguna ciencia, ni siquiera un arte. Muchos de los arsenales de tratamientos que guardan nuestros médicos no funcionan, y nunca se ha demostrado que lo hagan, y todavía menos que sean seguros. La medicina es una falsa ciencia que se ha levantado sobre conjuros, supersticiones e ideas preconcebidas, y lo que recibe el nombre de método científico consiste básicamente en avanzar a ciegas en la oscuridad.

Muchos de los tratamientos que damos por descontados (del cáncer de mama, de las enfermedades del corazón e incluso de estados crónicos como la artritis o el asma) han sido adoptados y vastamente puestos en práctica sin que

existiera ni un solo estudio que demostrara que son efectivos y seguros.

El llamado «patrón de referencia», que los científicos médicos consideran la única prueba científica de que un fármaco o un tratamiento es válido de verdad, es el ensayo clínico con asignación aleatoria, a doble ciego y controlado con placebo. Es decir, un estudio en que se asigna al azar un

fármaco o una pastillita de azúcar a los pacientes sin que ni ellos ni los investigadores sepan cuál de los dos están tomando. Con todo, y a pesar del hecho de que cada año se llevan a cabo miles de estudios, son muy pocos los tratamientos que, aunque se consideran la cima de la medicina moderna, han pasado esta prueba. En algunos casos, ni siquiera han pasado ninguna.

Por mucho que la medicina se llene la boca hablando de ciencia, de factores de riesgo y de datos concienzudamente controlados, de las estrictas regulaciones gubernamentales, de la meticulosa crítica de los compañeros de

profesión en la literatura profesional, por mucho que se envuelva la medicina con un halo de ciencia, una parte

importante de lo que hoy en día consideramos que son prácticas médicas estándar, no pasan de ser ritos de vudú del siglo XX.

Las autoridades médicas lo reconocen abiertamente en sus propias publicaciones. La revista New Scientist escribió no hace mucho en una de sus portadas, que el 80 por ciento de los procedimientos médicos practicados en la actualidad no han sido debidamente testados.[8] John Garrow, presidente de Health Watch, un grupo que se ha

proclamado a sí mismo guardián de la honradez de la medicina, afirmó recientemente que «se estima que más de la mitad de las formas de atención médica que se llevan a cabo durante el embarazo y el parto tienen “efectos desconocidos” o que tienen que dejar de practicarse. No hay ninguna razón para creer que los tratamientos de otras ramas de la medicina hayan sido validados con más exhaustividad.»[9]

La medicina, tal y como se practica hoy en día, es básicamente una conspiración de fe. Seguramente gracias a fármacos milagrosos como, por ejemplo, los antibióticos, los médicos

han acabado creyéndose que lo que tienen en su maletín negro es realmente magia. El malogrado doctor Robert Mendelsohn fue uno de los primeros en comparar la medicina moderna con una iglesia en la que los médicos son sacerdotes que siguen las enseñanzas con una fe ciega: «La medicina moderna no es ni un arte ni una ciencia. Es una religión», escribió en su libro

Confessions of a Medical Heretic

(Contemporary Books), «sólo hace falta que pregunte ¿Por qué? unas cuantas veces y tarde o temprano se dará contra un dogma de fe. Su médico se refugiará en el hecho de que usted no puede saber

ni comprender todas las maravillas que él domina. Confíe en mí».[10]

Los doctores creen tan fervientemente en el poder de sus herramientas, que están dispuestos a reprimir cualquier muestra razonable de escepticismo sobre los tratamientos médicos actuales o los nuevos, mientras estos sean del ámbito de la práctica médica ortodoxa. La mayoría de los médicos e investigadores actúan basándose en la presunción de la existencia de un beneficio a priori, con independencia de si la validez de un tratamiento ha sido probada o no:

correcto. Están tan entusiasmados con la

terapia hormonal sustitutoria, por ejemplo, que olvidan voluntariamente uno de los lapsos científicos más graves que se puedan producir a la hora de probar la seguridad, para fomentar lo que a primera vista parece ser una cosa buena. Sabemos que estamos haciendo

lo correcto.

Hasta en los casos en que se ha demostrado que un tratamiento es ineficaz o, directamente, peligroso, su fe es tan grande que a menudo no tienen en cuenta los resultados. Casi todos los buenos estudios realizados sobre los monitores fetales (que son aparatos que

utilizan ultrasonidos para controlar el estado del feto durante el embarazo y el parto) demuestran que las consecuencias del uso de esa técnica pueden ser nefastas tanto para la madre como para el bebé.[11] Según parece, la mayoría de los tocólogos que llevan muchos años de ejercicio profesional lo saben a la perfección: el ex director de la Unidad Prenatal de Oxford ha escrito mucho sobre este hecho, pero aún así, los monitores fetales continúan usándose en todas las salas de parto de ese país.

Sabemos que estamos haciendo lo correcto.

los médicos sean tan malos en lógica, ya que en la medicina muchos se quedan atrapados en nudos lógicos al intentar justificar contradicciones evidentes con razonamientos misteriosos propios de

Alicia en el país de las maravillas. El

crítico médico Robert Mendelsohn decía que su frase favorita de entre las que emiten los médicos era: «Lo mejor es dar el pecho, pero el biberón es igual de bueno».

«Los niveles elevados de colesterol sérico constituyen un factor de riesgo importante de enfermedades coronarias», escribió el doctor Meir J. Stampfer, investigador de enfermedades

del corazón de la Facultad de Salud Pública de Harvard, haciéndose eco de la teoría dominante. Sin embargo, en su siguiente frase añadió en un tono paternalista: «pero la mayoría de los

pacientes [que han tenido ataques al corazón] tenían unos niveles de colesterol normales» (la cursiva es

mía).[12]

La fe en la infalibilidad de sus instrumentos les permite adoptar como «patrón de referencia» lo que normalmente no pasan de ser tratamientos experimentales, y se utilizan en millones de casos antes de que se conozcan bien sus efectos o de

que el procedimiento supere la prueba del tiempo. La frase preferida de los médicos cuando avanzan a toda velocidad sin tener ninguna prueba es que si siempre hubieran esperado hasta tener alguna prueba, Dios sabe cuántos avances médicos habrían sido postergados (y cuántos millones de personas habrían muerto). Es evidente que ese argumento no tiene en cuenta la enorme cifra de personas que sí han muerto al recibir un tratamiento del que más tarde se ha descubierto que era mortal. Cuando ya llevaban muchos años en el mercado, se descubrió que los inhaladores beta-agonistas para el asma

estaban relacionados con varios fallecimientos. Este es sólo uno de los muchos ejemplos escalofriantes de fármacos cuyos efectos secundarios son letales en potencia y que, por lo visto, no han sido detectados por los filtros reguladores.[13] Otros, como por ejemplo la amalgama de los empastes dentales de mercurio o la mastectomía total, son tratamientos que fueron concebidos hace un siglo y que nunca han sido testados debidamente ni reexaminados para determinar si son tan seguros y eficaces como siempre se ha creído.

La medicina como se practica en la actualidad se basa por completo en las

cifras. Cuando están considerando si un tratamiento es válido o no, los investigadores tienen que sopesar los riesgos de los fármacos o de los tratamientos (y todos los tratamientos de la medicina ortodoxa conllevan algún riesgo) con sus efectos beneficiosos probables y la gravedad de la enfermedad que tienen que tratar. Puede valer la pena tomar un medicamento que se sabe que es eficaz, pero que tiene unos efectos secundarios importantes, si se padece una enfermedad que puede resultar mortal, pero no si lo que se tiene es un padrastro.

fundamentalmente, el triunfo de la estadística sobre el sentido común. Cuando se dan de bruces contra verdades que les resultan difíciles de aceptar, los médicos científicos que, una vez más, siempre dan por supuesto que un tratamiento médico determinado es beneficioso, tienden a maquillar todo el asunto o a cortar y pegar, a pulir y corregir, hasta que el resultado encaja en la premisa o hasta que pueden desestimar un resultado indeseado.

Recientemente, un importante estudio del Instituto Holandés del Cáncer demostró que todas las mujeres que toman la píldora anticonceptiva, sea

cual sea su edad, tienen más probabilidades de padecer cáncer. Y lo que todavía resulta más preocupante: el 97 por ciento de las mujeres de menos de treinta y seis años que habían desarrollado un cáncer de mama, la habían tomado durante un periodo de tiempo, ya fuera prolongado o no.[14]

Durante treinta años los médicos habían estado vendiendo la píldora como el fármaco más seguro que nunca se había creado. El estudio holandés, que ya era el quinto y, seguramente, el que denunciaba una mayor relación entre el uso de la píldora y el cáncer, resultó extremadamente embarazoso para toda

una industria que se dedicaba por completo y, costara lo que costara, a la contracepción.

Sin embargo, después de haber pregonado a los cuatro vientos los resultados negativos, los investigadores holandeses empezaron a echarse atrás, reduciendo las implicaciones generales de su artículo a algunas categorías. Hicieron hincapié en que el aumento del riesgo se daba sobre todo entre ciertos subgrupos. Puesto que, supuestamente, las cifras no mostraban que hubiera ningún factor de riesgo adicional de padecer cáncer de mama entre aquellas mujeres de más de treinta y cinco años,